miércoles, 25 de abril de 2007

BUDA Y CRISTO




Buda y Cristo, idéntico mensaje de amor

Desde tiempo inmemorial, la búsqueda colectiva humana de un único Dios ha ido configurando, una época tras otra y en cada cultura, las llamadas grandes religiones, formadas en torno a alguno de los Avatares, considerados profetas, sabios, salvadores, iluminados , ” descendientes de s en forma humana ”. Entre los hombres re-ligados conscientemente con Dios, cuyo propósito era enseñar cómo realizar la Divinidad que mora en cada alma individual y que seguir fielmente esa Voluntad Divina en cada opción personal ha de ser el objetivo de la vida misma, se encuentran Sidharta y Jesús. Es imposible reconstruir el carácter, la vida y las enseñanzas reales de los hombres que se convirtieron en Buda y Cristo. Pero sus vidas se han convertido en mitología según el modelo de los salvadores del mundo que entre 500 a.C. y el 500 d.C. aproximadamente, es característico tanto en la India, en el Evangelio de Cristo, en las leyendas de los jainistas, como en el Oriente próximo.

Por : Jaime Riera Pérez, José Joaquín Méndez G y Alejandra Bluth Solari.

“Aquello que existe es Uno solo; a Eso los hombres lo llaman de variadas maneras”. Este texto del Rig Veda, una de las más antiguas escrituras del mundo, prueba que el concepto Dios es revelado y adorado en cada cultura bajo diversos nombres, como Ahura Mazda, Brahmán, Tao, Isvara, Varuna, Jehová, Alá, Vishnú, Padre Celestial...

Según el Vedanta –cuerpo doctrinal basado en las conclusiones del Upanishads, el texto sagrado de los Vedas– el Universo se mueve en un proceso cíclico con formas de olas. Esta evolución cíclica repercute en los planos físico, mental y espiritual de los mundos. En el plano espiritual de la Humanidad, las olas evolutivas surgen, alcanzan su plenitud y gradualmente menguan, produciendo una declinación religiosa –degradación de los valores éticos y morales de una civilización–, para emerger otra vez en otra ola, procedente del mismo y único Océano, en cuyo cénit siempre hay un profeta, sabio, salvador, iluminado u otro tipo de Avatar, ” descendiente de Dios en forma humana ”.

Desde tiempo inmemorial, la búsqueda colectiva humana de ese único Dios ha ido configurando en una época tras otra y en cada cultura, las llamadas grandes religiones, formadas en torno a alguno de los Avatares. Así como los chinos deben a Confucio y Lao Tse sus ideas morales y espirituales, de igual modo los hindúes están en deuda con sus múltiples salvadores; los iranios y parsís con Zoroastro, los budistas con Sidharta Gautama, los jainistas con Mahavira, los judíos con Moisés, los cristianos con Jesús y los musulmanes con Mahoma. Cada uno de ellos fue un “mensajero” de la Inteligencia Suprema, de la Verdad o Realidad Absoluta, de la Voluntad o Mente Universal, de la Esencia o Causa Primera, de la Personalidad Inmutable, o de otros muchos conceptos equivalentes a lo subyacente en ese otro concepto llamado Dios.

Innumerables seguidores y creyentes de las religiones tal vez no reconozcan a los profetas de otros credos, tal vez no los consideren iguales al suyo propio, e incluso, tal vez piensen que su profeta es la primera o la última “encarnación de Dios” y el único salvador del mundo. Estos individuos de mentalidad estrecha no comprenden la verdad eterna de la “Unidad de la Deidad detrás de la variedad de los nombres y las formas ”, y constriñen al Ser Infinito en sus ideas necias que afanosamente intentan razonar lo indefinible, sin percibir que lo importante no es pensar sino sentir la Divinidad a través del único “método de salvación –iluminación–” asequible por igual a todos los humanos: el Amor, que nunca impedirá comprender la unidad y la armonía entre todos los Avatares y entre todo lo creado.

Arquetipo del avatar salvador del mundo

Entre los hombres re-ligados conscientemente con Dios, cuyo propósito era enseñar cómo realizar la Divinidad que mora en cada alma individual y seguir fielmente esa Voluntad Divina, estableciendo que en cada opción personal ha de ser el objetivo de la vida misma, se encuentran Sidharta y Jesús. Es imposible reconstruir el carácter, la vida y las enseñanzas reales de los hombres que se convirtieron en Buda y Cristo. Pero sus vidas se han convertido en mitología según el modelo de los salvadores del mundo que entre 500 a.C. y el 500 d.C. aproximadamente, es característico tanto en la India, en el Evangelio de Cristo, en las leyendas de los jainistas, como en el Oriente próximo.

Para el mitológico Joseph Campbell , la biografía arquetípica del salvador del mundo presenta los rasgos siguientes: 1. Nacen milagrosamente entre fenómenos sobrenaturales, y descienden de una línea real; 2. Un sabio anciano (Asita-Simeón) profetiza que difundirá un mensaje para la salvación del mundo; 3. Sus actos de la niñez ya proclaman su carácter divino; 4. Se casa y engendra un heredero (en la leyenda cristiana, la leyenda de la matanza de Herodes, la advertencia del ángel a José y la huida a Egipto de la familia, correspondería simbólicamente a este rasgo arquetípico); 5. Se siente llamado a cumplir su verdadera misión; 6. Parte de la casa familiar con el consentimiento de sus padres (éste rasgo que pertenece a los años de juventud del Salvador no aparece en los textos y Evangelios Canónicoss Cristianos); 7. Se dedica a la práctica de rigurosas disciplinas en el bosque o desierto, en las cuales se enfrenta a su adversario sobrenatural, sobre el que alcanza la victoria; 8. Realiza milagros después de vencer al adversario (Mara-Satanás); 9. Se convierte en un Maestro errante, que predica una doctrina de salvación a un grupo de discípulos y a una élite más reducida de iniciados, uno de los cuales (Sariputra-Pedro) se convierte en el modelo de la comunidad, y otro se convierte en el traidor del Maestro (Devadatta-Judas).

Personajes paralelos del Budismo y Cristianismo

Existen otros paralelos referentes a los discípulos de Sidhartha y Jesús, como, por ejemplo, el de la piadosa prostituta “regocijada por un discurso religioso ” (Ambapali-Magdalena), el del discípulo predilecto y amado (Ananda-Juan) o el del rico mercader convertido a la doctrina (Anathapindika-José de Arimatea).

Incluso existe el paralelismo histórico de la secularización del Budismo y del Cristianismo; curiosamente, un conflicto bélico fué la causa de que el Emperador Constantino el Grande (324-337 d.C.) y el Rey Asoka (268-232 a.C.) convirtieron lo que había sido un sentido particular de percibir lo humano y lo divino, indiferente a la política y al orden social, en la religión de sus respectivos Imperios. Ambas guerras provocaron la conversión de estos gobernantes, pero mientras Constantino tan pronto como ganó su trono se puso a extirpar herejías a fuerza de las armas y del terror, el Rey Asoka (que ya había obtenido su trono) tras su conversión predicaba y practicaba la no violencia y la tolerancia religiosa.

Otros paralalos entre Sidhartha y Jesús

Como Jesús, Sidharta realizó el milagro de caminar sobre el agua (Marcos 6:45-52), de la inagotable tarta de arroz (multiplicación de panes y peces –Juan 6:9–), hizo invisible a su discípulo Yasa, a fin de impedir que su padre supiese que era partidario de él, curó a muchos cojos, ciegos y enfermos de toda clase (Mateo 11:2-5), e incluso para convencer y convertir a Kassapa –adorador del fuego– llevó a cabo tres mil quinientos milagros, y también realizó otros innumerables prodigios. Todos los milagros y demás sucesos sobrenaturales poseen un encanto especial fruto de la imaginación poética de los escritores de los textos cristianos y budistas, y aunque no pretenden ser interpretados literalmente sino simbólicamente, han sido tomados posteriormente como hechos históricos.

Como Jesús, Sidhartha no utilizó en su predicación un lenguaje sistemático e ininteligible para la gente sencilla, sino que empleó un lenguaje comprensible a través de dichos y aforismos sugestivos, de parábolas tomadas de la vida cotidiana del pueblo. No ordenó ni la codificación ni la consignación por escrito de su doctrina.

Como Jesús, Sidhartha rechazó la autoridad de las escrituras (2ª Corintios 3:6), se opuso rotundamente a la tradición religiosa y a sus autoridades (Mateo 23), y era un reformador social que rompió las cadenas de las castas y ganó para los pobres y humildes el reino del espíritu (Lucas 6:20).

La misma doctrina

Como Jesús, Sidharta condensó su doctrina en diversos sermones predicados por primera vez después de alcanzar la iluminación, en la ciudad de Benarés, en donde enseñó “las cuatro nobles verdades” (“El sermón de la Montaña”, Mateo. Cap. 5, 6 y 7).

Ambos experimentaron y enseñaron el “camino intermedio” entre los extremos del placer de los sentidos y de la mortificación (entre el hedonismo y el ascetismo). Unieron a la prédica de sus doctrinas la invitación a no creer sencillamente en ellos, sino seguir sus enseñanzas y verificar la rectitud y validez de las mismas mediante la praxis. Las distinciones sobre ambas doctrinas surgieron cuando sus seguidores procedieron a formar una disciplina y metodología para expresar las bases filosóficas y las aplicaciones morales de su fe, y es ahí donde se hace mas evidente la indiosincracia de cada Maestro, pero idéntico Espíritu Universal embargaba sus corazones y hablaba por sus bocas.

Tanto Jesús como Sidhartha, creyeron en la transitoriedad y fugacidad del mundo, la inconsistencia de todas las cosas, la esclavitud del hombre: en su ceguera y necedad, en sus ataduras al mundo y en su falta de amor para con sus semejantes. Percibieron la raiz de la esclavitud del hombre en sus deseos y pasiones, es decir, en su búsqueda del yo inferior, en su egocentrismo. Señalaron un camino para liberarlo de la búsqueda de la falsa individualidad, de la decadencia del mundo y de la ceguera; una libertad que no se alcanza mediante la especulación teórica y el racionamiento filosófico, sino mediante una experiencia religiosa interna, aprendida en la individual experiencia directa sobre las automanifestaciones egoícas. Es un camino práctico –personal e intransferible–, de salvación e iluminación, que hace posible la verdadera entrega amorosa al prójimo.

Jesús y Sidharta no vieron el sufrimiento (derivado de las circunstancias que rodean a la vida –enfermedad, muerte, miseria social, etc.)– como resultado de causas externas, ni que pudiera aliviarse por medio de la curación física ni del mejoramiento del orden social, sintieron que el sufrimiento estaba ligado con la afirmación del ego de la naturaleza humana, produciendo éste ignorancia sobre el espíritu, sobre Dios. Y por tanto enseñaron nada más que una doctrina mental y moral que tuviera el propósito de arrancar de raíz la vanidad del Yo: para que así “aquel que pierda su vida la conserve” , porque quien disponga sinceramente su vida a que ella se realice siempre “Tú voluntad y no la mía” , conservará lo eterno, lo imperecedero, lo único con lo que disipará gradualmente la ignorancia espiritual y, por ende, su sufrimiento personal. Solo este cambio interior en el individuo incidirá notable y consecuentemente en el mejoramiento de las injusticias y demás miserias morales de la sociedad.

No solo los preceptos morales se corresponden ampliamente en Jesús y Sidharta, sino también la “piedra angular” catalizadora de la evolución espiritual del hombre: “la ética de la intención”, donde lo importante no es la acción consumada, sino la actitud interior que subyace y se expresa en ella; pero, en numerosas ocasiones y por intereses creados, esta actitud interna presenta discordancias con su exteriorización en palabras o hechos, lo que desvirtúa el amor compasivo (de Jesús) y la compasión amorosa (de Buda) hacia el prójimo y hacia sí mismo, ya que obstaculiza el autocrecimiento psicológico y espiritual.

Sidhartha y Jesús, la religión organizada

Desde hace siglos, la comparación sincera entre Budismo y Cristianismo tendría que haber ayudado a distinguir entre ambas religiones lo esencial de lo accidental, lo eterno de lo transitorio, la Verdad de la alegoría en que halla su expresión simbólica. Y en la actualidad habría que distinguir entre el símbolo y su sentido, entre el dogma y la religión, entre las fórmulas de invención humana y la eterna Verdad. Pero, parece que los teólogos místicos y filósofos –no sólo del Budismo y Cristianismo– en su afán de monopolizar lo divino, se parecen a ciegos de nacimiento a quienes se les hizo palpar un elefante: uno palpó la cabeza, otro la trompa y el otro la cola, y se pusieron a discutir su peculiar y ridícula porción de Verdad: “el elefante tiene ésta forma”, “no, tiene ésta”, hasta que la discusión de las opiniones llegó a los puños.

¿No es ésta la descripción más exacta de lo que ha ocurrido sobre las discusiones de las doctrinas de fé del Budismo y del Cristianismo, y entre el resto de credos e ideologías en la historia de la humanidad? Indudablemente sí. Y ha sido así, porque la religión verdadera radica, no en la profesión de un credo determinado ni en la comprensión intelectual de que el único y mismo Ser se manifiesta en y a través de una variedad de formas humanas bajo diferentes nombres, etcétera, sino en aprender de la experiencia personal directa sobre el amor, disfrazado y encubierto éste tras las múltiples máscaras (orgullo, rencor, odio, ira, codicia...) del egoísmo individual, sobre el cual hay que, en primer lugar, comprender y asimilar, más luego controlar y trascender ese yo inferior. Pues, en la medida que la autocapacidad de amar libere sus ataduras egoícas, la conciencia abandonaría sus estados ordinarios y penetraría gradualmente en el conocimiento real y auténtico de los misterios de la muerte y de la vida, de Dios. Tal conocimiento proporcionará la suficiente libertad interna en el individuo para que éste se desligue de todos los intermediarios entre él y Dios; sentimiento personal cuya proyección social acarrearía el derrumbamiento de las autoridades religiosas y demás estructuras eclesiásticas, o sea, de las organizaciones religiosas.

No hay que olvidar ni por un momento el proverbio chino: “sólo si declaras la guerra a todas las religiones, estarás en paz con Dios” , cuya implícita enseñanza vivieron y predicaron, en sus correspondientes épocas y culturas, Sidharta y Jesús, el Buda y el Cristo.




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