sábado, 28 de abril de 2007

Infierno:

Infierno:
¿La condena definitiva de Dios?

Junto al concepto de cielo, no debe haber otro más conocido en todas las culturas, más representado en cuadros, libros y diversas expresiones artísticas, y más temido por todos, que el Infierno. Una expresión que se conoce, con distintos nombres y representaciones, pero con un mismo significado, desde que el hombre está sobre la tierra: la morada de la más maligna entidad jamás conocida -Satanás- donde van las almas perdidas, alejadas de Dios, donde el sufrimiento no tiene fin, y donde nadie que ha entrado ha vuelto a salir. Todos saben lo que significa, y muchos le temen. ¿Puede Dios, que es Amor, condenar para siempre al sufrimiento a un alma que emanó de su amor divino? ¿Puede existir tan condena definitiva? Muchas religiones dicen que sí. Como sea que se lo visualice, el Infierno es sinónimo de lo más malo y terrorífico que alguien puede experimentar.

Por: Alejandra Bluth Solari

Cada cultura, en cada época y lugar, ha pintado el Infierno a su modo, pero ninguna, nunca, ha obviado su existencia. La existencia del mal en su estado más puro, del lugar más terrorífico donde un alma puede caer producto de sus malas acciones. Es como el cuento del coco o del viejo del saco para los niños que se portan mal: la amenaza del martirio donde van los pecadores a pagar sus culpas. Para siempre y sin regresar jamás.

Pero el Infierno no es cuento. Aunque el mal es un misterio que supera el entendimiento humano, y su creencia es por último un asunto completamente personal –salvo para los católicos para quienes se trata de un dogma de fe- la discusión sobre su existencia y aspecto sigue siendo materia obligada de análisis teológico, y de debate entre los estudiosos de la Biblia de diversas creencias.

Algunos sostienen que la idea de un Infierno eterno, donde existen las más terribles formas de sufrimiento, es un concepto heredado de la mitología pagana, que comenzó a introducirse en el ambiente cristiano y finalmente se la aceptó. Pero como sea que se lo identifique, todas las religiones tienen un Infierno propio para mantener a sus fieles dentro de la buena senda, amenzándolos con un lugar donde van los que se alejan de Dios y sus mandatos al morir, a experimentar la agonía de un sufrimiento sin fin para la Iglesia Católica, o a pagar por sus pecados antes de su reencarnación, según otras corrientes.

Son pocos los que niegan la existencia de un Infierno, ya sea físico o como estado de la conciencia, después de la murte del cuerpo. Prácticamente todas las religiones lo consideran entr sus premisas. Para reafirmarlo, por ejemplo, los evangélicos pentecostales sostienen que quien niega la existencia del Infierno peca de soberbia, al señalar que Dios no se entiende a sí mismo, y que no habla en serio cuando comunica la existencia de un Infierno, considerándolo una especie de tonto ignorante y flojo, que dice cosas en su Palabra que realmente no se atrevería a llevar a cabo, como la condenaciòn eterna. Dicen que Dios mismo señaló que no soportará el pecado ante su presencia, y no habrá pecador no arrepentido que logre que Dios rompa sus propias promesas.

Una encuesta hecha por George Gallup en 1990 reveló que apenas algo menos que el 60% de los norteamericanos cree que existe un infierno (un descenso de más de 10% desde 1978), aunque sólo un 4% cree que el infierno es su propio destino personal. Sin embargo, esta idea de que el Infierno es la vida en la Tierra, por los dolores y sufrimientos que se pasan, se contrapone con cualquier creencia en la vida después de la vida, puesto que si el Infierno es la vida misma, al morir el cuerpo, el alma, por pecadora que fuera, no tendría la posibilidad de pagar sus culpas en otro lugar y no le quedaría más remedio que ir al Cielo o disolverse en la nada, posición que ninguna religión o creencia acepta. Puesto que ninguna religión sostiene la idea de que al morir el cuerpo,el alma se salva enseguida o llega enseguida a Dios (según la religión que se sustente), la hipótesis de pasar el Infierno en vida sólo tendría validez para quienes no creen en Dios ni en una vida del alma después de la muerte.

Una encuesta hecha a mediados de la década del 80 a estudiantes evangélicos norteamericanos de escuelas secundarias y de seminarios reveló que sólo uno en diez creía que el primer paso para influenciar a los incrédulos debería ser advertirlos acerca del Infierno. Un 46% de los estudiantes de seminarios creía que hacer énfasis entre los no creyentes que el juicio eterno sería la consecuencia de rechazar a Cristo era "de mal gusto." Una encuesta llevada a cabo en 1981 reveló que el 50% de la población de las facultades teológicas cree en la existencia del Infierno (61% de los Católicos Romanos y 34% de los Protestantes).

Junto a quienes creen que el Infierno no existe, otros dicen que sí existe, pero que allí no va nadie, aduciendo que Dios es infinitamente bueno. Y es que el concepto del Infierno no se comprende ni tiene sentido si lo separamos del concepto de Dios. Según la teología, Dios, infinitamente justo, no puede quedar indiferente ante las maldades que se hacen en este mundo, y no puede permitir, en su justicia, que en la otra vida convivan el asesino, el ladrón, el egoísta y el vicioso con el honrado y caritativo. Tiene que haber un castigo para tanta injusticia, tanto crimen y tanta maldad, y el castigo es la condenación eterna en el Infierno. Lo ideal , según esta postura, es servir y seguir a Dios por amor, pero conviene tener en cuenta el temor al Infierno, el castigo eterno, para mantenernos en el buen camino y librarnos de él.

Para comprender la idea del Infierno hay que aceptar la inmortalidad del espíritu, y entender la naturaleza de Dios, la naturaleza del hombre y del pecado. Muchas teorías sostienen que la propia naturaleza humana requiere que exista un lugar como ese. La consciencia humana demanda que exista una diferencia entre la virtud y lo opuesto, para celebrar y premiar al virtuoso y benévolo, y castigar al inmoral y maligno. Se premia al benévolo para instar su práctica y se castiga al malévolo para suprimirla; es lo mismo que pasa en las instituciones gubernamentales, donde las leyes tienden a instar el bien, premiándolo, y a desalentar el mal, castigándolo. Según esta concepción, tienen que existir almas pecadoras y malas que se alejan de Dios, pues ¿quién podría concebir un cielo por todas las generaciones de almas que han existido desde la creación del hombre?

Según la Iglesia Católica, sólo la comprensión del Infierno permite apreciar y valorar la gracia y la salvación que el hombre ha recibido de Dios. La apreciación por el valor inmenso de su regalo crece muchísimo cuando se comprende plenamente la naturaleza de aquello de lo que hemos sido librados. Así, el concepto del Infierno le sería útil a la doctrina católica y cristiana en general, en cuanto a que nuestra percepción de lo sobrecogedor de la salvación está determinada en gran medida por nuestra percepción de los horrendo del Infierno.

Pero, ¿por qué se asocia al Infierno con el fuego y con un lugar pestilente, desagradable? Durante mucho tiempo, al menos en la religiones cristianas, se lo pintó como un lugar ardiente, con llamas devoradoras, ubicado “abajo”, al centro de la tierra, ejemplificando así que llegar ahí es descender, alejarse de las alturas divinas del cielo donde van los seres buenos y puros (la palabra Infierno proviene del latín y significa inferior).

El amo del Infierno sería Satanás, también llamado Diablo, Demonio, Maligno o Lucifer, un bellísimo ángel caído, mano derecha de Dios y su obra, que se rebeló en contra de EL, quiso ser más que Dios y cayó en desgracia, convirtiéndose en el rey de la oscuridad y de las almas que, como él, niegan a Dios. Su poder es prácticamente igual al de su Divino Creador. Al tentra a los hombres a oponerse a Dios crearía el pecado, y el Infierno sería el reino del pecado, y fruto del pecado.

De hecho, existe una hipótesis -que asegura estar apoyada tanto por la ciencia como por la Biblia- que sostiene que el Infierno exista como lugar físico exactamente en el centro de la Tierra. Un artículo publicado el 10 de abril de 1987, en el diario estadounidense The Birmingham News, titulado "El centro de la Tierra es más caliente que el Sol", afirma que el núcleo interior de la Tierra tiene una temperatura de 6.648º C. Apoyándose en Marcos (9:46), donde Jesús dice: "Donde el gusano de ellos no muere y el fuego nunca se apaga”, un grupo de científicos aegura haber descubierto grietas en el suelo oceánico que vomitan fuego, y a su alrededor se habrían encontrado gusanos gigantes, de aproximadamente dos metros de largo.

La idea del Infierno como un océano de fuego se labró de a poco, pasando por innumerables conceptos, significados y respresentaciones. Tal como se lo concibe en la imaginación popular occidental, tiene sus orígenes en el Cristianismo. El judaísmo, al menos inicialmente, creía en sheol, una existencia sombría a la cual todos eran enviados indiscriminadamente tras la muerte, aunque el sheol pudo haber sido poco más que una metáfora poética de la muerte y no referirse a la vida después de la muerte. De cualquier manera, la vida después de la muerte era mucho menos importante en el judaismo de lo que es para muchos grupos cristianos hoy en día.

La raiz misma del concepto de Infierno está en el concepto de Gehenna (Lugar de los Malvados) del que hablaban los antiguos hebreos, refiriéndose al Valle de Hinom, ubicado en el lado sur de Jerusalén, que servía como el basurero de la ciudad en los tiempos de Jesús, y donde los fuegos de este lugar nunca se apagaban. Ya en el Apocalipsis, se describe al lugar como un lago de fuego y azufre, donde son arrojados los condenados. Esta idea fue elaborada en las obras de los Padres de la Iglesia, y posteriormente en la literatura medieval (especialmente Dante) y la pintura y el lenguaje de los predicadores fueron forjando en la mente humana una espantosa visión del infierno.

El cristianismo señala que en que en las Sagradas Escrituras, comenzando desde el Génesis y terminando en Apocalipsis, Dios declara que los impíos morirán en sus pecados y no encontrarán paz. En el Apocalipsis menciona un “lago de fuego” donde irán los que no se hallan inscritos en el libro de la vida, yendo así al encuentro de una segunda muerte (Ap 20, 13 ss).

Hasta los Padres de la Iglesia lo dijeron en su momento. Según San Ignacio de Antioquia, todo aquel que «por su pésima doctrina corrompiere la fe de Dios por la cual fue crucificado Jesucristo, irá al fuego inextinguible, él y los que le escuchan» (Ef 16, 2).

Sin ir más lejos, entre los secretos que reveló la Santísima Virgen María a los pastorcitos de Fátima está una visión del Infierno, que les dio en una de sus apariciones. Dice Lucía, la única vidente de Fátima que aún vive: "Algunas personas, también piadosas, no quieren hablar a los niños pequeños sobre el Infierno, para no asustarlos. Sin embargo, Dios no dudó en mostrar el Infierno a tres menores y una de ellas contando apenas seis años".

En el Antiguo Testamento abundan las referencias frecuentes al sheol (el mundo de los espíritus que han partido) como la morada de todos los muertos (cf. Deuteronomio 32:22), y a que vendrá un día cuando los cuerpos de todos los que están en el sheol serán resucitados: algunos, a la vida eterna, pero otros, para vergüenza y confusión perpetua (Daniel 12:2).

La creencia común de los rabinos piadosos durante al era intertestamentaria de que el sheol estaba dividido en dos secciones está reflejada en el Nuevo Testamento, que se refiere a la morada de los justos como el paraíso (Lucas 23:43) o el seno de Abraham (Lucas 16:22), y la morada de los injustos como el Hades (Lucas 16:23). Después de la resurrección de Cristo, parece ser que aquellos que vivían en el paraíso fueron conducidos a la presencia de Dios en el cielo donde esperan la futura resurrección de sus cuerpos. Pero aquellos que están en el Hades esperan la resurrección a un destino diferente: el infierno.

Jesús lo dijo...

Las referencias al Infierno en los Evangelios son abundantes. Todas, menos una, de las cartas de San Pablo mencionan la ira o el juicio de Dios sobre el pecado. Hasta el mismo Jesús se refirió muchas veces al tema, hablando 15 veces del Infierno y 14 veces diciendo que en el Infierno hay fuego. De los doce usos de la palabra gehenna en el Nuevo Testamento, once provienen de los labios de Jesús mismo, y se dice que El enseñó más sobre el infierno que lo que enseñó sobre el cielo. De los más de 1850 versículos que registran las palabras de Cristo, 13% corresponden a los temas del juicio y del infierno. De las 40 o más parábolas pronunciadas por Jesús, más de la mitad están relacionadas con el juicio eterno del pecado.

Jesús dijo que es el lugar donde "el fuego nunca se apaga" y donde "el gusano de ellos no muere" (Marcos 9:48), reservado a los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer y convertirse, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo (cf Mt 10, 28). Lo describió como un lugar de "tinieblas de afuera" (Mateo 22:13). "Los malvados ... los arrojará en el horno ardiente. Allí será el llanto y el rechinar de dientes" (Mateo 13:42). De hecho, Pablo habló de los habitantes del Infierno como seres que experimentan "ira y enojo..., tribulación y angustia" (Romanos 2:8-9). Y anuncia en términos graves que "enviará a sus ángeles que recogerán a todos los autores de iniquidad..., y los arrojarán al horno ardiendo" (Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación:" ¡Alejaos de mí, malditos al fuego eterno!" (Mt 25, 41). "Y a ese servidor inútil échenlo en la oscuridad de allá afuera: allí habrá llanto y desesperación" (Mt.25,30).

Y las referencias en la Biblia siguen. A lo largo de todas las Sagradas Escrituras se sustenta la idea con diferentes nombres (abismo, horno de fuego, fuego eterno, lugar de tormentos, lugar de tinieblas, gehena, muerte segunda, fuego inextinguible etc.).

Mateo 5:22 : Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego.

Mateo 5:29 : Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna.

Mateo 10:28 : Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna.

Mateo 23:33 ¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo vais a escapar a la condenación de la gehenna?

Santiago 3:6 : Y la lengua es fuego, es un mundo de iniquidad; la lengua, que es uno de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, encendida por la gehenna, prende fuego a la rueda de la vida desde sus comienzos.

...y la Iglesia también...

El primer tratado que se escribió en la Iglesia sobre las realidades últimas, lo hizo, en España, el año 688, San Julián de Toledo, después de una conversación en Toledo con Idalio, obispo de Barcelona, que se había desplazado a la capital del reino visigodo con ocasión del XV Concilio de Toledo.

La Iglesia Católica definió la existencia del Infierno como dogma de fe (creencia obligatoria que no se discute) en el Concilio IV de Letrán, en el año 1215, considerándolo como el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno, la triste y lamentable realidad de la muerte eterna, un lugar de castigo eterno para todos los espíritus caídos, y de pérdida de toda la bendición que proviene de Dios.

En este lugar y estado de eterna desdicha se hallarían las almas de los réprobos. Pero sólo van al Infierno, según esta concepción, los que se oponen voluntariamente a Dios a través de un pecado mortal, y persistir en él hasta la muerte. Se cumpliría así la sentencia condenatoria del juicio de Dios, con una situación de castigo y sufrimiento que padecen quienes murieron sin arrepentirse de sus pecados graves, y quieren permanecer separados de Dios para siempre por propia y libre elección. El hombre elige el Infierno, y la sentencia de Dios ratificaría ese estado.

Esto significaría descender al Infierno inmediatamente después de morir, y sufrir las penas del fuego eterno (cf DS 76; 409; 411; 80 1; 858; 1002; 135 1; 1575; SPF 12), separados de Dios para siempre por propia y libre elección, en un estado de autoexclusión definitiva de la comunión con los bienaventurados. Se trata, entonces, de una autocondena, pues cada persona toma deliberadamente las decisiones que le llevan a esa situación. El Papa Benedicto XII declaró en su constitución dogmática Benedictus Deus: «Según la común ordenación de Dios, las almas de los que mueren en pecado mortal, inmediatamente después de la muerte, bajan al infierno, donde son atormentadas con suplicios infernales»(Dz 531 ; cf. Dz 429, 464, 693, 835, 840).

La pena principal del Infierno, para la Iglesia, consiste en la separación eterna de Dios, en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. Así, quien niega al Infierno, niega a Dios y su Palabra, y está separados de su Iglesia.

Todas estas afirmaciones de la Biblia y enseñanzas de la Iglesia se entienden como un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación a su destino eterno o, lo que es lo mismo, un llamamiento apremiante a la conversión de la fé católica.

Tan difundido y aceptado está este concepto, que hasta en el Credo de los Apóstoles, una de las oraciones más importantes de la fé católica formulada en el siglo V d.C., se lo considera: “...y (Cristo) descendió a los infiernos..”

En este caso, la Iglesia explica que el Infierno al que descendió Jesús no es el lugar de los condenados, sino el lugar de los muertos, y allí anunció la Redención. Según esta teoría, el descenso de Jesús a los infiernos se referiría a que El conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con los muertos como Salvador, no para liberar a los condenados ni para destruir el Infierno de la condenación, sino para liberar a los justos que le habían precedido y que estaban allí detenidos. Ese lugar sería “el lugar de espera de las almas de los justos de la era pre-cristiana" (Ott, p. 191)., el sheol, hades o la morada de los muertos, el lugar de espera de las almas de los justos de la era pre-cristiana. Según la teoría católica, entre la multitud de justos allí esperando la salvación, estaba San José, los patriarcas y los profetas, como todos aquellos que murieron en paz con Dios, y necesitaban la salvación de Cristo para poder ir al cielo (Hehos 2,24; 2,31; Flp 2, 10, 1 Pedro 3,19-20, Ap 1,18, Ef 4,9). A la espera del Redentor, estas almas santas esperaban ser liberadas por El y disfrutar de la visión de Dios. Se cumplía, de esta manera, el anuncio evangélico de la salvación. Para llegar al Cielo, era necesario que Cristo mueriera primero y nos abriera las puertas del Paraíso.

Los Padres de la Iglesia, grtiegos y hebreos, que enseñaron esta doctrina incluyen a San Justino, San Ireneo, San Ignacio de Antioquía, Tertuliano, San Hipólito, San Agustín. Hasta Santo Tomas de Aquino enseñó que el propósito de Cristo, al descender a los infiernos, fue liberar a los justos aplicándoles los frutos de la Redención (S. Th. III, 52, 5).

Sin embargo, muchos dicen que Jesús estuvo realmente en el Infierno y experimentó su dolor camino al Calvario con la cruz, cuando Cristo tomó sobre sus hombros los pecados del mundo y nuestras culpas les fueron imputadas mientras colgaba de la cruz. Como un Cordero, que limpiaba los pecados del mundo, hasta que dijo: "Consumado es" (Juan 19:30)

Ejemplos en la Biblia de la relación de Jesús con el Infierno hay muchos. Jesús, "el Príncipe de la vida" (Hch 3, 15), aniquiló "mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud" (Hb 2, 14-15). Cristo resucitado "tiene las llaves de la muerte y del Hades" (Ap 1, 18) y "al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos" (Flp 2, 10).

Coinciden los teólogos en señalar que la más horrenda de las penas del Infierno es la pérdida definitiva y para siempre del fin para el cual hemos sido creados los seres humanos: la posesión y el gozo de Dios, viéndolo "cara a cara". Ya que sólo Dios puede satisfacer el ilimitado deseo de felicidad que El mismo ha puesto en nuestra alma para ser satisfecho sólo por El, la peor pena es no poder disfrutar de lo que se denomina la Visión Beatífica.

La escolástica distingue dos elementos en el suplicio del infierno: la pena de daño (suplicio de privación) y la pena de sentido (suplicio para los sentidos). La primera corresponde al apartamiento voluntario de Dios que se realiza por el pecado mortal; la otra, a la conversión desordenada a la criatura.

La pena de daño, que constituye propiamente la esencia del castigo del infierno, consiste en verse privado de la visión beatífica de Dios, en un apartamiento de Dios considerado el Bien supremo. Sería lo más trágico del infierno.

La pena de sentido consiste en los tormentos causados externamente por medios sensibles, y es llamada también pena positiva del Infierno. Estos sufrimientos incluyen la presencia y odio de los demonios y de otros hombres condenados. Las Sagradas Escrituras habla con frecuencia del fuego del Infierno al que son arrojados los condenados, como un lugar donde reinan los alaridos y el crujir de dientes, imagen viva del dolor y la desesperación que, según el Concilio IV de Letrán, no tienen fin: «Aquellos [los réprobos] recibirán con el diablo suplicio eterno» Dz 429; cf. Dz 40, 835, 840. 6.

La Iglesia sostiene que el concepto de eternidad se opone al concepto de tiempo, que supone un antes y un después. La eternidad supone una duración ilimitada, una permanencia interminable, sin principio ni fin, que no puede ser medido. No tiene pasado, origen o inicio, ni tiene futuro, no tiene fin, no tiene medio, no tiene partes; es una unidad indescriptible e imposible de analizar o definir, ni siquiera de describir. Es un círculo infinito con un centro llamado “ahora” que puede ser establecido a lo largo de la circunferencia en cualquier momento. Y debido a que los ángeles poseen una voluntad muy fuerte, y sus decisiones son irrevocables, los demonios como Satanás (ángel caído) no pueden arrepentirse de las decisiones malvadas que tomaron, y las almas de los condenados tampoco; después de la muerte, su voluntad quedaría firmemente dirigida hacia el mal, sin posibilidad de arrepentimiento. El mismo Jesús habría dicho: “los malos «irán al suplicio eterno y los justos a la vida eterna”.
Según la teología, la única manera de evitar el Infierno es que el pecador se arrepienta y sea perdonado por sus faltas morales. Pero como la muerte pone fin a la vida, el arrepentimiento se hace ya imposible; después de la muerte, se acaba el tiempo de merecer. La falta del pecador que murió sin arrepentirse queda irreparada para siempre, y para siempre ha de durar también el castigo. En el Infierno no es posible el arrepentimiento, lo mismo que en el cielo no es posible pecar debido a la fuerza que emane del el amor de Dios.

El el Infierno de nada vale suplicar a Dios y clamar por perdón. Si en vida uno fue tan ligero de conducta y pensó que el Ceador no sería tan cruel de condenarlo para siempre y no darle otra oportunidad, en el Infierno ya no cabe duda de eso, y se acabó el tiempo de los arrepentimientos. Así como los efectos de los pecados son eternos, también los castigos han de ser eternos, y el pecador deberá ser responsable por su pecado por siempre. "El que no es conmigo, contra mí es" dijera Jesús (Mateo 12:30). El Infierno sería así tan eterno como el cielo y la existencia de Dios mismo. Así como Jesús describió el destino de los justos como vida eterna, también Él describió el destino de los injustos como castigo eterno (Mateo 25:46). Así como Juan describió a Dios como el que "vive por los siglos de los siglos" (Apocalipsis 15:7), también describió el fuego del infierno como durando "por los siglos de los siglos" (Apocalipsis 14:11). Ya en el Infierno no habría vuelta atrás.

Pero si bien la pena es eterna, el tipo o la intensidad de la misma, varía de condenado en codnenado según el grado de la culpa. Los concilios de Lyón y Florencia declararon que las almas de los condenados son afligidas con penas desiguales (Dz 464, 693), según los distintos pecados personales. Por ejemplo, en la Biblia, se dice que Jesús amenaza a los habitantes de Corozaín y Betsaida asegurando, que por su impenitencia, han de tener un castigo mucho más severo que los habitantes de Tiro y Sidón (Mt 11, 22), mientras los escribas tendrán un juicio más severo (Lc 20, 47).
San Agustín también enseña que “la desdicha será más soportable a unos condenados que a otros” (Enchir. III). Así, la justicia exige que la magnitud del castigo corresponda a la gravedad de la culpa.

La Biblia, de hecho, afirma que en el Infierno no todos serán juzgados de la misma forma. El Evangelio de San Lucas (12:47-48) muestra también que el castigo depende de una serie de factores, incluyendo el conocimiento que uno tenga de la verdad, la intención y el rechazo que uno haga de las buenas nuevas y de la "luz" de Cristo. Jesús censuró las ciudades en las cuales se hicieron la mayoría de sus milagros (Mateo 11:20-24), y les dijo que ellas serían juzgadas más duramente el día del juicio que Tiro, Sidón y Sodoma. Pero también mostró compasión hacia los pecadores; cuando estaba en la cruz dijo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34).

Jesús también dejó en claro que habrá grados de juicio en el infierno. Dijo que "aquél siervo que conociendo la voluntad de su Señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco" (Lucas 12:47-48). Pero si bien no todos serán juzgados de la misma forma, todos serán juzgados con seguridad. Éxodo 34:7 dice que el Señor "guarda misericordia a millares... y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado."

Así, según esta postura, es un error pensar que el infierno es un lugar adonde los pecadores recibirán un castigo horriblemente desproporcionado a sus pecados, ya que se se trata de un concepto de justicia y retribución. Sin embargo, ninguna pena en el Infirno puede ser muy leve, puesto que la llegada a ese estado es resultado de una larga serie de decisiones a medida que una persona va por la vida; o bien se abre a la verdad, el amor y la vida espiritual, o se retira voluntariamente de la luz que Dios le ha dado y empieza a descender hacia la oscuridad y la muerte espirituales.

El único concepto

Cada religión o corriente filosófica y espiritual, con posiciones más o menos dogmáticas, tiene alguna razón para avalar que el Infierno existe, como sea y donde sea, con un castigo eterno o temporal, y que cada cual se labra el camino para llegar a él. El concepto de que si hemos obrado mal en la tierra al morir estaremos lejos de Dios, sufriendo por eso, es el mismo; lo que varía es la duración, intensidad y tipo de castigo. Pero de que la cuenta llega, llega; y de que se paga (volviendo a vivir o en el plano espiritual), se paga.

En religiones monoteístas, el infierno es simplemente gobernado por demonios. En las religiones politeístas, las políticas del infierno pueden resultar tan complicadas como las políticas humanas.

Para el hinduismo, el Infierno está regido por un semidiós cuyo nombre es Yama. Hubiera podido vivir para siempre, pero se atrevió a recorrer el camino sin retorno, indicando a los humanos un trayecto fatal. A él acuden los difuntos pecadores, conducidos por Agni a lo largo de una ruta que cuidan dos perros mostruosos.

El budismo de Indochina, por su lado, admite ocho Infiernos que se hallan por debajo del suelo.

Quizás una de las visiones más particulares del Infierno es la de la cultura popular china. Lo ven como un gigantesco edificio con numerosas oficinas y documentación, donde existen 10 infiernos subdivididos en 16 pequeños cada uno. Allí van las almas a purgar sus pecados, y cumplida su condena, tras beber tazones del rojo caldo del olvido, son precipitados por dos demonios a un río que las arrastra a un nuevo nacimiento.

El monarca del primer infierno y jefe de los otros nueve reyes infernales, sobre quienes tiene jurisdicción que se extiende a sus dominios, es Sin-Kuang. Juzga a todos los difuntos y envía a los culpables a la terraza del espejo de los malos, donde ven reflejarse a sus víctimas; devuelve a la Tierra a los suicidas, en calidad de espíritus famélicos, hasta que se extinga el tiempo que debían vivir y al regresar los envía a la ciudad de los muertos por accidente, de la que nunca se sale. Manda encerrar en calabozos a los religiosos negligentes, y les impone la penitencia de completar las plegarias que descuidaron en vida.

Cada Infierno tiene una oficina que castiga determinadas culpas. Por ejemplo, el segundo se encarga de las faltas de proxenetas y médicos; también de los que han asesinado a personas y animales. El séptimo infierno recibe a los que violan sepulturas, trafican con carne humana o la comen. Estos pecadores son arrojados a unas calderas de agua hirviendo o a unos perros y buitres que los devoran. Del noveno infierno, donde avispas y escorpiones pican a las almas de los incendiarios y los artistas obscenos, depende la ciudad de los muertos por accidente. El Rey del decimo infierno hace girar la rueda del nacimiento y de la muerte, o sea la rueda de la transmigración, y decide el destino futuro de los réprobos que han cumplido su pena. Lo ayudan, llevando los libros correspondientes, centenares de empleados que se reclutan entre los espíritus de los difuntos.

El Budismo y otras corrientes filosóficas y espirituales de la Nueva Era que creen en la reencarnación, también tienen un concepto de Infierno, entendido como un lugar oscuro, triste y tenebroso, alejado de la luz de Dios, donde el alma permanece luego de la muerte del cuerpo en caso de que en la vida persistan en sus errores y se niegan a avanzar y aprender en la escala de la evolución, alejándose de las conductas que elevan su espíritu hacia la luz y persistan en hacer el mal a otros.

La diferencia con lo que sostienen otras religiones, es que para quienes creen en la reencarnación, cada persona contará con suficientes vidas como necesite para limpiar su alma de pecados, arrepentirse, obrar bien y alcanzar la gracia de Dios, con lo cual el concepto del Infierno como castigo eterno, se evapora. Siempre existiría una nueva oportunidad de perfeccionarse y limpiar el alma en otra vida.

Pero no siempre es tan fácil, ya que al elevarse al plano espiritual el alma sería juzgada por un tribunal kármico compuesto por sabios maestros, ya iluminados y perfeccionados que ayudan a las almas de la tierra y no necesitan reencarnar, y según su dictamen, se le daría a la persona la opción de reencarnar en la tierra otra vez, en algún tipo de vida que permita pagar las culpas y limpiar el alma, o permanecer en el plano espiritual y trabajar desde allí por el avance de su alma. Según lo amerite su conducta en la última vida, ese lugar donde permanece el alma puede ser bastante alejado de Dios y estar plagado de oscuridad, presencias de seres tormentosos y sufrimiento.

Igualmente, para las almas que reniegan de Dios, que se niegan a avanzar hacia la luz y permanecen atadas a lo terrenal y no se arrepienten de sus culpas ni quieren purgarlas -tanto reencarnando como desde el plano astral- existiría un lugar desolado, oscuro y macabro, plagado de almas sufrientes en pena e idéntico, en concepto, al Infierno cristiano, con la diferencia que acá se podría salir si el alma, con su libre albedrío, así lo desea y decide, y trabaja por ello elevándose hacia Dios. Sería, en consecuencia, un lugar más parecido al Purgatorio del que hablan los cristianos, y que revisaremos más tarde en este artículo.

Nada es lo que parece

Pero estas teorías han ido cambiando. No cabe duda que el Infierno existe para la mayoría de las religiones y creencias espirituales. La pregunta que subsiste es: ¿cómo existe? ¿Cómo es? ¿Un lugar? ¿Un estado del espíritu?

La idea del lugar físico es y casi insostenible, desde que en el siglo XIX el Protestantismo empezó a sostener que el infierno es un estado o condición y no un lugar. Hoy, ni los católicos más dogmáticos creen en la imagen del espacio rodeado de fuego y salpicado de azufre quemante, que tanto aparece en los cudros y libros más famosos.

Pese a que el magisterio de la Iglesia no ha condenado esta sentencia, muchos de sus miembros, los escolásticos y casi todos los teólogos modernos suponen la existencia de un fuego físico o agente de orden material, aunque insisten en que su naturaleza es distinta de la del fuego actual. Aún así, el cristianismo actual está revisando su posición, y si bien no insiste en las imágenes aterradoras de antaño, recalca el tema de la responsabilidad ante el pecado, poniendo la comprensión del Infierno como un ejemplo que permita apreciar la gracia y la salvación que mana de Dios y mueve a los hombres a elegir el buen camino.

Ya algunos padres de la Iglesia, como Orígenes y San Gregorio Niseno, y algunos teólogos posteriores,entendían el fuego del Infierno en sentido metafórico, como imagen de los dolores puramente espirituales, sobre todo, del remordimiento de la conciencia- que experimentan los condenados. Y según Santo Tomás, la acción del fuego físico sobre seres puramente espirituales se entiende como la sujeción de los espíritus al fuego material, no disponiendo de libre movimiento (Suppl. 70, 3).

Para San Julián de Toledo, el fuego del Infierno tampoco es material, sino una metáfora para expresar el sufrimiento del alma que se purifica.

Hasta el mismo Papa Juan Pablo II, en su catequesis, ha reconocido que las imágenes con las que la Sagrada Escritura presenta el Infierno deben entenderse no literalmente. El fuego del que se habla sería un fuego de características distintas del de la Tierra, y debe entenderse como la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios. El Papa ha advertido de la necesidad de estar atentos a la índole metafórica de determinadas expresiones que la Sagrada Escritura utiliza. Ya hace veinte años (mayo de 1979), la Congregación para la Doctrina de la Fe en su carta Recentiores Episcoporum Synodi, dirigida a los miembros de las Conferencias Episcopales del mundo entero, explicaba el fuego del infierno como la repercusión de la privación de la visión de Dios sobre todo el ser del condenado. En la misma ocasión se sostvo que “aunque la palabra fuego es sólo una imagen, debe ser tratada con todo respeto”.

Según San Juan Crisóstomo , es mil veces peor que el fuego, y San Agustín dice que no conocemos un tormento que se le pueda comparar.

La expresión Infierno, entendida como un lugar “abajo”, tampoco debe tomarse al pie de la letra como localización geográfica, puesto que “lo bajo”, en un sentido espiritual, es lo triste, la pena que apesadumbra el alma, lo que decae al espíritu.

El Infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios. Es un estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados. Así, actualmente, el Infierno se entiende como un estado del espíritu, de la conciencia post mortem, donde se experimentan remordimientos, penas terribles y una ira demoledora contra uno mismo, Satanás y el mismo Dios. Un estado del espíritu, inquieto, sin paz, torturante.

Para graficar este concepto, nada más acertado que la exacta y clara visión del Infierno de los ocultistas de la Orden de los Rosacruces: un lugar inmaterial sin tormentos físicos, pero con un estado perpetuo de abandono y sufrimiento, estado que el hombre labra para su vida futura en proporción al bien o al mal que haga en la Tierra.

La ira sagrada

Quizás una de las afirmaciones más sólidas para rebatir la existencia, o al menos el eterno dolor que supondría el Infierno, la sostienen quienes dicen que si Dios es Amor y ama a todas sus criaturas por igual, es imposible, e incomgruente, que permita la existencia del Infierno y del tormento eterno para los hombres.

Para muchos, la doctrina del infierno es difícil de reconciliar con el Amor y la Gracia de Dios. La Biblia tiene una respuesta tajante y concisa. Casi atemorizante, con la visión de un Dios castigador, pero justo. Dice que si bien Dios es Amor, inmensurable e infinito, también es justo, y no es capaz de mirar iniquidades. Revisa las transgresiones de la ley moral con una vara y las iniquidades con azotes, y de ninguna manera deja impune al culpable.

Ya los hebreos alababan a Dios antes de la venida de Jesús diciendo: "Santo, Santo, Santo Jehová de los ejércitos, toda la tierra está llena de su gloria" (Isaías 6:3). La fundación misma de su trono es la Santidad, y ningún pecado ha de ser aceptado ante su presencia sin antes ser consumido por el fuego y su ira sagrada.

Más conciliadora, la Iglesia suaviza la explicación sosteniendo que cuando consideramos que Aquél contra quien nos hemos rebelado es Aquél que nos dio la vida, quien es la fuente de cada cosa buena que conocemos en la vida, y que ha extendido su amor al dar a Su Hijo como pago por nuestro pecado, no podemos medir de alguna forma la gravedad de nuestro pecado o el castigo que merece. Cuando consideramos también que no hay ninguna indicación de que aquellos que estén en el infierno alguna vez experimentarán un "cambio de corazón" en su actitud ante Dios, sino que de hecho probablemente se volverá cada vez peor, tal vez podamos ver que el juicio de Dios es completamente justo.

El hombre tiene la posibilidad, en vida, de acercarse a Dios para salvarse, y que depende de su libre albedrío el hacerlo o no, tal como Jesús predicó. Dios ofrece, pero no obliga. No es EL quien nos manda al Infierno, sino que somos nosotros los que libremente lo elegimos. El infierno existe, no porque lo quiera Dios, que no lo quiere; sino porque el hombre libre puede optar contra Dios.

Dios es justo; su mandato es que la libertad humana sea real, de modo que no da lo mismo obrar bien que mal, y son las decisiones de cada uno las que determinan el destino. Si se niega la posibilidad del hombre para pecar, se suprime tambien la libertad del hombre; si el hombre no es libre para decir no a Dios, tampoco lo sería para decirle si. O sea, la posibilidad de optar por Dios incluye la posibilidad de rechazarla, y el propio hombre es capaz de condenarse en el uso de su librtad. Negar la posibilidad de condenarnos es negar la libertad del hombre y anularlo. Afirmar que existe el Infierno es tomar en serio la libertad del hombre, porque Dios ofrece la salvación, pero no la impone. El Infierno es el respeto de Dios por la última voluntad de cada cual.

Dice la Sagrada Escritura: “Tan grande como ha sido mi misericordia, será también mi justicia”. Y su misericordia no puede oponerse a su justicia. Como es misericordioso, perdona siempre al que se arrepiente de su pecado; pero como es justo, no puede perdonar al que no se arrepiente.

Según la Iglesia, Dios tiene sus razones para permitir el mal; si impidiera al hombre hacer el mal, violentaría su libertad, y la fe daría la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo. La bondad y misericordia divinas se mostrarían, así, en las abundantes facilidades que proporciona para salvar a los hombres perdonando sus pecados (por ejemplo, en el católico sacramento de la confesión), pero no obliga a nadie a hacerlo a la hora de morir. Su Voluntad es que todos los hombres lleguen a disfrutar de la Visión Beatífica, y para que alguien se condene es necesario que tenga una aversión voluntaria a Dios, un enfrentamiento o una rebeldía contra El , y que persista en esa actitud hasta el momento de la muerte (cfr. Nuevo Catecismo #1037). En esa última hora para el moribundo, expiraría la infnita misericorida de Dios; EL espera hasta la hora de morir, pero quien en el último instante de su vida niega a Dios, su amor y su perdón, debe pagar y renunciar a la comunión divina. Jesús mismo, en la Biblia, dice que para aquellos que "mueren en sus pecados" no hay ninguna posibilidad de reunirse con Él en el cielo (Juan 8:21, 24). Así, la condenación o Infierno no se trata, según la doctrina cristiana, de un castigo de Dios infligido desde el exterior, sino del resultado de las acciones y de las premisas ya puestas por el hombre en esta vida. En sentido teológico, el Infierno es la última consecuencia del pecado que se vuelve contra quien lo ha cometido.

Entre el Cielo y el Infierno

Pero según la Iglesia Católica, y el cristianismo en general, no todos los que pecan están condenados al Infierno por toda la eternidad. Hay un punto medio, entre la salvación del Cielo y la condena del Averno, donde van las almas que han pecado, que deben redimir culpas y limpiarse antes de entrar a la divinidad, pero que no han negado a Dios y han muerto creyendo en EL, aunque sin haber purficado todos sus pecados: el Purgatorio. Una especie de sala de espera, la antesala del cielo. Los que salen de allí, los hacen por la puerta que lleva al Paraíso. Los que han muerto en pecado mortal, sin arrepentirse, han roto definitivamente con Dios y se condenan al Infierno.

La idea del Purgatorio - también considerado un dogma de fe por la Iglesia- es que al Cielo no se puede entrar con restos de pecados, pero que Dios permite que estas almas, en lugar de ir al Infierno, se purifiquen antes de llegar al Cielo en una situación de dolor necesaria para limpiar por completo el alma. A pesar de no aparecer la palabra Purgatorio en la Biblia, la realidad de lo que significa este término está expresada en 2 Macabeos 12, 41-40 como un regalo de la misericordia de Dios.

Así, el Purgatorio, de las opciones para después de la muerte, es la única que no es eterna. Las almas que llegan allí están ya salvadas, y permanecen allí el tiempo necesario para ser purificadas totalmente. No sufren tormentos eternos, pero si les duele estar alejadas de Dios, aunque las oraciones de sus deudos terrenos y su propio arrepentimiento las ayudaría eventualmente a salir de allí y acercarse a Dios. Sobre el dolor en el Purgatorio, la Biblia habla también de fuego al referirse a esta etapa de purificación. "El fuego probará la obra de cada cual ... se salvará, pero como quien pasa por fuego" (1a. Cor. 2, 13-15).

Están de acuerdo los teólogos en señalar que tal vez la pena más dolorosa de la etapa de purgatorio es la Pena de Daño, que consiste en la privación temporal de la visión de Dios, la tardanza en poder disfrutar de la gloria de Dios. En el momento en que el alma se separa del cuerpo y se desprende de los lazos de la tierra se siente irresistiblemente atraída por el Amor Infinito de Dios. Por consiguiente, el retraso en poder gozar de la Visión Beatífica causa un dolor incomparable a cualquier dolor de la tierra. Ha llegado la hora de ver a Dios, pero al no estar debidamente purificada el alma no puede verlo. Esta purificación es indispensable para poder ver a Dios "cara a cara”, y puede sucederse, bien después de la muerte, o bien -total o parcialmente- durante la vida en la tierra.

En razón de esto, los católicos han instituido las misas y las oraciones por los difuntos, como una obra de caridad pidiendo que sus almas salgan del Purgatorio y vayan luego al Cielo.

Para la Iglesia es posible llegar al Cielo directamente, y es deseable obviar el Purgatorio, ya que no es un estado agradable, sino más bien de sufrimiento y dolor, que puede ser corto, pero que puede ser también muy largo. Así, el paso por la purificación del Purgatorio ha sido obviado por algunos santos, y otros lo habrían vivido en la tierra como ejemplo de esta posibilidad de purificación en la vida terrena, ya que ninguno ha llegado a la santidad sin purificarse a través del sufrimiento, la oblación, la entrega absoluta a los planes de Dios, y algunos, hasta el martirio. Así, las oportunidades de purificación que se presentan a través de circunstancias dolorosas o adversas en la vida, deberían verse no como castigo, sino como la oportunidades de purificación, para disminuir u obviar el Purgatorio.
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¿Cómo salvarse del Purgatorio y del Infierno? Según la Iglesia, y todas las religiones, el camino es uno: evitar el pecado, buscar la Voluntad de Dios y no la propia, rechazar el pecado, arrpentire de los pecados y pedir perdón por ellos lo más seguido posible (ante Dios directamente o mediante el sacarmento de la Confesión, según los católicos) y, según la Iglesia Católica, aprovechar las gracias de la Santa Misa y la Eucaristía, aprovechar las oportunidades de ganar "indulgencia plenaria" –una especie de compra del perdón divino que borraría el tiempo de purificación que se tendría que pasar en el Purgatorio pues cada indulgencia plenaria purifica el alma completamente- llevar una vida sacrificada, ofreciendo esos dolores a Dios como penitencia purificadora porque esto da mayor sentido al dolor, procurar acercar a otros a Dios, en una especie de apostolado que Dios premiaría con gracias abundantes que mejoran el alma.

Pero, sin duda, sea cual sea la religión o creencia que cada cual profese, y los ritos que practique, nada es mejor que Amar y servir a Dios, difundir su luz y utilizar las posibilidades de purificación o acercamiento a EL que se presentan a lo largo de la vida. Toda existencia está llena de ellas. Sólo hay que saber verlas y aprovecharlas, en lugar de quejarse y lamentarse por la “mala suerte” o los “castigos” que Dios nos inflinje. En este contexto, los sufrimientos deben verse como gracias de purificación y oportunidades de redimirse aquí en la tierra.


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