miércoles, 25 de abril de 2007

LA HUMANIDAD DE JESUS


La humanidad de Jesús y la divinidad del hombre: Dos reflejos superpuestos

Desde los albores de la humanidad, hasta nuestros días, no ha existido acontecimiento o personaje, pertenezca a la leyenda o a la historia de Occidente, sobre el que se haya escrito o hablado tanto como sobre Jesús de Nazareth. Su vida y su enseñanza han catalizado energías formidables y han sido lugar de proyección de la esperanza y de los más profundos deseos y anhelos humanos, incluso más allá de las fronteras del cristianismo. Precisamente, este aluvión de información, en ocasiones contradictoria, es el que ha contribuido a arropar al personaje, al hombre, al Jesús-Cristo, al Sidharta-Buda, de multitud de identidades entre las que nuestra razón navega desorientada y confusa sin encontrar respuesta alguna.

Por: Raquel Marcos y Jaime Riera

A menudo, intentando asirnos a las muletas de una supuesta realidad, creemos útil recurrir al lenguaje escrito de los textos para obtener ideas y consejos acerca de procesos cuya única llave entronca con la experiencia, con el lenguaje universal de los símbolos que resuenan en nuestro interior. Tropezamos una y otra vez en la piedra de nuestra envanecida racionalidad pensando que se trata de la piedra filosofal, de la panacea de la que han de surgir todas las respuestas. De esta manera, delegamos nuestra experiencia personal e intransferible deambulando en el laberinto de la confusión de lenguas –la mítica torre de Babel-, producida cuando la ignorancia de los hombres codifica ese lenguaje interno y universal.

En este proceso de resistencia a bucear en el mundo, a bucear en nuestro interior, nos desgajamos de la Unidad, caemos y, perdida la confianza en nuestro potencial intuitivo, recurrimos a la autoridad externa que pueda resolver nuestras lacerantes dudas, las mismas que nos sumen en un continuo estado de desorientación, de lucha dialéctica y de supuesta resolución desde el intelecto no exenta de egocentrismo. Ninguno de nosotros puede obviar este encuentro cara a cara con la tentación, este doloroso periplo por el estrecho túnel de la muerte hasta el florecimiento y la Resurrección del Cristo en nuestro Corazón.

A la luz de este prisma de confusión, y a través de sus infinitas facetas, la figura de Jesús ha sido interpretada y reinterpretada hasta la saciedad, y, sobre todo, ha tratado de ser monopolizada por las jerarquías de las religiones cristianas en las que se ha depositado la responsabilidad de dar explicaciones acerca de un entuerto que ellas mismas han propiciado, de tal suerte que las enseñanzas de Jesús se han visto desvirtuadas una y otra vez, y su figura mitificada y desmitificada dependiendo de las manos en las que cayese o de los miedos humanos que reflejase.

Por otro lado, en la misma lucha de opuestos y en encarnizada oposición al mensaje difundido por estas alienantes organizaciones, algunos grupos de personas han tratado de despojar a aquel hombre de todo bagaje divino entendiendo que el terreno de lo humano y lo divino nada tenían en común. Una vez más las etiquetas, los conceptos estáticos en oposición pretenden encasillar en sus estrechos límites una realidad universal, cambiante y eterna de la que somos parte integrante.

Resulta paradójico que opiniones tan aparentemente opuestas como las defendidas por las religiones cristianas según las cuales Jesús, en su calidad de Hijo de Dios, esté exento de cualquier tipo de debilidad humana; y otras, encarnizadamente racionales, según las cuales el Jesús hombre, permanezca ajeno a cualquier tipo de condición divina, compartan, sin embargo, la polarización de los extremos, las dos caras de una misma moneda cuyo elemento de Síntesis y de Unión es, precisamente, la figura de Jesús.

No deja de ser paradójico que esa esclerótica postura racional sea –a pesar de que difícilmente esto sea admitido y reconocido por los que la practican- el resultado, el hijo pródigo de aquella estructura patriarcal que dio lugar a las religiones cristianas. Difícilmente el hijo rebelde se reconocerá en el padre y, sin embargo, su postura sólo adquiere identidad en oposición a él y no en sí misma al trascender la lucha. Al fin y al cabo, la heterodoxia halla su sentido en oposición a la ortodoxia, y lo que en el pasado fue heteredoxo en el presente es una nueva ortodoxia a superar.

La conciencia de haber formado parte de una ortodoxia trascendida no ha de avergonzarnos, sino que, por el contrario, ha de convencernos de nuestra vital importancia como eslabones de una cadena eterna de la que todos, absolutamente todos formamos parte. Nuestro proceso de evolución individual no puede separarse del proceso de evolución del mundo, así que quizá debamos dejar de ser el niño obediente que acata sin rechistar las órdenes del padre o el adolescente que se rebela indiscriminadamente al tomar conciencia de la represión a la que ha sido sometido y tener la valentía, en un tercer momento de Síntesis, de Renacimiento, de Resurrección, de reconciliarnos con nuestro bagaje personal y cultural para, al trascenderlo, forjar nuestro propio camino.

Quizá, el vínculo que fusiona estas dos posturas aparentemente antagónicas (la postura paternalista opresiva y la postura racionalista subversiva) sea, precisamente, la carencia del elemento intuitivo, la represión del hemisferio cerebral derecho que entronca con el pensamiento holístico y simbólico, con la sabiduría universal reflejada en el Corazón humano. Quizá, nuestra confusión venga del dominio de un polo sobre otro, de la separación del cuerpo y de la mente, de lo humano y lo divino, de lo masculino y de lo femenino, de lo racional y lo intuitivo. Quizá debamos reivindicar la humanidad de Jesús y nuestra divinidad como seres humanos para darnos cuenta de que no hay contrarios, sino imágenes simétricas reflejadas en el mismo espejo, que no hay modelos que imitar sino procesos que experimentar.

Si observamos atenta y desprejuiciadamente nuestro interior, el proceso que tiene lugar en nuestro Corazón, no podremos negar la realidad del paralelismo existente entre los procesos individuales y colectivos, si seguimos observando, desidentificándonos de dichos procesos, nos daremos cuenta de que aquel supuesto paralelismo no existe, pues su condición gemela se debe a su superposición, a su Unidad, a la existencia de un Todo, de un Dios, de un Universo del que somos parte intrínseca.

Si observamos, pues, nuestro interior desde la franqueza y el Amor, comprenderemos que sólo integrando la Totalidad de nuestro Ser alcanzaremos el equilibrio y la fusión.

Si exploramos nuestro interior, reconoceremos nuestras voces ahogadas y reprimidas, si miramos a nuestro alrededor sentiremos alzarse las voces de los oprimidos: de las mujeres dilapidadas por sus pecados, de los que mueren de hambre, de los que aguardan para ser ejecutados en las prisiones de países que se autodenominan civilizados, de los que buscan refugio en las drogas como protección ante un mundo que les resulta hostil, de los que atesoran inútilmente riquezas materiales y las protegen con vallas electrificadas y con bombas, de las víctimas y de sus verdugos, pues todos formamos parte del proceso evolutivo, del mecanismo de ajuste divino. ¿Acaso podría haber existido la crucifixión sin un delator que la propiciase? ¿Acaso existe el renacer sin el morir?¿Acaso existe el crecimiento sin el sufrimiento o el pecado, sin Amor y redención?

La humanidad de Jesús

Cuando pensamos en el Jesús histórico no podemos dejar de plantearnos las profundas contradicciones que se establecen entre lo que consideramos humano y el arquetipo angelical, santurrón y asexuado con que las religiones cristianas han tratado de camuflar dicha humanidad.

Tampoco podemos dejar de obviar el hecho de que la tradición judeocristiana entronque con una visión patriarcal y en consecuencia misógina del mundo en el que se identifica a la mujer con el origen de los males que afligen a la humanidad. Todas las civilizaciones han buscado sus chivos expiatorios y he aquí que al elegir como tal a la otra mitad, nuestra cultura ha puesto de manifiesto la más profunda de sus esquizofrenias, ya que, al tratar de negar uno de sus elementos intrínsecos se ha sumido en el más profundo de los desequilibrios.

A través de María, la madre de Jesús, trató la iglesia católica de expiar los pecados de la malograda Lilith, primer prototipo fallido y primer ejemplo de mujer emancipada, y los de la díscola Eva, que, ni en un su tercer intento (según los antiguos hebreos) consiguió Jehová perfeccionar. No deja de resultar sintomático el hecho de que la afirmación de la santidad de María venga, precisamente, de la negación de su femineidad, pues, a pesar de parir a Jesús, mantuvo intacta su virginidad negando todo aquello que pudiera relacionarse con su sexualidad y, afirmándolo, por contraposición al reducir una vez más el potencial femenino a la identificación sexual. María se convertía así en la madre perfecta cuya carne no quedaba mancillada con el inmundo pecado de Eva, en la madre sacrificada y entregada cuya identidad quedaba definida, exclusivamente, por su condición de madre de hombres y esposa de hombre, allanándose una vez más el camino a la culpabilidad sexual que justificaba la represión femenina.

La siguiente pregunta que inevitablemente se plantea es la de si Jesús estuvo casado, la de si hubo una figura femenina fundamental en su vida terrena que brillase con identidad propia, la de si Jesús fue capaz de amar a una mujer hasta el punto de convertirse con ella en una sola carne. Por supuesto, la postura tradicionalmente defendida por la Iglesia es la de que Jesús fue un hombre célibe hasta su muerte, hecho que encaja a la perfección con el modelo sacerdotal preconizado por las jerarquías eclesiales; sin embargo, esta posibilidad parece contradecir las ancestrales costumbres judías que preconizaban la unión con la mujer y la consiguiente procreación como el más preciado tesoro para el hombre.

Siempre ha existido una corriente paralela y subterránea que enlaza a Jesús con la persona de María Magdalena, que defiende el matrimonio de ambos y la existencia de un hijo en común, el discípulo amado, es decir Juan, el adolescente que reposa sobre el pecho de su padre en la Última cena. Quizá sea en este preciso momento de la historia en el que comenzamos a romper los tabúes sexuales y a superar las etiquetas de lo supuestamente masculino y femenino en el que debamos por fin reivindicar al Jesús hombre, al Jesús enamorado, al Jesús padre, al Jesús Uno con el género humano.

Quizá sea también el momento de reivindicar la figura de una mujer como María Magdalena en la que otras tantas mujeres de la actualidad pueden verse reflejadas, la misma que acompañó a Jesús en sus momentos de gozo y padecimiento supremo, la misma que ungió su cuerpo antes y después de la muerte, la misma que se abrió como una flor ante su presencia para impregnarle con la fragancia de su amor incondicional.

Las opiniones de los diferentes autores que han tratado de acercarse de manera desprejuiciada a la figura de María Magdalena parecen coincidir en el hecho de que pertenecía a una clase social acomodada a juzgar por el precio, estimado en 300 denarios, de la libra de nardo legítimo con el que esta mujer, identificada también con María de Betania, ungió a Jesús. La unción representa simbólicamente un hecho de la mayor importancia que no pudo ser llevado a cabo por una mujer cualquiera, sino por alguien muy cercano a él en intimidad y en Amor, en la medida en que presagia su muerte y le identifica con el Cristo, es decir, el ungido. También María Magdalena, como tal esposa, estuvo presente en los dolorosos y terribles momentos de la Crucifixión, acompañándole en la muerte y recibiendo después en su Corazón la gloriosa noticia de su Resurrección, la misma que germina y florece en los Corazones de todas las mujeres y hombres.

Algunos autores defienden que esta mujer, la misma a la que se identifica con Eva y con la Esposa del Cantar de los Cantares, practicó en su juventud el culto a Astarté, la diosa madre, o lo que es lo mismo a Isis, siendo en consecuencia depositaria de la ancestral sabiduría universal de la que todas las religiones son deudoras , la misma que enlaza el cristianismo con la tradición egipcia y sumeria. Si es cierto que esta mujer era oficiante del culto pagano a la diosa madre, practicaría forzosamente la prostitución sagrada lo cual la convertía en una pecadora a los ojos de la mayoría de los judíos: es decir a los de la familia de Jesús, a los de sus seguidores y a los de los futuros intérpretes de las Escrituras. Así, Jesús, desde su benevolencia, podía dignarse a perdonar a una pecadora, a una oveja descarriada, pero ¿podía atreverse a amarla como mujer, como esposa? ¿Podía acaso competir aquella portadora de siete demonios, aquella mujer independiente que no se privó en su juventud de los placeres terrenales, con María, la madre virgen, dechado de virtudes y perfecciones que la iglesia católica nos ha presentado como modelo a seguir por todas las mujeres del mundo? ¿Dónde queda entonces el ideal del perfecto Jesús, el hombre al que las Escrituras ni siquiera se atrevieron a enfrentar con la tentación del sexo?

Jesús se convierte así en el hombre que trasciende los obsoletos valores de la cultura patriarcal para hacer extensivo su Amor a todos los seres, cristalizando éste en su unión con María Magdalena, Jesús no busca a la mujer sumisa, sino la fuerza de lo femenino, es decir, la colaboración y no el dominio, la fusión y no la lucha.

Jesús y María Magdalena se convierten así en la primera pareja moderna de la historia, en la que cada uno de sus miembros, dotados de identidad propia, se sintetizan en uno solo. Maria Magdalena y Jesús representan el Amor que trasciende los obstáculos y las convenciones, la Esposa y el Esposo, el lirio entre los espinos, el manzano entre árboles silvestres, amándose y respetándose como iguales.

Jesús, con sus miedos y sus contradicciones, con su soledad, con sus profundos temores, con su debilidad y su fortaleza de hombre parece ser algo más que un divino ente de paso por la tierra ajeno a las miserias y los sufrimientos de los mortales. Precisamente es este Jesús humano, conectado con su Corazón, el que atraía a las multitudes, a los niños, a las adúlteras, a los tullidos, porque él, más que nadie, desde su condición de hombre, comprendía las miserias humanas, y desde su propio sufrimiento, vivía el sufrimiento de los hombres, de la humanidad de la que él formaba y forma parte.

De esta manera, cada uno de nosotros puede sentirse Uno con su alegría y con su gozo, con su agonía, con sus dudas, con su soledad, con el rechazo y la incomprensión de los que le eran más cercanos, con su desamparo, y esa debilidad no le hace más insignificante a nuestros ojos, sino que por el contrario nos confirma en la grandeza de aquel ser humano que somos todos.

La divinidad del ser humano

Si como seres humanos nos consideramos parte integrante del Universo, quizá debamos bucear en nuestro interior para detectar los desequilibrios de los que nuestra sociedad, nuestra cultura occidental, no es más que un vasto espejo. Admitamos, nos guste o no, que somos herederos de aquella sociedad patriarcal judeocristiana y que quizá, volviendo los ojos hacia ella, podamos comprender los procesos que tienen lugar en nuestra mente y en nuestro Corazón.

Si admitimos que la Biblia, el libro sagrado en el que se ha inspirado nuestra cultura occidental, fue escrito por hombres que vivieron hace dos mil años y por hombres de aquella época también interpretado, comprenderemos sus carencias, que son las nuestras, sus contradicciones, que son también las nuestras y la necesidad, si se quiere, de llevar a cabo una nueva interpretación a la luz de nuestra evolución como seres humanos. Sólo en este momento se revelarán a nuestros ojos aspectos que en su momento pasaron desapercibidos o que fueron intencionadamente obviados o tergiversados con la intención de que encajasen en la mentalidad y en los intereses de las religiones organizadas. Quizá haya que tener nuevos ojos para ver y nuevos oídos para oír.

Si hay algo en lo que podemos reconocernos herederos de la cultura judeocristiana es en el sentimiento de vergüenza y de culpa por nuestra condición de seres humanos, la misma que desde el paternalismo y la manipulación estableció parapetos infranqueables entre lo humano y lo divino, la misma que negando la Reencarnación negó también el proceso eterno de perfeccionamiento hasta la Unión con Dios, la misma que resolvió la contradicción mediante la creación de un espantoso infierno en el que debíamos expiar todos aquellos pecados de los que no tuvimos tiempo de purificarnos tras nuestra efímera e insignificante existencia.

La misma vergüenza que, desde una supuesta negación del paternalismo, entregó a la razón y al intelectualismo elitista el cetro de una falsa divinidad, arrebatándole al Corazón humano su verdadero potencial.

Esta vergüenza de la condición humana y la consiguiente negación de su potencial divino que tanto las iglesias organizadas como las monocromas actitudes racionalistas y mecanicistas han propiciado, es la que obstaculiza y entorpece el proceso de Síntesis, el proceso de Trascendencia, el tercer momento de Resurrección al que todos estamos abocados.

Por un lado, quizá hasta los que nos creemos más ajenos e invulnerables a esta carga cultural, debamos profundizar para descubrir si no se encuentra realmente anclada en nuestro inconsciente colectivo y las paralizantes consecuencias que se derivan de ello.

Por otro, podríamos llegar a la reconfortante conclusión de que todos nuestros problemas y carencias, toda nuestra neurosis individual y colectiva se debe exclusivamente a la represión ejercida por las religiones organizadas y, de esta manera, desempolvarnos el peso de la responsabilidad, pues los problemas hallarían su origen en algo ajeno a nosotros: la educación de nuestros padres, la castrante presión de las jerarquías eclesiásticas, la ineptitud de los gobernantes...
¡Resulta tan reconfortante cargar la responsabilidad de nuestros desequilibrios en hombros de otros!

No deja de resultar paradójico el hecho de que el achacar la culpa de todo lo malo que nos ocurre a algo externo a nosotros sea, también, una consecuencia de nuestra pertenencia a esta cultura judeocristiana, con el resultado de que, tratando de rechazarla, hacemos que cobre aún más fuerza y caemos en un nuevo proceso de identificación sin ser conscientes de ello. Ni que decir tiene que, de esta manera, quedamos encerrados en un peligroso juego de espejos, en un círculo sin aparente salida mediante el que potenciamos lo que supuestamente queremos negar.

Si en lugar de luchar contra aquello de lo que somos herederos, si en lugar de negarnos a nosotros mismos deponemos las armas y admitimos honesta y humildemente nuestras carencias, quizá hayamos dado el paso necesario para que la fuerza centrífuga del círculo nos deje en libertad o para que su fuerza centrípeta nos permita zambullirnos en su interior sin resistirnos.

La visión racionalista y mecanicista del mundo es un escalón más en nuestro proceso de evolución interna y, como tal, ha de ser trascendido. Nuestra sociedad occidental niega la realidad de todo aquello que no puede ser medido o pesado, es decir, de todo aquello que no puede ser percibido por los sentidos o comprendido por la razón. Como consecuencia de esta actitud empírica, todo aquel que defiende la realidad de lo espiritual o sobrenatural es acusado automáticamente de inmadurez intelectual y, en determinados casos, de enfermedad mental. No deja de ser curioso que este tipo de conocimiento intuitivo y holístico, que conecta con lo más profundo de nuestro Ser, con nuestro Corazón, sea relegado por el conocimiento racional al terreno de la superchería, obstaculizando así nuestro desarrollo global y el despliegue de nuestro verdadero potencial como seres humanos.

Naturalmente, la interpretación de que Jesús fue un ser humano, como todos nosotros, que al desarrollar su potencial, trascendió el tortuoso túnel de las tentaciones (de las luchas egoicas) para acceder a una nueva visión espiritual (intuitiva y holística) que preconizaba el Amor a Dios, al prójimo e incluso al enemigo en la conciencia de que todos somos Uno y de que el Amor hacia uno mismo es, en definitiva, el Amor hacia la humanidad en su conjunto, no puede coincidir con la tradicional explicación según la cual un ente divino, ajeno a todo lo humano, bajó de los cielos para recordarnos nuestra condición de pecadores.

No es de extrañar que las religiones organizadas, creadas y dirigidas por seres humanos en un determinado estado de evolución defendiesen esta última opción, ya que la consecución de los propios intereses en detrimento del bien común no hace sino poner de manifiesto un nivel de conciencia que no ha accedido a la fusión y a la Unidad y que requiere la existencia de un Dios vengativo, paternalista y castigador que se manifieste en el interior de los templos de piedra y a través del filtro mental de las jerarquías que los sustentan.

Así, el mensaje integrador y holístico de Jesús, sus palabras y el ejemplo de su vida como ser humano defensor de los oprimidos, detractor de las jerarquías y las iglesias organizadas, ha sido tan manipulado y tergiversado en el curso de estos dos mil años que resulta irreconocible, aunque, quizá, como todo lo que forma parte de este Universo, su doctrina haya debido pasar por el proceso de transformación que, inevitablemente, desemboca en un segundo nacimiento.

No es que debamos buscar ejemplos que imitar, no es que debamos seguir ciegamente los pasos de Jesús o de Buda o de cualquier otro. No se trata en absoluto de imitar, sino de experimentar, de cuestionar hasta la saciedad todos los caminos, todas las doctrinas, todos los credos, de dar a nuestro Corazón la oportunidad de deshacerse de sus lastres, de expandirse, de florecer para conectarse con el Todo, con Dios, para experimentar su verdadero potencial, el mismo que Jesús o Buda desarrollaron, el mismo que está en nuestro interior, ese Príncipe, ese Cristo adormecido esperando ser despertado de su largo letargo.

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