miércoles, 25 de abril de 2007

Religiones: El opio del pueblo


La espiritualidad radica no en la práctica de un credo religioso ni en la comprensión racional de ideologías, sino en aprender de la experiencia personal directa sobre el Amor, disfrazado detrás de las múltiples máscaras del egoísmo individual. Sólo comprendiendo y trascendiendo este yo inferior, la autocapacidad de amar se libera y la conciencia personal, libre de las ideologías culturales con las que se identifica y refugia ante el imprevisible y "doloroso" devenir de la existencia, penetra de un modo gradual en el conocimiento real de los misterios de la Vida y de la Muerte.

Por Jaime Riera Pérez

La crítica adversa hacia las estructuras políticas, jerárquicas, económicas o doctrinales de la religión organizada hace que la inmensa mayoría, por no decir la totalidad, de los creyentes sientan agraviada su sensibilidad, aunque tal crítica esté fundamentada en hechos históricos verídicos e irrefutables y omita cualquier alusión a la individualidad personal.

Los creyentes en alguna religión sienten tanta adhesión e identificación con toda la Realidad externa relacionada con su Religiosidad interna que les es difícil reconocer y aceptar consciente y consecuentemente todas las injusticias sociales y miserias morales cometidas por la propia iglesia o religión durante su deambular histórico, ya que esto podría originarles una catarsis y, con ello, el posible derrumbamiento de lo más preciado que puede disponer el ser humano: el sentimiento de aproximación al "Origen", a la "felicidad imperecedera", a Dios, .... Este sentimiento se lo proporciona la vinculación a su religión, aparte del bálsamo llamado resignación -sin comprensión- empleado ante los problemas materiales y existenciales, es decir, ante el sufrimiento de la Vida.

A esta dependencia de los métodos organizados para buscar a Dios es a lo que se refería Carlos Marx como el "opio del pueblo". Ese "opio" que ofusca al Espíritu y acrecienta los egoísmos en pos de las luchas del yo (posición y triunfo social, dinero, poder, fama,...), que imposibilita una vida más auténtica, libre y justa. De lo contrario, Marx hubiera dicho -lo que presumiblemente jamás diría- que "la espiritualidad es el opio del pueblo". Aunque los contenidos ideológicos subyacentes en ambas frases parecen guardar similares significados, la realidad personal y social derivada de sus praxis vivenciales es notablemente diferente, más bien diametralmente opuesta.

La religión organizada gravita alrededor de la letra muerta de los textos sagrados, interpretada por autoridades jerárquizadas, lo cual genera códigos de creencias, ritos y dogmas preestablecidos e impuestos sutilmente a los creyentes para, negándoles la facultad de razonar por sí mismos, exigirles una fe con la que digerirán el alimento religioso, más bien teológico y previamente "ensalivado y masticado", para beneficio de la salvación, de la iluminación, de la vida eterna, ...

La espiritualidad radica no en la práctica de un credo religioso determinado ni en la comprensión racional-intelectual de complejas o sencillas ideologías (filosóficas, psicológicas, metafícas o éticas), sino en aprender de la experiencia personal directa sobre (y de) el Amor, disfrazado y encubierto detrás de las múltiples "máscaras o sombras..." (vanidad, ira, rencor, lujuria, codicia, envidia, etc.) del egoísmo individual, sobre el cual hay que, en primer lugar, comprender y asimilar, luego controlar y transcender ese yo inferior. En la medida en que la autocapacidad de Amar libere sus ataduras egoicas, la conciencia personal, abandonando sus estados ordinarios e inferiores originados por las enajenadoras ideologías culturales con las que cotidiana y normalmente se identifica y refugia ante el imprevisible y "doloroso" devenir de la existencia, penetraría de un modo gradual y progresivo en el conocimiento real de los misterios de la Vida y de la Muerte.

Es decir, la Espiritualidad busca a Dios, al Tao, a Brahman, o a la Inteligencia Universal, o a la Autorrealización Suprema (el concepto empleado carece de importancia) únicamente a través de la experiencia de "amar al prójimo como a uno mismo", reflejándose en los actos y hechos del vivir diario.

Si la adicción al "opio del pueblo " persiste desde hace siglos, no será porque nunca hemos aprendido a desterrar lo Sacro y Eterno, lo Espiritual y lo Místico, de los límites de lo religioso. Y sentir todo ello en la vida cotidiana como un despertar y transformar de la conciencia que celebra la Divinidad y lo Sacramental dentro de lo ordinario: en la actividad de cepillarse los dientes o fregando los platos y en la realización de los actos más elementales de la vida, en la noche estrellada, en el vuelo de las aves, en la metamorfosis del gusano que se hace mariposa, en el viento frío golpeándote el rostro, en el tránsito de la semilla hacia la flor y el fruto, en la sonrisa de un infante, en la calidez y amistad de un abrazo o en un apretón de manos, en los ojos de un semejante, en la oración y esperanza por el enfermo, en la compasión sin lástima por el que sufre ... y en todo lo que suscita Amor incondicionado, ya se encuentre dentro o fuera de nosotros.

De esta manera, quizá las interrelaciones personales cambiaran y no nos trataríamos como objetos de usar y desechar, o como entes comerciales y experimentales, sino con profunda y respetuosa consideración a la santidad y divinidad existente en cada persona. Lo que ocasionaría una raza más humana y conscientemente unificada, sin la necesidad de los múltiples "opios" (que no son todos necesariamente de ámbito religioso), con la presencia de Dios.


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