sábado, 28 de abril de 2007

Sectas: La falsa búsqueda de la felicidad


En sus inicios, cualquiera de las llamadas religiones podría haber sido considerada una secta, bien porque derivase de una vía de pensamiento más antigua, bien porque emanase directamente de la auténtica religión natural: la vida misma, es decir, de el Amor, el Poder y la Sabiduría Universal reflejada en el microcosmo humano. En ambos sentidos, el cristianismo sería una secta originada en el Judaísmo, que después derivó en Catolicismo; y el Protestantismo una secta escindida del tronco Cristiano-católico.

Por: Raquel Marcos Sánchez y Jaime Riera Pérez

Resulta tremendamente difícil dar una definición exacta de la palabra secta tal como se utiliza en la actualidad, sobre todo porque, por influencia del sensacionalismo del que hacen gala los medios de comunicación, dotamos de manera indiscriminada al vocablo de un matiz peyorativo para legitimar, por oposición, el concepto de religión oficial y tradicional.

No obstante, el baremo comúnmente empleado en la actualidad por los expertos para designar a una secta-religión como destructiva o inocua es el daño psíquico que la pertenencia al grupo pueda ocasionar a los adeptos, considerando como destructivo a todo grupo que se adapte a los siguientes puntos:

1) Son un grupo cohesionado por una doctrina demagógica y encabezado por un líder que es la misma divinidad o un elegido por ella; o bien poseedor de la verdad absoluta en cualquier medio cultural o social.
2) Se organizan en torno a una estructura teocrática, vertical y totalitaria en donde la palabra de los dirigentes es dogma de fe.
3) Propugnan un rechazo a la sociedad y a sus instituciones.
4) Utilizan técnicas neurofisiológicas que sirven para anular la voluntad y el razonamiento de los adeptos.
5) Viven en comunidades cerradas o en total dependencia del grupo.
6) Son sus actividades principales el proselitismo y la recolección de dinero. En el caso de las sectas multinacionales el dinero es enviado a las delegaciones de cada grupo.
7) Haciendo uso de la coacción psicológica, obtienen grandes sumas de dinero de sus adeptos o sus patrimonios personales.
8) Se fomenta la adhesión total al grupo y se obliga a romper con los lazos sociales anteriores a la entrada al grupo.
9) Controlan la información que llega hasta sus adeptos.

En sus inicios, cualquiera de las llamadas religiones podría haber sido considerada una secta, bien porque derivase de una vía de pensamiento más antigua, bien porque emanase directamente de la auténtica religión natural: la vida misma, es decir, de el Amor, el Poder y la Sabiduría Universal reflejada en el microcosmo humano. En ambos sentidos, el cristianismo sería una secta originada en el Judaísmo, que después derivó en Catolicismo; y el Protestantismo una secta escindida del tronco Cristiano-católico.

Un problema ancestral: La secta de Jesús de Nazaret

El historiador Tácito describía en sus Anales la persecución llevada a cabo por Nerón contra esos sediciosos judíos que con el tiempo serían denominados cristianos, calificando sus ideas de superstición moral y perversidad, a la vez que les acusaba de cometer crímenes vergonzosos y de aborrecer al género humano. Otro historiador romano, Plinio el Joven escribía que la doctrina de esos judíos era locura y una superstición perversa y excesiva. Incluso los verdugos de estos judíos-cristianos resaltaban su terquedad y su perversidad inflexible. Las autoridades religiosas del primer siglo señalaban su peligrosidad como los que trastornan el mundo entero. (Hch. 24:5).

Debido al escaso número de adeptos con el que esta heterodoxa doctrina contaba y, en consecuencia, a su nula repercusión social, el grupo fue considerado por el pueblo hebreo y romano como una secta de la religión judía conocida como secta de los nazarenos (Hch. 24:5). Su peligrosidad residía en incitar a sus creyentes a responsabilizarse de su propia salvación, de sus propias ideas y hechos, para lo cual, no necesitaban templos de piedra, ni dogmas, ni rituales, ni clero que les guiase en el largo sendero hacia Dios. En la ardua pero gratificante tarea de buscar en el interior de uno mismo la Divinidad, desestimaban la dependencia de cualquier autoridad externa al individuo. Así lo proclamó Jesús, quizá el más sabio de aquellos obreros judíos: “... a nadie llaméis Padre ni Maestro, porque uno solo lo Es (Mt., 23:9)... y el espíritu de Dios mora en vosotros”.

Transcurridos 300 años después de la muerte de Jesús de Nazareth, el cristianismo primitivo fue secularizado por el emperador romano Constantino el Grande, escindiéndose de las enseñanzas originales de aquella secta de los nazarenos otra manera de percibir lo Humano y lo Divino que sería conocida como Catolicismo.

Las nuevas estructuras cristianas jerarquizadas, en maridaje con el poder gobernante, modificaron, sobre todo en la psicología de las masas, la conceptualización social de secta cristiana por la de religión Católica, Apostólica y Romana, la cual, una vez asentada en el poder, dejaba de representar un peligro, excepto para aquellos de sus adeptos (Arriano, Lutero, Calvino, Zwinglio, Knox y un largo etcétera) que pretendieron, de alguna manera, reformarla. Dicha actitud generó una pluralidad de nuevo grupos sectarios -aglutinados actualmente bajo el epíteto genérico y popular de protestantismo- que representaban un peligro para las sociedades católicas de siglos pasados en la medida en que su cuestionamiento se llevaba a cabo desde los siguientes ámbitos: Por un lado, desde el punto de vista teológico o teórico, negaban la infalibilidad del Papado, desobedecían a la jerarquía católica y aducían que ésta no era obra de Jesucristo; proponían la reducción de Sacramentos; rechazaban la existencia del Purgatorio y de algunos dogmas de fe; invalidaban las oraciones a los difuntos y ciertas partes de la santa misa; señalaban como idolatría el culto a las imágenes, etc...

Por otro, el peligro más real y acuciante se manifestaba en la estrechez de miras y en la dureza de pensamiento que llevaba a las diferentes corrientes a autoproclamarse poseedoras de la Verdad Absoluta, hecho del que se servía la corriente en el poder -en este caso la Iglesia Católica- para aplicar todo tipo de métodos, por drásticos y espeluznantes que fueran, que frenasen la propagación de las doctrinas heréticas.

La religión, entendida desde un punto de vista jerarquizado y dogmático, no puede sustraerse de su contexto, del tiempo que le toca vivir y, en este sentido, las nuevas corrientes religiosas no dejan de ser el reflejo de las limitaciones egoicas de sus líderes y de sus adeptos que las defienden ciegamente desde la comodidad y el fanatismo, convencidos de haberse convertido en la excepción, en el grupo escogido y privilegiado que monopoliza la verdad.

Un problema actual

El actual momento de crisis, en el que tanto los sistemas políticos como las religiones ortodoxas parecen haber fracasado en su intento de crear una sociedad libre y justa, en el que, como individuos, nos encontramos atemorizados e inseguros, favorece la aparición de organizaciones religiosas, místicas y esotéricas que pretenden erigirse en intermediarias entre Dios y el Hombre. Se trata de ofrecer escapatorias, dogmas que emboten nuestra mente lo suficiente como para delegar en otros el poder de pensar y decidir. Este deseo de respuestas fáciles, de píldoras de la felicidad proviene de un miedo a la libertad, de un miedo a cuestionar los valores y creencias en los que, a pesar de la insatisfacción, tan cómodamente nos hemos instalado.

Deseamos ser ayudados desde fuera, necesitamos algo ajeno a nosotros que nos saque de la confusión, de la ansiedad, seguimos instrucciones con la intención de que la angustia desaparezca, pero el dolor no deja de estar presente. Como dice Krishnamurti: “nosotros mismos creamos la autoridad y luego nos convertimos en esclavos de ella”. Esta confusión, derivada de la pérdida de identidad con el Universo, es la que nos hace seguir al otro (no olvidemos que una de las raíces latinas de las que parte el vocablo secta es precisamente sequor, tomar por guía, marchar detrás de), convertirlo en un líder indiscutible portador de la verdad absoluta, debilidad que algunas organizaciones destructivas aprovechan para coaccionar psicológicamente en beneficio de sus propios intereses económicos.

Ser libre implica, en el plano psicológico, ser dueño de los propios actos y aceptar nuestra responsabilidad ante el mundo ateniéndonos a los posibles equívocos y fracasos que puedan derivarse de esta actividad.

Para comprender la confusión que nos lleva a la esclavitud mental, hemos de hallar su origen, y el origen somos ni más ni menos que nosotros mismos. De nada sirve culpar al sistema organizado de nuestra falta de libertad y sentido crítico -eludiendo una vez más nuestra responsabilidad-, cuando los problemas del mundo son precisamente el reflejo de nuestro conflicto interno. Si estamos atemorizados, no nos acercamos a la realidad tal cual es, sino que la interpretamos a la luz de nuestros prejuicios, condicionamientos, gustos y aversiones. La verdad viene de nuestro interior, y sólo conociéndonos a nosotros mismos, sin necesidad de intermediarios, podremos hallarla. No hemos de esforzarnos en emprender arduos viajes por mundos lejanos para toparnos con ella, nada conseguiremos con pedirle a alguien que nos desvele su fórmula mágica, el preciado elixir que acabe con todos los males que nos aquejan. La verdad se manifiesta cuando, más allá de nuestras luchas internas, estamos preparados para recibirla y sólo entonces seremos capaces de vislumbrarla en todas partes, de conectar con ella desde nuestro corazón sin necesidad de religiones o sectas organizadas, sin coacciones, sin rechazar al que no piensa como nosotros, sin necesidad de separarnos del mundo sino en plena comunión con él. Sólo en ese momento nos convertiremos en nuestra propia autoridad, en nuestro propio líder, más allá de los procesos hipnóticos propiciados por las religiones organizadas.

¿Qué ocurriría si un amplio sector de la población mundial evidenciara la inutilidad de líderes y autoridades en los ámbitos y disciplinas del saber humano? ¿Qué ocurriría si el aprendizaje autodidacta y la autosuficiencia se convirtieran en condición indispensable para la expansión de la conciencia individual en aras de la libertad psicológica y espiritual?

De nada sirven ya los valores morales y éticos abanderados por las religiones y sistemas políticos. En pleno siglo XXI, la humanidad está cansada de falsas promesas y esperanzas. Quizá tengamos que redescubrir alternativas más válidas para construir un mundo mejor en la vida de aquellos individuos que la Historia ha considerado precursores de religiones y sectas -cuando éstas aún no estaban contaminadas por el poder del dinero y el egoísmo- y cuyas creencias resultaron tan simples y tan abstractas, tan transgresoras, en definitiva, para las sociedades con las que convivieron y las que habrían de venir, que hubieron de ser enmarañadas y desvirtuadas con el paso de los siglos debido a la profunda revolución espiritual, tanto individual como social, que en sí mismas supusieron. Como dijo A. Malraux, “el próximo siglo será religioso o no será”.


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