miércoles, 25 de abril de 2007

Y los Dioses Venían de Orión...


Colosales y enigmáticas, las pirámides de Egipto encierran miilenios de fascinantes misterios. Teorías acerca de su procedencia, construcción y finalidad sobran, pero hay una, quizás la menos difundida, que las relaciona íntimamente con la Atlántida, el también fascinante continente perdido de Platón.

Por: Camilo Valdivieso

Hoy sabemos que el hundimiento de la Atlántida dio pie para que muchos de sus supervivientes emigraran a distintas partes del orbe, tratando con ello de rescatar su cultura, como haría cualquier persona que viera su entorno colapsar. De esta manera, plantear esta teoría no es especular, sino sólo narrar algo obvio. Uno de los pasos seguros de estos grupos migratorios era atravesar el desierto libio, cruzar el desierto del Sahara – que en esa época fue un lugar fértil y verde – y así arribar al país del río Nilo.

Lo más lógico sería que los atlantes hubieran adaptado su cultura más autóctona en esa zona, fundando templos que los hicieran sentir como en casa. Ya hemos mencionado que la estructura piramidal es oriunda de los atlantes, y que éstos, o las habrían ideado a la perfección o directamente las recepcionaron desde el cosmos. Existen teorías por demás muy inteligentes e interesantes, y que de una u otra forma confirmarían la segunda opción.

La ciencia ortodoxa actual, que hemos aprendido del colegio y la universidad, plantea una visión muy estrecha de la génesis egipcia, sin posibilidad de reflexión alguna. Por ello, parece ridículo y a la vez extraño que los científicos piensen un poco más. A veces creo que los grandes intelectuales, incluso aquellos que trabajan para las grandes potencias, o no saben o están amenazados para no hablar, ya que es increíble que en el año 2003 toda teoría que implique una nueva concepción de la historia esté relegada al ocultismo o esoterismo. Pero no hay plazo no se cumpla, y aún quedan esperanzas de que todo, algún día, cambiará.

Como decíamos en párrafos anteriores, la ciencia tiene una postura marcada con relación a Egipto, datando su origen hacia el año 2.925 a.c., los que significa que en menos de cuatro siglos ya se estaban construyendo los colosos arquitectónicos que conocemos en la meseta de Gizeh. Dentro de las teorías que plantean los arqueólogos, está la que refuerza esa idea conservadora de que las pirámides fueron hechas como templos funerarios de los faraones más importantes de la dinastía. Sin embargo, jamás se ha encontrado ninguna momia dentro de las pirámides de Gizeh; incluso cuando el Califa Al- Mamun decidió dinamitar la entrada de la arquitectura mayor en el año 820 d. C., no encontró nada.

Es curioso comprobar cómo la ciencia plantea la construcción de las pirámides, ya que debemos tener en cuenta que cada bloque de piedra usado pesa cerca de 6 toneladas. Si pensamos que la Gran Pirámide – Keops – tiene aproximadamente dos millones y medio de bloques... (!), es prácticamente imposible que se la haya construido en un tiempo determinado. Aunque fuera posible imaginar que se pudieran haber colocado entre 15 y 25 bloques diarios, utilizando para ellos miles de hombres que hubieran arrastrado cada trozo de roca, estaríamos hablando de 150 años de trabajo ininterrumpido. Personalmente, dudo que esta gente comiera rocas, por lo que debían también preocuparse de sus cultivos.

Para detallar un poco más el tipo de construcción que debían realizar los egipcios debemos tener en cuenta que el arquitecto debía solicitar una pirámide de base cuadrada y con cada lado mirando hacía un punto cardinal, es decir, sur, este, norte y oeste. Debía tener una longitud de 230 metros y una altura de 146 metros, lo que dá la misma proporción que la circunferencia de un círculo en relación con su radio. Hasta el momento el encargo parece más bien sencillo, tomando en cuenta las necesidades antes mencionadas. La inclinación de los lados debía tener un ángulo de 52 grados y, si seguimos, nos daremos cuenta que cada hilera debe tener un peso mínimo entre seis y 30 toneladas, la segunda debe ser de un peso un poco menor pero con un ángulo de 52 grados entre el borde de la primera hilada y la segunda, y así sucesivamente.

Pero el problema más grave es cómo subir los bloques para la tercera, cuarta y otras hileras de bloques cuadrados macizos. Se supone que para ello utilizaban unas rampas construídas con la madera de los árboles que extraían de los valles –no sé si existieron árboles tan grandes– para luego ponerlos en ángulo de inclinación y a través de sogas elevar uno a uno esos bloques tan pesados. Como dijimos anteriormente, esta teoría plantea que los egipcios nacían solo para construir pirámides, y su vida se iba en eso. Si tomamos en cuenta el tiempo de demora, prácticamente ninguno pudo ver terminada su obra.

Heródoto planteó que la construcción de las pirámides fue echa a través de los mismos escalones que iban colocando, por lo que descartó las rampas echas con árboles de 150 metros:

“La pirámide se construyó de escalón en escalón, igual que almenas, como las llaman, o según otros, igual que altares. Después de colocar las piedras de la base, subieron las restantes piedras hasta los lugares que le correspondían utilizando maquinas formadas con tablones de madera cortos. Las primeras máquinas las subieron del suelo hasta lo alto del primer escalón. En éste había otra máquina, que recibía la piedra a su llegada y la transportaba hasta el segundo escalón, desde donde una tercera máquina lo subía aún más.”

Lamentablemente para aquel que quiera justificar esta teoría tan antigua, cada tablón de madera, por más grueso que fuera, no pasaría de los 15 centímetros de espesor, y para bloques de 6 toneladas es prácticamente imposible. Y aunque asi fuera, esta técnica es más lenta que la anterior, por lo que personalmente la descarto.

Otro monumento realmente increíble es la Esfinge, la cuál habría sido construida por el hermano del faraón Keops, Kefren, hacia el año 2.500 a. C., casi al mismo tiempo en que construía la segunda pirámide de la meseta de Gizeh. Se le atribuye la autoría a Kefren ya que se encontró este nombre en un cartucho en la pata de la esfinge, pero Gastón Maspero, Director del Departamento de Antigüedades del museo del Cairo hacia el año 1900, planteó muy sabiamente que Kefren solo se limitó a excavar y arreglar la esfinge, ya que ésta era muy antigua.

Cuando uno camina por la meseta de Gizeh y reflexiona en la extraña construcción de estos colosos, llega a la conclusión de que deberían haber sido edificados o apoyados por alguna tecnología superior. No precisamente extraterrestres, pero sí evolutivamente adelantada. No es de extrañar que se sugiera a los atlantes como propulsores de estas construcciones, aunque para ello no podemos respetar las fechas impuestas por la arqueología tradicional, si no que tendríamos que plantear una fecha que se complementara con la caída y destrucción del continente perdido del Atlántico.

De la misma manera, tampoco podemos aceptar la erosión sufrida por estos monumentos como consecuencia de la lluvia y el viento –la explicación más común– sino que debemos aducir que la esfinge estuvo en alguna ocasión tapada por el agua. Sí!, ya que la última glaciación –o diluvio universal– también afecto a estas zonas. Entonces, esta arquitectura tendrían como mínimo cerca de 12.500 años de antigüedad (!), y sería remanencia de los atlantes supervivientes, los cuales fundaron una de sus colonias más ricas y productivas del mundo.

La teoría de la erosión por el agua la planteó hace varios años el investigador John West, quién aseveró que por más indicios que haya sobre la existencia de pruebas que marquen una actividad en Egipto a partir de 5000 años atrás, estás solo son referencias y herencias de una cultura mucho más compleja en el pasado.

Hoy es comúnmente aceptada la idea de que las obras de arquitectura con estructura piramidal –fueron patrimonio de muchas y milenarias culturas y se halalan repartidas por toda la tierra, no sólo en Egipto– fueron construídas como centros de generación energética, algo así como máquinas de poder perfectas que lograrían estabilizar a la tierra, además de crear puentes dimensionales con el cosmos, al parecer el lugar de origen de muchas culturas que tenían una conexión constante con las civilizaciones del mundo.

Por ello, no es extraño el descubrimiento que hizo Robert Bauval en su libro el “The Orion Mysteries”, y que luego reforzó Graham Hancock en su obra “Fingerprints of Gods”, ya que se debía relacionar el gran conocimiento que poseían los egipcios del cielo con la construcción de estos templos que estaban proyectados a recepcionar energía cósmica. Reflexionando en las tres pirámides de la meseta de Gizeh, Bauval estimo que había algo extraño con la tercera y más pequeña de las tres pirámides, Menkaura, ya que estaba desviada hacia el este. Observando el filmamento divisó con atención el cinturón de Orión, y su semejanza con los monumentos colosales de Gizeh: las pirámides representaban fielmente al cinturón de Orión, y la vía láctea correspondía al Nilo.

En 1964, una revista de estudios orientales había presentado una teoría muy similar. La autora, Virginia Trimble, una astrónoma de origen norteamericano que intentaba verificar una teoría relacionada con el pozo de ventilación meridional de la cámara del Rey, señalaba que el pozo de ventilación estaba dirigido hacia el cinturón de Orión hacia el año 2.550 d. C. La idea central de dirigir la abertura piramidal hacia esta constelación tenía directa relación con la creencia de que al morir un faraón su alma traspasaba el lugar dirigiéndose a los salones de Amenti, y luego a la constelación del cazador, ya que de ese lugar provenía Osiris, el dios fundador de la cultura egipcia.

Cabe recordar que si la meseta de Gizeh representa a las Tres Marías –Zeta, Épsilon y Delta– hay pirámides que reflejan otras estrellas, como la pirámide de Nebka en Abu Ruwash, que corresponde a la estrella situada en el pie izquierdo del cazador, y la pirámide de Zawyat al-Aryan, que corresponde a la estrella que esta en su hombro.

Las teorías que afianzan la seguridad de un nuevo replanteamiento de la historia egipcia son bastante largos de detallar, por ello iremos al grano.

La fecha que planteaba la doctora Trimble en su escrito denotaba un error, porque para esa fecha el conducto que se proyectaba desde la cámara del Rey no se dirigía directamente a la estrella a la estrella del medio del cinturón, que correspondían a la de Kefren. Lo ideal era que el conducto apuntara a la estrella Zeta Orionis, que sería la Gran Pirámide en el cosmos. Esto se debió a que el cálculo consideraba un ángulo de 44. 30 grados, cuando en realidad eran 45 grados, y por ello la diferencia era de aproximadamente un siglo, por lo que el año 2475 d. C. El conducto de la pirámide de Keops se dirigía a la estrella Zeta Orionis a la que los egipcios llamaban al-Nitak.

Luego de análisis y estudios detallados de la máxima inclinación del cielo, se habla de varios miles de años antes, cuando el filmamento lograba convertirse en un espejo que reflejaba fielmente lo que acontecía en la meseta de Gizeh, incluyendo al río Nilo. Esto se habría llevado a cabo hacia el año 10.450 a. C., coincidiendo nuevamente con la época del cataclismo atlante. También, causalmente, hay mucha relación con los relatos que hiciese en su momento Edgar Cayce, cuando hablaba que los planos de la Gran Pirámide se llevaron a cabo el 10.400 a. C.

Lo más importante detrás de esto es que la ciencia independiente, adoptando una actitud indiferente ante la presión del conservadurismo, ha logrado obtener conclusiones realmente sorprendentes e impensadas hace algunos años atrás. Esperemos que día a día podamos seguir desentrañando éste y otros misterios que nos llevan, sin duda, a reescribir la historia planetaria.

(Este texto es un extracto del libro La Revelación Atlante, escrito por Camilo Valdivieso, y de pronta publicación).

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