viernes, 4 de mayo de 2007

El problema básico


Cómo vivir en este Mundo quedando libre de la Actividad Egocéntrica

Si observan su propio pensar, si están atentos al funcionamiento de la propia mente, verán que desean estar con un pie en este mundo y con un pie en el otro, cualquier cosa que ese otro mundo pueda ser. ¿Cómo puede una mente agitada por codicia, comprender algo que es completamente quieto y que tiene un movimiento propio en esa quietud? Nuestro problema no es el mundo de los medios, de las ideas y de los políticos, sino el mundo que existe dentro de nosotros mismos.


Y bien, ¿cuál es nuestro problema básico? Como estudiantes, como hombres de negocios, políticos, ingenieros o como los así llamados buscadores de la verdad -cualquier cosa que ello sea-, ¿cuál es, fundamentalmente, nuestro problema?

En primer lugar, me parece que el mundo está cambiando rápidamente, y que la civilización occidental con su mecanización, su industrialización, sus descubrimientos científicos, sus tiranías, su parlamentarismo, sus inversiones de capital, y demás, ha dejado una huella tremenda en nuestras mentes. Y nosotros hemos creado, a través de siglos, una sociedad de la que formamos parte y que dice que debemos ser morales, rectos, virtuosos, que debemos comportarnos en conformidad con un determinado modelo de pensamiento que nos promete alcanzar finalmente la realidad, Dios, o la verdad.

Hay, pues, una contradicción dentro de nosotros, ¿no es así? Vivimos en este mundo de codicia, envidia y apetitos sexuales, de presiones emocionales, mecanización y amoldamiento, con el gobierno controlando eficientemente nuestras múltiples exigencias; y al mismo tiempo anhelamos encontrar algo más grande que la mera satisfacción física. Hay un impulso de dar con la realidad, con Dios, así como también de vivir en este mundo. Queremos introducir esa realidad en este mundo. Decimos que, para vivir en este mundo, tenemos que ganar dinero, que la sociedad nos exige que seamos adquisitivos, envidiosos, competitivos, ambiciosos; y aun así, queremos que, viviendo en este mundo, se nos revele lo otro. Podemos tener cubiertas todas nuestras necesidades físicas, el gobierno puede producir un estado de cosas en el que tengamos un alto grado de seguridad externa, pero internamente padecemos hambre. De modo que deseamos el estado que llamamos religión, esta realidad que trae consigo un impulso nuevo y da una vitalidad explosiva a la acción.

Por cierto, ése es mi problema, es el problema de ustedes. ¿Cómo hemos de vivir en este mundo, donde el vivir implica competencia, afán adquisitivo, ambición, la persecución agresiva de nuestra propia realización personal, y también dar origen a algo que está más allá? ¿Es posible tal cosa? ¿Podemos vivir en este mundo y, no obstante, tener lo otro? Este mundo se está mecanizando cada vez más; el Estado controla más y más los pensamientos y las acciones del individuo, lo especializa, lo educa dentro de cierto patrón que ha de seguir en su rutina cotidiana. Hay coacción en todas direcciones, y viviendo en un mundo semejante, ¿podemos hacer que se manifieste aquello que no es interno ni externo, sino que posee un movimiento propio y requiere una mente con una rapidez asombrosa, una mente capaz de sentir e investigar con gran intensidad? ¿Es eso posible? A menos que seamos neuróticos, a menos que seamos mentalmente raros, ése es, indudablemente, nuestro problema.

Ahora bien, cualquier persona inteligente puede ver que ir a los templos, practicar puja, y todas las demás tonterías que tienen lugar en nombre de la religión, no son religión en absoluto: son tan sólo una conveniencia social, un modelo que nos han enseñado a seguir. Al hombre lo educan para que se ajuste a un modelo, para que no dude, no inquiera; y nuestro problema es cómo vivir en este mundo de envidia, codicia, ajuste, persecución de ambiciones personales, y al mismo tiempo experimentar lo que está más allá de la mente, llámese Dios, verdad, o como prefieran llamarlo. No me refiero al Dios de los templos, de los libros, de los gurúes, sino a algo mucho más profundo, vital, inmenso, a algo que es inconmensurable

Viviendo, pues, en este mundo con todos estos problemas, ¿cómo he de captar lo otro? ¿Es eso posible? Obviamente no. No puedo ser envidioso y, aun así, descubrir qué es Dios o la verdad; ambas cosas son contradictorias, incompatibles. Pero es lo que la mayoría de nosotros trata de hacer. Somos envidiosos, nos dejamos llevar por impulsos primitivos, y al mismo tiempo soñamos con descubrir si Dios existe, si existen el amor, la verdad, la belleza, un estado intemporal. Si observan su propio pensar; si están del todo atentos al funcionamiento de la propia mente, verán que desean estar con un pie en este mundo y con un pie en el otro, cualquier cosa que ese otro mundo pueda ser. Pero ambos son incompatibles, no pueden mezclarse. Entonces, ¿qué hemos de hacer?

¿Comprenden, señores? Me doy cuenta de que no puedo mezclar la realidad, con algo que carece de realidad. ¿Cómo puede una mente agitada por la envidia, una mente que vive en el campo de la ambición, de la codicia, comprender algo que es completamente quieto y que tiene un movimiento propio en esa quietud? Como ser humano inteligente veo la imposibilidad de una cosa así. También veo que mi problema no consiste en encontrar a Dios, porque no sé qué significa eso. Puedo haber leído innumerables libros sobre el tema, pero tales libros son tan sólo explicaciones, palabras, teorías que carecen de realidad para una persona que no ha experimentado aquello que está más allá de la mente. Y el intérprete es siempre un traidor, sea quien fuere ese intérprete.

Mi problema no es, entonces, encontrar a Dios, la verdad, porque mi mente es incapaz de ello. ¿Cómo puede una mente estúpida, mezquina, encontrar lo inconmensurable? Una mente así puede hablar acerca de lo inconmensurable, escribir al respecto; puede moldear un símbolo, rodearlo de una guirnalda, pero todo eso se halla en el nivel verbal. Siendo, pues, inteligente y percibiendo este hecho, digo: “Debo comenzar con lo que realmente soy, no con lo que debería ser. Soy envidioso, eso es todo cuanto sé”.

¿Puedo, entonces, viviendo en esta sociedad, estar libre de envidia? Decir que sí o que no, implica suponer y, por lo tanto, no tiene valor. Descubrir si uno puede hacerlo, requiere una intensa investigación. La mayoría de ustedes dirá que es imposible vivir sin envidia, sin codicia en este mundo. Toda nuestra estructura social, nuestro código de moralidad, se basan en la envidia; por consiguiente, ustedes suponen que no es posible, y con eso se terminó todo. En cambio, el hombre que dice: "No sé si existe o no una realidad, pero quiero descubrirlo, y para descubrirlo, mi mente debe estar libre de envidia, no sólo por fragmentos sino totalmente, porque la envidia es un movimiento de agitación", sólo un hombre así es capaz de realizar una verdadera investigación. Pronto examinaremos eso.

Mi problema no es, entonces, investigar la realidad, sino descubrir si, viviendo en este mundo, puedo estar libre de envidia. La envidia no es tan sólo celos, si bien los celos forman parte de ella, no es tan sólo estar preocupado porque alguna otra persona posee más que yo. La envidia es el estado de una mente que exige más y más todo el tiempo: más poder, más posición, más dinero, más experiencia, más conocimientos. Y exigir el "más" es la actividad de una mente centrada en sí misma, de una mente egocéntrica.

Y bien, ¿puedo vivir en este mundo y estar libre de la actividad egocéntrica? ¿Puedo dejar de compararme con algún otro? Siendo feo, deseo ser hermoso; siendo violento, deseo ser no violento. Desear ser diferente, ser “más”, es el principio de la envidia, lo cual no implica que yo acepte ciegamente lo que soy. Pero este deseo de ser diferente, está siempre en relación con algo que es comparativamente más grande, más hermoso, más esto o aquello; y hemos sido educados para comparar de este modo. Es nuestra ansia cotidiana de competir, aventajar; y estamos satisfechos de ser envidiosos, no sólo consciente sino también inconscientemente.

Uno siente que debe llegar a ser "alguien" en este mundo, un hombre importante o un hombre rico, y si tiene buena suerte, dice que se debe a que ha hecho el bien en el pasado... toda esa tontería acerca del karma y demás. Internamente, también desea uno llegar a ser "alguien": un santo, un hombre virtuoso, y si ustedes observan todo este movimiento del "llegar a ser", esta persecución del "mas" -tanto interna como externamente-, verán que se basa esencialmente en la envidia. La mente se halla retenida en este movimiento de la envidia, y con una mente así, ¿puede uno descubrir lo real? ¿O se trata de algo imposible?

Por cierto, para descubrir lo real, nuestra mente debe estar por completo libre de envidia; no puede haber requerimiento alguno de "más", ya sea de manera abierta o en los escondrijos ocultos del inconsciente. Y si alguna vez lo han observado, sabrán que la mente de ustedes está siempre persiguiendo el "más". Ayer uno tuvo cierta experiencia y desea más de ella hoy; o, siendo violento, uno desea ser no violento, etc. Estas son todas actividades de una mente que sólo se interesa en sí misma.

Ahora bien, ¿puede la mente estar libre de todo este proceso? Esa es mi pregunta, no si Dios existe o no. Para una mente envidiosa, buscar a Dios es una completa pérdida de tiempo; no tiene sentido alguno excepto teóricamente, intelectualmente, o como un entretenimiento. Si de veras quiero descubrir la existencia o no existencia de Dios, debo empezar conmigo mismo; es decir, la mente tiene que estar por completo libre de envidia, y puedo asegurarles que ésa es una tarea inmensa. No es mera cuestión de jugar con las palabras. Pero ya lo ven, la mayoría de nosotros no se interesa en eso; no decimos: "Liberaré a mi mente de la envidia".

Nos interesa el mundo, lo que está sucediendo en Europa, la mecanización de la industria, cualquier cosa que nos aleje de la cuestión central; o sea, que no puedo contribuir a crear un mundo distinto hasta que yo mismo, como individuo, no haya cambiado fundamentalmente. Ver que uno debe comenzar consigo mismo es comprender una verdad inmensa; pero casi todos la pasamos por alto, la ignoramos, porque nos preocupa lo colectivo, estamos interesados en cambiar el orden social, en tratar de producir paz y armonía en el mundo.

Pocas personas se interesan en sí mismas excepto en el sentido de alcanzar el éxito. No me refiero a esa clase de interés; quiero decir interesarse en la transformación de uno mismo. Pero, en primer lugar, somos muy pocos los que vemos la importancia, la verdad del cambio; y en segundo lugar, no sabemos cómo cambiar, cómo dar origen a esta asombrosa, explosiva transformación en nosotros mismos. Cambiar dentro de la mediocridad, que implica cambiar de un patrón social a otro, no es cambio en absoluto.

Esta transformación explosiva tiene lugar porque toda la energía de uno se ha concentrado para resolver el problema fundamental de la envidia. Estoy considerando eso como la cuestión central, si bien involucra muchas otras cosas. ¿Tengo la capacidad, la intensidad, la inteligencia, la rapidez necesarias para seguir los movimientos de la envidia, y no limitarme a decir: "No debo ser envidioso"? Hemos estado diciendo eso durante siglos, y no tiene ningún sentido. También hemos dicho: “Debo seguir el ideal de la no envidia”, lo cual es igualmente absurdo, porque proyectamos el ideal de la no envidia y, mientras tanto, seguimos siendo envidiosos.

Tengan la bondad de observar este proceso. El hecho es que uno es envidioso, mientras que el estado de no envidia es un ideal, y entre ambos hay un vacío que ha de ser llenado a lo largo del tiempo. Uno dice: “Finalmente, estaré libre de la envidia", y eso es una imposibilidad, porque ello tiene que ocurrir ahora o nunca. Uno no puede establecer una fecha futura en la que será no envidioso.

¿Puedo, pues, tener la capacidad de investigar la envidia y liberarme totalmente de ella? ¿Cómo surge esa capacidad? ¿Surge mediante algún método, mediante alguna práctica? ¿Acaso me convierto en artista practicando día tras día una determinada técnica? Obviamente no. El deseo de tener esa capacidad es un movimiento egoísta de la mente; mientras que, si no trato de cultivarla, si comienzo a investigar todo el proceso de la envidia, entonces el modo de disolverla totalmente ya está ahí.

¿De qué manera investigo, pues, el proceso de la envidia? ¿Cual es el motivo que hay detrás de esa investigación? ¿Deseo estar libre de envidia a fin de ser un gran hombre, a fin de ser como el Buda, Cristo, etc.? Si investigo con esa intención, con ese motivo, tal investigación proyecta su propia respuesta, todo lo cual sólo perpetuará el mundo monstruoso que hoy tenemos. Pero, si empiezo a investigar con humildad, es decir, no con el deseo de alcanzar el éxito, entonces tiene lugar un proceso por completo diferente. Me doy cuenta de que no tengo la capacidad de liberarme de la envidia; por lo tanto, digo: “Averiguaré”, lo cual implica que hay humildad desde el principio mismo. Y en el momento en que uno es humilde, tiene la capacidad de liberarse de la envidia. Pero la persona que dice: "Debo tener esa capacidad y voy a lograrla mediante estos métodos, mediante este sistema", esa persona está perdida, y son personas así las que han originado este mundo terrible y engañoso.

Una mente de veras humilde tiene una capacidad inmensa para la investigación, mientras que la mente agobiada por la carga de los conocimientos, mutilada por las experiencias, por su propio condicionamiento, jamás puede encarar una verdadera investigación. Una mente humilde dice: «No sé, lo averiguaré", lo cual significa que el averiguar jamás es un proceso de acumulación. Para no acumular, uno debe morir cada día, y entonces descubrirá, porque es fundamental y profundamente humilde, que esta capacidad de investigar llega por sí misma; no es algo que "uno" haya adquirido. La humildad no puede ser practicada, pero gracias a que hay humildad, la mente de uno es capaz de investigar la envidia, y una mente así ya no es más envidiosa.

Una mente que dice: "No sé" y que no desea llegar a ser esto o aquello, ha dejado totalmente de ser envidiosa. Entonces uno encontrará que la rectitud tiene un significado muy diferente. La rectitud no es respetabilidad, no es conformidad; no tiene nada que ver con la moralidad social, que es mera conveniencia, una manera de vivir que se ha vuelto respetable debido a siglos de coacción, amoldamiento, presión y miedo. Una mente de veras humilde, en el sentido que lo he explicado, creará su propia rectitud, que no es la rectitud de un modelo preestablecido. Es la rectitud que proviene de un vivir humilde, y de descubrir, de instante en instante, qué es la verdad.

Así pues, nuestro problema no es el mundo de los diarios, de las ideas y de los políticos, sino el mundo que existe dentro de nosotros mismos; pero debemos darnos cuenta de esto, percibir su verdad, y no aceptarlo meramente porque el Gita o algún señor barbudo dice que es así. Si ustedes se dan cuenta de ese mundo interno y se observan de día en día, de instante en instante, sin condenar ni justificar nada de lo que ven, descubrirán que en esa percepción alerta hay una vitalidad extraordinaria. La mente que acumula tiene miedo de morir, y una mente así jamás puede descubrir qué es la verdad. Pero una mente que muere a cada instante para todo lo que ha experimentado, adquiere una vitalidad asombrosa, porque cada instante es nuevo; sólo entonces la mente es capaz de descubrir

Es bueno ser serio, pero nosotros raramente somos serios en nuestra vida. No quiero decir que se limiten a escuchar a alguien que es serio, o que sean serios con respecto a algo, sino que tengan dentro de ustedes mismos el sentimiento de seriedad. Sabemos muy bien qué es ser alegre, frívolo, pero muy pocos conocemos el sentimiento de ser profundamente serios sin un objeto que nos induzca a ser serios -ese estado en el que la mente aborda cada situación, por alegre, dichosa o excitante que sea, con un propósito serio-. Es bueno, pues, que pasemos una hora juntos de este modo, siendo serios en nuestra investigación, porque para la mayoría de nosotros la vida es muy superficial, una relación rutinaria de trabajo, sexo, culto, etc. La mente funciona siempre en la superficie, y descender bajo la superficie parece ser una tarea enormemente difícil. Lo que se necesita es este estado explosivo, el cual constituye la verdadera revolución en el sentido religioso de la palabra, porque sólo cuando la mente es explosiva, tiene la capacidad de descubrir o crear algo original, nuevo.