jueves, 24 de mayo de 2007

Entre selvas y desiertos: OVNIS en Africa


Uno de los primeros casos reportados sobre la presencia de OVNIs en África proviene del célebre libro Travels in West Africa (Viajes en Africa Occidental), de la inglesa Mary Kinglsey. En 1895, la aventurera victoriana se bañaba sola de noche en el Lago Noovi cuando se vio sorprendida por la aparición de una bola de color violeta del tamaño de una naranja. El objeto se desplazó sobre la arena a la orilla del lago mientras que otro objeto del mismo color y dimensiones aparecía en uno de los islotes del lago, volando sobre el agua para unirse a la primera luz en la playa. Kingsley se dirigió hacia las luces, creyendo presenciar “un insecto nocturno que nadie había visto jamás”. Pero las luces abandonaron la playa para zambullirse en el agua. Desde su canoa, la mujer pudo ver que las luces violeta disminuían su resplandor conforme descendían al fondo de las aguas. Consultando a sus guías nativos, se enteró que los objetos se definían como Aku (Demonios).

Por: Scott Corrales

A pesar de que el fenómeno OVNI se ha constituido en un enigma mundial desde hace cincuenta años, si acaso antes de eso, hay partes del mundo de las que se tienen pocas noticias, como por ejemplo Indochina, el subcontinente indio y el continente africano. Algunos han afirmado que la falta de información sobre estas distantes y fascinantes tierras se debe a circunstancias de índole cultural, social y religioso, dado que las sociedades animistas tienden a percibir fenómenos extraños – OVNIS, criaturas extrañas o poltergeist – como irrupciones de los ancestros de la familia, clan o tribu en el mundo de los vivos, molestos por que no se les ha rendido el culto apropiado. El temor a que los ancestros se enfaden aún más hace que los testigos a estos fenómenos sencillamente reserven lo visto a sus allegados y familiares.

Otros manifiestan que la falta de organizaciones de investigación paranormal en el ámbito nacional o hasta continental es el motivo por la ausencia de datos, puesto que en ciertos países inestables las autoridades no ven con buenos ojos las andanzas de los “buscamarcianos” en la noche, sospechando que puedan ser saboteadores, terroristas o espías usando su interés en lo extraño como pretexto para sus fechorías. Los peligros que encierran los viajes a partes remotas de estas tierras, en donde pueden existir problemas de bandidaje o furtivismo, tampoco ayudan a fomentar la investigación de campo.

A pesar de estos inconveniente, la masa continental africana tiene una extensa tradición de avistamientos OVNI documentada desde la década de los ’60 en el siglo anterior. A continuación examinaremos algunos de estos casos.

El amanecer de los OVNIs en África

Uno de los primeros casos que nos ha llegado sobre la presencia del fenómeno OVNI en África proviene del célebre libro Travels in West Africa (Viajes en Africa Occidental), escrito por la incansable viajera inglesa Mary Kinglsey, cuya obra se ha convertido en una herramienta sociocultural de valor incalculable. En 1895, la aventurera victoriana salió sola de noche a bañarse en las aguas del Lago Noovi – entre los rios Ogowe y Rembe de la actual república de Gabón – cuando se vio sorprendida por la aparición repentina de una bola de color violeta del tamaño de una naranja. El objeto se desplazó sobre la arena a la orilla del lago mientras que otro objeto del mismo color y dimensiones aparecía en uno de los islotes del lago, volando sobre el agua para unirse a la primera luz en la playa. Kingsley, sin pensarlo dos veces, se dirigió hacia las luces, creyendo presenciar “un insecto nocturno que nadie había visto jamás”. Pero las luces, aparentemente tímidas, abandonaron la playa para zambullirse en el agua. Desde su canoa, Kinglsey pudo ver que las luces violeta resplandecían en las profundidades, disminuyendo su intensidad conforme descendían al fondo. Consultando a sus guías nativos a la postre, los extraños objetos fueron descritos como aku – demonios.

Las grandes oleadas posteriores al avistamiento de Kenneth Arnold sobre el Monte Rainier en EE.UU. en 1947 no demoraron en producirse. Norteamérica y Europa presenciaron los primeros avistamientos—ya legendarios—que constituirían los cimientos de la investigación OVNI. Lo mismo sucedió en África, aunque tardaran décadas en recogerse los distintos casos, la mayoría gracias a la desaparecida investigadora Cynthia Hind y su red de investigadores en el sur del continente negro.

En 1952, un coche con cuatro sudafricanos que se encaminaban a un campeonato de bolos en la ciudad de Beaufort West atravesaba la desolada región de la República Sudafricana conocida como el Karroo – una zona amplia y mayormente vacía en dónde a la postre se producirían algunos de los casos más notables del continente – cuando los deportistas se toparon con el misterio. A 20 kilómetros a las afueras de Laingsburg, el testigo, DG, fue despertado por uno de sus compañeros de viaje, instándole a echar una mirada por el cristal de la ventana.

“Vi lo que parecía ver una bola verde resplandeciente hecha de una sustancia nubosa a varios metros del coche, que parecía cernirse sobre el suelo. Poco después el objeto siguió a nuestro vehículo, alcanzándonos desde atrás e inundando el compartimiento de pasajeros con una luz verdosa antes de pasar directamente sobre nosotros. Al hacerlo, el motor quedó calado y quedamos detenidos en pleno camino”.

El chofer consiguió arrancar el motor de nuevo, explica DG, y los cuatro pasajeros a bordo del vehículo siguieron viendo la luz, que esta vez se encontraba a 200 metros hacia el frente. Picados por la curiosidad, los pasajeros abrieron las puertas y salieron para poder ver el objeto mejor.

“El objeto se desplazó a la izquierda”, dijo DG, “y ahora estaba a unos 400 metros de nosotros. Su tamaño relativo era el de una rueda de tractor, pero sólo podíamos ver una forma aproximadamente circular entre la niebla resplandeciente que lo cubría. Como no teníamos cámara fotográfica, no pudimos retratarlo. A estas alturas, George (el chofer) comenzó a quejarse que no se sentía bien, recargándose contra el coche y afirmando que le dolían los ojos por haberse fijado en el objeto justo cuando volaba frente a nuestro vehículo. Mientras que nos internamos en el auto nuevamente, el objeto aprovechó para salir disparado verticalmente, perdiéndose en la oscuridad. A fin de cuentas llegamos tarde a Beaufort West, y el gerente del hotel trató de buscar un farmacéutico que atendiese los ojos de George, que estaban hinchados después de la experiencia. Firmamos una declaración de lo que habíamos visto en el Karoo y lo remitimos al periódico Cape Times, pero nunca acusaron recibo. El incidente apareció mencionado brevemente en el periódico local de Worcester, pero ninguno de los presentes en Beaufort West vio algo parecido”.

El caso de DG recuerda poderosamente a casos ocurridos en los Estados Unidos durante la misma década cuando se hablaba de los “meteoritos verdes” que supuestamente estallaban silenciosamente y que llegaron a ser investigados por comités científicos. Otros testigos han presenciado bolas verdes parecidas mientras que se desplazaban en sus vehículos a lo largo de las carreteras, siempre de noche. Lo interesante del caso sudafricano son los efectos claramente físicos (hinchazón de los ojos, nausea, etc.) experimentados por el chofer del automóvil, que son síntomas clásicos de un encuentro cercano del segundo tipo (CE-II, según la clasificación de J.A. Hynek).

Dos años más tarde, el 7 de julio de 1954, John Flanagan, contando entonces con seis años de edad, vivía en la granja Honey Dew en el distrito de Chivhu de la actual república africana de Zimbabwe (entonces Rodesia). La granja, según recuerda el testigo, se encontraba sobre un promontorio que le permitía ver la sábana africana o bushveldt así como las montañas azules que dominaban el horizonte. Al atardecer de ese día, dos trabajadores de la granja informaron llamaron la atención de los propietarios a cinco o seis objetos en el cielo que “parecían dos platos soperos pegados”, según Flanagan. Aunque era posible observar los extraños objetos claramente, estos estaban a gran altura y parecían estar montando un “espectáculo” para el beneficio de los testigos en tierra. Los objetos se desplazaban a velocidades increíbles hacia las montañas lejanas pare regresar con igual rapidez al espacio aéreo en la vertical de la granja de los Flanagan. El evento hizo tal impresión en la mente del joven John que le era posible recordar los detalles claramente casi 40 años después; parece ser que los labriegos de la granja – miembros de la etnia shona – reaccionaron no con miedo sino con un asombro indescriptible, describiendo lo visto como murungu mkulu, que significa “gran hombre” y que a menudo se reserva para hablar de Jesucristo.

El padre de Flanagan se comunicó con las autoridades sobre su avistamiento y el episodio apareció en las páginas del rotativo Rhodesia News. Años más tarde, John habló con su madre para comparar recuerdos, y la Sra. Flanagan dijo que también lo recordaba a la perfección: el incidente había ocurrido sobre las 17:00 horas y que los objetos no habían emitido brillantez alguna, reflejando la luz en sus superficies que tiraban entre plateado y gris. Los objetos causaron una clara consternación entre los miembros de la familia y los invitados a la granja, que coincidieron en que los objetos no eran terrestres, y gobernados por alguna clase de inteligencia.

Se desconoce si la familia Flanagan estaba consciente de que los OVNI se habían interesado por el sur del continente africano desde comienzos de la década, y que otros encuentros en la misma región de la moderna Zimbabwe habían sido dados a conocer a los medios. En mayo de 1951, el Sr. TPF (entrevistado décadas más tarde por Cynthia Hind) afirmó haber visto un objeto parecido a “dos platos elípticos de poca profundidad, el uno invertido sobre el otro” que se detuvo sobre la granja Buckmaster una noche. Silencioso y sin luces, el platívolo infundió semejante pavor en uno de los testigos que lo hizo montarse en un coche y abandonar el lugar a toda prisa.

En 1956, la revista Flying Saucer Review publicó una nota sobre la presencia de “Platillos Voladores” sobre la población de Ndola en la actual república de Zambia. El 3 de julio de ese año, el Sr. L. Walker, ferrocarrilero, había visto un objeto redondo y plateado al norte de Ndola. El objeto se había cernido por espacio de 4 minutos en el mismo sitio, según Walker antes de desvanecerse poco a poco y desaparecer por completo. Uno de sus compañeros de trabajo dijo que se trataba de un platillo volador – término que ya podía escucharse hasta en las partes más recónditas del África meridional. El servicio meteorológico negó rotundamente que se tratase de globos sonda.

La actividad OVNI en los cielos de Zambia / Zimbabwe en julio y agosto de 1956 parecen constituir un macroavistamiento concentrado mayormente en las regiones de producción cuprífera de Zambia, con objetos avistados sobre los asentamientos mineros de Ndola, Kitwe, Chingola y Bancroft, aparentemente interesados en el mineral de la región. “Los mineros salían a la oscuridad desde el interior de las tabernas locales, riéndose de la broma que pensaban que les jugaban sus colegas,” escribe Waveney Girvan, entonces editor de FSR. “Pero las sonrisas desparecían de sus labios al mirar hacia el cielo y ver el objeto misterioso, que se cernía antes de desaparecer.”

El interés del fenómeno OVNI por las minas de cobre y de oro es algo legendario y que se ha comprobado en otras partes del mundo, como en las proyectadas minas de cobre en Adjuntas, Puerto Rico, donde un objeto desconocido parece haber rajado una de las enormes planchas de metal que cubrían los pozos de pruebas de extracción, tal vez realizando su propia extracción con medios desconocidos.

La década de los ’50 tocó a su fin sin casos de mayor trascendencia que estos a la par que la actividad OVNI se transfería a otras partes del mundo, pero las décadas posteriores traerían con ellas toda suerte de fenómenos inexplicados.

¡Llegaron los extraterrestres!

En 1974, el influyente rotativo The Liberian Star de Monrovia, capital de la república de Liberia, publicó la increíble noticia de que un agente de la policía había disparado su arma reglamentaria contra un “extraño ser humanoide.” Como si fuera poco, los pilotos de avionetas que cruzaban el oeste de África se quejaron de haber sido víctimas de persecuciones por objetos desconocidos, y un científico se había pronunciado sobre el asunto, afirmando que las selvas del África Occidental servían de base para invasores del espacio: todo esto un año después del macroavistamiento del 1973 en Estados Unidos. La columna del director del periódico decía así: “Hasta los escépticos más obstinados comienzan a preguntarse si visitantes del espacio exterior han seleccionado nuestra región para entablar su contacto inicial con la humanidad...”

Liberia no era la única afectada: Senegal, Gambia, Sierra Leona, Costa de Marfil, Togo, la actual Benin y Nigeria figuraban entre los países siendo visitados por los no identificados. Las noticias no habrían trascendido fuera de esta región de no haber sido por el escritor norteamericano Ronald Drucker, cuyos contactos en la región – mayormente pilotos comerciales estadounidenses afiliados a las empresas petroleras de la zona – le mantuvieron al tanto de la situación. Uno de ellos, Bill Stockwell, vecino de Duluth, Minnesota (EUA) tuvo un encuentro cercano sobre las selvas de Liberia que raya en lo alucinante.

El 29 de septiembre de 1974, Stockwell pilotaba su avioneta Piper PA-22 Tri-Pacer entre Monrovia y el asentamiento minero de Nimba, en las montañas del país. Las condiciones del vuelo eran pésimas—la lluvia creaba una envuelta gris de la que no se podía salir, y abajo solo se divisaba el manto verde de la selva. A las 11:31 de la mañana, justo cuando Stockwell se disponía a usar la radio para solicitar información, el piloto y su copiloto, Frank Wey, se dieron cuenta de que un enorme objeto gris, de forma esférica, les bloqueaba el paso en el cielo. Aturdido, Stockwell pensó que se trataba de una enorme “rueda de ruleta” gris en los aires, con indentaciones uniformes a su alrededor que pudieron haber sido ventanillas o toberas de propulsión. A pesar de que Wey le instaba a gritos que estaban a punto de chocar contra aquello, Stockwell seguía fascinado con el objeto, acercándose a él.

De repente ambos hombres se dieron cuenta de que el objeto también los había visto a ellos.

El Piper P-22 comenzó una serie de maniobras para esquivar al desconocido, que ahora los seguía como un depredador gris. Volando peligrosamente sobre los enormes árboles de la selva, Stockwell podía escuchar con claridad el latir de su corazón mientras que la masa desconocida se mantenía constante. En un momento, el objeto pasó justo sobre la avioneta, perdiéndose entre las nubes lluviosas. Visiblemente alterados por la experiencia, los pilotos llegaron a Nimba temblorosos; horas mas tarde un piloto de la aerolínea Air Ghana confirmaría haber visto un objeto parecido. A los pocos días, un piloto de la Pan American afirmaba haber visto un aparato luminoso y pulsante “con la forma de una taza de café” que se alejaba de su avión sobre los cielos de Nigeria.

El 1 de octubre, el periódico Morning Journal de Lagos, la capital nigeriana, publicaría el caso de un niño que se topó con las enormes huellas humanoides – de tres dedos – ceca de la playa, pero la marea las había borrado antes de que se pudiesen tomar moldes de las mismas. Pero no importaba, porque Esperance Akinode, de la república de Senegal, había tenido un encuentro cercano con un ser de ocho pies de estatura “cubierto de pelambre corto y lacio” en la población de St. Louis, mientras que un grupo de 13 personas presenciaba la el aterrizaje de un OVNI y la presencia de un tripulante el 13 de octubre de 1974.

Este caso, sin duda el más importante de la oleada africana del ’74, fue atestiguado por Felice Ravolo, Comisionado de Asuntos Internos de la capital senegalesa. Educado en Francia y en los Estados Unidos, Ravolo había oído a sus compañeros hablar de OVNIs pero sin hacer mucho caso al asunto. Pero a las ocho y veinte de la noche, mientras que disfrutaba de un café de sobremesa en su hogar, Ravolo se percató de que una expresión extraña se apoderaba de las facciones de su esposa mientras que esta miraba por la ventana hacia el pantano detrás de la vivienda. Alarmado, el funcionario tomó su revólver y se asomó por la ventana para ver como dos objetos luminosos se cernían sobre la superficie acuosa del pantano; un tercer objeto, rojo como “un pedazo de hierro al rojo vivo” estaba más cerca de la casa, casi justo sobre las jacarandas. Justo por debajo de este tercer objeto se desplazaba un bulto—un ser viviente de forma humanoide, pero de forma más alta y delgada, y aparentemente cubierto de pelo corto.

El funcionario dijo que una sensación de malevolencia emanaba de este extraño ser, y que no dudó en disparar su arma contra el desconocido. El ser reaccionó, dando saltos a la increíble altura de 20 pies sobre el terreno, hasta ser absorbido por el enorme OVNI que permanecía suspendido sobre los árboles. A pesar de esto, Revolo siguió disparando contra el objeto desconocido.

Cuál sería la sorpresa del funcionario al descubrir que sus vecinos también habían presenciado la extraña y siniestra figura desde sus propios hogares, y que algunos creyeron haber visto dos figuras más de la misma descripción. Un total de mil personas en la populosa Lagos afirmarían haber visto tres OVNIs esa misma noche, aunque las repercusiones no tardaron en sentirse: el periódico censuró a Revolo por haber disparado contra el misterioso visitante, tal vez temiendo que su temeraria acción pudiese haber desencadenado una guerra interplanetaria.

El aterrizaje de Loxon

La desolada región sudafricana conocida como “Karoo”, con su relieve lunar e inhóspito, sería el escenario de uno de los encuentros en tercera fase más controvertidos de la ufología – el caso del supuesto OVNI que aterrizó el pueblo sudafricano de Loxton, provincia del Cabo, el 31 de julio de 1975. Danie van Graan se disponía a salir a dar su paseo matutino habitual entre las brumas de la región, trepando sobre un dique de nueve pies de alto para salir de la aldea. Repentinamente se dio cuenta de la presencia de un objeto metálico que tomó por una caravana averiada, y se dirigió hacia ella para ofrecer su ayuda a sus desventurados ocupantes. Pero con cada paso que daba van Graan, se percataba que había algo sumamente raro con la supuesta caravana...lo más visible siendo su inusual forma ovalada...

Dentro del objeto, el sudafricano pudo ver cuatro figuras vestidas en trajes enterizos con capuchas que colgaban del cuello de los uniformes. Eran personajes rubios de cara alargada y pómulos sumamente altos. Uno de ellos parecía portar una cámara o microscopio; dos estaban parados lado a lado sin hacer nada, y el cuarto parecía estudiar un tablero de instrumentos. Según van Graan, podía escucharse un zumbido muy pronunciado, como el de un generador eléctrico. Justo cuando el buen samaritano se acercaba para ofrecer su ayuda en voz alta, se abrió “una pequeña pestaña” en el vehículo y un haz de luz le impactó justo entre los ojos. Literalmente deslumbrado, van Graan se sintió aturdido, consciente de que algo le acababa de suceder, pero sin saber exactamente qué: el principal síntoma físico al momento siendo un derrame nasal. Consiguió sin embargo apartarse del haz de luz y se alejó al extremo opuesto del gran campo abierto, donde siguió contemplando el vehículo.

Los extraños ocupantes del vehículo también le miraban, y el zumbido aumentó de frecuencia e intensidad. El objeto comenzaba a vibrar, según las declaraciones de van Graan, antes de despegar de manera muy uniforme a una velocidad prodigiosa, siguiendo un ángulo de 15 a 20 grados – rozando la punta de un molino – y despareciendo de vista en cuestión de 20 segundos.

Genio y figura del tradicional granjero boer, van Graan no pensó en marcianos ni extraterrestres al momento de producirse el incidente, pero las secuelas físicas producidas por el encuentro le llevaron a considerarlo. A raíz del encuentro, su visión quedó cruzada y se le hacía difícil abrir los ojos por las mañanas, como si un pegamento se lo impidiese. “Lo que sí pensé,” dijo el testigo al investigador Joseph Brill, “aunque no fue al momento, sino después de producirse el encuentro, es que era una lástima que no hubiese podido llegar hasta el objeto y hablar con esa gente, no importa de dónde hayan sido, y haber realizado un trueque. Yo llevaba dinero encima, tenía mi reloj de pulsera, pude habérselos dado a cambio de algo de ellos. Uno oye hablar tanto de los OVNI, pero jamás se dice que nadie posea pruebas físicas de su encuentro.”

Comienzan las abducciones

Resulta difícil escribir sobre el tema de las abducciones – el “motor” de la ufología en la década de los ’90 – sin considerar primero que todos nuestros conocimientos sobre el tema provienen de una perspectiva occidental, fundamentada mal que bien en el racionalismo, y que parecen seguir patrones que han sido exhaustivamente descritos por los investigadores y escritores del tema (Hopkins, Jacobs, Streiber, etc.). Al internarnos en África, podemos ver que estos parámetros no aplican con precisión, y que el modelo occidental/racional/judeocristiano es sustituido por otro regido por creencias animistas o islámicas. Lo más común es que los testigos nativos consideren haber visto fantasmas o espíritus ancestrales denominados shave, incapaces de descansar en paz porque sus descendientes no han realizado los ritos apropiados. No hay grises cabezones ni experimentos físicos, aunque las experiencias son tanto o más estremecedoras, como veremos a continuación.

En 1992, una joven conocida sólo como Gamida, vecina de la populosa Johannesburgo en Sudáfrica, de padre indio y madre malaya, comunicó sus experiencias de visitantes de dormitorio / secuestro a la investigadora Cynthia Hind tras de haber escuchado una entrevista con esta en Radio 702.

Todo comenzó una noche cuando los hijos de Gamida – niños de 10 y 11 años de edad respectivamente – gritaron pidiendo auxilio desde su habitación. Cuando la madre entró al cuarto para tomar a uno de sus hijos de la mano, sintió en vez “una garra torcida, fría y vieja” que se lo impedía. Al día siguiente, consultó el incidente con su hijo y le dijo que había sido algo real, pero que no debía contárselo a nadie. La madre y sus hijos se reservaron el secreto del terror de aquella noche y decidieron dormir en la misma cama en otra habitación.

Pero las fuerzas oscuras no tardarían en interesarse por ella también.

Una noche, escribe Gamida, escuchó un sonido parecido a un “clic”, como si una llave estuviese abriendo un cerrojo, cosa que no podía ser, ya que el pestillo de la puerta estaba bloqueado por otra llave, imposibilitando la entrada. Repentinamente, una figura encapuchada, como la de un monje, estaba incorporada justo al lado de la cama. “Me paralizaba el miedo y no pude hacer nada, ni siquiera verle la cara. La figura parecía estar orando y luego sopló suavemente en mi oreja derecha. El soplo hizo que el cuerpo de Gamida se estremeciese violentamente por dentro, aunque sin movimiento externo.

La inquietante figura salió de la habitación por la ventana cerrada “como una bruja”. El reloj al lado de la mesa indicaba que eran las 04:00 horas.

Posterior a eso, Gamida siempre podía sentir la llegada de estas siniestras fuerzas: se producían vibraciones, el aletear de las alas de pájaros, o el sonido de una campana en la lejanía. “Siento vibraciones y siento la presencia, y me quedo en trance cuando comienzan a hacer cosas con mi rostro. No estoy segura de lo que están haciendo.”

El hermano de Gamida, estudiante del Islam, no dudo en ayudarla, manteniéndose en vela al lado de su lecho durante la noche y orando. “En una ocasión”, escribe Gamida, ambos sentimos que algo salía vibrando del colchón para luego violarme. Mi hermano entonces rezaba y aquello desaparecía. Creo firmemente que sus plegarias me ayudaron mucho, porque las violaciones ocurrieron con menor frecuencia, aunque en su ausencia se repetían con mayor intensidad.

Después de estos incidentes, Gamida envió a sus hijos a vivir con el padre de estos. Comentaron posteriormente a su madre que de vez encuentro podían verlos a “Ellos” aunque estos no les hacían nada. Ambos chicos insistieron que habían tenido experiencias muy raras, como cuando un hombre atravesó la puerta cerrada de un armario para “hacerles cosquillas”.

Los expedientes de la investigadora sudafricana Pam Puxley también contienen muchos casos adicionales sobre secuestros en el corazón del continente negro. Uno de los más interesante es el ocurrido a Charmaine, vecina de la provincia de Natal en la República Sudafricana.

Desde una edad temprana, Charmaine tuvo un temor indescriptible hacia la oscuridad. Aún a los 24 años de edad, viviendo en una aislada granja, el anochecer bastaba para infundirle pavor. A los 8 ó 9 años, Charmaine tuvo una experiencia aterradora que no puede – o no desea – recordar, pero el hecho es que a pesar de haberse acostado en su cama como de costumbre, despertó a mitad del gran jardín de la casa de la granja en medio de la noche, sintiéndose perdida y con gran frío, a pesar del calor de una noche de verano austral. Nunca fue sonámbula, y salir de la casa le hubiera sido imposible debido a que no podía alcanzar el pestillo de la puerta a su edad.

Posterior a eso, Charmaine sentiría pánico de un galpón localizado al final del patio: un día en que su padre le pidió ir a por un rastrillo, la niña fue totalmente incapaz de hacerlo, petrificada de miedo. Sus padres se quedaron muy extrañados por su actitud y no dijeron nada, pero “me alegré mucho cuando nos mudamos de aquel sitio,” confesó la posible secuestrada a la investigadora Puxley.

Aunque su madre no tiene explicación por lo sucedido, se extrañó mucho de otro detalle: que la niña había sufrido una cortadura larga y perfecta en el interior de su muslo, detalle del que no se había percatado antes. Esta extraña cicatriz sigue en el cuerpo de Charmaine hasta el día de hoy.

A los quince años de edad, de visita en Johannesburgo, Charmaine se fue a la cama un poco más temprano que de costumbre, quedándose dormida enseguida. La presencia de una enorme luz brillante afuera de la ventana de la habitación en un edificio de pisos, la despertó sobresaltada. Aunque las cortinas estaban cerradas, la joven podía distinguir la enorme luz claramente, aterrorizada y paralizada. Después de eso ya no recuerda nada. “Al día siguiente”, cuenta Charmaine, “pregunté a los demás si habían visto la enorme luz resplandeciente y contestaron que no, diciendo que seguramente lo había soñado”.

Creciendo en un entorno y país en el que no solía hablarse de OVNIs y menos de extraterrestres, Charmaine no pensaba en alienígenas hasta que le tocó leer por casualidad el libro Intruders de Budd Hopkins. “Algunas partes de ese libro me asustaron a tal grado que no pude acabarlo. Me puse tan temblorosa y asustada que no quiero leer ninguno más”.