jueves, 24 de mayo de 2007

La sabiduría universal y el libre albedrío


Aunque nuestro libre albedrío se encuentre condicionado por las consecuencias inevitables de nuestras acciones pasadas y tendencias kármicas, podemos experimentar la sensación de no ser víctimas de nuestra suerte, de llegar a convertirnos en maestros de nuestro destino si realmente autotransformamos nuestra conciencia.

Por: Jaime Riera Pérez

Los filósofos Vedanta señalan la existencia de una Sabiduría Universal cuya naturaleza, reflejada microcósmicamente en el corazón del ser humano, “se extiende por todas partes, lo sostiene todo y que irradia por todo el mundo””. Muy parecido a las redes de energía del pensamiento (la formulación del “nudosferio” de T. de CHARDIN), a un tapiz colectivo de la conciencia (el incosciente colectivo de C. G. JUNG), a una perfecta “memoria del mundo” –archivos akásicos– que vincula a todos los humanos y resuena en todas las formas de vida (los “campos morfogenéticos” de R. SALDRAKE).

Estos conceptos y otros muchos análogos pero de diferentes vocabularios son expresiones paradójicas, porque es imposible reducir lo trascendente a términos culturales de lenguaje y la verdadera realidad es difícil de expresar mediante la comunicación oral y escrita, pera fácil de sentir y vivirla en y desde el corazón. Pues aunque hablemos de la unión con Cristo, o con Buda, o con el Tao, o como queramos llamar a la Sabiduría Universal, existe en todo ello un lenguaje/núcleo común dentro de todos nosotros, a modo de una dimensión de sentimientos y valores humanos que son inherentes al hecho de vivir y en simultaneidad de experiencias en las que han vivido y muerto los hombres de todas las épocas. Ya lo expresó uno de los precursores de la psicología transpersonal, C. G. JUNG: “cada vida es la realización de un Todo, es decir de un sí mismo, cuya razón de esta comprensión puede llamarse individuación. Toda vida está ligada a portadores individuales que la llevan a cabo, y resulta inconcebible sin ellos”.

Todos nosotros encarnamos –sin saberlo– a Sidharta y a Jesús, y a todos los grandes seres que han despertado al Yo Superior: somos Uno en Todo y estamos interconectados con el mundo natural y con el Cosmos en que vivimos. Y querámoslo o no, todos estamos irremediablemente destinados a ser Buda y Cristo –ya lo somos en potencia (Salmo 82: 6, Juan10: 34)–, a desarrollar al máximo nuestras potencialidades psíquicas y espirituales. Este es el primer y último significado de la vida humana, el significado intermedio pertenece al libre albedrío de cada uno.

Aunque nuestro libre albedrío se encuentre condicionado por las consecuencias inevitables de nuestras acciones pasadas y tendencias kármicas, podemos experimentar la sensación de no ser víctimas de nuestra suerte, de llegar a convertirnos en maestros de nuestro destino si realmente autotransformamos nuestra conciencia.

Para ello tenemos que comprender que es inútil echar miradas a la forma en que otro desarrolla su proceso de autorrealización, porque cada uno de nosotros tiene que hacer algo diferente, algo que es únicamente suyo. Seguir los pasos de un maestro –Sidharta, Jesús o cualquier otro– no significa que hayamos que copiar el proceso de autorrealización que representa su vida –pues la actitud de imitar exime de plenitud y conocimiento a la experiencia personal directa– significa que debemos tratar, con pasión y sinceridad, de igualarnos a él/ellos en el curso de nuestra vida.

Y para llevar a cabo esta tarea sabemos –nos atrevamos o no a decirlo– que los guías religiosos y otras autoridades de la psique y del espíritu, ya no tienen derecho de proclamar una autoridad irrebatible ni para sus leyes morales ni para sus ciencias. Aunque los guías religiosos pretendan continuar enajenando nuestra experiencia propia al incitarla a imitar a Sidharta y Jesús siquiera permitiéndonos elegir la manera de copiarlos, sino según el modelo propuesto e impuesto por ellos para un supuesto beneficio (o perjuicio, si desobedecemos los mandatos) de nuestra iluminación/salvación, anulando así nuestro libre albedrío.