domingo, 3 de junio de 2007

El sacramento de la confesión y la sinceridad


Quien espere hallar autocrecimiento a través de las organizaciones religiosas o/y de los métodos psicoterapéuticos tradicionales, lo tendrá complicadísimo; solamente siendo él mismo su propio sacerdote y psicólogo obtendrá resultados más que satisfactorios siempre que conecte con la Inteligencia/Espíritu Universal o con su Ser/Yo Superior sin necesidad de intermediarios ni de los principios tradicionales de control.

Por: Jaime Riera Pérez

El Cristianismo institucionalizado, mediante el sacramento de la confesión realiza sutilmente una especie de control sobre las conciencias pecadoras y, a la vez, hace un ritual terapéutico cuya efectividad curativa dependerá del grado de libertad interna del confesor y del confesante respecto al temor a la muerte. Esta, inherente a todos los niveles evolutivos de la condición humana, se manifiesta a menudo en nuestro miedo al abandono, a la escasez, al fracaso, a la acusación, a la falta de salud, o sea, a todo lo que nos reporta y representa sufrimiento.

Por ello, la emotividad solapada tras estos miedos hace que la sinceridad comunicada -en este caso confesante- se encuentre condicionada por sentimientos de culpabilidad, de vergüenza o de condenación.

En la actualidad, los profesionales de la psicología tradicional (conductismo y psicoanálisis) ejercen también la función de confesor con la diferencia de que el tratamiento científico no pocas veces supera con creces el tratamiento religioso, pero con el nexo común de que la sinceridad recibida no suele provenir de una libre y expontánea manifestación de Amor por parte del confesante, sino más bien del interés personal que busca comunicar su dolor a la espera de recibir, tarde o temprano, un remedio terapéutico o una catársis existencialista o una purga dogmática.

Estos profesionales, el teólogo y el psicólogo, si se consideran cristianos, ¿cómo interpretan y viven la enseñanza evangélica “...confesad vuestros pecados unos a otros...” (Santiago, 5:16)?, ¿quizás creen que los “unos” siempre son los cristianos de base y demás individuos pertenecientes a la clase obrera e iletrada, y los “otros” las personas eruditas e intelectuales vinculadas a las autoridades eclesiásticas y médicas?. ¿Por qué el confesor no intercambia con el confesante sus vivencias, sentimientos, emociones y demás intimidades?, ¿acaso ambos no sienten los mismos errores y aciertos como responsables del éxito o del fracaso en sus vidas, al igual que el resto de la humanidad aunque disfrazados por diferentes y peculiares máscaras?
Si todos los humanos vivimos inmersos en el mismo proceso evolutivo de la Conciencia, y estos profesionales han comprendido las manifestaciones egóticas de su personalidad y, por ello, han aprendido a penetrar a través de la muralla protectora de sus miedos interiores que obstaculiza la autosanación espiritual y psicológica, ¿porqué no enseñan desde la primera “sesión terapéutica” cómo lo consiguieron ellos?

Tal vez porque la abundante y compleja información terapéutica que proponen dinama más de la información racional y del estudio intelectual que de sus propias experiencias psicoespirituales emergentes de el proceso de autosanación. ¿Acaso habrá alguien que no necesite continuamente sanación, ya sea espiritual, psicológica o física?. Entoces, ¿porqué las terápias mantienen un rol personal como si ellos no necesitaran curación alguna?, ¿quizás piensan que la naturaleza dinámica de su personalidad egótica es, en su esencia, diferente a la del confesante, y por ello repriman la empatía en el asesoramiento debido a una supuesta autoprotección afectiva y profesional?

Tal actitud terapéutica, ¿no perpetuará en el confesante los temores que lo mantienen atado a la creencia de que somos espiritualmente diferentes y de que estamos separados los unos de los otros y de todo lo que ES, dilatando así las creencias -o la cosmovisión- dualista y reduccionista de la realidad, cuando tales creencias son una de las causas originarias de nuestros temores?

Es difícil establecer una sinceridad incondicionada e íntegra en las interrelaciones humanas educadas por el sistema de valores e ideales fomentado por la cultura Occidental, que incita constantemente a un consumismo inútil de necesidades creadas y a una competitividad egoísta entre sus ciudadanos; afectando notablemente con ello el autocrecimiento psicoespiritual, ya que estos comportamientos estimulan y acrecientan las manifestaciones egóticas de codicia, celos, envidia, vanidad... Olvidándose de educarnos -a quien le compete hacerlo, pero ello no tiene cabida dentro de los intereses eclesiásticos- a vivir con sencillez y a Amar desinteresadamente, pues existe en nuestra sociedad mayor preocupación por ser amados que en comprender y trascender el egoismo que impide el desarrollo armonioso y equilibrado de nuestra capacidad de dar Amor.


De ahí que la sinceridad se desvanezca ante la “inquietante” intimidad que la vida ofrece a todo ser humano como obstáculos positivos para crecer espiritualmente y, por consiguiente, psicológicamente hacia una plena autorrealización; y son los traumas, complejos, frustaciones, depresiones, otros espisodios neuróticos o psicóticos, enfermedades físicas de variada sintomatología, o como cada uno prefiera conceptualizar y definir a sus crisis evolutivas (y curativas), ¿habrá alguien que no las habrá experimentado? Al igual que, y dejando a un lado ideas reencarnacionistas, ¿habrá alguien que habrá elegido la época y ciudad donde nacer, a los padres -y familiares- que lo educarán, las inperfecciones de su físico o los defectos de su carácter, y las vivencias que sufrirá en la vida? Entonces, ¿porqué guardamos tan desconfiadamente las experiencias cuyo origen y causa no nos pertenece por no haberlas elegido consciente y voluntariamente?

Esta intimidad, que creemos negativa o autodestructiva por el sufrimiento que nos ha causado o pueda reportar, es protegida recelosamente; y en función del grado de Amor -traducida en confianza y sinceridad en la información- que recibamos de nuestros semejantes mostramos nuestras propias escalas de sinceridad, de compartir, es decir, de Amor. Esta forma de interrelación nace del temor a la opinión que tendrían los demás sobre la propia inteligencia, moralidad, intelectualidad, sexualidad, o capacidad socio-económica. De tal manera que nuestra identidad (la cual creemos a menudo que está configurada por el ego -o falsa individualidad- y no por el Amor) no pueda ser descubierta e infravalorada por la sociedad competitiva en que vivimos, donde la riqueza del Tener (dinero o bienes materiales, reconocimiento social, relevancia intelectual, poder político...) detrimenta la riqueza del Ser.

Quien espere hallar autocrecimiento a través de las organizaciones religiosas o/y de los métodos psicoterapéuticos tradicionales, lo tendrá complicadísimo; solamente siendo él mismo su propio sacerdote y psicólogo obtendrá resultados más que satisfactorios siempre que conecte con la Inteligencia/Espíritu Universal o con su Ser/Yo Superior sin necesidad de intermediarios ni de los principios tradicionales de control.

Este individualismo -no exento de empatía y compasión (sin lástima) por el sufrimiento de los demás- como fuente única de autogobierno responderá a nuestros múltiples interrogantes sobre los misterios de la vida y de la muerte, de Dios.