domingo, 3 de junio de 2007

Las Moradas de la Humanidad


Como ya hemos reseñado, con el pasar de los años, los Fundadores de la Gran Hermandad Blanca en la Tierra, cedieron su posta a los Estekna Manés, quienes se encargaron de custodiar la historia de la humanidad y de mantener prendida la llama de la verdad. Todo esto lo hicieron acomodándose en diversos lugares del mundo intraterreno. Paititi, es hoy el principal centro de los Maestros, pero así mismo, existen otras moradas que van desde el Sinaí en Egipto, hasta La Cueva de los Tayos en Ecuador; así como desde Monte Shasta en California, hasta Talampaya en Argentina. En estas páginas vamos solamente a reseñar a algunos de estos retiros, con el fin de familiarizar al lector con ellos, esperando despertar, además, un interés que lo lleve a envolverse con su propia historia.

Egipto es, sin duda, uno de los lugares que mayor misterio despierta en el mundo. Sus colosales pirámides, los avanzados conocimientos que alcanzaron en materia de astronomía e ingeniería, sólo por citar algunos ejemplos, los han constituido en una de las civilizaciones más importantes de la antigüedad. Sin embargo, no sabemos todo sobre ellos.

Diversos estudios vienen sugiriendo que la cultura egipcia podría ser más antigua de lo que imaginábamos. Y nuevos descubrimientos arqueológicos, realizados desde 1993 en la meseta de Gizeh, concluyen en que aun hay mucho por desenterrar en las arenas adyacentes al Nilo.


Un conocimiento sagrado

¿De dónde provino el profundo conocimiento que esgrimían los egipcios? ¿Será como sostuvo un sacerdote de la ciudad egipcia de Sais, ante el legislador griego Solón, que Egipto halla sus orígenes en un mundo perdido más allá de las columnas de Hércules? ¿Acaso de la mítica Atlántida?

Edgar Cayce, un famoso sensitivo norteamericano ya fallecido afirmó que en Egipto se hallaría la "Sala de los Registros" que demostraría el vínculo secreto que guardaba esta avanzada civilización con la Atlántida y, por si todo esto fuera poco, con un legado extraterrestre.

Diversas leyendas de antiguo señalan insistentemente (y en diversos puntos del mundo) la existencia de aquellos depósitos de información que contienen "el secreto supremo" de la historia humana.

Aquel tesoro espiritual de marcada trascendencia no podría estar desprotegido, por cuanto el conocimiento que encierra convierte al hombre en un ser conciente de sus facultades espirituales y cósmicas, pudiendo ser mal empleado en el caso que este archivo sagrado cayese en manos equivocadas. Por esta razón, sabios Maestros, que las leyendas orientales los citan como los "Emisarios de Shambhala", están allí, para custodiarlos.


Los Maestros de la Hermandad Blanca

Hablar de la Hermandad Blanca es remontarse a la destrucción de la Atlántida y el resguardo oportuno de sus archivos de conocimiento en galerías subterráneas en diversos puntos del mundo; significa también movilizarnos a las arenas del desierto de Gobi y contemplar la fundación de Shambhala por parte de 32 Mensajeros Estelares. El propósito mayor de todo este despliegue: proteger el pasado cósmico del ser humano, por cuanto en él está la "llave" de su futuro.

Uno de aquellos lugares donde se custodian los archivos sagrados se encuentra en Egipto, en la actual península del Sinaí.

Las arenas y montañas del Sinaí, en el pasado, fueron testigos de singulares acontecimientos espirituales e históricos, como los retiros solitarios del profeta Elías y la recepción misma de los Diez Mandamientos en lo alto del Horeb, con un Moisés en permanente comunicación con aquella extraña nube que le acompañará en su sobrenatural huida a través del mar Rojo.

El escenario no era fortuito. Hacía miles de años fue utilizado como una base de operaciones extraterrestres a manos de los Guardianes y Vigilantes de las Pléyades quienes, dicho sea de paso, fueron los verdaderos responsables de la protección del pueblo hebreo durante su éxodo (Plan Cósmico).

Estas instalaciones subterráneas en el Sinaí, de manufactura extraterrestre, serían utilizadas más tarde por supervivientes de la Atlántida, aquellos sabios que se mantuvieron fieles a la luz y que hoy constituyen la Hermandad Blanca del Sinaí, posiblemente el Retiro Interior más influyente de Egipto.


La Hermandad de la Esfinge

Un templo subterráneo, aun no develado, se encuentra bajo la Esfinge de Gizeh. Esta escuela de conocimiento mantenía una estrecha conexión con la Hermandad Blanca del Sinaí.

Los Sabios de la Esfinge, mantenían viva una religión antiquísima en Egipto, un conocimiento estelar que involucra un origen cósmico del ser humano en la Constelación de Orión. La profecía de aquella hermandad secreta sostiene que en estos tiempos el recuerdo de Orión será despertado.

De la misma forma, diversas profecías señalan un gran cambio cuando el Arca de la Alianza sea devuelta por la Hermandad del Sinaí, que supo rescatar el depositario sagrado del ataque de Nabucodonosor, que arrasó Jerusalén y puso en riesgo la seguridad del Arca en el Templo de Salomón. No obstante esta allí, en Egipto (click Plan Cósmico) y su retorno está a puertas de revelar un conocimiento liberador.

La Hermandad Blanca de Egipto aun está activa. Sus emisarios recorren los otrora activos templos faraónicos que, en sus silentes paredes, se esconde el secreto de cómo llegar a recordar, y saber, quiénes somos, y quiénes debemos ser.


En las serranías del oeste de la Rioja, Argentina, se encuentra este yacimiento fósil que ocupa una superficie de 215.000 hectáreas, constituyéndose en uno de los principales puntos del mundo en aportar notorios descubrimientos paleontológicos que abarcan casi la totalidad del período Triásico "época del surgimiento de los dinosaurios", además de ser famoso por sus caprichosas formaciones de areniscas y rocas que reproducen, muchas veces, extrañas formas humanas y zoomorfas.

En el pasado, según estiman los estudiosos, entre los años 120 y 1180, Talampaya fue recorrida por diversos grupos humanos, algunos de ellos con claras influencias Incas, como los Condor Huasi. Siempre de paso en medio de los farallones de piedra y arena roja, habitando temporalmente las diversas cuevas y aleros que se hallan allí. A cielo abierto, sobre paredones verticales o sobre grandes rocas, aquellos que transitaron por Talampaya dejaron su legado en diversos petroglifos o incisiones en la roca, algunos de ellos incomprensibles y marcadamente misteriosos.

Desde luego, es bien conocida la imagen de dos "astronautas" en la entrada que da al cañón de Talampaya. Dos claras figuras humanas, que al parecer lucen con una suerte de escafandra, aparecen en medio de dos "flechas" que señalan el cielo y la Tierra, como sugiriendo la conexión estelar de los extraños personajes. Como es de suponer, la interpretación oficial apunta a la presencia de dos chamanes con su vestimenta ritual, y las flechas como la reproducción de las huellas del Ñandú (ave del lugar). Sea como fuere, abundan los petroglifos insólitos, y las explicaciones que se esgrimen en torno a ellos aún muestran sendos vacíos. Por ejemplo, en un sector de los petroglifos no expuesto al turista, se aprecia la reproducción de un pie humano de grandes proporciones sobre una roca. Lo más inquietante es que el mismo tiene seis dedos (!).

Este lugar de gran interés, convertido hoy en Parque Nacional y Patrimonio Cultural de la Humanidad, es el ingreso secreto a la ciudad intraterrestre de Ankar, enclave antediluviano que habría sido fundado hace miles de años por visitantes extraterrestres, y actualmente centro de operaciones de la Hermandad Blanca. Una red de túneles une esta ciudad subterránea con la mítica ERKS de Capilla del Monte, Isidris en Mendoza, y una base extraterrestre en el "Valle de la Luna", en San Juan.

En nuestra visita a Talampaya recogimos importantes testimonios de los guías de circuitos turísticos, quienes a boca de jarro y sin mayor vergüenza nos comentaron la frecuente presencia de "extrañas luces", sobrevolando en la mayoría de los casos la zona de Los Cajones y aledañas. Para nosotros, una clave más que señala este curioso punto de la Argentina como el acceso a otra realidad que convive con nosotros.


A más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, cual fortaleza de piedra cuya alma se mantiene eterna a través de los siglos, se alza la enigmática meseta de Marcahuasi, pobremente estudiada salvo las invalorables iniciativas de Pedro Astete y, de manera especial, del Dr. Daniel Ruzo, quien sería el portavoz oficial de la existencia de aquellos templos de piedra en el ande peruano y aún ocultando al profano sus más recónditos secretos.

Se presume que estuvo habitada entre los años 800 y 1.476 d.C. por las culturas Yunga y Yauyo, hasta el arribo hostil de ejércitos incas. La existencia de cavernas en la meseta, que conectarían con un hipotético mundo subterráneo, se rastrean desde las primeras pesquisas que procuraban develar el misterio.

Pedro Astete habría sido el primero al menos de quien tenemos noticia en inquietar las oquedades de Marcahuasi. Supuestamente, en algún lugar de esta meseta que ocupa cerca de 4 Km. cuadrados de superficie, halló una caverna, en cuyas profundidades se topó con pergaminos que mostraban una escritura muy antigua. Nadie sabe exactamente qué caverna vio Astete, y aún menos el paradero de los escritos que se hallarían en ella.

En las experiencias de contacto de la Misión Rahma se sostenía que supervivientes de la Atlántida habrían ocultado sus archivos de conocimiento en diversos puntos de Sudamérica, en especial aquellos que comprometen la cordillera de los Andes y la selva amazónica. Marcahuasi sería uno de aquellos enclaves secretos.


El nombre de Zona X, obedece a los diversos reportes de personas desaparecidas en el interior de las Chinkanas o túneles incas -Chinkana es una palabra quechua que significa "Laberinto"-.

Estos laberintos subterráneos -que sospechosamente terminan interrumpidos por grandes rocas, como si éstas hubiesen sido colocadas para ocultar alguna entrada secreta- son anteriores al mismo Imperio Inca. Recordemos, por ejemplo, que cuando llegaron los conquistadores al Perú, consultaron a los indígenas quiénes habían construido Sacsayhuamán y los túneles. Los relatos sostienen que los lugareños se limitaron a responder que estas moles de piedra siempre habían estado allí, y que los más ancianos de la región las atribuyen a una raza desconocida anterior a los incas: Los Ñaupa Machu (Los muy antiguos, los de edad vieja).

La denominación "X" obedece también a que desde gran altura el conjunto de cavernas dibuja esta letra, como si el lugar hubiese sido marcado o concebido desde los cielos del Cusco. Además, es muy extraño encontrar esculturas de piedra que se asemejan notablemente con las que hemos hallado en Hayumarca (Puno) y Marcahuasi.

Este sector inexplorado, que refuerza el planteamiento del nombre, poco a poco se va convirtiendo en un atractivo turístico, más por la fama de fenómenos extraños que por un interés histórico o arqueológico.


A una altitud aproximada de 800 metros, en una zona montañosa irregular, en las faldas septentrionales de la Cordillera del Cóndor, se sitúa la entrada "principal", o más bien, la entrada "conocida" al mundo subterráneo de la Cueva de los Tayos. El acceso consiste en un túnel vertical, una suerte de chimenea con unos 2 metros de diámetro de boca y 63 de profundidad. El descenso -no apto para cardíacos- se realiza con un cabo y polea. De allí, un verdadero laberinto se abre al explorador por kilómetros de misterio, que deben ser recorridos en la más absoluta oscuridad. Las linternas más potentes son nada ante semejantes galerías donde una catedral entera podría caber.

La Cueva es denominada habitualmente "de los Tayos" debido a que su sistema de cavernas es el hábitat de unas aves nocturnas llamadas Tayos -Steatornis Caripensis-, que constituyen la misma especie que se ha hallado en otras cavernas de Sudamérica, como por ejemplo, los "guacharos" en Caripe, Venezuela.

Fue en 1969 cuando Juan Moricz, un flemático húngaro nacionalizado argentino, espeleólogo aficionado y experto en leyendas ancestrales, encaró este apasionante misterio del oriente selvático del Ecuador. Aunque Moricz no era el primero en tropezarse con el intrincado de túneles y galerías subterráneas, es innegable su valentía y arrojo al haber sido, sin duda, el primero en dar a conocer a nivel mundial la existencia de este sistema intraterrestre.

La más resaltante, fue sin duda, el hallazgo de gigantescas huellas sobre bloques de piedra que, por sus ángulos rectos y simetría, sugieren un origen artificial. Moricz recogió estos relatos en su visita al oriente ecuatoriano, pudiendo comunicarse sin mayor dificultad con los nativos Shuars gracias a su dominio del Magiar, un antiquísimo lenguaje húngaro similar al dialecto de ellos. Según él, la Cueva de los Tayos es sólo una de las tantas entradas a este mundo perdido, y lo más apabullante: que aun así, estaríamos hablando de un simple "arañazo" al mundo real de estos seres intraterrestres, que yacen a profundidades difíciles de alcanzar por el ser humano.

Pero la cosa no queda allí. Quizá una de las aseveraciones más inquietantes es la existencia de la presunta biblioteca metálica. De existir, y siempre bajo el testimonio de Moricz, allí encontraríamos registrada la historia de la humanidad en los últimos 250.000 años, una cifra que moviliza a cualquiera.

Leyendo tan sólo la acta notarial de su hallazgo, con fecha 21 de julio de 1969, en la ciudad costeña de Guayaquil, a cualquiera se le encrespan los cabellos frente a estas detonantes afirmaciones: "...he descubierto valiosos objetos de gran valor cultural e histórico para la humanidad. Los objetos consisten especialmente en láminas metálicas que contienen probablemente el resumen de la historia de una civilización extinguida, de la cual no tenemos hasta la fecha el menor indicio..."

Frente a esto, es inevitable pensar en la posible relación entre las planchas que menciona Moricz -halladas en una cámara secreta de la Cueva de los Tayos- con las planchas metálicas de complejos ideogramas que han sido visualizadas en nuestra experiencia de contacto, aquella biblioteca cósmica que los Guías extraterrestres denominaron "El Libro de los de las Vestiduras Blancas".


¿Qué enigmática conexión existe entre una montaña volcánica en el norte de California, el fenómeno OVNI y la inquietante historia de un presunto continente desaparecido en el océano Pacífico?

La observación de extrañas luces que recuerdan sospechosamente las "entidades lumínicas" del Uritorco en Argentina ; la impactante formación de nubes lenticulares sobre la cima de la montaña, y que invita a pensar en un posible origen sobrenatural; el reporte de los lugareños de hombres con túnicas blancas caminando en la nieve, además de las insistentes historias que corren por todo el Pueblo y Dios sabe desde cuándo asegurando que en las entrañas del Monte Shasta existe una civilización subterránea, sobrevivientes de MU y Atlántida, son tan sólo algunos destellos de la imponente luz que parece surgir de entre las nieblas del misterio que rodean la antigua montaña.

Alzándose a 14. 162 pies de altitud, mostrando siempre una sábana de nieve cubriendo sus delineadas cumbres, Monte Shasta parece ser el guardián de un antiguo paraje volcánico que actualmente se encuentra en calma.

Alrededor de cinco a seis horas toma el viaje en automóvil desde San José hasta el pintoresco pueblo de Shasta. Ya desde el camino que parte de Redding (a dos horas de la montaña) se puede percibir una energía especial que parece cargar de magia todo el bosque.

La Gran Montaña Blanca, posible traducción de "IEKA", nombre con el cual los antiguos habitantes identificaban aquella mole que emitía y aún lo hace extraños sonidos, como música, al mismo tiempo que fulgurantes luces se desplazaban erráticamente como llamando la atención, es uno de los puntos más poderosos de contacto en EE.UU. y, sin llegar a exageración, del mundo entero.

La constante observación de OVNIs ha despertado el interés a tal punto que no faltan aseveraciones con ciertos argumentos de una base espacial extraterrestre oculta en la montaña. No obstante, el mayor enigma de Shasta se halla en sus orígenes, en un mundo perdido...

Las leyendas Hopi nos hablan de Kasskara (MU), su lugar de origen que pereció ante un cataclismo, y que grupos humanos fueron "trasladados" en "escudos volantes" y "pájaros de fuego" por dioses cósmicos llamados Katchinas. Este dato no es sorprendente teniendo en cuenta que los indios Hopi actualmente afincados en Arizona consideran a Monte Shasta como un lugar poderoso y sagrado.


En el inmenso estado brasileño de Mato Grosso, se esconde un enigma de proporciones similares a la geografía selvática que enfrentamos: En la zona de las chapadas zonas bajas y pantanosas de las Sierras del Roncador, se hallaría el ingreso a un mundo perdido que se protege tras la impenetrable selva y las flechas de los aguerridos indios del Parque Xingú. Al dar un vistazo a este paisaje, es inevitable asociarlo con el enigma de Paititi en la jungla peruana, aun más al encontrar claros indicios que apuntan a una raza de seres superiores que vivirían en las entrañas de la tierra y que, por si fuera poco, estarían custodiando la "verdadera historia de la humanidad, su origen y misión".

Ya en 1925, el investigador George Lynch sostenía en la prestigiosa revista Science at Vie que en el Mato Grosso se hallaba el origen de todas las civilizaciones de occidente. Recordemos que ese mismo año, el Coronel inglés Percy Harrison Fawcett (medalla de oro de la Real Sociedad de Geografía de Inglaterra y jefe de la comisión encargada de delimitar las fronteras entre Perú y países vecinos) llevó a cabo una arriesgada expedición en pos de aquellas misteriosas selvas, de donde nunca más regresaría.

Fawcett iba en busca de una ciudad perdida, denominada "Z". Hasta hoy no se sabe qué ocurrió con el esquivo Coronel, que estaba acompañado aquel entonces por su hijo Jack (22) y el fotógrafo Raleigh Rimmel. Un detalle intrigante en torno a su desaparición en el Roncador fue revelado en 1952 por otro de sus hijos, Brian, quien afirmó que si su padre entró en la ciudad perdida que buscaba, la "gente" de allí no lo habría dejado salir... ¿Quiénes no lo habrían dejado salir?

Matalir-Araracanga sería la ciudad subterránea que genera aquellos "sonidos", aunque algunos místicos suponen que en verdad nos hallamos ante los Mantrans o cánticos sagrados de los intraterrestres del Mato Grosso.

En el denominado "Bosque de Piedra" de Juli, capital de la provincia de Chucuito, a 85 k.m. al sur de Puno, Perú, se halla una extraordinaria puerta tallada en la roca, depositaria de numerosas leyendas y madre de los más enigmáticos fenómenos del altiplano -como ruidos extraños o apariciones de potentes luces- que han alcanzado, sin llegar a exageración, fama internacional.

Posiblemente, a José Luis Delgado Mamani le debemos la difusión de la existencia de este portal, que en el círculo esotérico y metafísico se atribuye a la leyenda de Aramu Muru. Pero fue otro personaje quien publicitó la existencia de este sacerdote de una civilización desaparecida.

En 1961, el esotérico Brother Philip publicó en Inglaterra la hoy célebre obra "El Secreto de los Andes", donde dedicó varias páginas al lago Titicaca, Aramu Muru, y la Hermandad de los Siete Rayos. Según Philip, el Señor Muru (Aramu Muru) era un antiguo guardián del conocimiento de Lemuria o Mu, y que trajo a Sudamérica, concretamente al lago más alto del planeta, un poderoso disco de oro.

Verdad o mentira, la Asociación Sanat Kumara, dirigida por la contactada norteamericana Dulcie Lilly -más conocida como Sister Thedra-, se incomodó por estas afirmaciones enviando un mensaje de advertencia sobre lo allí escrito.

Supuestamente, Aramu Muru habría "desaparecido" en la puerta de Hayumarca -nombre que significaría "la ciudad de los espíritus"- para esconder de los españoles el disco de oro de Lemuria. Frente a todo esto, pensamos que es conveniente aclarar que Mu y Lemuria son dos cosas distintas.

El primero, evoca un presunto continente desaparecido en el Pacífico, cuyos restos se amparan en la isla de Pascua, Tahití, Samoa, las islas Cook, las Tongas, las Marshall, las Kiribati, las Carolinas, las Marianas, Hawai y las islas Marquesas. Por otro lado, Lemuria eran vastas tierras que, en una época remota de nuestro mundo, se hallaban unidas a África, cuna del ser humano, en el actual océano Indico.

Enclaves de Poder en el Altiplano

En un viaje anterior a Puno, haciendo uso de un mapa y una brújula en la mismísima Puerta de Hayumarca, descubrimos que el umbral de roca apunta en línea recta a la Isla del Sol, cuna de leyendas y mitos sobre el origen del Imperio Inca. Acaso, ¿se trataba de un mensaje o coordenada?

No nos sorprendería, por cuanto este escenario andino ya tiene fama de agrupar diversos enclaves energéticos en líneas de fuerza y hasta en figuras geométricas.

Ya en 1977, la arqueóloga María Scholten de d'Ebneth, sacudió los cimientos de la academia al publicar por primera vez sus investigaciones sobre "La Ruta de Viracocha". En dicho estudio, la señora Scholten demostró que diversos puntos arqueológicos de Bolivia, Perú y Ecuador -lugares que las leyendas marcan como "zonas de paso" del dios instructor Tecsi Viracocha- estaban magistralmente alineados con el uso de la geometría, poniendo así sobre el tapete los verdaderos conocimientos científicos de las antiguas culturas andinas.

Esto resulta particularmente inquietante ya que lo primero que uno se pregunta es: ¿Entonces quién fue realmente Viracocha?


Tiahuanaco era llamado en el pasado "Ciudad Eterna", la antigua Wiñaymarca del gran Huyustus, el primer Gran Maestre de "los sacerdotes salvados de las aguas". Para nuestra suerte, aún podemos rastrear la historia de aquel empolvado tiempo. Por ejemplo, Kitari, uno de los más grandes quipucamayocs del incanato aquellos que guardaban los archivos históricos del Imperio, nos cuenta que Huyustus era un señor poderoso, rubio y de ojos azules...

Hoy en día los pescadores del Titicaca en el lado Boliviano recuerdan la historia de la antigua Wiñaymarca, la morada de los gigantes y la magia. El mismo Pedro Cieza de León (reputado cronista español), recogió un dato interesante: cuando los incas llegaron a Tiahuanaco hallaron a la misteriosa ciudad en ruinas, lo cual ya nos indica qué tan antigua era.

Por otro lado, el inca Garcilaso de la Vega escribía en sus Comentarios Reales (1609) que un hombre apareció en Tiahuanaco cuando "cesaron las aguas", lo que también nos hace recordar la migración de los sobrevivientes atlantes hacia la cordillera de los Andes.

Sobre la existencia de los gigantes, no nos debemos sorprender en lo absoluto, por cuanto los cronistas antiguos hacen amplia referencia a ellos. De igual forma, en todas las culturas, encontramos claras alusiones a seres de gran estatura.

Las leyendas incas mencionan a estos gigantes una y otra vez. En el Perú antiguo, por ejemplo, se afirma que en tiempos del incanato hubo una llegada masiva de gigantes en las costas de Lambayeque (!). ¿Quiénes eran? ¿De dónde venían? ¿Tenían relación con la Atlántida?

Una teoría arriesgada -pero posible- sostiene que el gigantismo de algunos atlantes se debía a la hibridación con seres extraterrestres de gran estatura; así se transmitió el código genético necesario para que ello sucediese.

En Tiahuanaco, a decir del estudioso Guillermo Lange Loma, los gigantes eran conocidos bajo el nombre de "Antilis" y Chullpas", sobrevivientes de un mundo perdido, estableciendo en el altiplano, hace miles de años, una sociedad avanzada que fue la madre del Imperio Inca.

Para Arthur Ponsnanski, padre de la Arqueología Boliviana, Tiahuanaco tiene entre 10.000 y 15.000 años de antigüedad.