jueves, 2 de agosto de 2007

Ramtha



¿Quién es Ramtha?
Yo soy Ramtha El Iluminado. Se me conocía como el Ram. Yo fui el primer conquistador que conoció este plano. Conquisté tres cuartas partes de tu mundo conocido, entidad. Mi marcha duró 63 años. Ascendí al nordeste del río Indo, delante de todas las entidades que eran mi gente, una fuerza de dos millones de personas. Ahora mi gente forma parte de la población del Indus, Tibet, Nepal, -y así es en verdad- e incluso de aquello que se llama el sur de Mongolia. Mi gente es una mezcla -y así es en verdad- de Lemures y de aquello que se llama los pueblos de Ionia ¾más tarde llamado Macedonia¾ y aquello que se llama la gente de tribus, aquello que se llama-y así fue en verdad- la gente de las tribus de lo que se llama Atlantia. Mi sangre, entidad, está en todos ellos.

Yo soy el Ram, entidad, lo que llaman el Dios. Yo fui el primer Dios que se haya conocido, entidad. Yo fui el primer hombre que ascendió, entidad. Que nació de mujer y nació de hombre sobre un plano de consciencia para ascender -y así fue en verdad- no a partir de la enseñanza de ningún hombre, sino a partir un entendimiento innato del propósito de la vida en todas las cosas. Mi ascensión ocurrió hace 35.000 años, según tu entendimiento del calendario. ¿Qué es la ascensión? Llevar todo lo que soy a la eternidad como el viento. Si yo hubiera escuchado al hombre, entidad, hubiera perecido en esa vida. Aquí todos perecen porque saben que lo harán, y aquí todos viven por las opiniones de todos los demás; qué locura. Yo aprendí a amarme a mí mismo cuando estuve contento con algo grande y majestuoso. Aquello en lo que el hombre se contemple a sí mismo, en su ser, en eso se convertirá, pues él es el Dios escondido detrás de la máscara de la humanidad.

La Batalla contra el Dios Desconocido

En mi vida, cuando era un niño pequeño, vi cómo llevaban a mi madre a las calles y le arrebataban su dulzura. Observé en mi vida -y así fue- de donde vivíamos y el desprecio que había a mí alrededor. Y observé cuando tomaron a mi madre; vi al niño crecer en su vientre y yo sabía quién era. Y observé a mi madre llorar. ¿Por qué? Eso era muy obvio. ¿Habría otro hermano pequeño en la calle para sufrir al igual que había sufrido ella en esta tierra prometida? Observé y ayudé a mi madre a traer al mundo aquello que en tu idioma se llama una hermana pequeña. Ayudé a mi madre porque estaba demasiado débil para dar a luz a la niña por sí sola. Y la niñita llegó al mundo gritando; no era feliz, era muy obvio. Pero el ser de mi madre pesaba sobre el mío, pues ella estaba tan débil que no había leche para el infante que chupaba de su tierno pecho, ya que había pasado mucha hambre, y así fue en verdad. Y mi hermanita, que chupaba del pecho de mi madre, estaba muy débil. ¿Por qué, dices tú, tenemos esto en nuestra vida? Pues somos los campesinos, somos los insignificantes; somos las no-entidades de una tierra gobernada.

¿Quién gobernaba esta tierra? Aquellos con medios que nos hacían vivir en sus tierras y trabajar en sus campos y que decían que no nos darían ni siquiera un tallo para nuestra vida. ¿Y qué, dices tú, hacían ellos con estas cosas? Las guardaban en graneros bajo llave, y he aquí que se alimentaban con dedos quisquillosos en sus caras quisquillosas. Y yo te digo que esto era injusticia. ¿Y quién es este Dios del que ellos han hablado? Estoy enojado, pues mi madre llora porque no hay leche en sus pechos. Mendigaba con maña en las calles y mataba perros y aves salvajes, y tarde en la noche robaba aquello que se llama -y así fue en verdad- el grano de los propietarios, pues yo tenía un paso muy hábil sigiloso. Y alimentaba a mi madre, que a su vez daba de mamar a mi hermana pequeña. Y la pequeña niña -así fue- se volvió diarreica. No podía retener lo que entraba en su cuerpo y lo expulsaba rápidamente de su cuerpo, y perdió toda la vida de su cuerpo. Y así se fueron.

Yo no culpé a mi hermana pequeña por la muerte que pronto le llegaría a mi amada madre, pues la niña mamaba de mi madre. Toda su fuerza la entregó a la nueva vida, para que la nueva vida pudiera continuar. Y mi madre pereció con el bebé en su pecho. No había nada. No había más. Mi odio por la gente roja -llamados atlantes- creció en mi ser como una gran víbora cuando yo no era más que un niño. Y no quedaba nada, pues a mi hermano se lo llevaron como esclavo a otra ciudad a merced de un hombre y de su necesidad de lo que se llama gratificación sexual.

Mi linaje adoraba y amaba aquello que estaba más allá de las estrellas, más allá de tu luna. Amaban lo que no podía ser identificado; se llamaba el Dios Desconocido. Cuando era un niño, no culpé al Dios Desconocido por su incapacidad de amarme a mí y a mis gentes, a mi madre y a mi pequeña hermana. No lo culpaba, lo odiaba.

Y en mis tiempos, ninguno de entre mis gentes murió noblemente. No existía tal cosa como la nobleza, la virtud, en verdad. Así que encontré una gran montaña que se asomaba en la distancia, un lugar muy misterioso. Pues si yo pudiera subir allí me pondría en contacto con el Dios Desconocido aquí fuera y proclamaría mi odio por él a causa de su injusticia. Y así empecé mi travesía. Salgo corriendo de lo que era mi choza y hay una gran montaña a una distancia que apenas veo. Y mi travesía -y así fue en verdad- ha sido de 90 días. A base de 90 días -así fue en verdad- de devorar langostas y raíces y cantidades de hormigas, encontré esta montaña. Si hubiera un Dios, viviría allí por encima de todos nosotros, así como aquellos que gobernaban nuestra tierra vivían por encima de nosotros. Y he aquí que lo busqué. Sin embargo él no estaba ahí, excepto por el gran frío. Y lloré intensamente hasta que la blancura -y así fue en verdad- se hizo hielo en mis lágrimas

Yo soy un hombre, ¿por qué no tengo la dignidad de uno? Y he aquí que se presentó ante mí una doncella encantadora como nunca has visto, cuyo cabello dorado -y así era en verdad- danzaba a su alrededor. Y la corona sobre su cabello no era de azucenas ni de capullos de rosa o de lirios, sino de una flor no-conocida. Y su ropaje, en verdad, sus vestiduras eran traslúcidas, suaves y libres. He aquí que se acercó hasta mí y he aquí que me entregó una gran espada. Ella cantaba, cantaba. Y sin embargo -y así fue en verdad- hacían falta cerca de nueve manos para sostener su empuñadura, era tan grandiosa… Y ella me la dio. Esto es lo que dijo: "Oh, Ram, oh, Ram te suplico -a ti que has aprendido y despertado nuestro espíritu de la pena de nuestros seres- la verdad. Debe haber una verdad que persista en la tierra. Y así tus oraciones han sido oídas. Tú eres un hombre de recursos y convicción. Toma esta espada y úsala bien". Y se marchó con ella misma. Y yo estaba cegado en mi locura y mis ilusiones por lo que había visto. Y ya no temblé más con el gran frío, pues allí encontré calor. Y así, cuando miré de nuevo hacia donde mis lágrimas se habían hecho hielo, ahí crecía una flor de tan dulce refrán y tal color que yo sabía que la flor -y así fue en verdad- sería lo que se llama esperanza. La espada Crosham, la mensajera alada, fue el SER que se formuló a sí mismo en una aparición de lo más hermosa que me dio la espada y me dijo: "Ve y conquístate a ti mismo". Y el resto es historia. ¿No lo ves? No había ninguna entidad que viviera en aquello que se llama una forma singular que existe que me dio esa espada. Es la armonía del SER lo que produjo a la mensajera alada.

Bajé de la montaña con mi gran espada a la choza de mi madre quien había perecido. ¿Quién era el lactante sobre el pecho de mi madre? Eras tú, pues tú eres de mi reino y de mi casa y de mi sueño. Y siendo un niño recogí aquello que se llama -y así fue en verdad- madera y la amontoné. La puse encima de mi madre y después me escabullí en la noche y conseguí aquello que se llama fuego. ¿Sabes lo que es eso? Es un poco diferente a esto. Lo traje y lo abracé, y dije una magnífica oración para mi madre y mi hermana pequeña y las amé inmensamente. Y encendí aquello que se llama la madera, pues si no lo hacía rápido el hedor que salía de ellas causaría agitación en el área en la que ellas vivían y para que no les molestara, las arrojarían al desierto a merced de las hienas que las despedazarían. Les prendí fuego y las quemé. Quemé a mi madre y a mi hermana en una pira funeraria y lloré.

Ahora, de aquello que se llama el resto de la historia, hay muchos de vosotros que la conocéis bien. Pero lo que me impulsó a conquistar y a dominar, que era parte de la emoción de mi alma, fue el deseo de ajustar cuentas. Yo creé la guerra, en verdad, pues no había facciones guerreras contra la arrogancia de los atlantes, ninguna. Yo la creé. Vine de la gran montaña, intimidado por el Dios Desconocido; se me había dado una espada y se me dijo entonces que me conquistara a mí mismo. Yo no podía voltear la hoja y cortarme la cabeza; era demasiado larga. Mis brazos no alcanzaban -y así era en verdad- aquello que se llama la envergadura de la espada. Lloré muchísimo pero hallé honor en mi espada. No siendo ya frágil ni débil de movimiento corporal, me convertí en un carnero (Ram) en todo el sentido de la palabra y le hice la guerra a los tiranos de mis gentes que estaban esclavizados por ellos. Y cuando regresé, sitié Onai.

No tuve más profesor que la Naturaleza

Al aprender sobre la Fuente, no tuve un maestro que me enseñara en cuanto a ella o al Padre. Fue una experiencia de simplicidad que todo el mundo da por hecho -y así es en verdad- que es un término bueno y apropiado para usar en esta sociedad. Yo aprendí -y así fue en verdad- del clima. Yo aprendí -y así fue en verdad- de los días. Aprendí de las noches, y así fue. Y aprendí, y así fue, de la vida tierna e insignificante que parece abundar en la faz de la destrucción y la guerra. El que fue el maestro de mi ser fue la Fuente.

Al no tener el privilegio, y así fue en verdad, de la educación y de lo que se llama ciencias, ni el privilegio de expresarme como un ser humano, fue casi por puro odio, un dolor inexplicable, desespero y pena por lo que no me quedaba nada más que desafiar, excepto quizás el raciocinio que me trajo aquí. Yo no sabía en ese momento que yo mismo era el raciocinio que me trajo aquí. ¿Ves? Pero como resultado de eso y aprendiendo en verdad a comprender un elemento que yo encontré más imponente que el hombre, un elemento que yo encontré mucho más inteligente que el hombre -un elemento que yo encontré que podía vivir en coexistencia pacífica al lado y a pesar del hombre- tiene que ser el Dios Desconocido.

Y fueron los elementos, querida entidad, los que me enseñaron. ¿Ves? Y soy muy afortunado por haber sido instruido por los elementos y haber razonado con ellos. No había ninguno que me dijera que estaba equivocado. Y los elementos nunca me enseñaron el fracaso ¿ves? Porque ellos son constantes. De esa forma aprendí.

Aprendí de algo que es constante, que nunca falla, de algo que se puede entender fácilmente si el hombre se lo propone. Y por eso -y así fue en verdad- yo no estaba a merced de la hipocresía del dogma, ni de las creencias supersticiosas o de los dioses de múltiples caras, -y así fue en verdad- a quienes tú estás tratando de complacer, o del estigma -y así fue en verdad-de que quizás éramos inferiores en perfección y que nunca podríamos lograrla. Nunca estuve en manos de esa clase de enseñanza. Por eso fue más fácil para mí hacer, en mi única existencia, lo que a muchos les ha tomado un milenio, porque ellos han buscado a Dios en el entendimiento de otro hombre. Han buscado a Dios en las reglas gubernamentales, en las reglas eclesiásticas, en la historia, sobre la cual ni siquiera cuestionan quién la escribió y porqué. Han basado sus creencias, su entendimiento, su vida, sus procesos de pensamiento en algo que vida tras vida tras vida ha demostrado ser un fracaso. Y no obstante el hombre -así es en verdad- tropieza con su propio ego alterado, temeroso de admitir que quizás se ha equivocado, y continúa -y así es en verdad- con la inmutable hipocresía que sólo conduce a la muerte. Yo fui de lo más afortunado, entidad. El sol, él nunca me maldijo; la luna nunca dijo que yo debiera ser de esta manera. El viento jugueteaba conmigo y me provocaba. Y el rocío y la escarcha, el olor de la hierba, los insectos de acá para allá y el canto de un pájaro nocturno son cosas infalibles. Su ciencia es simple. Y lo maravilloso que yo aprendí de ellos, entidad, es que ¿sabías que en su firmeza no articulan ni una palabra? El sol no miró hacia abajo y me dijo: "Ramtha, tienes que adorarme para poder conocerme." Ni tampoco me dijo: "Ramtha despierta; es hora de contemplar mi belleza." Estaba ahí cuando yo lo miraba, ¿ves?

Eso es el principio. Eso nunca te fallará. Eso te enseñará una verdad más limpia y más clara que cualquier cosa haya sido escrita por el hombre.

Ascensión

Y llegó un día -y así fue en verdad- cuando fue la hora en que los días de este viejo hombre, maestro, habían terminado, que todo lo que me había propuesto cumplir, de hecho quien yo era, se cumplió. Yo realicé -y así fue en verdad- mi travesía a través del río llamado Indo. Y allí -y así fue en verdad- al lado de la montaña llamada Indus, maestro, viví en comunión con toda mi gente y les imploré que esta verdad era una verdad; que su guía divina -y así fue en verdad- no era a través de mí -y así era-, sino a través de la Fuente que me había creado, tal como los había creado a ellos. He aquí que para que creyeran -y así fue en verdad- y para su sorpresa, maestro, me elevé grácilmente por encima de ellos. Y las mujeres empezaron a gritar estupefactas, y los hombres -y así fue en verdad- que eran soldados, dejaron caer sus espadones -y así fue en verdad- maravillados. Les dije adiós y aprendan, como yo he aprendido, a llegar a ser lo que yo he llegado a ser, a su manera.

Cuando quieras ser cualquier cosa que desees ser, alinea tus pensamientos con ello. En el viento hay un poder que puede intimidar a un soldado solitario, y tomar la tierra y aventarla hasta los cielos de un solo soplo. Y sin embargo, sin embargo, no se le puede poner riendas o esclavizarlo, y no puede ser -y así es en verdad- el siervo de nada salvo de sí mismo. Contemplé el movimiento libre del viento y me convertí en él. Así es como.

La dificultad que todos tienen con este ideal es que siguen atrapados en la muerte y la vejez. Y están atrapados tratando de encontrar una máquina que los lleve ahí. Y están atrapados en complejidades en vez de la simpleza de la línea que el Padre es. Se hace de manera sencilla, nunca arduamente. Que así sea. Después de ascender, entidad, fue entonces cuando supe todo lo quería saber, porque salí de la densidad de la carne y volví a la fluidez del pensamiento. Y en ello, entidad, nada me inhibía. Entonces conocí la constitución estructural de aquello que se llama hombre, Dios. Pero en ese momento yo no lo sabía. Sólo sabía que estaba en paz con lo que había hecho y que estaba en paz con la vida. Entonces dejé que fluyera a través de mí.

Ya no era un bárbaro ignorante. Ya no ansiaba la guerra, oliendo la batalla. Ya no me estaba -y así fue en verdad- ansioso, agitado y fatigado. Ya no tenía -y así fue en verdad- los pensamientos que tienen los hombres. Yo estaba mucho más allá de eso, yo estaba metido en la vida y en la maravilla que veía en los cielos día tras día y noche tras noche. Eso era mi vida. Fue entonces cuando llegó la paz y fue entonces cuando me volví en uno con el Dios Desconocido; ya no luchaba con él. Ahora, el que todos sean así de pacientes en esta vida es una tarea ardua que pedir. Pues ahora viven muy rápido y mueren muy jóvenes. No saben cómo vivir porque viven de acuerdo al el tiempo. Tienen que hacerlo en un cierto perímetro de tiempo o nunca lo conseguirán. Mientras se sigan sintiendo de esa manera, nunca lo conseguirán. Sólo habrán vivido por el tiempo y ese será su logro en esta vida. ¿Entiendes?

Cuando sepas quién eres -y en mi vida me tomó 63 años aprenderlo- te mirarás a ti mismo y verás inmediatamente quién ha creado todos los destinos que has vivido por propia elección. Y toda la infelicidad es por elección propia; y toda la felicidad es por elección propia. Pero fuiste tú y nadie más. Cuando puedes hacerte humilde para mirarte a ti mismo -mirarte, sentirte, y preguntarte a ti mismo por qué, y luego decir: "Yo sé por qué", y ser razonable contigo mismo- le has quitado los barrotes a la verdad, que es el pájaro que se eleva en el cielo llamado felicidad, virtud, unidad, y paz. Yo dormí en la última parte de mis 63 años de iluminación. Dormí porque era en un hombre pacífico. Había llegado a un acuerdo con todas las cosas. Había hecho las paces con todas las cosas y aprendí a amar y a respetar y a admirar a mis más grandes adversarios, pues yo era su amenaza. Aprendí a amarlos porque aprendí a amar aquello llamado la elegancia llamada Ramtha, en verdad.