miércoles, 25 de abril de 2007

El duodécimo planeta

El duodécimo planeta

La idea de que la Tierra pudiera haber sido visitada por seres inteligentes de algún otro lugar postula la existencia de otro cuerpo celeste sobre el cual estos seres inteligentes hubieran establecido una civilización más avanzada que la nuestra. A continuación, exploramos esta interesante teoría a partir del afamado libro El duodécimo planeta de Zacarías Sitchin.

Por: Guillermo Aguilera

Las especulaciones con respecto a la posibilidad de que la Tierra fuera visitada por seres inteligentes de otro planeta se ha centrado hasta ahora en nuestros vecinos Marte o Venus como lugar de origen de estos seres. Sin embargo, ahora que ya se está dando por cierto que ninguno de estos planetas ha tenido vida inteligente, ni mucho menos una civilización avanzada, aquellos que creen en tales visitas a la Tierra están contemplando la posibilidad de otras galaxias u otras estrellas distantes como hogar de estos astronautas extraterrestres.

La ventaja de estas propuestas es que, aunque no se pueden demostrar, tampoco se pueden refutar. La desventaja estriba en que los «hogares» que sugieren están fantásticamente distantes de la Tierra, y requerirían un viaje de muchísimos años a la velocidad de la luz. Los autores de tales propuestas postulan, por tanto, la posibilidad de que hubieran hecho un viaje sólo de ida a la Tierra: un equipo de astronautas en una misión sin retorno, o, quizás, en una nave espacial perdida y sin control con la que hicieran un aterrizaje forzoso en la Tierra.

Textos antiguos

Pero ésta no es, precisamente, la noción sumeria de la Morada Celeste de los Dioses.

Los sumerios aceptaban la existencia de tal «Morada Celeste», de un «lugar puro», de una «morada primigenia». Mientras que Enlil, Enki y Ninhursag iban a la Tierra y hacían su hogar en ella, su padre Anu permanecía en Ia Morada Celeste como su soberano. No sólo hay referencias esporádicas en diversos textos, sino que también existen «listas de dioses» detalladas donde se nombra a veintiuna parejas divinas de la dinastía, que precedieron a Anu en el trono del «lugar puro».

El mismo Anu reinaba en una corte extensa y de gran esplendor. Tal como contó Gilgamesh (y el Libro de Ezequiel lo confirma), era un lugar con un jardín artificial tachonado por completo de piedras semipreciosas. Allí residía Anu con su consorte oficial Antu y seis concubinas, ochenta descendientes (de los cuales catorce eran de Antu), un Primer Ministro, tres Comandantes a cargo de los mu (naves espaciales), dos Comandantes de Armas, dos Grandes Maestres del Conocimiento Escrito, un Ministro de la Bolsa, dos Justicias Jefes, dos «que impresionan con sonido», y dos Escribas Jefes con cinco Escribas Asistentes.

Los textos mesopotámicos se refieren con frecuencia a la magnificencia de la morada de Anu y a los dioses y armas que guardaban su puerta. El relato de Adapa nos cuenta que el dios Enki, después de proporcionarle a éste un shem,

Le hizo tomar el camino hacia el Cielo,
y al Cielo subió.
Cuando llegó al Cielo,
se acercó a la Puerta de Anu.
Tamuz y Gizzida estaban allí de guardia
en la Puerta de Anu.

Custodiado por las armas divinas SHAR.UR («cazador real») y SHAR.GAZ («asesino real»), el salón del trono de Anu era el lugar de la Asamblea de los Dioses. En tales ocasiones, regía un estricto protocolo en el orden de entrada y en los asientos:

Enlil entra en el salón del trono de Anu,
se sienta en el lugar de la tiara derecha,
a la derecha de Anu.
Ea entra [en el salón del trono de Anu],
se sienta en el lugar de la tiara sagrada,
a la izquierda de Anu.

Los Dioses del Cielo y de la Tierra del antiguo Oriente Próximo no sólo tenían su origen en los cielos, sino que también podían vol-ver a la Morada Celeste. Anu bajaba a la Tierra esporádicamente en visitas de estado; Ishtar subió a ver a Anu, al menos, en dos ocasiones. El centro de Enlil en Nippur estaba equipado con un «enlace cielo-tierra». Shamash era el encargado de las Águilas y el lugar de lanzamiento de las naves espaciales. Gilgamesh fue al Lugar de la Eternidad y volvió a Uruk; Adapa también hizo el viaje y volvió para contarlo; y lo mismo se puede decir del rey bíblico de Tiro.

Varios textos mesopotámicos tratan del Apkallu, un término aca-dio que proviene del sumerio AB.GAL («grande que dirige», o «maestro que indica el camino»). Gustav Guterbock determinó en un estudio {Die Historische Tradition und Ihre Literarische Gestaltung bei Babylonier und Hethiten) que éstos eran los «hombres-pájaro» representados como las «Águilas» de las que ya hemos hablado. Los textos que hablaban de sus hazañas decían de uno de ellos que «derribó a Inanna del Cielo, para al templo E-Anna hacerla descender». Ésta y otras referencias indican que estos Apkallu eran los pilotos de las naves espaciales de los nefilim.

El viaje de ida y vuelta no sólo era posible sino que, además, es algo que se da por supuesto desde un principio, pues se nos dice que, tras decidir el establecimiento en Sumer de la Puerta de los Dioses (Babili), el líder de los dioses explicó:

Cuando a la Fuente Originaria
a la asamblea ascendáis,
habrá un sitio de descanso para la noche
para recibiros a todos.
Cuando desde los Cielos
a la asamblea descendáis,
habrá un sitio de descanso por la noche
para recibiros a todos.

Al darse cuenta de que el viaje de ida y vuelta entre la Tierra y la Morada Celeste no sólo se daba por hecho sino que se practicaba, la gente de Sumer no exilió a sus dioses a galaxias lejanas. La Morada de los Dioses, según revela su legado, estaba dentro de nuestro propio sistema solar.

Símbolos y representaciones

Ya hemos visto a Shamash con su uniforme oficial como Comandante de las Aguilas. En las muñecas, lleva algo parecido a sendos relojes de pulsera sujetos con cierres metálicos. En otras representaciones de las Águilas se puede observar que todos los importantes llevaban estos objetos. No sabemos si eran meramente decorativos o si tenían algún propósito útil. Pero todos los estudiosos están de acuerdo en que estos objetos representaban una roseta -un racimo circular de «pétalos» irradiando desde un punto central.

La roseta era el símbolo decorativo más común de los templos en todos los países de la antigüedad, predominante en Mesopotamia, Asia occidental, Anatolia, Chipre, Creta y Grecia. Se acepta en general la idea de que la roseta, como símbolo del templo, era la materialización o la estilización de un fenómeno celeste -un sol circundado por sus satélites. El hecho de que los antiguos astronautas llevaran este símbolo en las muñecas da credibilidad a esta idea.

Existe una representación de la Puerta de Anu en la Morada Celeste que viene a confirmar el conocimiento en la antigüedad de un sistema celeste como el de nuestro Sol y sus planetas. La puerta está flanqueada por dos Águilas -indicando con ello que sus servicios son necesarios para llegar a la Morada Celeste. El Globo Alado -el emblema de la suprema divinidad- corona la puerta. Está flanqueado por los símbolos celestes del número siete y el creciente, representando -creemos- a Anu flanqueado por Enlil y Enki.

¿Dónde están los cuerpos celestes que son representados por estos símbolos? ¿Dónde está la Morada Celeste? El antiguo artista responde aun con otra representación, la de una gran deidad que extiende sus rayos a once cuerpos celestes más pequeños que le circundan. Es la representación de un Sol, orbitado por once planetas.

No es ésta una representación aislada, tal como sé puede ver en otros sellos cilindricos, como éste del Museo de Oriente Próximo de la Antigüedad, en Berlín.

Si ampliamos el dios o cuerpo celeste central del sello de Berlín , veremos que retrata a una gran estrella que ernite rayos rodeada por once cuerpos celestes -planetas. Estos, a su vez, descansan sobre una cadena de veinticuatro globos más pequeños. ¿Es sólo una casualidad que el número total de «lunas» o satélites de los planetas de nuestro sistema solar (los astrónomos excluyen los que tienen menos de 16 kilómetros de diámetro) sea, exactamente, de veinticuatro?

Así pues, tenemos un agarradero para afirmar que estas representaciones -del Sol y once planetas- reflejan nuestro sistema solar, pues los estudiosos nos dicen que el sistema planetario del cual la Tierra forma parte está compuesto por el Sol, la Tierra y la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón. En total, tendríamos el Sol y sólo diez planetas (si se cuenta a la Luna como un planeta).

Pero esto no es lo que los sumerios decían. Los sumerios afirmaban que nuestro sistema estaba compuesto por el Sol y once planetas (contando la Luna), y tenían firmemente la opinión deque, además de los planetas que conocemos hoy en día, había un duodécimo miembro del sistema solar: el planeta madre de los nefilim. Le llamaremos el Duodécimo Planeta.

Historia oficial de la tierra y el cielo

Antes de comprobar la precisión de la información sumeria, vamos a hacer una revisión de la historia de nuestro conocimiento de la Tierra y de los cielos que la circundan.

Hoy sabemos que más allá de los planetas gigantes Júpiter y Saturno, a distancias insignificantes en términos del universo, pero inmensas en términos humanos, existen dos planetas importantes más (Urano y Neptuno) y un tercero más pequeño (Plutón), que pertenecen a nuestro sistema solar. Pero este conocimiento es bastante reciente. Urano fue descubierto, gracias a la utilización de telescopios perfeccionados, en 1781. Tras observarlo durante cincuenta años, algunos astrónomos llegaron a la conclusión de que su órbita revelaba la influencia de otro planeta más. Guiados por estos cálculos matemáticos, el planeta desaparecido -llamado Neptuno- fue localizado por los astrónomos en 1846. Después, a finales del siglo xix, se hizo evidente que Neptuno también se veía influenciado por otra atracción gravitatoria desconocida. ¿Acaso había otro planeta en nuestro sistema solar? El desconcierto se resolvió en 1930, con la observación y localización de Plutón.

Así pues, hasta 1780, durante muchos siglos antes, la gente creía que había siete miembros en nuestro sistema solar: Sol, Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. La Tierra no contaba como planeta, porque se pensaba que todos estos cuerpos celestes le daban vueltas a la Tierra -el cuerpo celeste más importante creado por Dios, con la creación más importante de Dios, el Hombre, sobre ella.

En los libros de texto se dice que fue Nicolás Copérnico el que descubrió que la Tierra es sólo uno entre varios planetas de un sistema heliocéntrico (centrado en el Sol). Temiendo la ira de la Iglesia Católica por desafiar la postura de la posición central de la Tierra, Copérnico publicó su estudio (De revolutionibus orbium coelestium) estando ya en el lecho de muerte, en 1543.

Espoleado a reexaminar siglos de viejos conceptos astronómicos, debido, principalmente, a las necesidades de la navegación de la Era de los Descubrimientos, y por los descubrimientos de Colón (1492), Magallanes (1520) y otros de que la Tierra no era plana sino esférica, Copérnico se tuvo que basar en cálculos matemáticos y en la búsqueda de respuestas en escritos antiguos. Uno de los pocos eclesiásticos que apoyó a Copérnico, el cardenal Schonberg, le escribió en 1536: «Me he enterado de que usted no sólo conoce los fundamentos de las antiguas doctrinas matemáticas, sino que, además, ha creado una nueva teoría... según la cual la Tierra está en movimiento y es el Sol el que ocupa la posición fundamental y, por tanto, cardinal».

Los conceptos que se sostenían por aquel entonces se basaban en las tradiciones griega y romana de que la Tierra, que era plana, estaba «abovedada» por los distantes cielos, en los cuales las estrellas estaban fijadas. Contra aquel cielo tachonado de estrellas se movían los planetas (de la palabra griega planetas, «errante») alrededor de la Tierra. Así pues, había siete cuerpos celestes, de donde tomaron su origen los siete días de la semana y sus nombres: el Sol (Sunday), la Luna (Lunes), Marte (Martes), Mercurio (Miércoles), Júpiter (Jueves), Venus (Viernes), Saturno (Saturday).

Los padres de la astronomía

Estas nociones astronómicas provenían de las obras y codificaciones de Ptolomeo, un astrónomo de Alejandría, Egipto, del siglo II d.C. Sus tajantes conclusiones eran que él Sol, la Luna y tos cinco planetas se movían en círculos alrededor de la Tierra. La astronomía ptolemaica imperó durante más de 1300 años, hasta que Copérnico puso al Sol en el centro.

Mientras que algunos hablan de Copérnico como del «Padre de la Astronomía Moderna», otros lo ven más como a un investigador y reconstructor de antiguas ideas. Lo cierto es que estudió concienzudamente los escritos de los astrónomos griegos que precedieron a Ptolomeo, como Hiparco y Aristarco de Samos. Éste último sugería, ya en el siglo III a.C, que los movimientos de los cuerpos celestes se podían explicar mejor si el Sol, y no la Tierra, ocupaba el centro del sistema. De hecho, 2000 años antes de Copérnico, los astrónomos griegos hicieron una lista de los planetas en su orden correcto desde el Sol, reconociendo así que el Sol, y no la Tierra, era el punto focal del sistema solar.

El concepto heliocéntrico sólo fue redescubierto por Copérnico, y lo interesante del caso es que los astrónomos sabían más en el 500 a.C. que en el 500 o 1500 d.C.

Lo cierto es que, en la actualidad, los expertos tienen un hueso duro de roer a la hora de explicar por qué, primero los griegos y luego los romanos, daban por hecho que la Tierra era plana, y que se elevaba por encima de una capa de aguas turbias bajo las cuales estaba el Hades o «Infierno», cuando algunas de las evidencias dejadas por los astrónomos griegos de los primeros tiempos indican que ya sabían que no era así.

Hiparco, que vivió en Asia Menor en el siglo II a.C, trató del «desplazamiento del signo en el solsticio y el equinoccio», un fenómeno llamado ahora precesión de los equinoccios. Pero este fenómeno sólo se puede explicar en términos de una «astronomía esférica», donde la Tierra está rodeada por otros cuerpos celestes como una esfera dentro de un universo esférico.

Entonces, ¿sabía Hiparco que la Tierra era un globo, e hizo sus cálculos en términos de una astronomía esférica? Pero aún hay otra pregunta igualmente importante. El fenómeno de la precesión se podía observar al relacionar la llegada de la primavera con la posición del Sol (visto desde la Tierra) en una constelación zodiacal dada. Pero el cambio de una casa zodiacal a otra requiere 2.160 años Ciertamente, Hiparco no podía haber vivido lo suficiente como para hacer esa observación astronómica. Así pues, ¿de dónde obtuvo esa información?

Eudoxo de Cnido, otro matemático y astrónomo griego que vivió en Asia Menor dos siglos antes que Hiparco, diseñó una esfera celeste, una copia de la cual fue erigida en Roma junto con la estatua de Atlas aguantando el mundo. Los dibujos de la esfera representaban las constelaciones zodiacales. Pero, si Eudoxo concibió los cielos como una esfera, ¿dónde estaba la Tierra con relación a los cielos?¿Acaso pensaba que el globo celeste descansaba sobre una Tierra pla-na -una disposición de lo más torpe-, o es que sabía que la Tierra era esférica y pensaba que estaba rodeada por la esfera celeste?

Los trabajos de Eudoxo, cuyos originales se perdieron, nos han llegado gracias a los poemas de Arato, que, en el siglo III a.C, «tradujo» al lenguaje poético los hechos expuestos por el astrónomo. En este poema (que debió resultarle familiar a San Pablo, puesto que lo citó), se describen las constelaciones detalladamente, «trazadas por todo alrededor»; y remite su agrupación y denominación a una época muy remota. «Unos hombres de antiguo una nomenclatura pensaron y diseñaron, y formas apropiadas encontraron».

¿Quiénes fueron los «nombres de antiguo» a los cuales atribuía Eudoxo la denominación de las constelaciones? Basándose en ciertas pistas del poema, los astrónomos modernos creen que los versos griegos describen los cielos tal como se veían en Mesopotamia alrededor del 2200 a.C.

El hecho de que tanto Hiparco como Eudoxo vivieran en Asia Menor aumenta las probabilidades de que obtuvieran sus conocimientos de fuentes hititas. Quizás, incluso visitaron la capital hitita y vieron allí la divina procesión tallada en las rocas; pues entre los dioses que desfilan hay dos hombres-toro que sostienen un globo -una imagen que bien pudiera haber inspirado a Eudoxo para esculpir el Atlas y la esfera celeste.

¿Estaban los primeros astrónomos griegos que vivían en Asia Menor mejor informados que sus sucesores debido a que pudieron beber de fuentes mesopotámicas?

Hiparco, de hecho, confirmó en sus escritos que sus estudios se basaron en un conocimiento acumulado y verificado durante milenios. Y nombró a sus mentores, «los astrónomos babilonios de Erek, Borsippa y Babilonia». Gemino de Rodas indicó a los «caldeos» (los antiguos babilonios) como los descubridores de los movimientos exactos de la Luna. El historiador Diodoro Sículo, en el siglo i a.C, confirmó la exactitud de la astronomía mesopotámica, y afirmó que «los caldeos dieron nombre a los planetas... en el centro de su sistema estaba el Sol, la luz más grande, del cual los planetas eran 'descendientes', reflejando la posición y el brillo del Sol».

La fuente reconocida del conocimiento astronómico griego era, entonces, Caldea; invariablemente, aquellos primitivos caldeos poseían un conocimiento mayor y más preciso que el de los pueblos que les siguieron. Durante generaciones, por todo el mundo antiguo, el nombre «caldeo» fue sinónimo de «observadores de estrellas», de astrónomos.

Dios le decía a Abraham, que salió de «Ur de los Caldeos», que mirara a las estrellas, cada vez que hablaba de las futuras generaciones hebreas. De hecho, el Antiguo Testamento está repleto de información astronómica. José se comparaba a sí mismo y a sus hermanos con doce cuerpos celestes, y el patriarca Jacob bendijo a sus doce hijos relacionándolos con las doce constelaciones del zodiaco. En los Salmos y en el Libro de Job se refieren una y otra vez a fenómenos celestes, a las constelaciones del zodiaco y a otros grupos de estrellas (como las Pléyades). Así pues, el conocimiento del zodiaco, la división científica de los cielos y otros datos astronómicos eran bien conocidos en el antiguo Oriente Próximo bastante antes de la época de la Grecia clásica.

El alcance de la astronomía mesopotámica, en la que se basaron los primitivos astrónomos griegos, debe haber sido enorme, pues, sólo con lo que los arqueólogos han encontrado, nos veríamos ante una avalancha de textos, inscripciones, impresiones de sellos, relieves, dibujos, listas de cuerpos celestes, presagios, calendarios, tablas horarias de amaneceres y puestas del Sol y los planetas, predicciones de eclipses...

Muchos de estos textos tardíos eran, ciertamente, más astrológicos que astronómicos por naturaleza. Los cielos y los movimientos de los cuerpos celestes parecían ser la principal preocupación de los poderosos reyes, de los sacerdotes de los templos y de la gente de la tierra en general; el objetivo de los observadores de estrellas parecía ser el de encontrar en los cielos la respuesta al curso de los asuntos en la Tierra: guerra, paz, abundancia, hambruna.

Compilando y analizando centenares de textos del primer milenio a.C, R. C. Thompson (The Reports ofthe Magicians and Astro-logers of Nineveh and Babylon) pudo demostrar que estos observadores de estrellas estaban interesados en el destino de la tierra, de su gente y de su soberano desde un punto de vista nacional, y no se preocupaban del destino individual (como ocurre en la actualidad con la astrología «horoscópica»):

Si la Luna en el momento calculado no se ve,
habrá una invasión de una poderosa ciudad.
Si un cometa se cruza con el sendero del Sol,
el flujo del campo descenderá; un tumulto sucederá dos veces.
Si Júpiter va con Venus,
las oraciones de la tierra alcanzarán el corazón de los dioses.
Si el Sol se coloca en la posición de la Luna,
el rey de la tierra estará seguro en el trono.

Incluso esta astrología precisaba de un conocimiento astronómico amplio y preciso, conocimiento sin el cual no se hubieran podido hacer los presagios. Los mesopotámicos, en posesión de tales conocimientos, distinguían entre las estrellas «fijas» y los planetas «errantes», y sabían que el Sol y la Luna ni eran estrellas fijas ni planetas ordinarios. Estaban familiarizados con los cometas, los meteoritos y otros fenómenos celestes, y podían calcular las relaciones entre los movimientos del Sol, la Luna y la Tierra, y predecir eclipses. Seguían los movimientos de los cuerpos celestes y los relacionaban con la órbita de la Tierra y con la rotación a través del sistema helíaco -sistema que aún se utiliza hoy y que mide la salida y la puesta de las estrellas y los planetas en los cielos de la Tierra con relación al Sol.

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¿VOLVEMOS A VIVIR?

por: Alejandra Bluth Solari


¿Vivimos una sola vez? He ahí una de las grandes dudas que la humanidad ha intentado despejar a lo largo de los siglos. Porque que el espíritu es inmortal y trasciende más allá de la muerte es una creencia aceptada por todas las religiones del mundo, pero que luego de morir el alma reencarne en un cuerpo distinto y vuelve a nacer para vivir otra vida es una doctrina que despierta acaloradas polémicas y que se ha ido difundiendo en la cultura occidental. Ya no tiene nada de raro escuchar a más y más gente decir: "En mi próxima vida haré tal cosa..." o "en mi vida anterior hice tal otra". Tampoco es extraño ver como las personas se someten a terapias de regresión a vidas pasadas como algo totalmente cotidiano, ya sea por simple curiosidad o como medida terapéutica para curar traumas y fobias que pueden haber tenido su origen en una vida anterior.


La fascinación por este tema viene de la pregunta que el hombre se ha hecho desde que está sobre la faz de la tierra, en todo tiempo y lugar: ¿de dónde venimos y a dónde vamos? ¿Qué hay más allá de la muerte? Una pregunta lógica si se considera que, nos guste o no, nadie escapará de la muerte. Es lo único que tenemos seguro desde el momento de nacer; en algún momento trascenderemos a otra dimensión de vida, y dejaremos el cuerpo físico, finito por naturaleza porque se trata de algo material.
Y es precisamente el misterio que se esconde detrás de la muerte lo que seduce. Todas las religiones ven a la muerte como el paso a la vida eterna y aceptan la sobrevivencia del espíritu, sabiendo que no es el fin de la vida sino un paso a un estado de vida diferente donde ya no se usa el cuerpo físico porque se vibra en una frecuencia energética más alta, donde el alma puede manifestarse y ser consciente sin necesidad de expresarse a través de un vehículo material. Pero la duda que separa a las distintas religiones es: ¿se regresa de la muerte? ¿sobrevive sólo ese espíritu en otra dimensión, y al final de los tiempos será juzgado por sus obras en esta, su única vida, y según eso salvado en el cielo con la resurrección plena de su cuerpo o condenado al fuego eterno, como sostiene la Iglesia Católica? O, según nuestras obras en esta vida, ¿tenemos la oportunidad de volver a vivir en otro cuerpo físico y renacer una y otra vez para mejorar hasta que nos liberemos de la rueda de reencarnaciones y trascendamos definitivamente a otro plano superior, uniéndonos con Dios, concebido en algunas religiones también como un Todo Infinito menos personal?


Los que apoyan esta tesis se basan en una premisa bastante simple; Dios es Amor, no un tirano castigador, y en su misericordia infinita jamás dejará que una de sus criaturas, creada a su imagen y semejanza y por lo tanto un ser divino, por pecadora que sea, se pierda definitivamente en el abismo de la oscuridad. Siempre le dará la posibilidad de enmedar sus errores hasta que aprenda las lecciones de amor y bondad que vino a aprender a la Tierra y se purifique del todo para lograr la asecensión de su alma.
Desde Platón a Einstein, muchos sabios y filósofos también han escrito sobre la reencarnación y la han reconocido como algo seguro Las religiones orientales de Egipto, la India, China y otros lugares profesan la creencia de que el alma vuelve de la muerte a nacer en otro cuerpo físico. En el Budismo y en el Hinduismo, el reconocimiento es absolutamente explícito. En la religión ortodoxa, se le llama Gil; y en la islámica, Sufi. Hasta en el Judaísmo se sabía de la reencarnación, y en Occidente el tema tuvo adeptos entre algunos filósofos griegos hasta nuestros tiempos, donde ha salido del cobijo de las enseñanzas de las sociedades teosóficas y los gurús indios, y se ha ido posicionando como una creencia aceptada cada vez entre más gente.


La Rueda de los Por Qué


Si viviéramos sólo una vez, ¿no es injusto que Dios, le de a algunos medios materiales y todas las facilidades para surgir en la vida y ser feliz, y a otros los haga nacer en la miseria y la enfermedad? ¿O que algunos nazcan bonitos y otros feos, o que unos mueran al nacer o siendo niños, y otros vivan muchos años? ¿Cómo se explica el nacimiento de niños prodigio capaces de realizar a corta edad hazañas que requieren vidas enteras de estudio y que muchos ni siquiera así podrían hacer, como Amadeus Mozart que componía sencillas piezas musicales a los cuatro años, o el matemático del siglo XVII, Blas Pascal, que a los once años ya había esbozado un nuevo y perfecto sistema geométrico? ¿Cómo puede Dios en su justicia y amor infinitos permitir que algunos vivan rodeados de lujos y dinero y belleza, mientras niños inocentes perecen en la hambruna de Africa sin posibilidades de conocer a El y salvar su alma? ¿Cómo puede ser justo que un bebé que solo vivió unos días u horas al morir se gane el cielo sin haber tenido la oportunidad de ganárselo con sus actos como el resto de los mortales? Según la teoría de la reencarnación, el tiempo de una sola vida humana no parece suficiente para lograr la perfección necesaria. Es necesario un largo aprendizaje que se va adquiriendo poco a poco, a lo largo de muchas vidas.


Dios no es injusto, por lo tanto tiene que haber una explicación para las desigualdades entre los seres humanos. Ninguna religión postula que el cielo se gane porque sí. El concepto de que debemos ganarnos el derecho a entrar en él es el mismo en todas las religiones. Pero mientras los católicos presuponen que a cada cual le toca un destino ideado por el Creador y debe arreglárselas lo mejor quer pueda con las herramientas que tiene para purificarse y salvar su alma, viviendo de acuerdo a las enseñanzas de Cristo, según la tesis de la reencarnación el alma está en continua evolución y las sucesivas reencarnaciones le permiten progresar hasta alcanzar la perfección y convertirse en un espíritu puro que se sumerge para siempre en el infinito de la eternidad en un indisoluble proceso de iluminación Todos nacemos iguales y con las mismas oportunidades con el único objetivo de aprender y evolucionar hacia Dios. Para hacerlo, vamos reencarnando varias veces en distintos cuerpos, escenarios y situaciones de vida hasta que adquiramos cada vez más conciencia de ello, nos perfeccionemos como hijos de Dios y nos liberamos al fin de la rueda de reencarnaciones, trascendiendo definitivamente al plano espiritual. Si en una vida nacemos pobres o enfermos, y en otra en medio de una existencia cómoda, es por los méritos o pecados de vidas pasadas, no por azar. Una vida buena sería, entonces, un premio a una vida pasada que fue bien vivida. Y una llena de dolor y miseria, un castigo en carne propia a una vida anterior que se vivió mal. Cuando finalmente se aprenden todas las lecciones que hemos venido a aprender en la escuela de la vida, la cadena de reencarnaciones se rompe y el alma evolucionada termina su aprendizaje en la tercera dimensión terrenal, trascendiendo a un plano superior de iluminación.
Cabe, por supuesto, preguntarse si la idea de la reencarnación no es sólo una quimera que la gente inventa para calmar miedos y responder preguntas que no tienen respuestas. Una doctrina seductora que explica las cuestiones intrincadas de la vida humana que el hombre siempre ha buscado explicar. El deseo de continuidad tras la muerte, de tener una segunda oportunidad, está plenamente satisfecho con la doctrina de la transmigración de las almas, y las personas que viven existencias dolorosas o difíciles encuentran consuelo al buscar las razones de tanto sufrimiento a en una vida anterior, y al pensar que en la próxima serán recompensadas con una vida mejor si utilizan sus dificultades como una oportunidad dada en justicia, y no por regalo, para crecer y aprender, enmendando los errores pasados.
Sin embargo, las pruebas para refutar esta suposición son tantas y tan válidas como las que la apoyan.


Jesús no lo Negó


La primera vez que aparece la idea de la reencarnación es en la India, en el siglo VII a.C.,cuando las personas descubrieron que todas las cosas en la naturaleza, luego de cumplir su ciclo, retornaban. El sol, la luna, las estrellas, las estaciones del año, el florecimiento de los campos; todo tenía un movimiento circular, de eterno retorno, y por lo tanto la vida también se compondría de ciclos que se repetían eternamente. El cuerpo se descomponía al morir, pero el alma regresaba a la Tierra en un nuevo cuerpo para seguir viviendo.


Cuando apareció el Budismo en la India, en el siglo V a.C., adoptó la creencia en la reencarnación, y la extendió por China, Japón, el Tíbet, y más tarde en Grecia y Roma. Poco a poco fue penetrando diversas religiones que la asumieron entre los elementos básicos de su fe. Los judíos, no obstante, en sus escritos la rechazaron absolutamente. Por ejemplo, el Salmo 39, que es una meditación sobre la brevedad de la vida, dice: "Señor, no me mires con enojo, para que pueda alegrarme, antes de que me vaya y ya no exista más" (v.14). El libro de la Sabiduría también enseña : "El hombre, en su maldad, puede quitar la vida, es cierto; pero no puede hacer volver al espíritu que se fue, ni liberar el alma arrebatada por la muerte'' (16,14).


En el año 200 a. C., apoyándose en el libro bíblico de Daniel donde un ángel revela que "la multitud de los que duermen en la tumba se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para la vergüenza y el horror eterno" (12,2), se reafirmó entre los judíos la creencia de que al morir una persona, recupera la vida inmediatamente en otra dimensión llamada eternidad, donde comienza a vivir una vida distinta, sin límites de tiempo ni espacio. Una vida que ya no puede morir más, dichosa para los buenos y dolorosa para los pecadores, pero eterna. Así, en el Antiguo Testamento, resulta imposible volver a la vida terrena después de morir, por breve y dolorosa que haya sido la existencia humana.
La relativamente aceptada teoría de la reencarnación recibió uno de sus golpes más durosen el segundo Concilio de Constantinopla, el quinto ecuménico de la Iglesia Católica, celebrado en el año 553 de nuestra era en el reinado del emperador bizantino Justiniano I, donde se declararon catorce anatemas, entre ellos el que prohibía a los católicos postular la herejía de la preexistencia de las almas y las reencarnaciones. El rechazo a esta creencia se fundamentó en lo que postulaba Orígenes, teólogo de la Iglesia, quien sostenía la transmigración de las almas a los cuerpos y dedujo que el alma de un ser humano reencarnar en el cuerpo de un animal si no se vivía de acuerdo a las leyes divinas, lo que escandalizó al clero eclesiástico al considerarlo impropio de una criatura hecha a imagen y semejanza de Dios.


Está suposición está totalmente invalidad incluso por los adeptos a la reencarnación, yaes contraria a la esencia pura de la reencarnación en el sentido que un alma que ha alcanzado el nivel humano no puede retroceder. El alma encarna en distintos niveles a medida que se perfecciona, pero siempre ascendentes, no descendentes; del reino mineral se pasa al reino vegetal, del vegetal al animal, y así se continúa progresando hasta alcanzar el estado espiritual de perfección. Es como ir pasando de curso en la escuela de la vida. Cada existencia debe ser un curso superior, donde sabemos más y estamos más conscientes y preparados para egresar definitivamente y retornar al universo infinito del cual venimos, nuestro hogar. Si el hombre no aprende las lecciones, debe repetir de curso una y otra vez hasta que las haya asimilado para pasar al grado siguiente, pero jamás será expulsado de la escuela, ni retrocederá a cursos inferiores.
Aún así, la doctrina cristiana niega negar categóricamente la existencia de la reencarnación, considerándola una superstición pagana, una herejía y una ignorancia incompatible con la fe cristiana, propia de una mentalidad primitiva, destructora de la esperanza en la otra vida, y sólo capaz de dar un par de respuestas peligrosas e incoherentes a los misterios de la vida. Fundamenta su postura en la Resurrección de Jesucristo, y en la creencia de que sólo se vive una vez, con una sola existencia como oportunidad para salvarnos y que de que al morir el alma va al Cielo, al Purgatorio, o al Infierno. Sostiene firmemente que Jesucristo pagó por nuestros pecados en la cruz y solo en El tenemos la salvación concebida como con un don, al cual las personas cooperan realizando sacrificios, pero no teniendo la posibilidad de renacer para limpiarnos de nuestras culpas. Algo así sería demasiado cómodo y fácil, sería como dar licencia para vivir una vida pecaminosa e inmoral ya que siempre tendremos otra posibilidad de salvarnos en una próxima existencia y pagar nuestras culpas.


Otra de las creencias que se suponen paganas es sostener que el cuerpo es una vestimenta temporal que cambia y se descarta vida tras vida. Para los católicos, nuestros cuerpos, los de nuestra única vida, resucitarán gloriosos al final de los tiempos. Tampoco acepta la idea que el alma pierda su identidad absorbiéndose en el cosmos, apartada del cuerpo, y sostiene que la base de la fe para los cristianos es la resurrección. No acepta la concepción de Dios como el Todo Cósmico de las religiones orientales, sino que enfatiza que el Dios de la revelación judeo-cristiana es personal, un Padre universal que ama a todas sus criaturas y las hace hermanas en su Amor. Por otro lado, señala que el concepto del tiempo no es un ciclo sin fin, sino que tiene un principio y un fin dado por Dios y reflejado en el Génesis, como el inicio del los tiempos, y en el Apocalipsis, como el fin de los tiempos y la segunda venida del Señor a salvar o a condenar a los hombres. El hombre tiene un propósito que cumplir en el tiempo que tiene, según la voluntad de Dios, y después ya no habrá tiempo sino la eternidad, vivida en el cielo o en el infierno pero de ningún modo acepta que los hombres sean diluidos en el cosmos impersonal, puesto que afirma que nuestra individualidad no se perderá jamás y que los redimidos por Cristo encontrarán su identidad plenamente en el cielo, siendo elevados a la plenitud de su ser y ganándose la vida eterna gracias a Jesús que, por amor, vino a la Tierra a dar su vida para lavar los pecados de la humanidad.


Pero más que aclarar los misterios de la vida, estos dogmas de fé que no admiten cuestionamientos dejan a mucha gente pensando que una sola vida no es suficiente para ganar el cielo o el infierno para siempre, y equivale a negar la existencia de la sabiduría divina, que engloba amor y compasión. Hasta el mismo Cristo en su vida en la Tierra, si bien no habló directamente de la reencarnación, tampoco la repudió ni la negó. Ya en dicha época era común referirse a ella como algo aceptado. De hecho, se discutía abiertamente si Juan el Bautista era una reencarnación de Elías, a partir de la descripción que hace el nuevo testamento del recibimiento que se le dio a Juan el Bautista cuando vino a declarar en favor de Cristo (Juan primero 19-28) y le preguntaron si era Elías. Esto se confirma en el pasaje bíblico Mateo 11:14, cuando Jesús sostiene: "Y, si queréis admitirlo, él (Juan Bautista) es Elías, el que iba a venir." Pero la Iglesia Católica refuta lo anterior apoyándose en otro pasaje de las Sagradas Escrituras, concretamente en Hebreos 9:27 que señala: "está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio"


El Karma, un Concepto Clave


Es imposible entender la teoría de la reencarnación sin ahondar primero en el concepto de Karma. Que no es otra cosa que responsabilzarnos por nuestras acciones. El karma es un concepto que está en todas las religiones, no como castigo, sino como una oportunidad para aprender. Nada de lo que hacemos, bueno o malo, queda impune. Cosecharemos lo que sembramos y caeremos, tarde o temprano, en el mismo lugar de otros para aprender de nuestras experiencias, aciertos y errores, y en definitiva progresar.
La religión católica lo considera como un modo de expiar culpas en el Purgatorio, un estado espiritual intermedio, entre el cielo y el infierno, donde van las almas antes de lograr su salvación. Para los reencarnacionistas, en cambio, el Karma se vive en las distintas vidas, como un modo de saldar las deudas contraías en las anteriores.
Según esta doctrina, el Karma explica muchas de las cosas extrañas y en apariencia inexplicables que nos suceden. Muchas visiones o sensaciones espontáneas ante personas y situaciones, que siendo nuevas nos resultan extrañamente familiares, son recuerdos de una vida pasada que salen a la luz por alguna causa que los gatilla. Lo mismo ocurre cuando a ciertas personas las rechazamos sin causa aparente y a otras las aceptamos sin ninguna objeción, como si las conociéramos desde hace años. Nadie pasa por nuestra vida por azar. Tanto las personas que estimamos como las que nos causan molestia, tanto las más significativas como las menos, tienen su razón de ser en nuestra existencia: saldar viejas deudas contraidas en vidas pasadas, o sea, karma. El karma no es más que en la responsabilidad que asumimos por nuestras acciones y por la cual debemos dar la cara. Significa que lo que uno da es lo que recibe, y que en las diversas vidas cambiamos de religión, de raza, de condición económica y de salud, y hasta de apariencia física, porque tenemos que aprender de todos lados.


Por eso, cuando se habla de buena vibración, o de química entre los seres humanos, en verdad lo que sucede es el reconocimiento inconsciente energético que hacemos de las almas, para las cuales no existe tiempo ni rostro, y subconscientemente recordamos nuestra relación positiva o negativa con un alma determinada. Si alguien nos hace daño o nos causa profunda molestia, lo más probable es que nos esté devolviendo la mano por algo que nosotros le hicimos en otra vida. O sea, estamos pagando, en carne propia y en esta vida terrenal, lo que hicimos a nuestro prójimo. Por el contrario, una persona que vive una existencia placentera y feliz está recibiendo una recompensa por sus buenas acciones de vidas pasadas, por haber saldado parte de su karma o por haber enfrentado estoicamente una existencia dura o penosa. Así, cada vida sería la oportunidad de saldar viejas cuentas energéticas contraídas en vidas pasadas que deben eliminarse para dejarnos libre el camino a nuevas y futuras experiencias en nuestra presente vida. El karma se determina en nuestro comportamiento con las demás personas, que es nuestra principal fuente de aprendizaje. A través de la alegría y el dolor que generamos en las relaciones interpersonales generamos karma que se va adeudando de vida en vida, y progresamos en nuestra senda espiritual para aprender del amor desde todas partes. También producto del karma el alma, al reencarnar, elige el cuerpo y la familia de su nueva vida, con el único fin de ascender espiritualmente. Así, una persona pudo elegir una vida con relaciones difíciles, llena de obstáculos y pérdidas para poder acelerar su progreso espiritual, pero nada de lo que nos sucede es porque sí. Todo, desde la llamada buena o mala suerte, es resultado de lo que hicimos y generamos a otros en vidas pasadas, que se nos devuelve.


El Gurú del Tema

El psiquiatra norteamericano Brian Weiss, autor de varios libros sobre el tema de la reencarnación, las terapias de regresión a vidas anteriores y la reunión de almas gemelas, se ha convertido en el gurú extraoficial de la reencarnación, enfatizando que existen pruebas históricas y médicas que la corroboran como una realidad. En una entrevista concedida a la revista Mundo Nuevo en su paso por Chile hace un par de años, sostuvo que el descubrimiento de la regresión lo llevó al crecimiento y a la comprensión espirituales, y que "en las distintas religiones existentes, siempre está presente la reencarnación como base fundamental para explicar el misterio de la muerte. Yo he dado conferencias en el Vaticano sin ninguna restricción"

Creer o no en la reencarnación depende de cada uno. De la fe y del razonamiento que cada uno tenga. Quizás Brian Weiss tenga la explicación más clara y contundente al no basarse en ninguna religión para afirmar la veracidad de la reencarnación. Su enfoque es clínico y se fundamenta en lo que he encontrado con sus pacientes. "Todas las religiones son un camino a la verdad, especialmente cuando ellas hablan de amor, perdón y compasión para aceptar a todo el mundo y reconocer la unidad de todas las personas. Sólo hay una gran religión y esa es el amor. Dios está en cada uno de nosotros, y es esa energía de amor y de sabiduría que está en todas partes y en todo momento. Pienso más en términos de espiritualidad que de religión".

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Religiones: El opio del pueblo


La espiritualidad radica no en la práctica de un credo religioso ni en la comprensión racional de ideologías, sino en aprender de la experiencia personal directa sobre el Amor, disfrazado detrás de las múltiples máscaras del egoísmo individual. Sólo comprendiendo y trascendiendo este yo inferior, la autocapacidad de amar se libera y la conciencia personal, libre de las ideologías culturales con las que se identifica y refugia ante el imprevisible y "doloroso" devenir de la existencia, penetra de un modo gradual en el conocimiento real de los misterios de la Vida y de la Muerte.

Por Jaime Riera Pérez

La crítica adversa hacia las estructuras políticas, jerárquicas, económicas o doctrinales de la religión organizada hace que la inmensa mayoría, por no decir la totalidad, de los creyentes sientan agraviada su sensibilidad, aunque tal crítica esté fundamentada en hechos históricos verídicos e irrefutables y omita cualquier alusión a la individualidad personal.

Los creyentes en alguna religión sienten tanta adhesión e identificación con toda la Realidad externa relacionada con su Religiosidad interna que les es difícil reconocer y aceptar consciente y consecuentemente todas las injusticias sociales y miserias morales cometidas por la propia iglesia o religión durante su deambular histórico, ya que esto podría originarles una catarsis y, con ello, el posible derrumbamiento de lo más preciado que puede disponer el ser humano: el sentimiento de aproximación al "Origen", a la "felicidad imperecedera", a Dios, .... Este sentimiento se lo proporciona la vinculación a su religión, aparte del bálsamo llamado resignación -sin comprensión- empleado ante los problemas materiales y existenciales, es decir, ante el sufrimiento de la Vida.

A esta dependencia de los métodos organizados para buscar a Dios es a lo que se refería Carlos Marx como el "opio del pueblo". Ese "opio" que ofusca al Espíritu y acrecienta los egoísmos en pos de las luchas del yo (posición y triunfo social, dinero, poder, fama,...), que imposibilita una vida más auténtica, libre y justa. De lo contrario, Marx hubiera dicho -lo que presumiblemente jamás diría- que "la espiritualidad es el opio del pueblo". Aunque los contenidos ideológicos subyacentes en ambas frases parecen guardar similares significados, la realidad personal y social derivada de sus praxis vivenciales es notablemente diferente, más bien diametralmente opuesta.

La religión organizada gravita alrededor de la letra muerta de los textos sagrados, interpretada por autoridades jerárquizadas, lo cual genera códigos de creencias, ritos y dogmas preestablecidos e impuestos sutilmente a los creyentes para, negándoles la facultad de razonar por sí mismos, exigirles una fe con la que digerirán el alimento religioso, más bien teológico y previamente "ensalivado y masticado", para beneficio de la salvación, de la iluminación, de la vida eterna, ...

La espiritualidad radica no en la práctica de un credo religioso determinado ni en la comprensión racional-intelectual de complejas o sencillas ideologías (filosóficas, psicológicas, metafícas o éticas), sino en aprender de la experiencia personal directa sobre (y de) el Amor, disfrazado y encubierto detrás de las múltiples "máscaras o sombras..." (vanidad, ira, rencor, lujuria, codicia, envidia, etc.) del egoísmo individual, sobre el cual hay que, en primer lugar, comprender y asimilar, luego controlar y transcender ese yo inferior. En la medida en que la autocapacidad de Amar libere sus ataduras egoicas, la conciencia personal, abandonando sus estados ordinarios e inferiores originados por las enajenadoras ideologías culturales con las que cotidiana y normalmente se identifica y refugia ante el imprevisible y "doloroso" devenir de la existencia, penetraría de un modo gradual y progresivo en el conocimiento real de los misterios de la Vida y de la Muerte.

Es decir, la Espiritualidad busca a Dios, al Tao, a Brahman, o a la Inteligencia Universal, o a la Autorrealización Suprema (el concepto empleado carece de importancia) únicamente a través de la experiencia de "amar al prójimo como a uno mismo", reflejándose en los actos y hechos del vivir diario.

Si la adicción al "opio del pueblo " persiste desde hace siglos, no será porque nunca hemos aprendido a desterrar lo Sacro y Eterno, lo Espiritual y lo Místico, de los límites de lo religioso. Y sentir todo ello en la vida cotidiana como un despertar y transformar de la conciencia que celebra la Divinidad y lo Sacramental dentro de lo ordinario: en la actividad de cepillarse los dientes o fregando los platos y en la realización de los actos más elementales de la vida, en la noche estrellada, en el vuelo de las aves, en la metamorfosis del gusano que se hace mariposa, en el viento frío golpeándote el rostro, en el tránsito de la semilla hacia la flor y el fruto, en la sonrisa de un infante, en la calidez y amistad de un abrazo o en un apretón de manos, en los ojos de un semejante, en la oración y esperanza por el enfermo, en la compasión sin lástima por el que sufre ... y en todo lo que suscita Amor incondicionado, ya se encuentre dentro o fuera de nosotros.

De esta manera, quizá las interrelaciones personales cambiaran y no nos trataríamos como objetos de usar y desechar, o como entes comerciales y experimentales, sino con profunda y respetuosa consideración a la santidad y divinidad existente en cada persona. Lo que ocasionaría una raza más humana y conscientemente unificada, sin la necesidad de los múltiples "opios" (que no son todos necesariamente de ámbito religioso), con la presencia de Dios.


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Evangelios Apócrifos:

La conspiración del silencio

Por: Alejandra Bluth Solari

Hace casi 60 años, en Egipto, se descubrieron los evangelios de Nag Hammadi. Escritos en arameo (la lengua de Jesús), hoy se consideran el descubrimiento arqueológico más importante del siglo XX. Dos años más tarde, en 1947, fueron respaldados por el hallazgo de los Papiros de Qumram, escritos en griego y arameo, en las cercanías del Mar Muerto. Entre ellos, se habría encontrado la versión más antigua de la Biblia de la que se tiene noticia.

La Iglesia Católica reconoce la existencia de estos textos, pero los ha tachado de herejes y no inspirados por Dios al considerarlos hijos del Gnosticismo, una filosofía a la que acusa de humanizar demasiado la figura de Cristo y restarle importancia como Hijo de Dios, poniéndolo en un mediocre plano de ser iluminado o místico avanzado, que trajo a la tierra un mensaje oculto, esotérico y hermético. Sin embargo, la existencia objetiva de estos Evangelios puso en evidencia que los evangelios publicados en la Biblia no son los únicos, y que existen otros textos sagrados sobre Cristo. ¿Qué dicen esos escritos? ¿Hablan acaso de los pasajes perdidos de la vida de Jesús, esos que la Biblia omite por alguna razón? ¿Acaso los mensajes de Jesús recogidos en ellos entrarían en franca contradicción con los dogmas católicos sobre la vida y la muerte, lo humano y lo divino, amenazando el poder y hegemonía eclesiásticos?

La figura de Cristo es demasiado grande, demasiado compleja su existencia, su mensaje y el sentido de su venida, para que cualquier persona o entidad se arrogue el derecho de ser portadora de la única verdad. ¿Fue la divina encarnación de Dios, como sostienen los católicos, o el predicador iluminado de una verdad secreta y hermética como afirman los esenios y gnósticos? Quizás ambas cosas. Quizás ninguna. La transmisión oral y escrita de su historia y sus enseñanzas ha sido, necesariamente, intervenida por grupos humanos pertenecientes a círculos religiosos y esotéricos de diversas tendencias, que lo han interpretado desde su propio punto de vista. La última palabra sobre quién fue Jesús, y que hizo en la Tierra, no la tiene nadie, y es por eso que no se puede afirmar que los Evangelios Apócrios no tengan una parte de la verdad.

Están allí; los textos de Nag Hammadi, los Rollos del Mar Muerto, el Evangelio Q, los escritos de Enoch. Existen empíricamente y contienen información sobe Cristo. ¿Verdadera o falsa? A nosotros no nos corresponde juzgar su validez, sino mostrar la verdad de su existencia, dejarlos al descubierto y exponer todas las opiniones al respecto, para que cada cual saque sus propias conclusiones. Sin influir, ni pecar de omisión.

(Este artículo es un adelanto del libro ¿Quién Fuiste en Verdad, Jesús de Nazareth?, escrito por Alejandra Buth Solari y de futura edición en Chile. Corresponde al capítulo Los Evangelios Perdidos de dicha obra. El contenido ha sido dividido en varios links para facilitar su publicación en Internet; para una mejor comprensión del texto, se recomienda leer los links por orden).

Introducción
El tesoro egipcio
El gnosticismo
Tomás: el quinto evangelio
Lo que escondía el Mar Muerto
La comunidad de los esenios
La reacción del Vaticano
El origen de los evangelios canónicos
La clave Q: el evangelio perdido de Jesús el Cristo
Evangelio según el apóstol Tomás
El armaguedón según La Biblia

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LA HUMANIDAD DE JESUS


La humanidad de Jesús y la divinidad del hombre: Dos reflejos superpuestos

Desde los albores de la humanidad, hasta nuestros días, no ha existido acontecimiento o personaje, pertenezca a la leyenda o a la historia de Occidente, sobre el que se haya escrito o hablado tanto como sobre Jesús de Nazareth. Su vida y su enseñanza han catalizado energías formidables y han sido lugar de proyección de la esperanza y de los más profundos deseos y anhelos humanos, incluso más allá de las fronteras del cristianismo. Precisamente, este aluvión de información, en ocasiones contradictoria, es el que ha contribuido a arropar al personaje, al hombre, al Jesús-Cristo, al Sidharta-Buda, de multitud de identidades entre las que nuestra razón navega desorientada y confusa sin encontrar respuesta alguna.

Por: Raquel Marcos y Jaime Riera

A menudo, intentando asirnos a las muletas de una supuesta realidad, creemos útil recurrir al lenguaje escrito de los textos para obtener ideas y consejos acerca de procesos cuya única llave entronca con la experiencia, con el lenguaje universal de los símbolos que resuenan en nuestro interior. Tropezamos una y otra vez en la piedra de nuestra envanecida racionalidad pensando que se trata de la piedra filosofal, de la panacea de la que han de surgir todas las respuestas. De esta manera, delegamos nuestra experiencia personal e intransferible deambulando en el laberinto de la confusión de lenguas –la mítica torre de Babel-, producida cuando la ignorancia de los hombres codifica ese lenguaje interno y universal.

En este proceso de resistencia a bucear en el mundo, a bucear en nuestro interior, nos desgajamos de la Unidad, caemos y, perdida la confianza en nuestro potencial intuitivo, recurrimos a la autoridad externa que pueda resolver nuestras lacerantes dudas, las mismas que nos sumen en un continuo estado de desorientación, de lucha dialéctica y de supuesta resolución desde el intelecto no exenta de egocentrismo. Ninguno de nosotros puede obviar este encuentro cara a cara con la tentación, este doloroso periplo por el estrecho túnel de la muerte hasta el florecimiento y la Resurrección del Cristo en nuestro Corazón.

A la luz de este prisma de confusión, y a través de sus infinitas facetas, la figura de Jesús ha sido interpretada y reinterpretada hasta la saciedad, y, sobre todo, ha tratado de ser monopolizada por las jerarquías de las religiones cristianas en las que se ha depositado la responsabilidad de dar explicaciones acerca de un entuerto que ellas mismas han propiciado, de tal suerte que las enseñanzas de Jesús se han visto desvirtuadas una y otra vez, y su figura mitificada y desmitificada dependiendo de las manos en las que cayese o de los miedos humanos que reflejase.

Por otro lado, en la misma lucha de opuestos y en encarnizada oposición al mensaje difundido por estas alienantes organizaciones, algunos grupos de personas han tratado de despojar a aquel hombre de todo bagaje divino entendiendo que el terreno de lo humano y lo divino nada tenían en común. Una vez más las etiquetas, los conceptos estáticos en oposición pretenden encasillar en sus estrechos límites una realidad universal, cambiante y eterna de la que somos parte integrante.

Resulta paradójico que opiniones tan aparentemente opuestas como las defendidas por las religiones cristianas según las cuales Jesús, en su calidad de Hijo de Dios, esté exento de cualquier tipo de debilidad humana; y otras, encarnizadamente racionales, según las cuales el Jesús hombre, permanezca ajeno a cualquier tipo de condición divina, compartan, sin embargo, la polarización de los extremos, las dos caras de una misma moneda cuyo elemento de Síntesis y de Unión es, precisamente, la figura de Jesús.

No deja de ser paradójico que esa esclerótica postura racional sea –a pesar de que difícilmente esto sea admitido y reconocido por los que la practican- el resultado, el hijo pródigo de aquella estructura patriarcal que dio lugar a las religiones cristianas. Difícilmente el hijo rebelde se reconocerá en el padre y, sin embargo, su postura sólo adquiere identidad en oposición a él y no en sí misma al trascender la lucha. Al fin y al cabo, la heterodoxia halla su sentido en oposición a la ortodoxia, y lo que en el pasado fue heteredoxo en el presente es una nueva ortodoxia a superar.

La conciencia de haber formado parte de una ortodoxia trascendida no ha de avergonzarnos, sino que, por el contrario, ha de convencernos de nuestra vital importancia como eslabones de una cadena eterna de la que todos, absolutamente todos formamos parte. Nuestro proceso de evolución individual no puede separarse del proceso de evolución del mundo, así que quizá debamos dejar de ser el niño obediente que acata sin rechistar las órdenes del padre o el adolescente que se rebela indiscriminadamente al tomar conciencia de la represión a la que ha sido sometido y tener la valentía, en un tercer momento de Síntesis, de Renacimiento, de Resurrección, de reconciliarnos con nuestro bagaje personal y cultural para, al trascenderlo, forjar nuestro propio camino.

Quizá, el vínculo que fusiona estas dos posturas aparentemente antagónicas (la postura paternalista opresiva y la postura racionalista subversiva) sea, precisamente, la carencia del elemento intuitivo, la represión del hemisferio cerebral derecho que entronca con el pensamiento holístico y simbólico, con la sabiduría universal reflejada en el Corazón humano. Quizá, nuestra confusión venga del dominio de un polo sobre otro, de la separación del cuerpo y de la mente, de lo humano y lo divino, de lo masculino y de lo femenino, de lo racional y lo intuitivo. Quizá debamos reivindicar la humanidad de Jesús y nuestra divinidad como seres humanos para darnos cuenta de que no hay contrarios, sino imágenes simétricas reflejadas en el mismo espejo, que no hay modelos que imitar sino procesos que experimentar.

Si observamos atenta y desprejuiciadamente nuestro interior, el proceso que tiene lugar en nuestro Corazón, no podremos negar la realidad del paralelismo existente entre los procesos individuales y colectivos, si seguimos observando, desidentificándonos de dichos procesos, nos daremos cuenta de que aquel supuesto paralelismo no existe, pues su condición gemela se debe a su superposición, a su Unidad, a la existencia de un Todo, de un Dios, de un Universo del que somos parte intrínseca.

Si observamos, pues, nuestro interior desde la franqueza y el Amor, comprenderemos que sólo integrando la Totalidad de nuestro Ser alcanzaremos el equilibrio y la fusión.

Si exploramos nuestro interior, reconoceremos nuestras voces ahogadas y reprimidas, si miramos a nuestro alrededor sentiremos alzarse las voces de los oprimidos: de las mujeres dilapidadas por sus pecados, de los que mueren de hambre, de los que aguardan para ser ejecutados en las prisiones de países que se autodenominan civilizados, de los que buscan refugio en las drogas como protección ante un mundo que les resulta hostil, de los que atesoran inútilmente riquezas materiales y las protegen con vallas electrificadas y con bombas, de las víctimas y de sus verdugos, pues todos formamos parte del proceso evolutivo, del mecanismo de ajuste divino. ¿Acaso podría haber existido la crucifixión sin un delator que la propiciase? ¿Acaso existe el renacer sin el morir?¿Acaso existe el crecimiento sin el sufrimiento o el pecado, sin Amor y redención?

La humanidad de Jesús

Cuando pensamos en el Jesús histórico no podemos dejar de plantearnos las profundas contradicciones que se establecen entre lo que consideramos humano y el arquetipo angelical, santurrón y asexuado con que las religiones cristianas han tratado de camuflar dicha humanidad.

Tampoco podemos dejar de obviar el hecho de que la tradición judeocristiana entronque con una visión patriarcal y en consecuencia misógina del mundo en el que se identifica a la mujer con el origen de los males que afligen a la humanidad. Todas las civilizaciones han buscado sus chivos expiatorios y he aquí que al elegir como tal a la otra mitad, nuestra cultura ha puesto de manifiesto la más profunda de sus esquizofrenias, ya que, al tratar de negar uno de sus elementos intrínsecos se ha sumido en el más profundo de los desequilibrios.

A través de María, la madre de Jesús, trató la iglesia católica de expiar los pecados de la malograda Lilith, primer prototipo fallido y primer ejemplo de mujer emancipada, y los de la díscola Eva, que, ni en un su tercer intento (según los antiguos hebreos) consiguió Jehová perfeccionar. No deja de resultar sintomático el hecho de que la afirmación de la santidad de María venga, precisamente, de la negación de su femineidad, pues, a pesar de parir a Jesús, mantuvo intacta su virginidad negando todo aquello que pudiera relacionarse con su sexualidad y, afirmándolo, por contraposición al reducir una vez más el potencial femenino a la identificación sexual. María se convertía así en la madre perfecta cuya carne no quedaba mancillada con el inmundo pecado de Eva, en la madre sacrificada y entregada cuya identidad quedaba definida, exclusivamente, por su condición de madre de hombres y esposa de hombre, allanándose una vez más el camino a la culpabilidad sexual que justificaba la represión femenina.

La siguiente pregunta que inevitablemente se plantea es la de si Jesús estuvo casado, la de si hubo una figura femenina fundamental en su vida terrena que brillase con identidad propia, la de si Jesús fue capaz de amar a una mujer hasta el punto de convertirse con ella en una sola carne. Por supuesto, la postura tradicionalmente defendida por la Iglesia es la de que Jesús fue un hombre célibe hasta su muerte, hecho que encaja a la perfección con el modelo sacerdotal preconizado por las jerarquías eclesiales; sin embargo, esta posibilidad parece contradecir las ancestrales costumbres judías que preconizaban la unión con la mujer y la consiguiente procreación como el más preciado tesoro para el hombre.

Siempre ha existido una corriente paralela y subterránea que enlaza a Jesús con la persona de María Magdalena, que defiende el matrimonio de ambos y la existencia de un hijo en común, el discípulo amado, es decir Juan, el adolescente que reposa sobre el pecho de su padre en la Última cena. Quizá sea en este preciso momento de la historia en el que comenzamos a romper los tabúes sexuales y a superar las etiquetas de lo supuestamente masculino y femenino en el que debamos por fin reivindicar al Jesús hombre, al Jesús enamorado, al Jesús padre, al Jesús Uno con el género humano.

Quizá sea también el momento de reivindicar la figura de una mujer como María Magdalena en la que otras tantas mujeres de la actualidad pueden verse reflejadas, la misma que acompañó a Jesús en sus momentos de gozo y padecimiento supremo, la misma que ungió su cuerpo antes y después de la muerte, la misma que se abrió como una flor ante su presencia para impregnarle con la fragancia de su amor incondicional.

Las opiniones de los diferentes autores que han tratado de acercarse de manera desprejuiciada a la figura de María Magdalena parecen coincidir en el hecho de que pertenecía a una clase social acomodada a juzgar por el precio, estimado en 300 denarios, de la libra de nardo legítimo con el que esta mujer, identificada también con María de Betania, ungió a Jesús. La unción representa simbólicamente un hecho de la mayor importancia que no pudo ser llevado a cabo por una mujer cualquiera, sino por alguien muy cercano a él en intimidad y en Amor, en la medida en que presagia su muerte y le identifica con el Cristo, es decir, el ungido. También María Magdalena, como tal esposa, estuvo presente en los dolorosos y terribles momentos de la Crucifixión, acompañándole en la muerte y recibiendo después en su Corazón la gloriosa noticia de su Resurrección, la misma que germina y florece en los Corazones de todas las mujeres y hombres.

Algunos autores defienden que esta mujer, la misma a la que se identifica con Eva y con la Esposa del Cantar de los Cantares, practicó en su juventud el culto a Astarté, la diosa madre, o lo que es lo mismo a Isis, siendo en consecuencia depositaria de la ancestral sabiduría universal de la que todas las religiones son deudoras , la misma que enlaza el cristianismo con la tradición egipcia y sumeria. Si es cierto que esta mujer era oficiante del culto pagano a la diosa madre, practicaría forzosamente la prostitución sagrada lo cual la convertía en una pecadora a los ojos de la mayoría de los judíos: es decir a los de la familia de Jesús, a los de sus seguidores y a los de los futuros intérpretes de las Escrituras. Así, Jesús, desde su benevolencia, podía dignarse a perdonar a una pecadora, a una oveja descarriada, pero ¿podía atreverse a amarla como mujer, como esposa? ¿Podía acaso competir aquella portadora de siete demonios, aquella mujer independiente que no se privó en su juventud de los placeres terrenales, con María, la madre virgen, dechado de virtudes y perfecciones que la iglesia católica nos ha presentado como modelo a seguir por todas las mujeres del mundo? ¿Dónde queda entonces el ideal del perfecto Jesús, el hombre al que las Escrituras ni siquiera se atrevieron a enfrentar con la tentación del sexo?

Jesús se convierte así en el hombre que trasciende los obsoletos valores de la cultura patriarcal para hacer extensivo su Amor a todos los seres, cristalizando éste en su unión con María Magdalena, Jesús no busca a la mujer sumisa, sino la fuerza de lo femenino, es decir, la colaboración y no el dominio, la fusión y no la lucha.

Jesús y María Magdalena se convierten así en la primera pareja moderna de la historia, en la que cada uno de sus miembros, dotados de identidad propia, se sintetizan en uno solo. Maria Magdalena y Jesús representan el Amor que trasciende los obstáculos y las convenciones, la Esposa y el Esposo, el lirio entre los espinos, el manzano entre árboles silvestres, amándose y respetándose como iguales.

Jesús, con sus miedos y sus contradicciones, con su soledad, con sus profundos temores, con su debilidad y su fortaleza de hombre parece ser algo más que un divino ente de paso por la tierra ajeno a las miserias y los sufrimientos de los mortales. Precisamente es este Jesús humano, conectado con su Corazón, el que atraía a las multitudes, a los niños, a las adúlteras, a los tullidos, porque él, más que nadie, desde su condición de hombre, comprendía las miserias humanas, y desde su propio sufrimiento, vivía el sufrimiento de los hombres, de la humanidad de la que él formaba y forma parte.

De esta manera, cada uno de nosotros puede sentirse Uno con su alegría y con su gozo, con su agonía, con sus dudas, con su soledad, con el rechazo y la incomprensión de los que le eran más cercanos, con su desamparo, y esa debilidad no le hace más insignificante a nuestros ojos, sino que por el contrario nos confirma en la grandeza de aquel ser humano que somos todos.

La divinidad del ser humano

Si como seres humanos nos consideramos parte integrante del Universo, quizá debamos bucear en nuestro interior para detectar los desequilibrios de los que nuestra sociedad, nuestra cultura occidental, no es más que un vasto espejo. Admitamos, nos guste o no, que somos herederos de aquella sociedad patriarcal judeocristiana y que quizá, volviendo los ojos hacia ella, podamos comprender los procesos que tienen lugar en nuestra mente y en nuestro Corazón.

Si admitimos que la Biblia, el libro sagrado en el que se ha inspirado nuestra cultura occidental, fue escrito por hombres que vivieron hace dos mil años y por hombres de aquella época también interpretado, comprenderemos sus carencias, que son las nuestras, sus contradicciones, que son también las nuestras y la necesidad, si se quiere, de llevar a cabo una nueva interpretación a la luz de nuestra evolución como seres humanos. Sólo en este momento se revelarán a nuestros ojos aspectos que en su momento pasaron desapercibidos o que fueron intencionadamente obviados o tergiversados con la intención de que encajasen en la mentalidad y en los intereses de las religiones organizadas. Quizá haya que tener nuevos ojos para ver y nuevos oídos para oír.

Si hay algo en lo que podemos reconocernos herederos de la cultura judeocristiana es en el sentimiento de vergüenza y de culpa por nuestra condición de seres humanos, la misma que desde el paternalismo y la manipulación estableció parapetos infranqueables entre lo humano y lo divino, la misma que negando la Reencarnación negó también el proceso eterno de perfeccionamiento hasta la Unión con Dios, la misma que resolvió la contradicción mediante la creación de un espantoso infierno en el que debíamos expiar todos aquellos pecados de los que no tuvimos tiempo de purificarnos tras nuestra efímera e insignificante existencia.

La misma vergüenza que, desde una supuesta negación del paternalismo, entregó a la razón y al intelectualismo elitista el cetro de una falsa divinidad, arrebatándole al Corazón humano su verdadero potencial.

Esta vergüenza de la condición humana y la consiguiente negación de su potencial divino que tanto las iglesias organizadas como las monocromas actitudes racionalistas y mecanicistas han propiciado, es la que obstaculiza y entorpece el proceso de Síntesis, el proceso de Trascendencia, el tercer momento de Resurrección al que todos estamos abocados.

Por un lado, quizá hasta los que nos creemos más ajenos e invulnerables a esta carga cultural, debamos profundizar para descubrir si no se encuentra realmente anclada en nuestro inconsciente colectivo y las paralizantes consecuencias que se derivan de ello.

Por otro, podríamos llegar a la reconfortante conclusión de que todos nuestros problemas y carencias, toda nuestra neurosis individual y colectiva se debe exclusivamente a la represión ejercida por las religiones organizadas y, de esta manera, desempolvarnos el peso de la responsabilidad, pues los problemas hallarían su origen en algo ajeno a nosotros: la educación de nuestros padres, la castrante presión de las jerarquías eclesiásticas, la ineptitud de los gobernantes...
¡Resulta tan reconfortante cargar la responsabilidad de nuestros desequilibrios en hombros de otros!

No deja de resultar paradójico el hecho de que el achacar la culpa de todo lo malo que nos ocurre a algo externo a nosotros sea, también, una consecuencia de nuestra pertenencia a esta cultura judeocristiana, con el resultado de que, tratando de rechazarla, hacemos que cobre aún más fuerza y caemos en un nuevo proceso de identificación sin ser conscientes de ello. Ni que decir tiene que, de esta manera, quedamos encerrados en un peligroso juego de espejos, en un círculo sin aparente salida mediante el que potenciamos lo que supuestamente queremos negar.

Si en lugar de luchar contra aquello de lo que somos herederos, si en lugar de negarnos a nosotros mismos deponemos las armas y admitimos honesta y humildemente nuestras carencias, quizá hayamos dado el paso necesario para que la fuerza centrífuga del círculo nos deje en libertad o para que su fuerza centrípeta nos permita zambullirnos en su interior sin resistirnos.

La visión racionalista y mecanicista del mundo es un escalón más en nuestro proceso de evolución interna y, como tal, ha de ser trascendido. Nuestra sociedad occidental niega la realidad de todo aquello que no puede ser medido o pesado, es decir, de todo aquello que no puede ser percibido por los sentidos o comprendido por la razón. Como consecuencia de esta actitud empírica, todo aquel que defiende la realidad de lo espiritual o sobrenatural es acusado automáticamente de inmadurez intelectual y, en determinados casos, de enfermedad mental. No deja de ser curioso que este tipo de conocimiento intuitivo y holístico, que conecta con lo más profundo de nuestro Ser, con nuestro Corazón, sea relegado por el conocimiento racional al terreno de la superchería, obstaculizando así nuestro desarrollo global y el despliegue de nuestro verdadero potencial como seres humanos.

Naturalmente, la interpretación de que Jesús fue un ser humano, como todos nosotros, que al desarrollar su potencial, trascendió el tortuoso túnel de las tentaciones (de las luchas egoicas) para acceder a una nueva visión espiritual (intuitiva y holística) que preconizaba el Amor a Dios, al prójimo e incluso al enemigo en la conciencia de que todos somos Uno y de que el Amor hacia uno mismo es, en definitiva, el Amor hacia la humanidad en su conjunto, no puede coincidir con la tradicional explicación según la cual un ente divino, ajeno a todo lo humano, bajó de los cielos para recordarnos nuestra condición de pecadores.

No es de extrañar que las religiones organizadas, creadas y dirigidas por seres humanos en un determinado estado de evolución defendiesen esta última opción, ya que la consecución de los propios intereses en detrimento del bien común no hace sino poner de manifiesto un nivel de conciencia que no ha accedido a la fusión y a la Unidad y que requiere la existencia de un Dios vengativo, paternalista y castigador que se manifieste en el interior de los templos de piedra y a través del filtro mental de las jerarquías que los sustentan.

Así, el mensaje integrador y holístico de Jesús, sus palabras y el ejemplo de su vida como ser humano defensor de los oprimidos, detractor de las jerarquías y las iglesias organizadas, ha sido tan manipulado y tergiversado en el curso de estos dos mil años que resulta irreconocible, aunque, quizá, como todo lo que forma parte de este Universo, su doctrina haya debido pasar por el proceso de transformación que, inevitablemente, desemboca en un segundo nacimiento.

No es que debamos buscar ejemplos que imitar, no es que debamos seguir ciegamente los pasos de Jesús o de Buda o de cualquier otro. No se trata en absoluto de imitar, sino de experimentar, de cuestionar hasta la saciedad todos los caminos, todas las doctrinas, todos los credos, de dar a nuestro Corazón la oportunidad de deshacerse de sus lastres, de expandirse, de florecer para conectarse con el Todo, con Dios, para experimentar su verdadero potencial, el mismo que Jesús o Buda desarrollaron, el mismo que está en nuestro interior, ese Príncipe, ese Cristo adormecido esperando ser despertado de su largo letargo.

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