martes, 2 de diciembre de 2008

Alcir: A diez años del encuentro físico



“Lo que obtendrán del contacto con la Hermandad
Blanca será para poner en marcha una serie de
mecanismos que no sólo tienen que ver con la
Misión, sino con toda la humanidad...”
Oxalc, Anitac, Titinac, 12-09-89.
(Extracto de una comunicación)



Hace diez años escribí este Informe. Y en 1998 sus líneas se reprodujeron en un libro que titulé “Los Maestros del Paititi”. Causó un gran impacto al interior de nuestros grupos de contacto. Desde entonces, entre nuevas ediciones de aquel libro —una en España y traducciones a otros idiomas para futuras publicaciones— y diversos viajes de conexión con la denominada Hermandad Blanca, fui comprendiendo todo cuanto me transmitiera Alcir en aquella inolvidable experiencia en el muro de Pusharo.

Tenía 22 años cuando viví y escribí esta experiencia que están a punto de leer. Una experiencia poderosa que cambió positivamente mi vida.

Este mes de septiembre, como aquel recordado 1996, vuelvo a respirar la misma magia que me envolvió al encontrarme con el anciano Maestro en las sagradas selvas de Paititi.Comparto una vez más aquel relato, tal como fuera difundido en el primer Informe y en mis libros. Su mensaje permanece robusto como un grueso árbol y esperanzador como las hojas verdes que mece el viento.

Ricardo González


Pusharo, 5 de Septiembre de 1996
El descenso por la pared del cañón fue rápido y arriesgado. En varias ocasiones tropezamos con las gruesas y disimuladas raíces de los árboles. El terreno era una constante trampa. Aún recuerdo con nitidez el momento en que Giselle resbaló por una pendiente, iniciando con ello una mortal caída que hallaría su fin en los afilados peñascos del río que yacían abajo aguardándonos. Afortunadamente me encontraba cerca, y lo único que atiné fue lanzarme hacia Giselle, que venía deslizándose peligrosamente rumbo al despeñadero. Al atajarla, una respetable nube de polvo y hojas secas se levantó. Tuvimos una gran alegría al ver que nuestra amiga se encontraba bien. Esta experiencia nos unió más, sobre todo a Giselle y a mí, que durante el viaje a Paititi habíamos tenido más de un desacuerdo; pero al final, la armonía se sobrepuso, haciéndonos comprender que, en la adversidad y en las situaciones difíciles, se prueban los verdaderos amigos. Y los Maestros han dicho que primero debemos ser amigos para luego poder ser hermanos en esta Misión.

Nuestros pasos venían cargados de una buena cuota de prudencia. Desde nuestra ubicación, se podía observar el atemorizante abismo del Mecanto; el terreno era demasiado inclinado así que meditábamos mucho antes de elegir alguna ruta para seguir descendiendo, aunque por momentos creíamos haber perdido el camino.

Para nuestra suerte, Pancho —el nativo machiguenga— venía en nuestra búsqueda. Según él, nos demoramos mucho; pensó que podríamos estar en dificultades y ello le animó a subir tras nosotros. Ya con la guía de nuestro experimentado amigo, nos dirigimos hacia las faldas del cañón.

Durante el trayecto, encontré un muro pétreo que me resultaba muy familiar; la pared la había visualizado más de una vez en mis meditaciones. Me quedé de pie frente a la muda roca. Sólo la contemplaba y en eso se acerca Pancho, me observa con su habitual sonrisa —cuando algo le parece gracioso—, y se dirige a la pared. Para mi desconcierto vi cómo el impredecible aborigen acariciaba la roca con sus manos mientras me decía que “atrás” de la pared, había machiguengas...


Sabía que Machiguenga significa “la gente”, por ello entendí de inmediato lo que Pancho me trataba de decir: ¡Hay “gente” al otro lado! Esperé a que me dejase solo, y entonces yo mismo toqué la pared. Entonces visualicé que una serie de túneles y galerías subterráneas llegaban hasta la pared del cañón —¿Será por esto razón que a partir del Mecanto “empieza” el retiro físico de la Jerarquía intraterrena?—, y de pronto, una intensa luz me cegó. Sentí cómo me penetraba, llenando todo mi ser. Este fulgor venía cargado de una serie de informaciones. Sea lo que sea, “algo” había recibido.

Decidí entonces guardar un ayuno silente tal como lo venía sintiendo. Esta práctica, sugerida por los Guías y Maestros, consiste sencillamente en permanecer en silencio. Aunque pueda parecer muy fácil, a muchos les cuesta permanecer un tiempo sin mencionar palabra alguna.

El Ayuno Silente es una experiencia interior que le permite al caminante asimilar lo que en el exterior ha experimentado; es decir, es una forma de “revisar” la mente y espíritu, en paz y contemplación.

En ese momento, fue que una voz gruesa, pero muy clara, me dijo lo siguiente:

“Cuando pronuncies la tercera palabra romperás el silencio, y comprenderás...”

Hallé en este mensaje una presencia que me era por demás conocida pero, ¿cómo iba a pronunciar palabra alguna durante mi ayuno silente? No comprendía lo que el mensaje me trataba de hacer ver y lo único que opté era seguir marchando en silencio, meditando en aquellas intensas experiencias que habíamos tenido y que guardaban un significado aún más profundo del que se les podía atribuir en un primer momento.

Seguimos descendiendo. Yo iba adelante esforzándome por seguir el violento ritmo de Pancho, a quien encuentro como si me estuviese esperando. Con sumo cuidado, el hábil machiguenga me mostró un panal de avispas, magistralmente camuflado en un matorral que se hallaba en medio del camino. Afortunadamente la pericia de nuestro guía nos había salvado de pasar un mal momento.

Esperé a Giselle, que venía detrás de mí, para avisarle lo del panal. Yo le trataba de hacer entender con señas, pero me era inútil, entonces tuve que romper mi silencio establecido para decirle a mi compañera: ¡Aquí! —Señalando con mí brazo la ruta que la libraba de pisar el panal—. Luego Giselle pondría al tanto del peligro a Carlitos, que venía al último. Por mi parte, avancé raudo por la sutil senda que los árboles demarcaban; podía apreciar las ramas a un lado, claro indicio de que Pancho había pasado por allí.

No transcurrió mucho tiempo para alcanzar al veloz machiguenga, quien, nuevamente, se había detenido a esperarnos. Se hallaba reflexivo, sentado en una roca mientras clavaba su mirada hacia las nacientes del Sinkibenia.

Al advertir mi presencia, volteó con tranquilidad y me dijo: ¡Paititi! Nuevamente nuestro amigo me asombraba; no sabía que él conociera uno de los nombres con los cuales se suele identificar a la ciudad perdida del Manú. Como para cerciorarme de lo que Pancho había dicho repetí en voz alta: ¡Paititi! Entonces Pancho sonrió y, una vez más, dijo el nombre... No lo podía creer...

De pronto tomé conciencia de que en dos oportunidades había quebrado el silencio... Pensé que estaba perdiendo fuerza de voluntad para llevar a cabo una práctica tan profunda y necesaria. Así, me propuse firmemente en no volver a distraerme; nada haría que volviese a interrumpir mi reflexión. Convencido totalmente de ello, seguí a Pancho hasta alcanzar juntos la orilla del río, al pie del mágico cañón.


* * *
Mi reloj marcaba las 5:00 de la tarde cuando nos aproximamos a la zona del campamento. Seguía adelante del grupo y, por una sensación extraña que de súbito me invadió, dirigí mis pasos hacia los petroglifos de Pusharo. Sentí una imperiosa necesidad de ver nuevamente la roca sagrada.

Crucé el río que me separaba del enigma arqueológico, y luego atravesé la exuberante vegetación, como si ésta procurara esconder la roca del profano. De pronto, ya me encontraba frente a los 14 metros de misteriosos grabados que alguien dejó impresos como un mensaje a futuras generaciones. El lugar es de por sí muy especial, por no decir impresionante...

En aquel momento se me ocurrió recoger algunas piedras para llevarlas como recuerdo a la gente de los grupos, que con tanto amor nos había estado apoyando. Ayudándome de un palo, arrimaba las hojas secas para así descubrir las piedras; no me animaba a hacerlo con mis manos después de comprobar la presencia de corpulentas arañas.

Mientras me hallaba concentrado en dicha empresa escuché un ruido a mis espaldas, como si algo estuviese desplazándose entre la maleza. No le presté atención porque en la selva es habitual escuchar todo tipo de crujidos, zumbidos y fragores diversos. Sin embargo, los matorrales se agitaban otra vez indicando una presencia, y ésta se acercaba. Volteé de inmediato empuñando con fuerza el palo. Detalle importante: el día anterior había verificado con los machiguengas las huellas de un grupo de Sachavacas muy cerca del campamento. Pensé que una de ellas venía a por mí porque, de seguro, la habría asustado.



Muro de Pusharo


Grande e indescriptible fue mi sorpresa cuando al voltear me encontré frente a una persona, rodeada de una intensa luz dorada. ¡Se encontraba a sólo unos 10 metros de mi ubicación! Entonces levantó su mano izquierda, como saludando, y la luz que lo envolvía, que hasta ese momento permanecía concentrada en torno suyo, se abrió, iluminando la roca de Pusharo. Entonces pude ver con mayor claridad los rasgos del ser que estaba frente a mí.




Era un hombre, de unos 65 años, mirada profunda y aspecto oriental; llevaba una larga y delgada barba que le llegaba casi a la cintura. Tendría no más 1.70 de estatura, aunque lucía más alto por un peculiar sombrero o casco alargado; su forma me hizo recordar de inmediato las mitras de los antiguos faraones egipcios. Su indumentaria era también muy sugerente: estaba vestido con una especie de túnica dorada de apariencia metálica, de un brillo impresionante. En su mano derecha, sostenía un largo objeto que parecía ser un báculo o bastón. En el pecho llevaba algo colgado; era como un medallón, con un símbolo en medio que no recuerdo claramente. La apariencia de este ser era en verdad impactante...

El singular personaje, que aún permanecía con su mano izquierda levantada, me habló sin que yo notase en él algún movimiento de sus labios. Su voz, gruesa y clara a la vez, me decía: “Estate tranquilo, tú ya me conoces, estoy físicamente aquí contigo, tal como te lo anuncié. Ahora date vuelta”. Nervioso, giré sobre el lugar donde me encontraba, y le di la espalda a este ser que se iba acercando hacia mí. ¿Qué se proponía?

Las ramas secas que se hallaban regadas sobre el suelo se quebraban con sus pasos lentos y acompasados. En la medida que se aproximaba, advertía una especie de choque eléctrico, el mismo que se duplicó cuando él se detuvo a sólo un metro detrás de mí. Tenía miedo a lo desconocido, más esta sensación desapareció cuando este hombre apoyó su mano izquierda sobre mi hombro derecho. Me relajé. Sentí paz y amor.


Me había arrodillado en el suelo, mientras este personaje me proyectaba una fuerte energía que se alojaba al interior de mi cabeza, como si me estuviese grabando “algo”. Más tarde él mismo me explicaría que efectivamente depositó en mí un respetable archivo del Gobierno Interno Positivo. Estas informaciones irían aflorando poco a poco, para luego compartirlas con los grupos de contacto...

Cuando ello ocurría, decidí hablar mentalmente al misterioso visitante. No me atrevía a hacerlo verbalmente. No deseaba romper el silencio ante semejante situación.

—¿Por qué estaría aquí este ser? —pensé con fuerza.
—Para entregar un mensaje, el mismo que darás a conocer como aviso de la nueva etapa que están iniciando —respondió con marcada seriedad.
—Usted viene de los retiros de la Gran Hermandad Blanca, ¿no es así?


Antes de percibir cualquier respuesta, se proyectó frente a mí una imagen, como si estuviese ante una pantalla de televisión, aunque las escenas que se me mostraban contenían un conmovedor realismo. Esta “pantalla” creció, y me hizo formar parte de ella, como si estuviese allí. La primera escena que observé mostraba una nave espacial de grandes proporciones. El vehículo extraterrestre, de un color blanco y de forma triangular, se posaba en un amplio desierto. Sabía que esto sucedía en la Tierra.





“Desierto de Gobi, Mongolia”




—Los 32 Mentores de la Luz llegaron en esta nave que observas —intervino el ser— la misma que está aguardando el momento de alzarse de nuevo hasta los cielos el día que el gran desierto se “abra” y muestre sus secretos. Los Mentores de la Luz engendraron el sagrado Disco Solar, y este fue dado a los sobrevivientes de la Atlántida...

—¿El Disco Solar? —pregunté ávido de conocer la respuesta.

—Sí, y está aquí, en el Paititi.

La pantalla cambió y mostró una amplia habitación subterránea donde se veía un impresionante disco metálico, de unos tres metros de diámetro y cubierto de una serie de símbolos entre los que resaltaba el tridente. Parecía hecho de oro, y brillaba por sí solo.

—El Disco Solar abre las puertas entre las dimensiones, pero sólo aquel que abra las puertas de su corazón, merecerá estar físicamente ante él en representación de aquellos que no llegaron —dijo tajante y muy solemne mi impredecible interlocutor.

—¿Quién construyó el Paititi? —consulté, procurando escuchar del Maestro la última palabra sobre el enigma de la ciudad perdida.

—Quienes lo construyeron fueron supervivientes de la sumergida Atlántida. Los sacerdotes incas conocían la historia y por ello enviaron más de una expedición hacia este retiro, construyendo casas provisionales y templos cerca a la ciudad de la Jerarquía. Esta ciudad se concentra en el subsuelo y se conecta con otras a través de pasadizos subterráneos. Actualmente son tres las entradas que conectan con Paititi. Las hallarán en una caverna, en una laguna, y en una cascada.

—Pero, ¿por qué allí y no en otro lugar?

—La diversidad que ofrece la Madre Naturaleza fue el signo que los Maestros supieron reconocer para desarrollar la ciudad. También era y es el lugar perfecto para mantener en silencio las actividades de la Hermandad hasta que llegase el momento... ¡Ahora observa!
La pantalla volvió a cambiar y observé una peregrinación de mucha gente al Paititi, todos iban en silencio; luego la imagen cambió y vi el valle de Egipto, y miembros de nuestros grupos de contacto trabajando allí, en las pirámides y en otros lugares que no supe reconocer. Entonces la pantalla cobró un brillo dorado, y mostró lo que reconocí como el Arca de la Alianza. Era una gran confirmación ya que en el transcurso del viaje hablamos todos sobre ello. No quise desaprovechar la oportunidad, y así reanudé el diálogo mental con el expectante Maestro.

—¿Es por ello los viajes a Egipto y Paititi? ¿Qué relación existe con el Arca de la Alianza?

—No te apresures, lo más importante es lo que representa el Arca para toda la humanidad. La respuesta la hallaras dentro de ti, así como dentro del Arca se encuentra el verdadero secreto...

De pronto, apareció otra escena en la pantalla que aún seguía frente a mí. Era el espacio, y vi a varias personas viajando en las naves de la Confederación.

—Asuman la experiencia de contacto como un evento natural —sentenció el Maestro—, muchas experiencias han sido postergadas porque aún no vencen esa barrera, la misma que no sólo compromete al invitado, sino al grupo que lo rodea. Son todos los que se deben preparar.

El tiempo es cercano —continuó—, una gran nave estelar de la cual les fue informado en su momento se acerca a la Tierra. Esta nave de la Confederación es tan grande como Sudamérica, y posee el poder de 1.000 estrellas como vuestro Sol. Viene del centro mismo de la galaxia para cortarle el paso a una raza extraterrestre que no alberga buenas intenciones. Recuerden que el conocimiento que hay en la Tierra no sólo se refiere a la historia del planeta en sí, compromete también a todo el Universo Local. Todo esto atrae a algunas civilizaciones hacia la Tierra para sacar provecho de ello. No les importa cuanto daño pueda generar su intromisión para la humanidad.

—Pero, ¿qué podemos hacer nosotros? —me decía en mis adentros, conmovido y agobiado por la responsabilidad que a todos nos implicaba.

—La misión que tienen pendiente será llevada a cabo cuando comprendan el proceso que se ha venido desarrollando y la parte complementaria que aún les falta pasar. No te subestimes, porque estás preparado al igual que muchos, pero son pocos los que son concientes de ésta preparación...

Ahora observa detenidamente lo que harás de ti…

De súbito vi que mi cuerpo mutaba, cobrando la forma y apariencia de un grueso árbol que se elevaba hacia los confines del cielo. Era tan real que me asusté. Vi cómo las ramas se separaban y de ellas colgaban una diversidad de frutos. Ahora era un árbol y tuve temor de serlo, entonces el anciano me dice con potente voz:

“Sólo aquel que ama y es consciente de su misión, renuncia totalmente a sí mismo para que, como aquel árbol cuyo fruto está maduro, sirva de alimento a aquellos que tienen hambre de orientación; ésa es la llave de la Misión: ¡EL SACRIFICIO!”

En un “abrir y cerrar de ojos”, me encontraba nuevamente con mi normal apariencia. No me recobraba de aquella “transformación”. No sé si ocurrió realmente, o fue un poderoso espejismo creado por el Maestro para hacerme comprender un mensaje importante. Pero lo cierto es que fue demasiado real como para olvidarlo...

—Nunca lo olvides Nordac —el Maestro me llamó por mi Nombre Cósmico, con clara señal de cariño y afecto—, son miembros de la Gran Hermandad Blanca, que durante mucho tiempo permaneció oculta al mundo exterior y hoy abre sus puertas para que el hombre sea conciente de esta ayuda. Ese es el encargo que les damos y que bien han intuido: vayan y den a conocer la existencia de la Jerarquía, ello debe ser así antes que todo sea entregado...

—¿Tendremos tiempo? Siento que todo está muy cerca.
—Ya recibirán las metas que deberán vencer antes de la “gran prueba” en agosto de 1998. Será ese un año de verdaderos cambios.

Las tinieblas se han cernido sobre la Tierra. La ignorancia es como un virus mortal que todo lo aniquila. Recuerda que el hombre teme lo que no conoce, y destruye lo que teme. La verdadera Sabiduría es aquella que “es” y “será” en cualquier mundo, dimensión, o en una lejana galaxia. La verdadera Sabiduría rompe el espacio-tiempo; es atemporal, de antes y para siempre. ¡Esto combatirá las tinieblas! Por ello no nos cansaremos de recordarles que deben buscar en el lugar correcto.

Ya te dije que la fuerza de voluntad debe estar más sólida que nunca, si no, serán demasiado flexibles para situaciones que requieren decisiones responsables y determinantes. No te sientas mal si en algún momento creíste ser demasiado rígido contigo mismo y con el grupo, porque se espera más de ti y de cada uno. Antes sabías qué tenías que hacer, ahora sabes porqué.

Muchos de nosotros hemos pasado también por un proceso de preparación creciendo aquí en la Tierra y compenetrándonos con su cultura —reflexionaba el Maestro—, como en mi caso, que por factores kármicos y de programación evolucioné en este planeta para ser un Estekna-Manés, un Guardián de los Registros. Soy el producto de la unión de una raza extraterrestre con otra humana: mi madre es de la Tierra, y por ello comprendo mucho el sentimiento humano...

—¡Alcir! —grité al reconocer al Maestro intraterreno, volteando de inmediato para verlo nuevamente. Entonces estallé en llanto.

Estaba allí, de pie y muy cerca de mí. ¡Y yo que dudé sobre la posibilidad de un contacto físico con el sabio Maestro! Él sonrió como despidiéndose, y se volvió hacia atrás muy despacio, alejándose con su característica parsimonia mientras me hablaba:

“Dudarás que estuve aquí contigo, pero ya tendrás elementos de comprobación. Todo el conocimiento que necesitabas ya lo posees. Además, ya te he hablado mucho...”

Supe entonces, después de tantos años, que aquel anciano de larga barba que constantemente aparecía en mis meditaciones dándome consejos, era él...

Ahora entendía porqué Alcir no dejaba ver su rostro. Ciertamente aún no era el momento de identificar su ayuda. Todas aquellas enseñanzas que el Maestro me hacía llegar —sin que yo supiese que se trataba de él— marcaron siempre de manera especial mi vida. Definitivamente, el panorama se me mostraba con mayor claridad. Alcir no se equivocó al decirme en alguna ocasión que tendría que prepararme para saber. Ahora sabía quién era él. Y también porqué había estado siempre cerca a mí. Entonces, como si se me hubiese quitado un velo de encima, recordé el mensaje del Mecanto —obviamente se trataba del mismo Alcir—, donde se me decía que rompería el silencio con la tercera palabra. ¡No lo podía aceptar! En verdad interrumpí mi silencio en tres ocasiones y, como si la luz misma me alumbrase, aparecieron en mi mente las palabras que pronuncié: AQUI-PAITITI-ALCIR. Era un claro mensaje que terminó de conmoverme hasta los cimientos. Me resultaba tan increíble ver cómo se había dado todo sin que yo esperase nada. Y fue cierto aquello que comprendería al pronunciar la tercera palabra...

Me quedé en Pusharo unos momentos más, en silencio, meditando en lo que ésta experiencia podría significar para la Misión. Según mi reloj, el Maestro Alcir había estado conmigo un poco más de 20 minutos. Sin embargo yo había calculado un tiempo mucho mayor. Era como si todo se hubiese “detenido” en aquellos instantes.




Mientras me hallaba reflexionando sobre el contacto físico, percibí claramente una vibración que salía del suelo, a manera de un pequeño temblor. En un inicio supuse que era yo mismo el que provocaba esta sensación, ya que aún me hallaba temblando por la fuerte impresión que me llevé al toparme con Alcir. Pero no, había algo raro. Recordaba que Miguel había comentado haber percibido también un ligero “temblor” en Pusharo. Más tarde me enteraría de la existencia de un túnel subterráneo en las inmediaciones de la roca sagrada, lo cual explicaría la extraña vibración bajo tierra —acaso, ¿algún tipo de mecanismo?— y también cómo Alcir habría llegado hasta la zona de los petroglifos. De seguro, este pasadizo intraterreno debe estar muy bien camuflado, oculto de la mirada curiosa del explorador imprudente y ambicioso. El acceso secreto conectaría entonces Pusharo con la ciudad subterránea del Paititi. Pero este túnel no está dispuesto aun para el “ingreso”a pesar de conectar con el mundo secreto de la Hermandad Blanca. Las actuales “entradas” al Paititi se hallan al otro lado del umbral, más allá del Pongo de Mainiqui.



Lugar donde se produjo el contacto físico con Alcir. Fotografía de Ricardo González. Septiembre, 1996


Pusharo sería entonces una puerta de “salida”, pero no de ingreso.

Antes de retirarme fijé mi vista nuevamente en la roca, y allí, como por arte de magia, aparecía un petroglifo que anteriormente no había notado. Era un rostro humano dibujado de perfil, llevaba un casco y esgrimía una motivadora sonrisa. Era como si la misma roca me quisiera decir algo. Ciertamente el rostro apuntaba hacia una dirección.

Al dejar Pusharo sentí que en la roca había quedado parte de mí. Salía renovado, diferente, como si un gran torrente de cristalinas aguas me hubiese limpiado y, por consecuencia, dotado de una mayor comprensión.

Luego llegué en silencio al campamento, encontrando al grupo en clara actitud de reflexión.

Entré a una de las tiendas de campaña. Allí se hallaba Paul, a quien le confié con profunda emoción la experiencia. Paul me comentó que ni bien había ingresado al interior de la tienda, sintió que una fuerte energía me acompañaba. Según él, mi cuerpo emanaba electricidad (!).

Esperé a que estuviéramos todos juntos para comentar parte de la experiencia. La noche ya había caído, y las estrellas aparecieron, envolviéndonos en un ambiente sobrecogedor. Todo parecía una gran fiesta. Sentimos la alegría de los Maestros por los objetivos que la expedición había alcanzado en representación de la humanidad. Cerca de nosotros, se podían ver los contornos de siluetas humanoides, proyecciones de los Guías extraterrestres y los Maestros del Paititi. Entonces una nave de la Confederación cruzó por encima del campamento, confirmándonos que el apoyo era permanente. Aún en dirección del Pantiacolla, intensos resplandores se multiplicaban en medio de una espesa niebla que daba al lugar un aspecto misterioso. Así, celebramos todos juntos una nueva experiencia para la Misión.

Al día siguiente (6 de septiembre), nos sorprendió una torrencial lluvia que hizo crecer las aguas del río en proporciones significativas. Los machiguengas aprovecharon la coyuntura para construir en tiempo récord dos balsas de chonta, en las cuales recorrimos rápidamente el trayecto que tuvimos que hacer en un inicio a pie, ya que por encontrarnos en época de sequía el río no permitía que sus aguas fueran surcadas por embarcación alguna.


Fue una verdadera experiencia cubrir una respetable distancia a bordo de una balsa machiguenga, sorteando una serie de peligrosos rápidos que más de una vez casi nos estrellan contra las rocas. La pericia de Pancho y Japón, que eran los que guiaban las balsas ayudados de un gran palo —tangana, como ellos le llaman—, nos permitió enfrentar el veloz curso del río. Gracias a la naturaleza, y la oportuna ayuda de los machiguengas, nos ahorramos un viaje de por lo menos tres días, llegando al anochecer al embarcadero “250”. La caseta del Parque Nacional del Manú se hallaba abierta, entonces presentamos el permiso que nos autorizaba permanecer en dicha reserva biológica hasta el 6 de septiembre. Nunca pensé que llegaríamos a tiempo para cumplir con las autoridades. Era increíble.

Una de las balsas que se emplearon en 1996.
Foto: Ricardo González



Curiosamente, desde el 5 de agosto que partimos del Cusco hasta el 6 de septiembre que nos reportamos en las oficinas del Parque, concluyendo así la expedición, transcurrieron ¡33 días! La presencia de esta clave matemática nos confirmó una vez más que todo lo ocurrido había sido “planeado” por fuerzas superiores que sabían mejor que nosotros las coordenadas, el momento y el lugar preciso para que todo saliera bien. En ningún momento habíamos estado solos. Pero aquí no acababa la ayuda de lo alto.

Ni bien habíamos llegado a “250” apareció un camión. Este hizo un alto para continuar hacia el Cusco. Ello nos llamó la atención porque no era día de “subida”; es decir, no correspondía que el vehículo marchara en esa dirección ya que otros camiones venían en descenso desde la sierra. Quisimos aprovechar la situación para regresar al Cusco, ya que nos hallábamos muy agotados y sólo queríamos descansar en un hotel. Pero nos encontrábamos empapados, con la ropa y las mochilas maltratadas y, peor aún, sin comer. Resignado le dije al chofer que continuase sin nosotros, explicándole los motivos. Luego de echarnos una mirada —con qué aspecto nos habrá visto— el afable conductor nos respondió: “No se preocupen, se ve que han hecho un gran esfuerzo al meterse en la selva. Arreglen sus cosas y coman algo, yo los espero nomás...”

Nuestro camino al Cusco estuvo cargado de gran alegría. Desde el camión, en donde nos acomodamos con el toldo descubierto, veíamos en un cielo estrellado el desplazamiento de sospechosas luces. Sabíamos que aquí empezaba una nueva etapa para nuestra experiencia de contacto. Ahora entendíamos mejor todo aquello que anteriormente nos enseñaron los Hermanos Mayores. Ciertamente, habían tenido que transcurrir tantos años desde el primer mensaje que inició la misión de contacto (1974) para que se cumpla el necesario contacto físico con la Hermandad Blanca de los Retiros Interiores; un contacto que recién ingresa a su fase más directa ¾no está de más decir que todo lo que vivimos en el Paititi, es un aporte más al definitivo contacto con estos seres y el ingreso a los Retiros Interiores¾, y que ya se venía perfilando desde los encuentros con los “Emisarios” en los anteriores viajes realizados a Egipto y a estas mismas selvas.

En lo personal, el conocimiento o “archivo” que Alcir depositó en mí durante la experiencia, empezaría a fluir, siendo guiado por él mismo a través de viajes astrales conscientes para su comprensión.

A raíz del encuentro físico, logramos tener acceso a importantes informaciones que explicaban algunos aspectos que no comprendíamos sobre la Gran Hermandad Blanca. Más que abundantes y nuevos conocimientos, eran las claves para comprender todo aquello que veníamos recibiendo en la experiencia de contacto. Ahora sabíamos más sobre el Paititi y los verdaderos orígenes del Imperio Inca. También pudimos develar qué era el Disco Solar, y cuál es su “función” dentro del Plan Cósmico. Además, comprendimos también el proceso de apertura de los 14 portales, y la entrega definitiva del denominado Libro de los de las Vestiduras Blancas.

Es tanto lo que nos hiciera comprender este hombre intraterrestre, que procuraré explicar al detalle todos estos misterios que rodean a la Hermandad Blanca y Paititi en los siguientes capítulos de este libro. Y es así, que para entender la labor actual del Gobierno Interno Positivo de la Tierra y las etapas que ha venido siguiendo hasta su conformación actual, tenemos que retroceder miles de años atrás, donde todo era distinto y grandes civilizaciones dominaban el planeta…


Reflexión, 10 años más tarde
A diez años de aquel encuentro físico con Alcir, veo con mayor claridad muchas de las cosas que nos fueron reveladas en aquel viaje a Paititi. Desde la visión que mostraba aquella gran nave “enterrada” en el desierto de Gobi, a la importancia del Arca de la Alianza, la presencia del Disco Solar en el Manú, y futuros viajes de la misión —“peregrinaciones” en realidad— a las mismas selvas que cambiaron mi vida, y en donde ya estuve tres veces.
Todo cuanto nos fue transmitido se ha venido cumpliendo. Y hoy en día, de cara a uno de los viajes más importantes de la Misión, en el año 33 de proyectarse en la Tierra, las palabras de Alcir cobran mayor significado.

Desde 1996 a la fecha pasaron muchas cosas en mi vida. Desde la curación de mi madre de una enfermedad terminal (cáncer), con asistencia del propio Alcir, a la publicación de aquel primer libro en 1998, y que diera pie a los que vendrían. Más de 30 países recorridos, conferencias y entrevistas en importantes cadenas de TV, y en este momento con la gran responsabilidad de conducir el primer programa de televisión en un canal de señal abierta que se le haya permitido a un testigo de contacto. Y soy conciente que sólo represento el esfuerzo de todos.

Todo ha sido tan rápido y tan intenso, que recién a estas alturas de mi vida veo desde una mejor perspectiva todo lo alcanzado y su verdadero propósito.

Muchas personas en el mundo han seguido contactando con Alcir. Incluso más de un testigo supo de la existencia del Maestro sin conocerme. En cada viaje encuentro cosas extraordinarias. Y no deja de resultar reconfortante que “ellos” estén cerca de nosotros.

A diez años de aquella primera experiencia, reflexiono en todos los errores y aciertos que he acumulado. En la importante experiencia que ha significado todo ello, y que sólo subraya el principal mensaje de los seres que nos contactan: no dejar de prepararse.

Hoy más nunca, estoy convencido de que la llave de la Misión es una sincera vida espiritual. Una correcta actitud. Y una labor en equipo. Principios que debemos poner en práctica por la urgencia de los tiempos que estamos viviendo.

Alcir fue muy claro con aquella visión del árbol. ¿Cuántas veces hemos temido convertirnos en uno?

Pero he allí el camino. Darlo todo por los demás.

Y a diez años de aquella inolvidable experiencia, sólo me resta decir que me siento más comprometido con nuestra labor en el mundo.

Nunca dejaré de estar tan agradecido por las cosas maravillosas que me han tocado vivir en esta vida. Todo lo que haga, probablemente, será poco frente a ello. Pero siempre estaré aquí…

Ricardo González

Más datos sobre la información recibida en el viaje a Paititi de 1996