martes, 2 de diciembre de 2008

Breve crónica de un contacto




A través del e-mail (legadocosmico@gmail.com) nos han llegado muchas inquietudes. Como adelantamos, de todas estas preguntas estamos elaborando un artículo que subiremos al web en febrero y que tendrá por título “Reflexiones del Contacto II”, texto que seguirá la dinámica de preguntas y respuestas sobre el contacto y las informaciones que hemos recibido. Una de las preguntas que frecuentemente se repite es sobre cómo nos iniciamos en el contacto extraterrestre, y la relación que guarda nuestra experiencia con el hoy disuelto Grupo Rama. Cómo fue avanzando este contacto y qué experiencia nos condujo a otra, y por encima de todo, qué fruto, enseñanza e información se desprendió de todo ello. Aunque hemos abordado con profundidad de detalles ese proceso en nuestros libros, vamos a ofrecer aquí una síntesis de tan extraordinarias vivencias. Para tal fin hemos resumido la introducción de nuestro cuarto libro “Nuestros Lazos Extraterrestres”, que repasa los pormenores del contacto hasta el viaje estelar a Orión que afrontamos en la Gran Pirámide de Egipto (marzo 2003) experiencia que podrán encontrar en este sitio web bajo el nombre de “Informe Mintaka”. Sinceramente, esperamos que este pequeño relato de cómo se inició nuestra relación con seres superiores, demuestre que no hay secretos detrás del contacto, sólo situaciones mágicas y reales, y una decisión que cada uno debe tomar…

Un abrazo en la luz, Ricardo González

Un primer llamado

Debo decir que desde niño tenía esa “seguridad interior” de que no estábamos solos en el Universo. Cuando iba con mis padres a un Club campestre en Chosica, a las afueras de la ciudad de Lima, al llegar la noche me concentraba en las estrellas e imaginaba si podría haber alguien más allí. Era sólo una curiosidad, como seguro habrá ocurrido con quien ahora lee estas líneas.

A pesar que era muy pequeño en aquel entonces, recuerdo el extraño desplazamiento de lo que yo llamaba “estrellas caminantes”. Siempre acudía a verlas, quedándome sentado en alguna roca solitaria, a mitad de los cerros desnudos que circundan los amplios jardines del retiro campestre.

Esas luces, bellas como incomprensibles, permanecían inmóviles por instantes, y de súbito salían como disparadas, haciendo muchas veces un movimiento de “Zig-Zag” en el cielo. ¿Mi curiosidad había generado esta “visión”? Como fuere, para un niño, eran sólo estrellas que se movían. Y nada más.

Pero en 1988, esta escena adquirió otro matiz.

En aquel momento clave de mi vida tenía 14 años. Eran los días de las vacaciones del Colegio ?estudiaba en la Congregación de los Hermanos Maristas de Barranco?.


Y fue así, que hallándome jugando con un balón de fútbol en el patio exterior de la casa, de un momento a otro observé un objeto luminoso ―y a plena luz del día―, similar a una “gota de agua”, desplazándose silenciosamente de este a oeste en el cielo, como dirigiéndose hacia el océano Pacífico.

Me pareció muy extraño, y hasta experimenté una desconcertante alegría ante la experiencia, a pesar que no sabía qué era aquel objeto tan brillante como el Sol. No me preocupé en averiguar de qué se trataba ?incluso seguí jugando con el balón como si nada hubiese ocurrido? hasta que las primeras planas de los diarios, y algunos programas de TV, dieron cuenta de este misterio: se estaban registrando avistamientos de ovnis (Objetos Voladores No Identificados) en diversas regiones del Perú..

Esfera de luz fotografiada sobre la ciudad ecuatoriana de Cuenca, por Ricardo González. Octubre de 2005.

Al contrastar sorprendido la repercusión de la prensa de Lima y la observación que me había tocado enfrentar, supe de inmediato que estuve observando un ovni. Y por alguna razón que no podía explicar, tenía la certeza de que los avistamientos de aquel verano de 1988, guardaban una conexión con inteligencias extraterrestres. Lo “sabía”. Era una seguridad aplastante…

Este avistamiento fue el inicio de una maravillosa búsqueda por saber más de “ellos”. Una búsqueda que ya palpitaba en mi corazón cuando niño.

Empero, tuve que aguardar un espacio de tiempo para confirmar estas sensaciones.

Y valió la pena esperar.

El primer mensaje

Corría octubre de 1993. En aquel año cursaba estudios de Administración y Mercadotecnia, en el Instituto Peruano de Marketing, ubicado en el distrito limeño de Miraflores. Seguía mi vida como cualquier muchacho de 19 años, aunque mi mente mantenía el recuerdo de aquel especial avistamiento que presencié en el patio de nuestra antigua casa de Maranga, en San Miguel.

Habían transcurrido cinco años desde aquella experiencia, encontrándome ahora revisando mis apuntes y libros de Estadística y Contabilidad —por cuanto debía rendir unos exámenes en pocos días—, y debo decir que en ese momento el avistamiento de 1988 no se asomaba siquiera en mis pensamientos. ¡Y más vale! Me hallaba en mi habitación, sentado frente al pequeño escritorio que no daba abasto para cobijar a todos los cuadernos y textos de consulta.

Al cabo de unas horas, un poco cansado por el estudio —luego de bucear por una serie de ejercicios matemáticos— aparté los libros y me relajé unos minutos, al punto de cerrar mis ojos y dejarme caer en la silla. En verdad había sido una jornada intensa, y necesitaba descansar un poco.

Pensaba mantenerme así unos minutos, para retomar luego los estudios un poco más despejado, cuando de pronto, “algo” me interrumpió:

“No dejes de seguir buscando”. Una extraña voz había aparecido en mi cabeza, como si se tratara de un hombre joven, que se percibía amable y atento al comunicarse. Me quedé atónito. Y me resistí a creerlo...

“Somos seres extraterrestres, y estamos entrando en contacto contigo”, añadió la extraña voz mental.

Seguidamente, en medio de mi sorpresa, concluyó su mensaje afirmando: “Vivirás una preparación que te llevará a conocernos físicamente”.

En verdad no lo podía creer.

¿Las horas de estudio y el cansancio me habían inducido a “imaginar” todo esto? Al margen de que “sabía” que no nos hallábamos solos en el Universo, aceptar que estaba percibiendo un mensaje telepático de un supuesto ser extraterrestre, era demasiado.

Entonces dije, como contestando el mensaje: “Necesito una prueba para saber que esto es verdad” Y la “voz”, sorprendiéndome una vez más, respondió, sugiriendo: “Sube a la azotea de tu casa, y allí nos verás...”

— Esto es el colmo — me decía —; ¿y ahora qué hago?

Como no tenía nada que perder, decidí finalmente subir a la terraza de aquel dpto en Orrantia del Mar, donde vivía con mis padres. Inclusive mi hermano menor José Luis —“Pepe”, como le decimos en la familia— me acompañó a la azotea sin imaginarse lo que iba a ocurrir. Él sólo me siguió por curiosidad.

Aquella sería una noche por demás importante. ?¡Un ovni! ¡Un ovni! ¡Esa luz se está moviendo! ?me advertía Pepe mientras señalaba al cielo nocturno.

Y efectivamente, una luz roja, concentrada, que en un inicio no le dimos mayor importancia pensando que podría tratarse de una antena, se empezó a mover, ¡y en nuestra dirección!

Al acercarse, se podía apreciar que el objeto tenía forma de “boomerang”; se quedó unos instantes sobre nosotros, estimo a considerable altura, para luego volver por donde vino, en dirección a la cordillera de los Andes.

Con la algarabía que Pepe y yo armamos, mis padres y mi hermana Mariella ?la menor de los tres?, subieron también a la azotea llegando incluso a observar al extraño objeto marcharse, lentamente, sin emitir ruido alguno. Todos lo vimos.

Y en ese momento —aún emocionado— “escuché” nuevamente la voz, que me dijo algo así:

“Venimos con buenas intenciones. Así como hemos procedido hoy contigo, lo hemos hecho antes con otras personas, y lo seguiremos haciendo en el futuro para que vayan tomando conciencia de nuestra presencia.

No sólo estarás en contacto con nosotros. Lo tendrás también con otros seres que te están aguardando...”

¿Qué me querían decir con ello?

Silencio. Y el ovni ya se había perdido en los brumosos cielos de Lima.

Al igual que 1988, estas apariciones se multiplicaron entre octubre y diciembre de 1993 al punto que la prensa volvió a dedicar sus primeras planas al enigma.

Era el inicio del contacto. Sin titubear lo tomé como una señal.

Y no me equivoqué.



La Misión Rama

Al día siguiente, aun sin quitarme de la cabeza la extraordinaria experiencia que había enfrentado, me preguntaba qué tenía que hacer. ¿Cómo podía comprender todo esto? ¿Cuál debe ser mi primer paso para relacionarme mejor con “ellos”? ¿Sólo espero a que me vuelvan a contactar?

Una anciana mujer me sacó de mis cavilaciones al abordarme de improviso en plena avenida, cuando estaba cruzando la Vía Expresa camino al Instituto.

—¿Sabes que los Hermanos Mayores están esperando a que tomes una decisión? ?me dijo a boca de jarro.

Acto seguido puso en mis manos un pequeño papel, y se marchó, mientras yo trataba de recuperarme del encontronazo. ¿Cómo podía saber esta mujer lo que me había pasado? ¿Era una caprichosa coincidencia?

Leí el papel y entonces comprendí que se trataba de un volante que anunciaba un ciclo de conferencias sobre el fenómeno ovni.

Increíble…

Entre los expositores se hallaba el Grupo Rama, importante movimiento de contacto que se inició en Perú en 1974, a raíz del mensaje telepático que recibiera Sixto Paz Wells de un ser extraterrestre llamado Oxalc, entidad que afirmaba formar parte de una avanzada civilización de la Constelación de Orión, actualmente afincada en Ganímedes, una de las principales lunas de Júpiter.

De cara a todo ello, tuve de pronto la “certeza” que los seres extraterrestres que contactaban con el Grupo Rama, eran los mismos que se estaban empezando a comunicar conmigo. Incluso llegué a pensar —debo decirlo— que “ellos” me habían “conducido” a la conferencia del grupo. A pesar que estaba sacando una conclusión apresurada, “algo”, una “sensación”, me decía que no estaba equivocado.

No obstante, tenía un problema para asistir: los exámenes. ¡Estos coincidían con las fechas de las conferencias!

En fin, luego de meditarlo —no di los exámenes—, decidí escuchar la exposiciòn de Edgar Concha y Freddy Anci, antiguos miembros de Rama. Me había dejado llevar por la intuición, siguiendo las “sincronicidades” que se presentaron, como si el propio Universo me estuviese hablando en cada detalle de mi vida.

Sin duda fue una determinación acertada. Aquella conferencia fue el punto de partida para relacionarme con el grupo y comprender las experiencias que yo había enfrentado. Y tal como lo sentía ?o “recordaba”— existía un propósito profundo que empujaba a estas civilizaciones estelares a visitarnos.

Y tampoco me sorprendió que aquella “fuerza invisible” me haya guiado, precisamente, a la denominada “Misión Rama”.

El objetivo de la Misión Rama era difundir la existencia de otras civilizaciones de naturaleza cósmica, y así tomar conciencia de que no estamos solos en el Universo. Sobre la base de este estímulo, se procuraba promover el desarrollo integral del ser humano, con miras a establecer el encuentro cercano más importante: con uno mismo. Los Guías extraterrestres hablaban de un importante cambio a escala planetaria, y ello requería la participación conciente de los seres humanos, por cuanto cada uno de nosotros es artífice de su propio destino, y por consecuencia, del futuro de la Tierra y el Universo. Y no exagero al mencionar “Universo”.

Por otra parte, y dentro de los objetivos más íntimos de la Misión Rama, se hallaba el encuentro con una avanzada civilización intraterrena, que numerosas leyendas de oriente denominan “La Hermandad Blanca”. El acercamiento con aquellos guardianes del Mundo Subterráneo ?cuyos orígenes se remontan a la fundación de Shambhala y la desaparición de antiguas civilizaciones? nos permitiría acceder a un conocimiento gravitante para el ser humano: su verdadera historia.

Todo ello forma parte de aquel “Plan Superior”, diseño cósmico que aún no hemos terminado de comprender en su totalidad. Sin embargo ?y esto es difícil de explicar? su fuerza despierta una luz interior en el caminante sincero. Como si él reconociese aquel “llamado”. Como si hubiese estado esperando este momento, desde siempre.



La Preparación

Debo recordar que el Grupo Rama, como organización, fue disuelto oficialmente en enero de 1991. Con esta decisión ―sugerida en comunicación por los Guías extraterrestres― se procuraba proteger la seriedad alcanzada por el grupo, y la real naturaleza de los contactos que muchas veces se ha visto confundida cuando se crean estructuras sobre la base de un mensaje. Ello peligrosamente puede derivar a cualquier cosa.

De esta forma, los grupos volvieron a sus orígenes. De acuerdo a Sixto Paz —pionero y líder de Rama— “volvimos a ser aquel grupo de jóvenes que nos reuníamos en nuestras casas, libremente y sin ninguna estructura, compartiendo naturalmente el mensaje recibido de los Hermanos Mayores del Cosmos”.

Los grupos de contacto siguen funcionando en la actualidad en Perú y en diversos países del mundo, pero sin ninguna estructura rígida. Los encuentros cercanos han continuado. Y en esta ocasión no sólo con los Guías extraterrestres, sino también con aquella civilización intraterrena, que ha sido portadora de importantes revelaciones y mensajes.

Al involucrarme con los grupos en 1993 —dos años después que culminara la organización Rama—, estudié profundamente los detalles del contacto telepático. Allí aprendí que lograr la conexión con los Guías no era difícil, sino mantener el enlace a través del tiempo. Para no perder el contacto se requería constancia en la preparación.

En el transcurso de este verdadero adiestramiento ―que involucraba técnicas de relajación, concentración y meditación― fui respirando mayor confianza y seguridad para recibir los mensajes, y comprender que disciplina espiritual era sinónimo de un contacto conciente y responsable con el Cosmos. Incluso, tuve la valentía de pedir avistamientos programados que confirmasen de que, efectivamente, estaba manteniendo una conexión con “ellos”.

Y utilicé bien la palabra “valentía”. Cuando se empieza a vivir una experiencia de conexión con seres superiores, muchas veces, el contactado teme perder ese enlace, o peor aun, darse cuenta de que éste, en realidad, no existe… Desde un principio fui conciente de que había una línea muy delgada entre la imaginación y la realidad, por tanto debía ser objetivo y corroborar de alguna u otra forma lo que estaba viviendo.

Bajo este principio, solicité en repetidas ocasiones “confirmaciones físicas” de los mensajes recibidos, pero sin que ello signifique generar una dependencia a la presencia de las naves.

Desierto de Chilca, mudo testigo de los encuentros cercanos del Grupo Rama.



Así, en las salidas a terreno que un grupo de jóvenes amigos realizábamos a la playa “Las Brujas” de Chilca ?los pescadores la llamaban así por las extrañas apariciones de luces que se han dado en el lugar? tuvimos aquellas confirmaciones físicas, a través de la presencia concreta de las naves, incluso en la hora exacta que los Guías habían anunciado previamente en los mensajes. De aquellas inolvidables experiencias, recuerdo a personas maravillosas, con quienes compartí los momentos más mágicos e increíbles del contacto: Miguel Chávarri, Ricardo Escuza, Paul Moncada, Renzo Lazo, Patricia Soto, Corina Torres, Eduardo Laredo, Manuel Mesones, Hans Baumann, entre otros tantos amigos del denominado “Grupo Anrrom”.

Las salidas se multiplicaron, y también las experiencias, como fue el caso de los traspasos Xendra, una puerta dimensional estimulada por tecnología extraterrestre y que puede permitir la proyección de nuestra imagen a otro lugar, ya sea al interior de una nave o, como también ha sucedido, hacia una de sus diferentes bases que establecieron en nuestro planeta, principalmente en los fondos oceánicos.

De esta forma, quienes nos estábamos iniciando por primera vez en los contactos, nos fuimos familiarizando con los Guías. Allí constatamos que eran seres de aspecto humano ?algunos muy altos?.

Irradiaban una paz sobrenatural…

Sin embargo, tenía que aguardar un poco más para que se diera el primer encuentro físico.

Y lo extraordinario es que éste se daría inicialmente no con los Guías extraterrestres, sino con aquella civilización que se mantiene oculta en un fabuloso Mundo Subterráneo.



Los Maestros del Paititi

En diversas experiencias y mensajes recibidos, los Guías extraterrestres nos hablaron de Paititi ―la ciudad perdida de los incas en la selva peruana― como un enclave de marcada importancia para el planeta. Fue así como nos invitaron a realizar una expedición a las selvas que protegen los indios machiguengas, un lugar inhóspito y maravilloso en donde se encuentra un Retiro Interior de la Hermandad Blanca. Lo explicaré en dos pinceladas: De acuerdo a las leyendas asiáticas, en algún lugar de los Himalayas o el desierto de Gobi, se fundó una ciudad secreta. Aquel enclave milenario, conocido como “Shambhala”, alberga a una raza de elevados seres que “escudriñan los cuatro puntos cardinales de la Tierra”. Ellos formarían parte de una “Logia o Hermandad Blanca” que procura mantener el equilibrio de fuerzas del planeta. No sólo se encuentran en oriente. De hecho sus principales Retiros Interiores se hallan actualmente enclavados en Sudamérica. Los Guías extraterrestres afirman que aquellos Maestros del mundo intraterrestre son descendientes de antiguas culturas desaparecidas…

La jornada a Paititi no dejó de ser intensa: la expedición nos tomó 33 días, a través de caminos serpenteantes en la Cordillera de los Andes, descendiendo desde los 6.000 metros de altura que alcanzamos a la ruta perdida de los Hombres Q´eros del Cusco, y posteriormente nuestro ingreso a la jungla mágica del Parque Nacional del Manú. Finalmente, el 5 de septiembre de 1996, mientras me hallaba explorando los petroglifos de Pusharo ―una gigantesca roca que se acomoda a orillas de río Sinkibenia, y que muestra extraños símbolos en su pared― fui sorprendido por un visitante: un hombre de marcados rasgos orientales, vestido con una suerte de túnica —de un color dorado que sugería un brillo metálico— se acercaba hacia mí.

Con el corazón en la garganta por la sorpresa, estático, y presa de los nervios, contemplaba el rostro del aquel hombre mayor, que llevaba una larga barba, como si fuese un mandarín chino, y sobre su cabeza un casco muy similar a las coronas de los faraones egipcios. Su presencia era impactante. A pesar de la sorpresa que me causó su aparición, sentí claramente la paz que irradiaba. Se percibía que era un ser muy sabio…

Aquel hombre afirmaba llamarse Alcir, y pertenecer a una civilización intraterrena que hace más de 10.000 años se había establecido en las entrañas del Manú, siendo ellos supervivientes de una cultura perdida en el tiempo. En su mundo subterráneo resguardan una colección de planchas metálicas de ingeniosas aleaciones y cristales de roca en donde lograron “archivar” la verdadera historia de la Tierra. Este conocimiento permitiría al ser humano redescubrir su pasado, comprender su presente, y en consecuencia lógica modificar su futuro.

En este contacto, el Maestro intraterreno me habló ―sin mover los labios, como si hubiese enlazado su mente con la mía a través de una conexión telepática― de una herramienta cósmica que custodian, y que las leyendas incas recuerdan como el “Disco Solar”. Este portento, que otrora se hallaba en el templo cusqueño del Qoricancha, actualmente jugaría un papel clave en el preciso momento en que nuestro planeta logre transmigrar a una dimensión superior de conciencia, conectándose con el Real Tiempo del Universo. Y he allí la profecía estelar que conocen los extraterrestres…

Al volver a Lima, luego de esta increíble expedición que emprendimos un grupo de jóvenes peruanos y uruguayos a las selvas de Paititi ―y más aún lo que había significado el encuentro físico con aquel ser intraterrestre― sentí escribir todo lo que habíamos vivido. Así nació “Los Maestros del Paititi”, mi primer libro, sin imaginarme la repercusión que traería.

Cuando escribí el libro tenía 22 años ―al publicarlo, me convertiría en el escritor más joven de Sudamérica en estos temas―. Sólo vivía intensamente la experiencia, dejándome llevar por una fuerza superior que hasta hoy en día, no me ha abandonado.

1996 fue un momento maravilloso. Lo que significó este primer encuentro físico fue muy importante, pues nos permitió conocer un poco más sobre aquella Hermandad Blanca intraterrena y su misión.

Me sentía muy comprometido con aquellas fuerzas de la luz, pues inclusive ayudaron a mi madre a superar el cáncer que amenazaba su vida. En los momentos previos al viaje a Paititi ―como si se tratase de una prueba― los médicos habían estimado unos tres meses de vida para mamá, debido al difícil cuadro que presentaba. Entonces les pedí ayuda a “ellos”. Y la fortaleza y el trabajo interior de mamá, permitieron que los Guías extraterrestres pudieran asistirla a través de sueños, un fenómeno que estos seres denominan “curación astral”…

Según lo que nos han enseñado, toda dolencia física tiene una conexión con la mente, e inclusive con nuestro espíritu. Por consecuencia no sólo hay que concentrar toda la ayuda en el cuerpo material, sino también en los vehículos sutiles.

Y mamá sanó. Los exámenes ya no detectaron más formaciones neoplásicas. No hace falta que describa el impacto que todo esto generó en la familia. Con los años, pude ir comprendiendo que detrás del acercamiento extraterrestre se hallaban enseñanzas de profundo valor espiritual. Estos conocimientos nos invitaban a valorar más la vida, y comprender porqué uno vive como vive. Aquel mensaje sería la piedra cimiento de nuestro testimonio de contacto hacia los demás.

Paititi fue sólo el primer peldaño. Nuevas e increíbles experiencias estaban por venir.



La oleada ovni y el testimonio de la Prensa

Desde mediados del mes de octubre de 1998, primero a través de sueños, y posteriormente en comunicaciones telepáticas, los Guías extraterrestres me advertían de una oleada de observaciones de sus naves en 1999, asegurando que no sólo nosotros podríamos registrar su presencia, sino también la prensa de Lima, con quienes manteníamos una relación debido a las entrevistas y reportajes que hicieron sobre nuestras experiencias.

Nadie se esperaba la repercusión que todo ello traería para el Perú.

En síntesis, los mensajes que recibí afirmaban lo siguiente:

“1999 será el año de las evidencias, ya que los apoyaremos con manifestaciones nuestras que serán captadas por ustedes y también por medios de comunicación...” 24 nov. 98, (Oxalc).

“Al igual que en 1993, 1995 y 1996, nuestras naves se verán con insistencia en el Perú, así como en diversos lugares clave del mundo. Ello para seguir sensibilizando la mente humana frente a nuestra visita. Es así que hemos previsto otorgarles evidencias de nuestra presencia para que puedan comprender la importancia de lo que están viviendo; y con ello no nos referimos al contacto en sí, sino al mensaje que se desprende del mismo...” 17 ene. 99, (Amaru).

Y así ocurrió. La “bomba” fue detonada el 22 de enero de 1999 por periodistas y técnicos del programa Diálogo, que se transmite vía Frecuencia Latina, Canal 2 de Lima.

Cerca de las 12:15 de la medianoche, cuando los hombres de prensa transitaban con la furgoneta del canal de TV por la Av. San Felipe, Jaime Vidal Torres, camarógrafo profesional, se hallaría ante el encuentro de su vida: una plataforma de luces ―como describiría al aparato una y otra vez en las entrevistas― se movía en silencio en la tranquila noche limeña.

De inmediato siguieron al ovni, logrando filmarlo en la calle Barcelona de Pueblo Libre ―curiosamente el distrito donde yo vivía― en medio de un nutrido grupo de testigos que ya había corrido la voz sobre el fenómeno.

En breve, ya no sólo el Canal 2, sino América TV y Panamericana Televisión, se involucraron en una verdadera “cacería de ovnis”, logrando filmar muchas de las apariciones que en horario estelar eran transmitidas a nivel nacional.

Las comunicaciones de los Guías se habían cumplido.

Periodistas de Canal 2 fueron inclusive a casa para entrevistarme, ya que sabían de los mensajes que previamente había recibido. De inmediato Hugo Cogorno y Mónica Chang me invitaron hasta en tres ocasiones al Talk Show de TV “Mónica”, para hablar abiertamente del contacto con seres extraterrestres. Otros medios de comunicación se sumaron, y el tiempo no nos daba para cumplir con todas las invitaciones que nos extendían para hacer reportajes o transmisiones en vivo. Y no exagero.

Fue un gran estímulo para todos nosotros. Para todos los que, sobre la base del contacto que estábamos afrontando, aguardábamos un contundente “remezón” de conciencias en Perú.

Y las naves de los Guías movilizaron literalmente a todo el país, tal como advertían los mensajes.

Debo decir que no sólo a través mío se nos dijo que esto ocurriría; diversos integrantes de los grupos de contacto de Lima, por distintos medios, percibieron con antelación la presencia de las naves en lo que sería una oleada de observaciones sin precedentes. Todo esto alcanzó su punto más intenso cuando la Fuerza Aérea Peruana emitió un comunicado oficial negando su responsabilidad política y militar en cuanto a la trasgresión del espacio aéreo que estaba sufriendo Colombia por parte de “misteriosas naves no identificadas”, procedentes de Perú...

América Televisión, uno de los canales de TV más importantes, realizó un programa de investigación para “Los Especiales de los Domingos”, documental que se veía en todo el país. Allí fui entrevistado por el astrónomo Abraham Levi. Y el programa fue un éxito, pues además de mostrar una serie de evidencias concretas de las apariciones ―algunas incluso filmadas por periodistas― pudimos reflexionar en el mensaje del contacto, que está más allá del ovni como fenómeno.

En ese instante no advertía de que el destino me tenía guardada una “sorpresa”.

Mi constante aparición en los medios puso en “riesgo” mi trabajo como representante médico en un conocido laboratorio internacional. A pesar de que siempre conté con el respeto y apoyo de mis jefes ante el tema, apoyándome inclusive con permisos especiales para salir del país y dar conferencias, ahora las cosas se tornaban distintas, por cuanto diversos médicos que visitaba en sus consultorios, llamaban al laboratorio donde trabajaba para expresar el entusiasmo que tenían frente al tema de los ovnis...

Aún recuerdo lo que me dirían en la compañía: “Sr. González, Ud. tiene que decidir si será representante del laboratorio, o de los extraterrestres”.

Aunque siempre he procurado separar las cosas y ser eficiente con mis responsabilidades en el trabajo ―donde paradójicamente estaba bien considerado― para mis superiores estaba claro que no podía desarrollar dos actividades al mismo tiempo. No tuve mayor elección, y esto trajo como consecuencia de que en una “reducción de personal”, me despidieran.

Luego me enteraría de que esa determinación vino de un Gerente que detestaba el tema de los ovnis, y mi posible influencia en el personal del laboratorio…

Empero, por alguna razón extraña, me sentí bien y en paz cuando firmé mi “invitación a renunciar”. El jefe que tenía el encargo de comunicarme esta noticia inminente, sentado desenfadadamente en su escritorio caoba, me dijo en aquel momento: “Tómalo así: A lo mejor tus amigos los extraterrestres, desean que te dediques a tiempo completo para hablar de ellos...”

Como si se tratase de un “deja vu”, recordé en un instante la petición que efectivamente me habían hecho los Guías para dedicarme a tiempo completo a la difusión de mi testimonio de contacto (encuentro físico en Marcahuasi de Iris, julio de 1998). ¿Ya era el momento? ¿La Oleada Ovni que me habían anunciado era el “punto de partida” para tamaña responsabilidad?

Como fuere, cuando salí de la oficina, mi vida no sería la misma.



Al interior de una nave extraterrestre

Luego del impacto que causó en la prensa el abierto interés de la Fuerza Aérea en el estudio de los ovnis, los medios de comunicación se mostraron más abiertos que nunca en entrevistarnos.

Las invitaciones para dar conferencias públicas y entrevistas en radio y televisión se multiplicaron. Con el transcurrir de los meses, todo ello se fue intensificando hasta encontrarme de pronto más tiempo fuera del Perú, viajando a numerosos países para dar a conocer mi testimonio de contacto.

Y sí. Había aceptado el encargo de los Guías. Y ahora me encontraba en medio de muchísima gente que deseaba respuestas; algunos escépticos a mi experiencia —no les culpo—, y en contraparte otros la creían ciegamente, sin cuestionamiento alguno, pensando inclusive que me había ocurrido por ser yo alguien especial, con alguna virtud por sobre los demás.

Nada más alejado de la verdad.



Ricardo González ha dado conferencias y entrevistas en más de 20 países. En las imágenes, con el periodista argentino Horacio Embón y el investigador Giorgio Piacenza, durante una entrevista en Infinito; un especial en el conocido programa Despierta América (Univisión, Miami) y también con el respetado periodista Giorgio Medali luego de una entrevista en la RAI (Milano, Italia).

De esta forma fui aprendiendo lo peligroso que significa crear dependencias, pues fácilmente se genera “la necesidad de seguir a alguien”; alguien que solucione nuestros problemas e, incluso, que aclare nuestras dudas espirituales. Perder la humildad y el sentido común ante este panorama, en un camino tan escarpado como lo es el contacto con seres superiores, es como conducir un auto con los ojos vendados. El encuentro con los Guías extraterrestres no fue exactamente un regalo, sino un compromiso con las mismísimas fuerzas de la luz; por consecuencia tenía que poner todo de mi parte y ser ejemplo de lo que decía, porque he allí la fuerza del mensaje.

Siempre mi comportamiento ante la expectativa de la gente ?que esperaban encontrarse con alguien “distinto” a ellos? fue natural y sincero, con mis aciertos y errores. Deseaba que comprendieran que el contacto es accesible para cualquier persona que abriera su mente y su corazón…

Ese es el primer paso. Lo demás depende del Universo, ya que detrás de un contacto siempre existe un propósito superior.

Las experiencias continuaron, incluyendo nuevos encuentros físicos en el desierto de Chilca y la Cordillera de los Andes; y por si fuera poco, volvimos a las selvas del Paititi. Alcir nuevamente se presentó, y en esta ocasión otros miembros de la expedición pudieron verle, sintiendo la fuerza especial que emana el Maestro intraterreno.

A raíz de aquel importante viaje a Paititi ?en agosto del 2000?, los Guías me hicieron una invitación para un nuevo encuentro físico, diferente a los que había enfrentado en otras oportunidades. En esta ocasión, subiría por primera vez al interior de una de sus naves. Había llegado el momento.

La invitación, más allá de afinar mi preparación personal, como sería el hecho de conocer sus bases en nuestro Sistema Solar, y familiarizarme más con ellos y el programa de contacto, procuraba acercarnos las claves necesarias para comprender la situación mundial y todo cuanto se esperaba de nosotros.

El contacto se dio el 24 de febrero del 2001, en el desierto de Chilca.

Mientras un grupo de jóvenes amigos ?encabezados por Hans Baumann, compañero en diversas y maravillosas experiencias, hoy afincado en España? se hallaba en un paraje del desierto apoyando el contacto con sus meditaciones, un haz de luz “sólida” me llevaba al interior de una nave que yacía suspendida por encima del colchón de nubes, que de pronto se formó aquella noche tibia y silenciosa. De un momento a otro, me hallaba de pie, físicamente, en una especie de salón circular, de unos 10 metros de diámetro, muy blanco y brillante. La luz que emitía parecía salir de todas partes, y pude constatar de que aquella radiación no generaba sombras (?).

Durante toda la experiencia, fui asistido por un ser altísimo ?casi tres metros de estatura?, un hombre de aspecto nórdico, con cabello largo y cano, vestido con un enterizo de color plata. Ya le conocía de otras experiencias. Se presenta bajo el nombre de Antarel, afirmando provenir de un planeta llamado Apu, en Alfa Centauro.

En este insólito encuentro cercano ?que me permitió conocer una base orbital extraterrestre, llamada por ellos “Celea”, oculta detrás de la Luna? me advirtieron, entre otras cosas, de los peligros de la clonación humana, un hecho que se dio a conocer públicamente semanas más tarde. Además, me señalaron el conflicto bélico de EE.UU. con Oriente Medio ?como recordamos a consecuencia del extraño atentado en las Torres Gemelas de New York? siete meses antes que todo sucediera...

Ricardo González señalando el lugar donde abordó físicamente el ovni. Fotografía de 2001.

Por ello me encontraba en EE.UU. cuando ocurrió el incidente del 11-S, al punto de haber dado una entrevista a un conocido programa de radio de Manhattan sobre el mensaje recibido en mi experiencia, ¡unos 10 días antes de que se produjera el impacto de los aviones en el World Trade Center!

La noticia del supuesto atentado terrorista en New York me tomó en California. Y fue así que en las imágenes que mostraron los medios de comunicación ?incluyendo a CNN? encontré extraños objetos esféricos, todo ellos de aspecto metálico, “estacionados en el cielo”, muy próximos a las Torres Gemelas. Y no se trataba de helicópteros…

Volviendo al encuentro cercano en Celea, la base orbital detrás de la Luna, los Guías me habían expresado su preocupación por nuestra carrera armamentista y el empleo de armas de destrucción masiva, afirmándome de que ello podría afectar no sólo la paz en el planeta, sino también la estabilidad energética necesaria que requiere nuestro mundo para un tránsito saludable a una dimensión superior.

Conjuntamente ?y he aquí lo más desconcertante? me explicaron que el comportamiento colonizador y guerrero del ser humano durante toda su historia, era en realidad una “herencia genética”, cuyo origen se encuentra en las estrellas de la Constelación de Orión. Según ellos, la humanidad tenía que descubrir ese “lazo estelar”, comprenderlo y, finalmente, equilibrarlo. Todo el Universo estaba pendiente de ello…

No hace falta describir que esta experiencia de contacto, intensa como maravillosa, me marcó profundamente, generando en mí una avalancha de preguntas ante las revelaciones recibidas. En aquel momento no imaginaba que mis pasos ?sin duda guiados por “ellos”? me llevarían a nuevos lugares de poder en el mundo, en verdad inimaginables. Al llegar a estos enclaves empecé a comprender…

Entre los múltiples puntos que visité recuerdo de manera especial la Cueva de los Tayos, en el Ecuador, un inquietante mundo subterráneo que por alguna razón aún no aclarada, fue investigado en 1976 por el astronauta norteamericano Neil Armstrong ?sí, el primer hombre en la Luna?, quien se hallaba sospechosamente acompañado de militares ingleses. Aquella expedición, que costó más de 2 millones de dólares, se vio inevitablemente envuelta en un halo de misterio. ¿Acaso buscaban algo? Lo cierto es que en nuestra incursión al interior de las impresionantes galerías de los Tayos ?en agosto del 2002? corroboramos de que era uno de los lugares del planeta donde se encuentra un importante archivo de conocimiento, legado de antiguas civilizaciones desconocidas por el hombre. Ese conocimiento contiene gravitantes episodios del secreto estelar de Orión. Casi sin advertirlo, fuimos “tropezando” en estos viajes con fragmentos de una historia estelar, que más tarde, tendría que “revivir” para comprenderla…

Paititi, Monte Shasta, el desierto de Atacama, o la Sierra del Roncador, se suman, entre otros lugares en el mundo que hemos visitado, a aquellos puntos de poder que esconden ese secreto que los antiguos aprendieron de los “Señores de las Estrellas”.

Todo empezaba a tomar forma. Sin embargo, fue en las pirámides de Egipto donde aquel “lazo con el cielo” se apreció con mayor claridad. No en vano, los Guías extraterrestres me habían sugerido en la base orbital que fuera a la meseta de Giza, allí donde se levantan las tres pirámides mayores, por cuanto en ese paraje antiguo del mundo se halla el mayor secreto. Y es verdad. Todo lo que fuimos hallando nos llevó allí…

En Egipto, concretamente en la Gran Pirámide, se encuentra una poderosa puerta dimensional, que en determinadas circunstancias se “abre” y permite un viaje estelar a los mundos de origen de los “antiguos dioses”.

Una ruta secreta a Orión…




Nota: este es un extracto del cuarto libro de Ricardo González, “Nuestros Lazos Extraterrestres”. Mayores detalles sobre la experiencia de Egipto ver “Informe Mintaka” en la sección de artículos ECIS.