martes, 2 de diciembre de 2008

Guerras Extraterrestres





“Ha sido creado como un arma; ha embestido como la muerte…
A los Annunaki, que eran cincuenta, los ha destruido…
El Orbitador Supremo, que vuela como un ave ha sido herido en el pecho”.

Antiguo Texto Sumerio


De acuerdo a las informaciones que hemos recibido en nuestra experiencia de contacto, seres de diversas civilizaciones, y con las más variadas intenciones, se han interesado en nuestro planeta desde que la Tierra era sólo un “proyecto” en el Plan Cósmico.

Ante ello, como estrategia para protegernos de una eventual amenaza, se estableció la llamada “cuarentena planetaria” —en su primera fase, hace unos 12.000 años—, una suerte de bloqueo cósmico a otras civilizaciones que podrían llegar a nuestro planeta con propósitos bélicos o de colonización. La medida, aunque operante desde aquellos tiempos, habría sido fortalecida en una fecha tan reciente como 1945, debido a las repercusiones de la Segunda Guerra Mundial y el estallido de la bomba atómica.

La Confederación de Mundos de la Galaxia, que vigila la Tierra y otros planetas en vías de evolución, así lo consideró: al desarrollar armas de destrucción masiva, podríamos “atraer” como un imán a diversas criaturas cósmicas de similar condición vibratoria. Alguien tenía que protegernos.

Pero ese “interés” en la Tierra no era gratuito. Aquellas guerras son tan antiguas como nuestra propia historia…

La Guerra de los Dioses

Uno de los manuscritos más largos y completos, perteneciente al extraordinario hallazgo del Mar Muerto en 1947, habla de una guerra entre “Los Hijos de la Luz y los Hijos de las Tinieblas”. Lo intrigante es que el manuscrito no sólo anticipa una guerra de humanos —y que a la luz del panorama mundial actual no resulta del todo descabellada—, sino que seres divinos se involucrarán en un enfrentamiento contra la mismísima oscuridad:


“Los Hijos de la Luz lucharán contra los Hijos de las Tinieblas con una demostración de poderío divino, en medio de un estrepitoso tumulto, en medio de los gritos de dioses y hombres”.



Según el Mahabharata, un texto antiguo de la India, hubo una feroz batalla en el cielo. El vencedor fue el poderoso Indra, que combatió desde su vehículo aéreo a los asuras, que se ocultaban en sus “nubes fortalezas”. Los himnos del Rig Veda describen así a la “deidad”:


“Tú avanzas de combate en combate intrépidamente, destruyendo castillo tras castillo con tu fuerza. Tú Indra, con tu amigo, que hace que el enemigo se doblegue, redujiste desde lejos al astuto Namuchi.

Tú que diste muerte a Naranja, Parnaya... Tú que has destruido las cien ciudades de Vangrida.

Las crestas del noble cielo sacudiste cuando tú, atrevido, por ti mismo heriste a Sambara”

Por otra parte, en los archivos reales de la cultura hitita, se habla del dios Teshub —“Divino Tormentador”—, y de sus pretensiones por controlar las regiones superiores de la Tierra; se menciona además las batallas que el dios Kumarbi había lanzado contra él y contra sus descendientes. Al igual que el relato que ofrecen otras culturas del mundo, el vengador Kumarbi se apoya en otros “dioses” aliados para dar la batalla final.

El hilo conductor está en que los hititas, aunque pronunciaban los nombres de sus deidades en su propia lengua, los escribían utilizando la escritura sumeria… Para pensar un poco más, el término “divino” que empleaban, “DIN.GIR”, es sumerio, y significa: “Los Justos de las Naves Voladoras”.

Pero no todos fueron tan “justos”.

Todas las referencias que disponemos, ya sean largos relatos épicos o proverbios de dos líneas, señalan a los dioses en medio de terribles batallas estelares. La epopeya hitita, con claras connotaciones sumerias, recuerda también el relato sánscrito de la batalla final entre Indra y el “demonio” Vritra:


“Y entonces se pudo contemplar una terrorífica visión, cuando dios y demonio entablaron combate. Vritra disparó sus agudos proyectiles, sus incandescentes rayos y relámpagos…

Después, los relámpagos se pusieron a centellear, los estremecedores rayos a restallar, lanzados orgullosamente por Indra…

Y de pronto el toque de difuntos de la perdición de Vritra estuvo sonando con los chasquidos y estampidos de la lluvia de hierro de Indra; perforado, clavado, aplastado, con un horrible alarido el agonizante demonio cayó de cabeza…

E Indra le dio muerte con un rayo entre los hombros…”

Los textos antiguos de la India están llenos de estas desconcertantes referencias a batallas en el cielo y vehículos voladores.

Volviendo al Mahabharata —palabra sánscrito que no en vano significa “gran guerra”— se puede leer que Maia, otra curiosa “deidad” hindú, construyó un gran habitáculo de metal, que fue trasladado al cielo… Cada una de las divinidades, como Indra, Yama, Varuna, Kuvera y Brama, disponía de uno de estos aparatos metálicos y voladores llamados “vimanas”. Estos vehículos cósmicos tenían la forma de una esfera, y navegaban por los cielos por el efecto del mercurio que provocaba un gran viento propulsor. Los hombres alojados al interior de las vimanas podían recorrer grandes distancias en un instante.

Otra referencia intrigante la aporta Narada —el gran sabio de la antigua tradición— quien menciona a una “ciudad volante” perteneciente a Indra, “estacionada” interrumpidamente en el cielo; por si ello fuera poco, ese portento estaba rodeado de una “pared” blanca, que producía destellos de luz en el firmamento. Sin comentarios.


En el Ramayana, otra antigua obra hindú, también se habla de esos misteriosos objetos volantes. Según se dice, las personas que se montaban en aquellos vehículos divinos podían viajar hacia los cielos y dirigirse inclusive a las estrellas y a mundos lejanos, para luego retornar a la Tierra.


Esta y otras epopeyas hindúes, describen batallas aéreas con “misiles” semejantes al rayo, capaces de destruir los sembrados y convertirlos en tierra yerma. Una de tales armas, desprendía “un humo más brillante que diez mil soles”. La desaparición de la ciudad de Mohenjo-Daro en la India, hace unos 3.500 años, podría estar relacionada con estos relatos. Según hoy sabemos, sobre esa ciudad se produjo un resplandor deslumbrante, una gigantesca explosión con una luz totalmente cegadora y que hizo hervir los mares cercanos a este enclave costero.

Si el lector aún se tambalea en la duda ante aquel cinematográfico efecto destructivo de las vimanas, echemos un vistazo al siguiente párrafo del “Bhisma Parva”:



“Es un rayo desconocido, gigantesco, mensajero de la muerte que redujo a cenizas a los Vrishnis y a los Andhakas. Los cadáveres quemados no eran reconocibles. A los muertos se les caía el cabello y las uñas... Cukra, volando en una vimana de gran poder, lanzó sobre la triple ciudad un objeto único cargado con la fuerza del Universo. Una humareda incandescente, parecida a diez mil soles, se elevó esplendoroso. Cuando la vimana descendió del cielo, se vio como un reluciente bloque de metal posado en el suelo”.

Aquellas “guerras del cielo”, también son mencionadas en el Apocalipsis de San Juan (Capítulo XII), donde Miguel y sus ángeles se enfrentan al Dragón. Por otra parte, la mitología griega menciona la sublevación de los dioses ante la suprema divinidad: Zeus. Resultado de ello fue una verdadera batalla que tuvo como escenario las blancas paredes del Olimpo. Además, las culturas americanas también hablan de una guerra en los cielos que ocurrió “antes del diluvio”. ¿Acaso la guerra de los dioses provocó la legendaria “inundación” del planeta? ¿Con ello no nos estaremos acercando a la historia de la Atlántida?

Como fuere, hubo un “nuevo comienzo” en el mundo luego de una catástrofe de proporciones inimaginables. El tiempo y las leyendas han ocultado el misterio. Un misterio que señala un comportamiento bélico y destructivo de los dioses o, para llamar las cosas por su nombre, de los seres extraterrestres que visitaban en aquellos tiempos nuestro planeta.

Pienso que aquellas contiendas estelares no encuentran una explicación satisfactoria únicamente en la cuarentena de protección planetaria. La sensación que dejan los relatos antiguos es que aquellos seres, los “dioses”, se “conocían”, y que se habían jurado batalla en la Tierra. Por alguna razón —estimo poderosa— quienes estaban en nuestro mundo cumpliendo una misión, se separaron tomando rumbos y posturas distintas. Y de un conflicto de ideas se desencadenó el accionar bélico.

¿Fuimos nosotros la causa?

Los deportados de Orión

Las siguientes líneas, aunque difíciles de digerir, son indispensables para comprender por qué se habría desencadenado la “guerra de los dioses”.

Una de las civilizaciones extraterrestres más poderosas se encuentra diseminada en lo que llamamos Orión, la constelación del “cazador” en la mitología griega. De acuerdo a nuestra experiencia de contacto, en Orión se produjo una batalla estelar encabezada por un ser denominado Satanael. Aquella entidad, cuyo nombre se asemeja sospechosamente al “Satán” bíblico —nombre hebreo que significa “el adversario”—, dirigió una rebelión que propugnaba un cambio en la dinámica del Plan Cósmico.

Satanael no estaba de acuerdo en que la humanidad sea la civilización que debía “salvar a las otras” a través de un proyecto que no había tenido en cuenta a las propias civilizaciones de Orión. La insurrección de Satanael —y he aquí la pieza clave de aquel drama cósmico— en realidad no había germinado en Orión.

Era una postura generada por otra entidad, no extraterrestre, sino procedente del mismísimo Universo Mental. Los seres que viven allí son de energía pura, y actúan como co-creadores en el Universo Material. Por tanto nos hallamos ante un ser poderoso e impensable. Un Helell o “resplandeciente”.

Fue en el Universo Mental donde se delineó los pasos del Plan Cósmico. Según sabemos, ello se dio a través de un “Concilio de los Helell”. No obstante, una de las entidades no estuvo de acuerdo en que el proyecto sea aplicado a una nueva humanidad, proponiendo que sean las civilizaciones extraterrestres ya existentes —como la de Orión— las depositarias de los cambios para corregir el estancamiento evolutivo en que el Universo Material se hallaba sumido.


Pero las cosas no se podían hacer así. Introducir cambios tan gravitantes en las antiguas civilizaciones extraterrestres resultaba peligroso; todas ellas habían venido experimentando un orden mental, un patrón heredado de los propio Helell, y cambiar drásticamente de enfoque podría generar el colapso. Se tenía que empezar de cero. Empezar con una nueva humanidad en donde se puedan medir, gradualmente, los cambios, y en consecuencia las respuestas que brindaría este proyecto para todo el Universo.

Lug —uno de los más poderosos Helell del Universo Mental— al ver que el proyecto se desarrolla ajeno a sus expectativas, empezará a influir en los más poderosos seres del Universo Material para boicotear la ejecución del Plan Cósmico. Lug recuerda inevitablemente a “Lucifer”, palabra de origen latín que significa “el que porta la luz”. Por tanto, Lucifer y Satán son dos entidades diferentes. El primero un ser ultraterrestre —como los ángeles— y el segundo un ser extraterrestre de Orión.

Satanael, por alguna razón desconocida, se había convertido en el leal seguidor de la postura de Lug. Por ello su insurrección en Orión.



Una batalla cósmica había estallado en aquellas lejanas estrellas. Empero, la Confederación de Mundos de la Galaxia logró controlar la disidencia, atrapando a Satanael y a sus principales guerreros. Posteriormente, todos ellos serían enviados a la Tierra en calidad de deportados. ¿Por qué? Su presencia en nuestro mundo procuraba que ayudasen a la humanidad, identificándose de una vez con el propósito superior del Plan Cósmico y resarciendo así el error cometido en Orión.

De allí en más, el relato de los Guías extraterrestres menciona que los oriones deportados envejecieron prematuramente en la Tierra, quizá por las condiciones diferentes de nuestro planeta —en sus mundos pueden vivir cientos o miles de años—; al perder la corporeidad, sus esencias o espíritus debían volver a Orión, a su lugar de origen.

Sin embargo, un grupo de Guardianes y Vigilantes extraterrestres sembraron en el planeta unos poderosos cristales verdes brillantes —de aspecto piramidal— para retener en nuestro mundo a los espíritus de los oriones deportados, como si la Tierra fuese un planeta-prisión. Quedarían aquí, hasta el final de los tiempos. Una historia muy similar a la de “los ángeles caídos”, que menciona más de una religión.

Desde luego, aquellos seres “atrapados” en nuestro mundo han intentado liberarse. Tarea nada sencilla ya que para poder escapar de su “prisión”, los espíritus de Orión necesitan tomar un cuerpo físico. Y no puede ser cualquier cuerpo. Por ello sedujeron, con un poder asombroso como maligno, a un grupo de Vigilantes extraterrestres de las Pléyades, para que se unieran a las hijas de los hombres y engendraran hijos mestizos, ideales como “envase” a tomar para luego fugar del planeta. Todo esto explica el insólito episodio que menciona el Libro de Enoch.

Los hijos mestizos serían trasladados por los Vigilantes a un grupo de islas, en el océano Atlántico, dando con ello inicio a lo que sería más tarde el reino fabuloso de Atlántida. Un reino que, penosamente, no encontró el equilibrio necesario entre la ciencia que adquirió y su improvisada aparición. Fueron poderosos, pero sus guerras y ambición —en gran medida una influencia de los oriones atrapados— generarían su propia destrucción al atraer un desastre cósmico. Hace 12.500 años esa civilización mestiza se hundió en las aguas.

Más tarde, los denodados esfuerzos de la Confederación de Mundos procuraron que no se perdiera el rumbo del proyecto en la Tierra, alentando la inserción de conocimientos para la formación de nuevas culturas post-diluvianas (o más bien, post-Atlántida­). Consecuencia de este nuevo acercamiento de instructores extraterrestres —y también de algunos sabios supervivientes del desastre atlante— nació Sumeria, Egipto, India y otras grandes culturas.

El avance fue significativo. Sin embargo, los hombres de aquel entonces crearon peligrosos lazos de dependencia con los visitantes. Finalmente, aquellos “dioses” —los instructores extraterrestres— resolvieron marcharse, hasta que la humanidad creciera lo suficiente como para comprender. Detrás de su partida nos dejaron leyendas y singulares representaciones rupestres, desconcertantes escritos religiosos, símbolos e ideogramas misteriosos, anomalías arqueológicas, entre otras piezas de este gran rompecabezas que la ciencia actual ha tildado en llamar “curiosidades” del pasado.

Y no les culpo. Esta información —ya lo he dicho, reconozco que roza un relato moderno de ciencia-ficción— es difícil de aceptar. Tendríamos que reconstruir todo lo que hemos llamado “historia”.


No nos quedaría otra alternativa que reflexionar hasta qué punto algunas religiones —muchas de ellas— puedan haber surgido del contacto con estos seres, o por lo menos, que los conocían y que ellos formaban parte importante de nuestro propio proceso como criaturas humanas.

Aceptar que estuvieron aquí antes que nosotros bajo un propósito, es inquietante. Y ese es el punto: la misión que pesa sobre la humanidad.

Los “dioses” se marcharon. Pero prometieron volver. ¿Qué es lo que viene para estos tiempos?



Segunda parte del artículo será publicado en agosto.
Nota: este texto es una adaptación del V Capítulo de “Nuestros Lazos Extraterrestres”, libro publicado por Ricardo González en agosto de 2005.

Mayor información, leer los cuatro artículos del “Informe Mintaka”:
http://www.legadocosmico.com/mintaka1.htm