martes, 2 de diciembre de 2008

Informe Celea


Desierto de Chilca, 24 de febrero de 2001

“El encuentro físico se producirá a su tiempo,
y será como cuando dos amigos se encuentran
en un mismo camino, caminando”

OSSIM

Esta experiencia fue difundida abiertamente hace seis años. Incluso publicada en uno de mis libros: “El Legado Cósmico”. Pero para aquellos buscadores que no llegaron a conocer este testimonio de contacto, publicamos nuevamente el informe de tremenda vivencia al lado de nuestros hermanos mayores de las estrellas; así, su mensaje seguirá proyectándose, llegando a más mentes y corazones que vibran en la luz. Todo se está cumpliendo.

Nota: este texto fue redactado originalmente en el 2001. Para esta publicación en legadocosmico.com el informe ha sido revisado por el autor, quien ha añadido algunas anotaciones para hacer más comprensible su lectura.


Cómo se fue dando todo

Había sido invitado a través de comunicaciones telepáticas para un encuentro físico. El lugar del contacto sería el desierto de Chilca, al sur de Lima. Y según los mensajes, el 31 de diciembre (corría el año 2000) era la fecha señalada para la experiencia.

Aprovechando que el 25 de diciembre iría al pueblo de Chilca para llevar unos juguetes que recolectamos en Lima para los niños más necesitados, decidí marchar al desierto para prepararme para la experiencia programada. Quería estar en su silencioso paisaje unos días previos al contacto.

Así, en Chilca contraté una movilidad que me llevase hasta la Base Militar, que en aquella época operaba cerca de la quebrada que los Guías extraterrestres habían demarcado como zona de contacto. Unos 22 Km. en dirección a las montañas. Luego me internaría a pie, en una caminata de casi dos horas.


Nunca había estado tantos días solo en el desierto. Y tal como lo preveía la experiencia fue extraordinaria. En aquel silencio cósmico, en noches abiertas y despejadas, que en diversas oportunidades me permitieron contemplar el desplazamiento de las naves a gran altura —como anticipando lo que vendría— describiendo Zig-Zags y cruzándose otras veces, sentí no sólo la presencia de los visitantes de las estrellas, sino de Dios mismo. Es una sensación inexplicable.

Aquel cielo nocturno era muy especial, creando el ambiente idóneo para interiorizarme en la invitación que me hiciesen llegar para el día 31. Pero no estaría solo. El día 30 ya me encontraba acompañado de mis buenos amigos de los grupos de contacto de Lima, quienes estaban al tanto de la invitación y deseaban apoyar la experiencia: Hans Baumann, Lida Martell, Magaly Fernández y Jhon Abanto.

Y fue en la noche del día 31, la “fecha del contacto” que había sido auspiciada por claros avistamientos programados por las comunicaciones, que hizo su aparición en un cielo cubierto de niebla un objeto alargado, con forma de puro, emitiendo poderosos fogonazos de luz plateada. La niebla se disipó en torno a él y vimos al aparato sorprendidos, en todos sus detalles. Incluso Hans llegó a observar un disco metálico cerca de la presunta nave nodriza. Era impresionante.

Mi reloj marcaba la medianoche. La hora que los Guías habían indicado en los mensajes para el contacto físico. Un contacto que, de acuerdo a las comunicaciones, me permitiría subir físicamente al interior de una de sus naves…

Mientras todos intercambiábamos opiniones en medio de la algarabía que se armó ante semejante avistamiento, personalmente no atiné a alejarme del grupo en dirección al cerro “Los Anillos de Saturno” ­¾llamado así por su apariencia¾, en donde, según los mensajes telepáticos, abordaría la nave.

Pero de pronto algo sucedió conmigo. Mi actitud frente al posible contacto —una experiencia que me parecía tan maravillosa de vivir— me invitó a reflexionar. Me sentí muy pequeño para afrontar semejante vivencia. A pesar de la confianza y sabiduría de estos seres, era consciente de que mi preparación personal no había sido completada. Quizá por ello decidí estar en Chilca días previos a la invitación, para meditar y analizar cómo me encontraba. En otras palabras, si realmente estaba listo.

Pienso que no sólo debí orientar mi preparación a mantener un estado sensible y sutil, premeditadamente logrado a través del ayuno y las valiosas prácticas que desarrollamos en los grupos de contacto. Había olvidado liberar mis esquemas mentales sobre el encuentro cercano anunciado, un error importante teniendo en cuenta que ya en diferentes ocasiones había enfrentado experiencias de contacto físico, donde aprendí que el fluir con ellos y verlos como amigos ¾porque realmente lo son¾ y no como “extraterrestres”, me permitiría estrechar lazos con mayor conciencia y naturalidad. A esto debo añadir, como una reflexión personal, que al tratarse de una experiencia diferente, donde no sólo los vería, sino que ¡abordaría una de sus naves!, había creado en mí gran expectativa.

En verdad me resultaba increíble hallarme a puertas de tan extraordinaria vivencia. El mensaje era claro: Tenía que aquietar mi mente, y dejarme fluir como en otras ocasiones.

Como si ellos hubiesen detectado mis pensamientos —de hecho lo hicieron—, comprendiendo que en esa ocasión no les acompañaría, aquella gran nave se marchó lentamente. Retrocedió por donde vino, ocultándose entre la niebla en un cuadro de película. Al día siguiente, uno de los militares que estuvo de guardia en la Base Chilca, sin que le comentáramos nada afirmó haber visto sorprendido el mismo objeto sobre la quebrada.

Cuando tomamos el bus en la carretera panamericana que nos llevaría a Lima, pensaba en la importancia y objetivo del contacto. Antes de abandonar el desierto, los Guías nos dijeron en una nueva recepción de comunicación —que se dio en simultáneo— que las condiciones para afrontar la experiencia seguían óptimas en los siguientes tres meses.

Habría que prepararse.

Una nueva invitación y el objetivo del encuentro físico

Según los mensajes, esta experiencia me permitiría entrevistarme con Joaquel, un importante miembro del Consejo de los 12 Menores, quien habría abandonado su estancia en la Base Azul del Alto Paititi para permanecer temporalmente en una base orbital de la Confederación, ubicada detrás de la Luna, antes de su retorno a Morlen (Morlen es el nombre que los extraterrestres dan a Ganímedes, una de las lunas de Júpiter).

La invitación, más allá de afinar mi preparación personal, como sería el hecho de conocer el interior de sus naves o sus bases en nuestro Sistema Solar ¾con el objetivo de familiarizarme más con ellos y el programa de contacto¾ procuraba acercarnos las claves necesarias para comprender los momentos de nuestra experiencia de contacto, los logros alcanzados, y todo aquello que aún podría estar pendiente para la consecución de los objetivos. Por si esto fuera poco, en esta experiencia, Joaquel —“Joaquín”, como le llamamos— ofrecería informaciones esclarecedoras sobre su propia persona y función dentro de la misión de contacto.

Ya en 1998 había tenido la oportunidad de conocerle en un contacto en Marcahuasi de San Juan de Iris, donde se me habló de la importancia de conectar enclaves de marcado significado para la Misión, y que no habían sido visitados antes por los grupos. Entre ellos la Sierra del Roncador en el Brasil ¾en agosto del 2000 los grupos del Uruguay realizaron la primera expedición, luego volvimos en agosto de 2004¾ y el desierto de Gobi en la Mongolia, donde hace miles de años se estableció por primera vez la denominada “Hermandad Blanca”. Ahora que reviso este informe que redacté hace seis años, me resulta increíble que el viaje a Gobi ya se concretó exitosamente el pasado mes de agosto de 2007.

A pesar que mantuvimos un prudente silencio para enfrentar con responsabilidad esta invitación a un nuevo encuentro físico, me llevé más de una sorpresa al comprobar que otros miembros de los grupos habían recibido información precisa sobre ello. Hallándome en Uruguay, en una bella salida de trabajo en Punta de Yeguas, Alejandro Szabo compartió conmigo una extraordinaria confirmación: En las comunicaciones que él había recibido, el mismísimo “Joaquín” afirmaba que abandonaría la Base Azul para volver a Morlen, y por si esto fuera poco, en el mensaje el Maestro advertía que entraría nuevamente en contacto directo conmigo: “En Chilca o en Marcahuasi, las condiciones así lo permiten”.

En febrero me encontraba en los EE.UU. compartiendo con los grupos de Miami y San José de California, difundiendo el mensaje de fondo del contacto, en especial las profundas experiencias y enseñanzas que ha significado el encuentro y enlace con la Hermandad Blanca de los Retiros Interiores.

Fue en Miami que los Guías a través de una comunicación recalcaron la vigencia de la invitación y su importancia:

“El Plan se halla en su justo proceso. De ello hablará el amado Maestro Joaquín. Chilca es un buen lugar. Está preparado. Fines de febrero, inicios de marzo. En esta ocasión vendrás solo y estarás con nosotros para comprobar una vez más los alcances de la Misión y las labores pendientes que los involucran”.
(Alcir y Guías de RAHMA Misión, 3 de febrero del 2001).

La fecha definitiva del contacto la recibiría en un trabajo de irradiación al pie del Monte Shasta. En la práctica, donde todo el grupo se sintió acompañado por proyecciones de la Hermandad Blanca, como si estuviesen abrazándonos y compartiendo su amor, tuve una fuerte visión donde se me mostraba la fecha del encuentro: “24 de febrero”. Inmediatamente después, me vería caminando en el desierto de Chilca, solo, en dirección a la cordillera. Cuando observé, y sentí con fuerza estas imágenes, mis pensamientos me asaltaron: “Entonces iré solo. Pero me gustaría que un grupo de apoyo se encontrase en el desierto para apoyar la experiencia”.

Al volver a Lima, la confirmación no tardaría en aparecer.

El grupo de contacto de Miraflores —con quienes me une una gran amistad—, para mi sorpresa, había programado una salida al desierto de Chilca para el sábado 24 de febrero. Lo más inquietante es que recibieron una comunicación de Alcir —el ser intraterrestre de Paititi— quien les afirmaba que irían al desierto para apoyarme con sus trabajos, ya que se daría un encuentro físico programado. ¡Realmente increíble!

Cuando Hans Baumann me comunicó todo esto, sin mayor duda y con una seguridad aplastante, decidí realizar finalmente la salida.

Era una nueva oportunidad para concretar la experiencia. Y esta vez ya me sentía listo.

Desierto de Chilca, 24 de febrero de 2001, 12:00 H.

Eran las 12:00 del mediodía cuando mis pasos se adentraban por la quebrada de Santo Domingo de los Olleros. Había dejado a mis espaldas el cerro “IV Convención” —hoy rebautizado como “33”— internándome según mi intuición e indicaciones de los Guías en dirección este, es decir, hacia la cordillera.

El Sol era abrumador. Un cielo azul con pocas nubes se mostraba como único acompañante de mi caminata.

Cuando dejé atrás el cerro “Los Anillos de Saturno”, una extraña sensación se apoderó de mí. Era como si alguien me estuviese abrazando, transmitiéndome amor y confianza. Entonces un agradable olor a flores impregnó el lugar donde me hallaba, emocionándome sin poder explicarme qué estaba sucediendo. Respiré una magia singular allí, y cual sería mi impresión al comprobar que este paraje lo había observado en sueños poco antes de la salida. ¿Me habían mostrado el lugar para que lo reconociera? Sea como sea, el mismo coincidía con el punto de contacto de la salida anterior (31 de diciembre del 2000), además que mi propia intuición me decía sin titubear que aquel era el lugar.

Me despojé de la mochila y tendí en el suelo la bolsa de dormir. Sólo llevaba la bolsa, un abrigo, agua, una pequeña linterna y un cuaderno de apuntes.

Pasé el tiempo explorando al detalle la zona ¾no se suele acampar allí¾ y luego realizando las prácticas de relajación y meditación. Durante el trabajo, procuré crear las condiciones para contactar con los Guías y consultarles sobre la invitación. El mensaje no tardó en llegar:

Sí, escribe:
Nos hallamos cerca. Estate atento a las 9:00 p.m.
Nada debe inquietarte. Vemos que ya te encuentras listo para afrontar la experiencia. Ahora podrás venir con nosotros.

Recuerda que la verdadera preparación no halla su único cimiento en los ejercicios y prácticas de meditación, sino en el auténtico compromiso y entendimiento de la Misión, así como una correcta actitud en armonía con el espíritu de ella.

Tu amor y honesta entrega te han traído aquí, al margen de tus dudas, que bien sabemos obedecen al esfuerzo que emprendes por ser objetivo y equilibrado frente al proceso. Pero será hoy y así ha sido dispuesto.

Estás listo Nordac, para que una vez más des un paso importante en representación de muchos.

Amor y Luz,

ANTAREL (24 feb. 6:15 p.m.)

El mensaje llegó con una claridad especial. Como si estuviesen muy cerca.

Luego de reflexionar en el contenido del mensaje, abandoné la zona del campamento en dirección al cerro “Los Anillos de Saturno”, como volviendo por el camino. Así, ascendí el cerro y bajé a la explanada que se extiende tras él. Entonces observé a una persona acercarse.

Después de la primera sorpresa, identifiqué a Hans Baumann, mi gran amigo y compañero de tantas experiencias. Sabía que él y los muchachos acamparían en otro sector del desierto para apoyar la experiencia, sin embargo me llamó mucho la atención hallarle de pronto en medio de la nada.

Hans Baumann y Ricardo González, antes de descender a la Cueva de los Tayos (Ecuador, 2002).


—Sabía que te iba a encontrar ¾se expresaba contento en la medida que nos dábamos un abrazo.

—¿Qué haces aquí? ¿No estabas con el grupo? ¿Qué te animó a venir donde yo me encontraba? ¾repuse.

—Tenía muchas ganas de verte antes de la experiencia —contestó—. Siento que se dará esta vez.
El grupo se encuentra en “La Terracita” —añadió— acampando y pendiente de la invitación que te han hecho los Guías. Antarel mismo me ha dicho que de todas maneras te suben...

—¿Cómo es eso? —Pregunté intrigado

—Lo que me impulsó finalmente a buscarte, fue un mensaje mental que recibí de Antarel. Me dijo que abordarías la nave. Incluso me dio una hora. Te la digo por sí acaso: Las 9:00 p.m. Sentía que debía decírtelo.

—Hans, ¡es la confirmación de un mensaje que he recibido hace unos momentos! ¾Le decía con evidente emoción—. Tienes que marcharte amigo. Debo estar solo.

—Lo sé ¾contestó risueñamente—. Cuando veas a los Guías dales un abrazo de mi parte. (Risas).

Volví a la zona del campamento con mucha alegría. Estaba anocheciendo y en el cielo ya se mostraban las primeras estrellas.

Llegué sin dificultad y me senté en la bolsa de dormir. No tenía duda alguna que el contacto se daría aquella noche. El encuentro con Hans me dio mayor seguridad, como si los mismos Guías hubiesen querido darme una confirmación adicional para que me encontrase seguro y en confianza. Pero aún así, quise cerciorarme de la presencia de ellos.

Por alguna razón que no logró comprender, me inquietaba poderosamente un cerro frente a mi ubicación. Lo observaba con insistencia, como intuyendo que tras él hubiese “algo” escondido.

Sin pensarlo mucho, de pie y de cara al cerro, empecé a gritar como un chiquillo:

¡Sé que están aquí! ¡Pueden venir cuando quieran! ¡Finalmente he comprendido! ¡Pueden venir porque esta vez asumiré la invitación a mayor conciencia! ¡Me escuchan!

Y para mi sorpresa...

Detrás del cerro, se mostraron intensos fogonazos de luz plateada, disparándose de abajo hacia arriba. Tan fuerte fueron los resplandores, que incluso Hans y el grupo que acampaban al otro lado del desierto también los vieron.

Con esta palpable manifestación, me imaginaba salir una nave del cerro al mejor estilo de la película “Encuentros Cercanos del Tercer Tipo”. Pero después de los fogonazos, el desierto nuevamente se encontraba en su aspecto normal.

No tuve mucho tiempo para analizar la situación cuando un objeto luminoso pasó a gran altura sobre la quebrada. Como su trayectoria era uniforme, y se mostraba al parecer muy lejos, estimé la posibilidad de un satélite. Pero inmediatamente aparece un segundo objeto, similar al anterior, como si lo estuviese siguiendo.

Pedí entonces mentalmente a los Guías que de tratarse de ellos hicieran una señal para advertirme. Inmediatamente el segundo objeto encendió con fuerza una luz dorada, pulsante, que luego se fue concentrando en la medida que se marchaba. Curiosamente, ambos se perdieron tras el cerro que me llamaba tanto la atención.
Al interior de la nave

Recostado en la bolsa consulté mi reloj: Las 9:00 p.m. Esperé unos minutos, escudriñando el cielo, como buscando alguna señal. Pero no observé nada. Los minutos transcurrían y he de confesar que me puse nervioso. ¿Y si la experiencia, por alguna razón se postergaba nuevamente? De sólo imaginarlo no podía evitar pensar en la importancia de esta vivencia para todos nosotros. Entonces sentí como si los Guías me estuviesen abrazando, y una voz en mi mente diciéndome:

“No te preocupes. Estaremos contigo en unos momentos”

Desconcertado por este mensaje, que reconozco catalogué en un inicio de “mentalismo consolador”, me senté en la bolsa de dormir mientras concentraba mi vista en las siluetas de los cerros.

Pero no tuve que esperar mucho.

Una luz, como nunca he visto, me “golpeó”, haciéndome brincar sobre la bolsa para ver de qué se trataba. Fue un fulgor blanco-plateado, pero no de arriba hacia abajo, sino como si alguien desde tierra me hubiese alumbrado con un potente reflector. La luz era extraña. Sentí que me tocó, como si fuese plasma o gelatina. Consulte nuevamente mi reloj. Eran las 9:22 p.m.

Inmediatamente, caminando en mi dirección, una silueta de un ser muy alto se acercaba. De pie ante el personaje que de pronto irrumpía en la tranquila noche del desierto, pude observar que se trataba del Guía Antarel, vestido con un traje metálico, plateado, pegado al cuerpo. Llevaba un cinto y grandes botas que le llegaban casi a las rodillas. Su rostro tan expresivo, lleno de paz, y su cabello cano hasta los hombros me eran familiares. Ya lo conocía. Pero esta vez fue diferente. Me encontraba mucho más tranquilo, menos nervioso que en otras experiencias.

Antarel, con su característica mirada mágica, como si el Universo entero estuviese fluyendo a través de él, sonrió, y me dijo sin esperar mayor protocolo: “Ya nos vamos...”

Como otras veces, escuché su voz sin que él moviese sus labios. Había enlazado su mente con la mía.

Lo seguí caminando prácticamente a su lado. Me hallaba muy sorprendido al ver mi reacción tan natural ante su cercanía. ¡Quién lo hubiera creído! Miré con detalle sus botas, esperando que dejase alguna huella para mostrarla a los muchachos del grupo en alguna ocasión. Pero me percaté que aquel gigante extraterrestre no pisaba el desierto, sino que flotaba a escasos milímetros. ¡No hacía contacto con el suelo!

Ascendiendo una pequeña colina nos hallamos en una explanada. El cielo que hasta hacía unos momentos se mostraba abierto y estrellado, se hallaba ahora cubierto por un extraño colchón de nubes. Como si una gigantesca linterna hubiese sido colocada por encima de este “colchón”, una tenue luz amarillenta caía al suelo formando un círculo luminoso de unos diez metros de diámetro.

Psicografía de un Guía extraterrestre


Al lado izquierdo de este círculo que se hallaba frente a mí, se encontraba una persona de pie. Por la silueta advertí que se trataba de una mujer, de un 1.70 m. de estatura. Me acerqué un poco, viendo que llevaba un traje similar al de Antarel, pero más oscuro, y también ceñido al cuerpo. Su rostro era triangular, dejando entrever una piel bronceada, como si hubiese estado expuesta al Sol. El cabello rubio, muy claro y lacio, caía por detrás de los hombros. Aquella mujer, de unos 40 años de apariencia, mostró una dulce sonrisa, como dándome la bienvenida. Sabía quién era. Como si la conociese de siempre.

Reconocer a Anitac fue para mí uno de los momentos más intensos del contacto. En aquellos ojos claros, que luego pude comprobar eran de un color verde agua marina, fluía un amor profundo y conmovedor.

Noté entonces que llevaba un objeto en la mano derecha. Parecía una caja negra de plástico. Inmediatamente, Antarel se dirigió a mí, pidiéndome que ingresara al interior del círculo.

Al hacerlo, observé que en el centro del mismo había un círculo más pequeño, de unos dos metros, pero muy brillante, tanto, que me recordaba la luz que despiden las linternas halógenas. Aquella luz pulsaba. Era muy fuerte. Tuve cierto temor de pararme allí, más la sonrisa y tranquilidad que supo transmitirme ANTAREL, terminaron por darme el último impulso para dar el paso.

Ni bien ingresé, sentí que una fuerza me aplastaba, e inmediatamente, como si me cogiesen de las pantorrillas, la misma fuerza me arrancó a una velocidad increíble del suelo. Luego una intensa luz blanca que me obligó a cerrar los ojos. Todo fue en un instante. Y de pronto, me hallaba de pie en una especie de habitación, blanca, despidiendo luz por todas partes sin generar sombras.

Mi corazón empezó a latir a mil. Pensé que me iba a desmayar. No podía con tanto.

Empecé a acostumbrarme a la luz, observando que estaba en una especie de sala circular, con una puerta ovalada frente a mí, unos centímetros por encima del nivel del piso, que también era blanco, muy limpio, como las habitaciones de un hospital. El techo no lo recuerdo.

Bajé la vista, observando mis zapatillas beige sobre un círculo luminoso, con una estructura similar al de un panal de avispas, pulsando una débil luz celeste. Me moví de allí en dirección a la puerta. Pero no pude avanzar más. Estaba temblando. Entonces me tocaba el cuerpo, los brazos, mientras me decía: “Vamos Richard, esto no puede ser verdad. No puedes estar aquí...”

Pero un hecho especial me sacó de mis cavilaciones. Una mano se apoyó en mi hombro derecho. Volteé de inmediato, observando que se trataba de Anitac. Sus dedos eran muy similares a los nuestros, salvo por la ausencia de uñas y la uniformidad de una piel sin manchas o marcas. Su rostro de paz me tranquilizó, mientras me hablaba, llamándome por mi nombre cósmico que ella misma me dio mentalmente en 1994: “Realmente estás aquí Nordac, realmente estás aquí...”

Entonces apareció Antarel, muy sonriente, y mirándome fijamente a los ojos me dice: “Bienvenido a ORUM III. Acompáñanos que iremos a la sala de navegación”.

Le pregunté entonces, ingenuamente, si tenía que desnudarme ¾un hecho frecuente en otras experiencias de viajes al interior de una nave extraterrestes, con el objeto de “limpiar” al contactado de las toxinas de la Tierra y proveerle de un traje adecuado para la navegación. Recordemos por ejemplo el caso de Castillo Rincón, y el de Sixto Paz, cuando en 1987 acompaña a los Guías a Morlen¾. Antarel, observándome con gracia, sencillamente me respondió: “No es necesario en esta oportunidad”. He hizo una seña para que lo siguiese por aquella puerta oval. Luego me explicarían que ellos ya habían alineado mi cuerpo a poderosas energías cósmicas desde el instante en que me hallaba en el desierto.

La puerta oval daba a un pasillo. Ingresó primero Antarel, lo seguí y detrás de mí se colocó Anitac. Por donde pasábamos, se encendía más la luz blanca que parecía salir de todas partes. Era increíble. Entonces no resistí la tentación de tocar las paredes del pasillo. Rocé con mis dedos la pared, percibiéndola como si fuese de un plástico compacto o fibra de vidrio. El pasillo tendría no más de 12 metros de longitud, y era curvo, siempre girando hacia la izquierda.

Entramos a un salón más grande, y también circular. Pero sus paredes parecían metálicas. Daba la impresión de ser una mezcla de plástico y aluminio. En realidad no sé cómo describir todo esto que era tan nuevo y diferente a lo que conocía. El techo, si se le puede llamar así, me recordaba la cúpula de una iglesia, con muchas luces y cristales de las más diversas apariencias y colores. En el centro de este salón había una estructura semejante a un hongo, con una especie de casco de cristal, donde se mostraban unas varillas como de vidrio, empotradas verticalmente. Me llamaron la atención unas de estas varillas que se hallaban en un extremo del hongo. Entonces Antares interviene diciéndome: “Es Silicio procesado, lo extraemos de la Tierra”.

Frente a mí se encontraban sentados, dándome la espalda, cuatro seres calvos y delgados. Parecían estar controlando la nave. Unos de ellos, el más alto, se incorporó del asiento blanco que estaba frente a lo que estimo es un panel de controles, sin palancas ni botones, sino sólo luces y esferas como de cristal de roca hundidas hasta la mitad en un tablero que sobresalía a manera de un pequeño “escritorio”.

Aquel ser, de casi dos metros de altura, delgado, con los ojos ¾que parecían marrones claros¾ hundidos en el rostro, se me mostraba familiar. Su piel era de un cobre casi plomizo. Y sus brazos un poco más largos que los nuestros. Vestía también con un traje pegado al cuerpo, de una sola pieza. Su color era un celeste plateado, pero no de aspecto metálico, sino más bien “sintético”. De inmediato supe que era Mardorx.


Era tan especial verle sonreír, teniendo en cuenta que prácticamente no tiene labios, sino una pequeña hendidura como boca. Sus ojos eran pequeñitos, pero transmitían tanto amor y conocimiento que cualquier hombre se vería conmovido.

Me llamaron la atención sus dedos, largos y de yemas abundantes. No pude evitar desear tocárselos. Pero no sabía cómo pedírselo. Entonces, como si hubiese escuchado mis pensamientos ¾lo suelen hacer¾ estiró su mano derecha para que lo tocase. Volteé de inmediato para ver el rostro de Antarel, quien se hallaba a mis espaldas, como buscando una aprobación del Guía. El gigante extraterrestre asintió la cabeza sin perder la sonrisa.

Fotografía de Mardorx en Marcahuasi, Perú, 1982

Entonces me di valor y acerqué mi mano derecha, hasta tocar la palma y dedos de Mardorx. Aún me parece tan increíble esta vivencia. Recuerdo con claridad su textura, como la de un malvavisco, con un calorcito especial, una sensación de estar intensamente vivo. Acerqué mi mano izquierda también, tomando la mano de aquel maravilloso ser con firmeza. El corazón se me detenía en aquel instante. Quería llorar de tanta alegría. ¡Estaba realmente allí!

Luego de ello, Mardorx me informa que los acompañaré a CELEA, una base orbital que posee la “Confederación” detrás de la Luna, y que en ella me aguarda Joaquel para entregarme un importante mensaje. Asentí con la cabeza y Mardorx volvió a ocupar su asiento.

Inmediatamente, Anitac se despidió y se alejó por otra puerta oval, dejándome a solas con Antarel en la sala de navegación. Los otros seres que eran parecidos a Mardorx, se hallaban muy concentrados en sus paneles de control. Apenas giraron el rostro como saludándome, volviendo a sus tableros.

Decidí aprovechar este momento para hacer una serie de consultas al Guía extraterrestre, quien se mostraba abierto y dispuesto a orientarme.


—Antarel —le dije— ¿Cuál es la explicación a una serie de visiones que me asaltaron antes del contacto, y que veo se han cumplido al detalle al precisar instantes de esta experiencia? ¿Fue mi premonición de todo esto? ¿O fueron ustedes?

¾Sabes que la mente les puede advertir mediante visiones futuros acontecimientos de importancia —respondió con calma— pero las imágenes que observaste mostrando momentos de lo que sería nuestro encuentro, las insertamos en tu mente.

—¿Con qué objeto?

—Para que cuando ocurriese el encuentro, tu subconsciente reconociese las escenas y así puedas sobrellevar mejor la experiencia.

—Entiendo... Y dime, ¿por qué siempre me llaman por mi nombre cósmico? ¿Por qué no me llaman de otra manera?

—Cuando nos dirigimos a ustedes —respondió— procuramos hablar a la esencia que son en realidad, a la vibración espiritual que los empuja a realizar grandes cosas. Cuando les hablamos nos dirigimos a vuestro real ser, por ello les llamamos por el nombre cósmico, para precisar a quién destinamos nuestro mensaje.

—Es verdad... Sentía que era así... Y dime —emocionado al estar allí con él, seguía preguntando— ¿por qué te has ausentado por momentos en las comunicaciones que recibía?

—Tenemos diversas labores y funciones —me explicaba sin dejar de mirarme—, pero muchas veces con ello procuramos evitar un lazo de dependencia. Rotamos las conexiones mentales con ustedes para que no se identifiquen de manera especial con algún Guía, sino con el mensaje que les transmitimos.

—Antarel, qué me puedes decir de Apu, el planeta del cual provienes. ¿Se involucraron alguna vez en la Tierra?

—Apu es un planeta subterráneo —me hablaba en tono reflexivo—. Todo nuestro movimiento se concentra bajo la corteza montañosa del planeta. Pero debes saber que nuestra raza no es originaria de aquel lugar. Somos navegantes espaciales, viajeros…

Hace mucho tiempo —proseguía— colonias nuestras se establecieron en Maldek. En tiempos más recientes, mantuvimos cierto contacto con antiguas culturas Sudamericanas, a quienes les enseñamos nuestros antiguos códigos de almacenamiento de información.

—¿Te refieres al quechua y el aymará? —Pregunté de manera atropellada, procurando confirmar un hecho que ya veníamos rastreando—.

—Lo hicimos para acelerar la comprensión del Universo que rodea a los seres humanos. Cuando descifren el significado profundo de estos códigos de expresión, tendrán una herramienta importante para comprender vuestro pasado.

Antarel estaba en lo cierto. Curiosamente Apu es una palabra quechua que se emplea para designar al espíritu protector de las Montañas. Teniendo en cuenta que Apu es un planeta montañoso, es muy sugerente pensar en un vínculo entre los antiguos idiomas indígenas de Sudamérica con la civilización extraterrestre de Alfa Centauro.

—Empiezo a entender muchas cosas —repuse—.

—Una vez que te encuentres en Celea, sabrás más de nosotros —afirmó con cierto aire a misterio—.

—Antarel, háblame de Celea...

La segunda parte del artículo será publicada en febrero