martes, 2 de diciembre de 2008

INFORME KAYONA Parta 2


Joaquín, vestido con una brillante túnica dorada, se hallaba de pie sobre una suerte de desnivel superior, en el otro extremo del gran salón. Entre el anciano Maestro y mi persona se hallaba aquella misteriosa piedra. Él observaba atento y en silencio mis reacciones, como si estuviese aguardando que terminara de comprender algo.

Un segundo después, advertía que Joaquín no estaba solo: flaqueándole por ambos lados, se hallaban, estáticos y también silenciosos, Guardianes y Vigilantes de sólidos trajes plateados, los mismos que acababa de contemplar en la visión que me “compartió” la piedra. ¿Qué hacen allí? —me decía desconcertado—. En la experiencia de contacto en Celea, el propio Ishtacar me había transmitido que en los últimos tiempos los Vigilantes de la Confederación estaban prohibidos de aproximarse a nuestro planeta, que sólo podían operar en el espacio siguiendo sus funciones de protección. ¿Entonces qué hacían en el templo de Kayona al lado del Maestro Joaquín?

—¿Sabes por qué estás aquí? —Habló Joaquín, interrumpiendo mis pensamientos.

—Sé que tiene que ver con aquella piedra —le dije—. Siento que esperan que la toque, pero, ¿para qué? ¿Por qué yo?

—Hay cosas que sólo podrás comprender por ti mismo Nordac. Pero te podemos adelantar que encierran un profundo significado simbólico para todos. No te preguntes porqué tú, sino porqué ustedes, pues cada experiencia que les toque vivir sintetiza el aporte y el caminar de muchos. Si ahora te encuentras aquí es porque fuiste preparado para ello, y porque te corresponde. Siempre seguiste adelante sorteando las pruebas, y atendiste con amor todos los encargos y disposiciones de la Confederación. Fuiste el primero en llegar físicamente a los tres puntos que constituyen el Triángulo de Poder, precipitando con ello una serie de mecanismos que te han traído como consecuencia lógica a Kayona.

—El Triángulo de Poder… Se refieren a Paititi, la Cueva de los Tayos y la Sierra del Roncador. Pero, ¿qué tiene que ver ello con la piedra y mi visita a este lugar?

—Qué sientes —respondió llanamente el Maestro.
Entonces miré la piedra, y sentía una fuerza extraordinaria que parecía salir de ella, y que me invitaba a tocarla… Era como una necesidad de hacerlo.

—No puedo, no puedo tocarla —le dije a Joaquín luego de unos momentos de reflexión.

—¿Por qué no puedes? —me inquirió calmado.

Sin pensarlo, repuse: “Desde que la piedra estuvo en manos de Jesús, su significado ha cambiado para el Universo”.


Aún ahora, escribiendo estas líneas, no logro comprender porqué contesté así. Fue un impulso. Y soy enteramente conciente que mi respuesta —que produjo una expresión de “iluminación” en el rostro de Joaquín— podría asociar la historia de esa piedra con el mítico Santo Grial de Jesús, a pesar de que en ningún momento Joaquín se refirió a ella como la copa sagrada que Cristo empleó en la Última Cena.

Como fuere, al ver que me resistía a tocar la piedra, una cadena de emociones se empezó a desatar en mi corazón, atrapándome en un copioso llanto, en medio de aquel gran salón de la antigua Kayona…

—Tu sola presencia aquí ha permitido la activación de uno de los discos solares —sentenció Joaquín—, y que se encuentra en otra gran cámara, bajo uno de los volcanes durmientes más importantes de la Antártica.

No sientas que has defraudado nuestras expectativas Nordac —añadió—, pues con el transcurrir de los meses verás todo con claridad. Te llevas en tu interior parte de la historia de Kayona, que desde la piedra antigua ha fluido a tu mente para que la puedas recordar cuando termines de comprender

Y el Maestro tenía razón, pues a pesar que enfrentaba muchas emociones en aquel momento, sentía con fuerza que algo había sido depositado en mí. De hecho una serie de visiones, como si se tratasen de flashes de información, latían en mi mente como si las conociese de siempre. La historia de aquella piedra que vino del cosmos, su relación con los Guardianes y Vigilantes, Kayona, Jesús.

Entonces Joaquín me explicó que los Guardianes y Vigilantes que se hallaban de pie a su lado no eran otra cosa que sus envases físicos; es decir, los cuerpos que utilizaron en tiempos de Kayona y la protección de la piedra. Sus cuerpos habían quedado allí como recuerdo y símbolo de aquella misteriosa Orden de Vigilantes que tuvo a su cargo uno de los objetos más misteriosos del Cosmos. Ante esta revelación era inevitable asociar la escena con la labor de los Templarios y la protección de reliquias cristianas de gran valor espiritual, como el Arca de la Alianza o el mismísimo Santo Grial. No dejaba de preguntarme: ¿Una Orden de Vigilantes? ¿Cuándo y porqué se fundó? ¿Cómo llegó aquella piedra a la Tierra?
Sin embargo “algo” parecía responderme. Sin duda era la información que la piedra dejó en mí y que con el transcurrir de los meses comprendería.

Finalmente, Joaquín aprovechó en entregarme algunos consejos, entre ellos me advirtió que mi trabajo dentro del programa de contacto, adquiriría su mayor relevancia a partir del año 2007, luego de haber cumplido 14 años de preparación con los grupos. Es decir, que todo lo que estaba viviendo era una suerte de “adiestramiento”. Curiosamente, en el 2007 cumplo 33 años, la misma edad de la Misión en la Tierra. Muchas claves y diversos símbolos que giraban en torno a los activadores “14” y “33”, y que me acompañaron desde el inicio de esta aventura espiritual. Los hermanos mayores lo habían “calculado” todo.

El Maestro, atento y sin dejar de mirarme, me sugirió que siguiera difundiendo la existencia y mensaje de la Hermandad Blanca, pues ese era mi principal aporte al interior de este gran mosaico, señalando además que diéramos mayor importancia al trasfondo espiritual del contacto y a todo lo que hemos recibido de ellos en relación a los intensos cambios climáticos que está viviendo la Tierra como parte de su tránsito al Real Tiempo del Universo.

Luego, Joaquín me despidió, diciéndome:

—Te llevarás contigo, aquello que se te mostró inicialmente en Roncador. Es momento de que lo recuerdes.

El Maestro cerró sus ojos y juntó sus manos en actitud de oración; instantes después pronunciaba estas trece palabras:


Emanashi, Sipenbó, Aromane, Xemancó, Urinam, Jasintah, Ilumana, Demayon, Ramayah, Mitakunah, Omsarah, Ulimen, Ion.


—¡Son los nombres de los Discos Solares! —exclamé.
—En esta ocasión no los olvidarás. Ya sabes qué vibración corresponde a cada disco. Los Guías y Maestros sabrán orientarles en su trabajo. Medita en todo esto Nordac. Y aguarda hasta agosto que allí verás todo con claridad. A partir de esa coordenada muchos cambios empezarán a operar en los grupos.

De pronto, en un abrir y cerrar de ojos, me encontraba de pie en la Bahía Lapataia, ubicado en la orilla frente al Canal Beagle. Había “regresado” en un segundo.

Sorprendentemente, sobre el agua, veía un pequeño arco de luz blanca, exactamente igual a la visión que me mostrara Antarel. Entonces escuché la voz del Guía de Apu, diciéndome con ternura:

“Muchos seres en el Cosmos desearían tocar la piedra. Y tú estuviste frente a ella y no lo hiciste. Fue un actuar humano, y ello estuvo bien”.

Me caían las lágrimas. No comprendía aún la profundidad de lo que había vivido. Sólo sentía en aquel momento que había defraudado a los Guías y a mis compañeros de grupo por no haber podido tocar la piedra, un hecho que parecía ser sumamente importante para sellar algo. Y yo no pude. No obstante, más tarde me daría cuenta que estaba equivocado, y que todo se había dado como tenía que haber sido…

Derecha: Ubicación de los trece discos solares en las Américas y Antártida. Ver artículo "La Red del Tiempo".


En ese instante escuché unos pasos. Era Iara, que inquieta por una sensación que había tenido durante la meditación de apoyo en el grupo, decidió venir para ver qué me estaba sucediendo, pues había percibido mis emociones a la distancia. Cuando ella vio el destello blanco en el mar, y yo de pie frente a él, pensó que me había faltado convicción de introducirme en el agua para llegar a la puerta, como si estuviese repitiendo el mensaje simbólico de la visión que un día atrás me transmitió Antarel.

Entonces le dije que la puerta que observábamos se estaba marchando en dirección al mar, pues la había cruzado cuando ésta se hallaba proyectada en la orilla. Cuando eso sucedió no se veía físicamente como ahora. De hecho, Carina, que se había aproximado a la orilla desde el otro lado donde estaba el grupo, vio también el destello brillante sobre el agua.

Volví lleno de emociones. Y recordando principalmente la experiencia de haber estado frente a la piedra. Todo lo demás había quedado momentáneamente aparcado en mi memoria ante las intensas sensaciones que me produjo estar ante aquella suerte de esmeralda mágica. Varios hermanos en el grupo, sorprendentemente, habían experimentado la misma visión de mi persona frente a Joaquín y a los cuerpos de aquella antigua orden de Vigilantes. Aunque ellos no “entraron” físicamente conmigo a la puerta, habían recibido informaciones similares y complementarias que nos tomaría tiempo asimilar.

Joaquín, una vez más, había “visto” el futuro. Y tenía razón en sugerirme a que esperara unos meses para compartir semejante vivencia. En el Encuentro Internacional de Capilla del Monte (enero 2005), a pocas semanas del contacto en Tierra del Fuego, compartí parte de lo que vivimos y allí comprendí que, independientemente del interés y aceptación de mi testimonio, aún no estaba preparado para transmitir lo que los hermanos mayores me habían revelado en Kayona.

Con el transcurrir de los meses —tiempo en donde afrontamos nuevas vivencias relacionadas a Kayona y la piedra— comprendí.

Una ciudad perdida en la Antártica, una orden de Vigilantes extraterrestres, una piedra que sintetiza el misterio de la creación del Universo Material, son temas que deben ser tratados con calma y claridad.

Antes de resumir toda la información que capté en dicha experiencia sobre estos puntos, considero necesario hacer una rápida revisión de los datos que habíamos reunido sobre Kayona meses previos a esta salida al sur del mundo.

La otra Antártida

Antes de afrontar el encuentro cercano en Tierra del Fuego, habíamos recopilado numerosas informaciones sobre el misterioso continente blanco y su relación con antiguas visitas extraterrestres.

Recordaba, que hace millones de años ―probablemente hace 3.000 millones, ya que existen numerosas evidencias científicas que lo respaldan― se depositaron en nuestro planeta las primeras formas de vida primitivas, gracias a la asistencia de un grupo de seres extraterrestres, provenientes de la Constelación del Cisne (grupo de estrellas que se encuentran a unos 6.000 años luz de la Tierra).

Según los Guías, la intervención de aquellos científicos estelares habría ocurrido en la Antártica, donde tuvieron importantes bases submarinas, en una época en que el continente blanco se hallaba en el ecuador terrestre; es decir, que la posición que ocupa actualmente la Antártica no es la original.

En relación a las moléculas orgánicas primigenias, y su origen extraterrestre, también supimos que la Antártica ha ofrecido escandalosos indicios que señalan su emplazamiento como el inicio de la vida en nuestro planeta. Sin duda, el descubrimiento del llamado “Lago Vostok” bajo los hielos del polo sur, en 1999, sacudió a la comunidad científica, ya que se determinó sobre la base de diversos estudios que en él se hallarían las primeras formas de vida microscópicas de la Tierra. No en vano, en septiembre de ese año, unos 80 científicos, representantes de más de una docena de países, se dieron cita en el Lucy Cavendish College de Cambridge (UK) para establecer los protocolos de una futura investigación que, hasta el día de hoy, no ha concluido. Tampoco sabemos cuál ha sido el resultado de las extrañas “anomalías magnéticas” que se han hallado en la Antártica y que compromete la ubicación del Lago Vostok ―llamado así por el nombre del satélite Ruso que lo descubrió―.

Como fuere, de acuerdo a las primeras informaciones que recibimos, “Kayona” habría sido construida por una antigua civilización que entronca directamente con Lemuria, el mundo perdido del océano Índico. ¿Y cómo se congeló Kayona? ¿Qué fue lo que sucedió?

Todo apunta a que un violento cambio de eje, o un desplazamiento de la corteza, hayan sumido zonas otrora tropicales o templadas bajo un imprevisto y violento invierno polar.

El desplazamiento de la corteza ―que consiste en el movimiento “en bloque” de la Litósfera, de unos 40 km. de espesor, sobre la masa blanda interior del planeta― ha sido descrito por importantes investigadores como Charles Hapgood y el mismísimo Albert Einstein.


Los estudios sugieren que debió haber ocurrido en un fecha que va entre el 15.000 a.C. al 12.000 a.C. ¿Las causas? Quizá la respuesta se encuentra en la caída de los fragmentos de Maldek y la destrucción de la Atlántida. Ello explicaría porqué la corteza ―debido al impacto-diluvio― se habría desplazado al menos 3.200 Km. al sur, tal como sugieren los revolucionarios estudios geológicos que defienden esta teoría.

Esta hipótesis resultaba atractiva. Sin embargo, una comunicación del Guía Antarel señaló que el desastre se había producido en realidad por una violenta inclinación de la Tierra debido al impacto de los dos fragmentos de Maldek. Ello, de acuerdo al mensaje, produjo un “congelamiento súbito” en amplias regiones otrora templadas al ubicarse de un porrazo en el círculo ártico.

Si un violento cambio en la inclinación del eje terrestre generó el congelamiento de la Antártica, hace unos 12.000 años, un hecho similar debió ocurrir en el hemisferio norte. Y así fue. Este verdadero “Apocalipsis” supuso el fin de la Era de los Mamuts, debido a la violenta y rápida congelación de Siberia y las zonas occidentales de Alaska.

La Clave está en Lemuria

En los últimos años, los Guías han hecho especial hincapié en la importancia de Lemuria para comprender el origen y destino de la humanidad. De cara a todo esto, sobre la base de las informaciones recibidas por numerosos hermanos, se han precipitado acuciosas preguntas al respecto. Como por ejemplo: ¿Lemuria y Mu es lo mismo? ¿Es la Antártica un fragmento terrestre de la antigua Lemuria?

Es importante aclarar estos conceptos.

El nombre “Lemuria” fue acuñado por primera vez por el zoólogo inglés Philip Sclater en el siglo XIX, para explicar la presencia de una conocida especie de primates llamados “lemures” en ciertas zonas de África, Madagascar y Malasia. Sclater, Ernst Haeckel, Alfred Russel, y otros reputados evolucionistas argumentaron en aquel entonces “un continente zoológico primario en alguna época geológica remota, tendido entre Madagascar y Malasia...” De esta forma procuraban explicar la presencia de los primates lemures en las tierras firmes que rodean el Océano Índico. La Sociedad Teosófica se hizo eco de estas investigaciones y popularizó el nombre de “Lemuria” para definir el continente desaparecido donde surgió por primera vez el ser humano. En “La Doctrina Secreta” (1888) de Madame Blavatsky se explica al detalle todo ello.

En contraparte, Mu era ubicado ya en 1864 al sur del Oceáno Pacífico ―sería útil si pueden consultar un planisferio―, ello gracias a las investigaciones del eminente americanista Charles-Ettienne Brasseur de Bourbourg, quien creyó descubrir en el Codex Troano —texto antiguo de la cultura Maya— los símbolos M y U, deduciendo con todo esto la existencia de un antiquísimo continente en el Pacífico.

Más tarde, como para levantar más polvo en el asunto, el arqueólogo francés Augustus Le Pongleon realizó un interesante hallazgo en 1886, mientras excavaba unas ruinas en la Península del Yucatán. Según su apreciación, allí encontró un arcano manuscrito Maya que narraba la historia de un continente desaparecido en el Pacífico. Por si fuera poco, Le Pongleon sustentó su hipótesis de Mu apoyándose en las escenas pintadas en las murallas de Chichén-Itzá, donde, de acuerdo a su investigación, se hace referencia también al antiguo continente sumergido. No obstante, también hay que decir que algunos estudiosos han desestimado la presunta historia maya de Mu, sosteniendo que todo fue una penosa interpretación de un tratado astronómico.

En conclusión, Lemuria y Mu no son el mismo continente. Uno se hallaba en el Océano Índico, y las otras tierras sumergidas, en el Oceáno Pacífico. Algunos escritores se han atrevido inclusive a “juntarlos” en una sola masa (de allí viene la confusión); es decir, que el continente perdido llegaba a involucrar ambos océanos, extendiéndose desde el Índico hasta Australia. Pero ello resulta en extremo descabellado, por las dimensiones gigantescas que tendríamos que calzar en el mapa.

Para despejar toda duda, el propio Sclater nunca aceptó la idea de que Lemuria tocaba Australia, y ello quedó demostrado en la obra del naturalista A. R. Wallace, “Geographical Distribution of Animals and Island Life”, sustentando su estudio en la particular distribución terrestre de antiguos primates. La afirmación de Sclater de posibles tierras sumergidas en el Oceáno Índico no fue gratuita, ya que ésta contaba con cierto respaldo de la Geología de su tiempo. Se sabe hoy en día que existen numerosos indicios de territorios bajo el agua en esta región del mundo que compromete el sur de África y Madagascar.

Por otro lado, en el Pacífico, algunos geólogos han señalado la isla de Pascua, Tahití, Samoa, las islas Cook, las Tongas, las Marshall, las Kiribati, las Carolinas, las Marianas, Hawai y las islas Marquesas ―entre otras― como posibles remanentes de un importante sector de tierras que por una violenta actividad volcánica se hundieron. Dicho sea de paso, todo esto encaja perfectamente con las leyendas y tradiciones de los indios Hopi. Ellos le llamaban Kasskara, y la ubicaban en el Pacífico sur.

De cara a todo esto, pienso que los Guías han aclarado bien el tema, ya que afirmaron que Mu era el último período de Lemuria, lo cual podría sugerir que los munianos recibieron algún tipo de influencia de la cultura madre de nuestro planeta, o algún misterio mayor que todavía permanece ignorado por nosotros.

Sobre la vinculación de la Antártica con Lemuria ―un punto que los Guías también han mencionado― tendríamos que separar el tema “geológico” a un lado para analizarlo detenidamente: ¿La Antártida es un antiguo fragmento de Lemuria?

En 1922, el explorador, meteorólogo y astrónomo alemán Alfred L. Wegener, popularizó la teoría ―hoy demostrada― de la “Deriva Continental”. Basándose en todo tipo de evidencias geofísicas, geológicas, paleontológicas, paleo-climáticas y geodésicas, estableció que hace unos 225 millones de años había un solo continente, al cual denominó “Pangea” (Pan, “todo”; y Gea “tierra”). Más tarde, en 1937, el geólogo sudafricano Alexander Du Tit ―discípulo de Wegener― postuló que durante el Paleozoico Pangea se había “dividido” en dos grandes continentes que llamó “Gondwana” y “Laurasia”. Como se puede ver en el gráfico ―en donde faltarían agregar tierras sumergidas como la Atlántida―, hace unos 65 millones de años los continentes ya estaban separados por los océanos.

De acuerdo a lo que los Guías nos han transmitido, los Ingenieros Genéticos vinieron a la Tierra en la Era Terciaria, por lo tanto, cuando se inició la civilización lemuriana los continentes ―incluyendo la Antártida― ya se habían alejado el uno del otro. En otras palabras: la Antártida se separó de África cuando el ser humano aun no aparecía.

Todo esto nos llevó a indagar otro tipo de conexión entre la Lemuria y la Antártica. Y el elemento clave es la ciudad que los exploradores Lemurianos allí fundaron: Kayona.

Todos sabemos que la Antártica no siempre estuvo cubierta de hielo y ubicada en el polo sur. Probablemente muchos recordarán el mapa del almirante turco Piri Reis, elaborado en Constantinopla en 1513. En este mapa aparece la Antártica libre de hielo, un hecho insólito teniendo en cuenta que el continente blanco conoce el hielo desde hace millones de años ―obedeciendo los datos “oficiales”―. ¿Cómo es posible que un mapa del siglo XVI muestre al detalle la Antártica cuando esta fue descubierta en 1818?

No voy a detenerme a analizar el mapa de Piri Reis ―que seguramente se apoyó en mapas más antiguos―, sino en el concepto de una Antártica libre de hielos. Y no en una época tan antigua.

Hace tan sólo unos 15.000 años, el panorama que ofrecía la Antártica era distinto. Un clima templado, con un paisaje de ensueño esgrimiendo importantes cadenas montañosas; numerosos ríos serpenteando en su geografía ―tan grande como la parte continental de los EE.UU.― regando inmensos valles y planicies hasta llegar al océano circundante. Era el lugar ideal para fundar una ciudad que cobijara a diferentes culturas.

No obstante, un repentino cambio en la inclinación del eje terrestre ―debido al impacto de los fragmentos de Maldek, como mencioné anteriormente― reemplazó esta escena por el avance de un hielo arrollador. Al ubicarse la Antártica en el círculo ártico, sus valles y ríos, sus montañas e inclusive especies de animales, quedaron sepultadas bajo el frío.

Kayona, una ciudad que encierra el antiguo conocimiento de Lemuria y sus hombres ―que hace tan sólo unos 80.000 años, por poco, logran la reconexión con el Tiempo Real― se vio sepultada por el gran manto blanco. Y allí duerme.

Esta es la información previa que manejábamos antes del encuentro cercano en Tierra del Fuego. Tomando en cuenta estos hechos, ya es momento de adentrarnos en lo que recibimos allí sobre la historia y origen de Kayona, el arribo de la Piedra de Poder, y la Orden de los Vigilantes.

(Sigue en el próximo artículo)