martes, 2 de diciembre de 2008

La Sierra del Roncador


Revisando los artículos que he publicado en legadocosmico.com, noté que no había escrito lo suficiente sobre un importante enigma del mato grosso brasileño: la Sierra del Roncador. Si bien es cierto mencioné su misterio en la sección “intraterrestre”, creo que el lugar da para comentar más detalles. En el año 2004 tuve la oportunidad de visitar aquel enclave que susurra la leyenda de una ciudad perdida, la misteriosa “Matalir Araracanga”, o simplemente “Z”, como le llamaba el desaparecido Coronel inglés Percy H. Fawcett. ¿Qué buscaba el explorador británico en aquellas remotas selvas? ¿El mato grosso se lo “tragó” o ingresó al mundo intraterrestre, tal como sostuvieron sus familiares? Echemos una mirada a ese expediente molesto que aún permanece sin resolver.


¿UNA CIUDAD SUBTERRANEA EN LAS SELVAS DEL BRASIL?


En el inmenso estado brasileño de Mato Grosso (901.420 Km ²), se esconde un enigma de proporciones similares a la geografía que enfrentamos. En el sector de sus chapadas ―un terreno en verdad complicado, con zonas bajas y pantanosas―, en el corazón de las denominadas Sierras del Roncador, se halla el ingreso a un mundo perdido que se protege tras su indócil selva y las flechas de los aguerridos indios del Parque Xingú. Un escenario que parece haber sido extraído de una película de ciencia ficción. No obstante, al dar un vistazo a este paisaje, es inevitable asociarlo con el misterio del Paititi. Aun más al encontrar claros indicios que apuntan a una raza de seres superiores que vivirían en las entrañas de la Tierra y que, por si ello fuera poco, al igual que otros puntos en el mundo que los mencionan, estarían custodiando la “verdadera historia de la humanidad, su origen y misión”. Una historia fascinante pero al mismo tiempo difícil de creer. ¿Será posible?

Desde hace mucho se ha mencionado la zona del Roncador como un paraje que “esconde” uno de los ingresos a ese mítico y esquivo mundo subterráneo. Un punto en el mundo que es rico en diversas leyendas y, también, en misterios. No en vano, en 1925, el investigador George Lynch sostuvo en la prestigiosa revista Science at Vie que en el Mato Grosso se encuentra el origen de todas las civilizaciones de occidente.

Recordemos que ese mismo año, el Coronel inglés Percy Harrison Fawcett (medalla de oro de la Real Sociedad de Geografía de Inglaterra y jefe de la comisión encargada de delimitar las fronteras entre Perú y países vecinos) llevó a cabo una arriesgada expedición en pos de aquellas selvas indomables, de donde nunca más regresaría.

La desaparición de Fawcett, debido a sus credenciales y reconocimientos, encendió un interés inusitado en esta región del Brasil. Más de un investigador se preguntaba qué había ocurrido realmente con este Coronel que más tarde inspiraría en Steven Spielberg el famoso personaje de Indiana Jones, que, al igual que Fawcett, se zambullía en la selva y otros puntos del mundo buscado develar los misterios. ¿Todo esto es sólo ficción?


LA EXTRAÑA DESAPARICION DEL CORONEL FAWCETT

Lo inquietante era que Fawcett partió en busca de una ciudad secreta en el Roncador, denominada por él “Z”. Y hasta la fecha, a más de siete décadas de su expedición, no se sabe a ciencia cierta qué ocurrió con el avezado Coronel, que desapareció de pronto en medio de las selvas del Xingú con sus dos acompañantes, su hijo Jack, de 22 años, y el fotógrafo Raleigh Rimmel. Un detalle intrigante en torno a su desaparición fue revelado en 1952 por otro de sus hijos, Brian, quien afirmó, con seguridad aplastante, que si su padre entró en aquella ciudad perdida que buscaba, la “gente” de allí no le habría dejado salir... ¿Quiénes no le habrían dejado salir?

La propia esposa del Coronel había sostenido que cuando vivían en el extremo Oriente aparecieron unos hombres extraños que le anunciaron hechos extraordinarios para el futuro de la familia, anticipando, incluso, el destino de Fawcett. Esos hombres serían “emisarios” de la denominada Hermandad Blanca o “Academia Invisible” que vigila el mundo. Según se cree, un conjunto de elevados Maestros que protegen los secretos de la Tierra. Aquellos seres estarían vinculados a la leyenda de Shambhala, que más de un lama conoce, aunque en esta ocasión estaríamos enfrentando el mismo panorama en las selvas y montañas de Sudamérica. A todo esto se sumó el descubrimiento científico de Machu Picchu por Hiram Binghan, en 1911, hecho que daría al Coronel mayor fuerza a su convicción de partir a la Sierra del Roncador, que debe su singular nombre a los extraños sonidos que parecen surgir del suelo. Otro hecho inexplicable ya que el viento no puede generar tremendos fragores que parecen generarse en la entrañas del lugar. Y ya se ha descartado cualquier tipo de actividad sísmica en la zona. Entonces, ¿quién o qué genera esos sonidos, que a veces son metálicos o mecánicos?

El explorador, desde luego, sabía que en Brasil ―así como en otras regiones aún sin investigar de América del Sur― yacían escondidas, ocultas, ancestrales ciudades de piedra, enterradas bajo el conveniente manto selvático. Ya en sus viajes por el continente, Fawcett había oído hablar de “indios rubios, de ojos azules”, como remanente de una perdida cultura que llego de tierras muy lejanas luego de un cataclismo. Todos estos datos lo aventuraron en 1921 a la búsqueda de la ciudad perdida de Bahía. Lo cierto es que, al margen de aquella silenciosa pesquisa ―poco se sabe en realidad de lo que encontró Fawcett y decidió callar― existe un yacimiento arqueológico en Bahía, concretamente en Igatú, cerca de Andarai, en plena meseta Diamantina. Algunos le llaman, inclusive, “La Machu Picchu brasileña”.

Es importante echar un vistazo a este misterio en Bahía por cuanto esa es la ciudad que aparece en el “manuscrito 512”, que se conserva en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro. La existencia de aquel enclave, y las revelaciones de aquel manuscrito, pusieron a Fawcett tras una “pista”. Veamos qué dice el manuscrito.

EL MANUSCRITO 512

Habría aparecido a mediados del Siglo XIX con el controvertido título: “Relación histórica de una oculta y gran población antiquísima sin habitantes que se descubrió en el año 1753”.

El documento, carcomido en parte, inicia su relato narrando una expedición de bandeirantes al interior del Brasil. El grupo había partido de Sao Paulo.Gracias a un venado blanco ―que salió de la nada― fueron guiados hasta las mismísimas ruinas de una ciudad de piedra. Los aventureros, luego de haber sorteado un valle de selva tupida e innumerables riachuelos, se hallaron atónitos ante una entrada formada por “tres arcos de gran altura”, coronados con inscripciones. Entonces entraron. Y allí descubrieron, en el centro de una plaza de esta ciudad abandonada, una columna de piedra negra, coronada por la estatua de un hombre señalando con la mano derecha en dirección norte...


El manuscrito narra otros detalles extraordinarios de esta expedición que aumenta aún más su intriga. Su testimonio, sin duda, incita a lanzarse en busca de aquellos misterios. Pero, ¿quién fue el autor? Al estar parcialmente carcomido, ciertas partes del documento se perdieron, y quizá entre ellas el nombre que buscamos. Algunos historiadores, como era de esperarse, plantearon la posibilidad de ser una farsa bien urdida. Sin embargo, y afortunadamente, el historiador Pedro Calmón, luego de un minucioso estudio, logró identificar al autor del manuscrito 512: el capitán Joao da Silva Guiamares, fallecido entre 1764 y 1766.



El texto fue hallado por primera vez ya entrado el Siglo XIX en una de las estanterías de la Biblioteca Pública de la Corte de Río de Janeiro. Luego se reprodujo en el primer número de la revista del Instituto, exactamente en el año 1839.

Fawcett conocía al dedillo la narración de aquel insólito documento, y las posibles “pistas” que otorgaba para hallar otras ciudades perdidas en el Brasil. No obstante, el estímulo más poderoso con que contaba el Coronel para penetrar el Mato Grosso, era otro. Y quizá tan inquietante como el mismo manuscrito.

EL ATLANTE DE BASALTO

El hecho que motivó finalmente a Fawcett a partir en busca de “Z” en la peligrosa Sierra del Roncador radicaba en una extraña estatuilla de estilo egipcio hecha en basalto negro (roca volcánica vitrificada). El objeto había llegado a sus manos gracias al famoso novelista Sir Rider Haggard ―autor de la fascinante obra “Las minas del Rey Salomón”― quien la consiguió en el Brasil a fines del siglo XIX.

A través de la investigación psíquica ―como la psicometría― se determinó que la extraña estatuilla, de unos 25 cm. de altura, provenía presuntamente de la Atlántida, siendo rescatada por un superviviente que la mantuvo en su custodia en una ciudad de piedra, escondida en las selvas de América del Sur. Lo curioso es que la estatuilla representaba a un posible sacerdote sosteniendo una tabla con inscripciones, 24 extraños signos que esperaban ser decodificados. Fawcett logró descifrar 14 de estos símbolos al hallarlos en piezas de cerámica prehistórica procedentes del Brasil. Y se piensa que los utilizó como “coordenadas” para alcanzar su objetivo. Otros piensan que la escritura se trataba en realidad de una especie de “contraseña” o “llave de acceso” al mundo perdido del Roncador. Y aunque todo esto suene demasiado alucinante como para aceptarlo, existen diversos estudios serios sobre la inscripción que esgrime la estatuilla.


El reconocido estudioso argentino Aldo Ottolenghi, en su obra “Civilizaciones Americanas Prehistóricas” (1980) aborda de lleno el misterio de esos signos, que a decir del investigador ―experto mundial en el estudio de escrituras ancestrales― por las complejas y exactas características como lenguaje arcaico constituye una prueba de su autenticidad. Por alguna razón, aquella estatuilla llegó a manos de Sir Haggard para que, finalmente, Fawcett la posea como la ratificación de un viaje que venía pensando realizar. El objeto ―como si se tratase de una profecía― acompañó al osado explorador inglés en su último y extraño viaje al Mato Grosso. ¿Tenía que devolverlo a su lugar de origen?

La similitud de este episodio con la Piedra de Chintamani que portaba Nicolas Roerich en el desierto de Gobi y las montañas del Altai para ser “devuelta” a Shambhala, es sugerente. Por un lado, la denominada “Piedra de Orión” representaba las fuerzas cósmicas, al tratarse del fragmento de un presunto meteorito. Y la estatuilla de Fawcett, al ser de basalto, encerraría la energía telúrica del planeta. Más allá de un acto simbólico, en todo esto parecen deslizarse ciertas transmisiones de energía al llevar estos objetos a los Retiros Interiores. Tendríamos que preguntarnos si aquellos viajes fueron inducidos por los mismos “Maestros Invisibles”.

MATALIR-ARARACANGA: LA CIUDAD QUE TRUENA

Aquel es el nombre con el que muchos identifican a la ciudad intraterrestre de la Sierra del Roncador. Y como mencioné anteriormente, debe su denominación al extraño ruido, a veces como de “truenos”, y otras ocasiones como de “máquinas”, que parece surgir del suelo. Matalir-Araracanga sería la ciudad subterránea que genera aquellos “sonidos”. Aunque no necesariamente podrían corresponder a la pretendida tecnología de los intraterrestres. Algunos místicos suponen que en verdad nos hallamos ante los mantrans o cánticos sagrados de los habitantes subterráneos del Mato Grosso. Como fuere, este fenómeno, cabe mencionar, ha sido escuchado también en otros puntos de similar característica en todo el mundo, incluyendo el propio desierto de Gobi.

En el caso del enclave que comparte China y Mongolia, se ha oído muchas veces que las caravanas que atravesaban el desierto asiático de pronto escuchaban un “canto antiguo” salir de las entrañas de la tierra. Inmediatamente todo quedaba en silencio. Hasta los animales que venían con la caravana se hallaban inmóviles, sobrenaturalmente tranquilos. Incluso el viento, frecuente de aquellos parajes, también, misteriosamente, se había calmado. Al cabo de unos instantes más, todo volvía a la normalidad. Los lamas afirman que este hecho sucede cuando el Rey del Mundo, el Supremo Maestro de Shambhal según sus creencias, está orando por la humanidad.




Muchas fueron las expediciones que intentaron localizar al expedicionario inglés en las Sierras del Roncador. Una de las más recientes se llevó a cabo en 1996, con la intención de indagar qué le pudo haber sucedido a la expedición Fawcett en 1925. No obstante, esta iniciativa ―organizada por el empresario brasileño James Lynch― no tuvo mucha suerte: los indígenas secuestraron a todo el equipo durante varios días, y sólo fueron liberados tras pagar un respetable rescate.

Pero ello no quiere decir, necesariamente, que una suerte similar corrió la expedición del intuitivo Coronel.

Quizá, Fawcett no murió bajo un inesperado ataque de los indios Xingú de los años 20, o picado de muerte por algún insecto o víbora.

Quizá, el mismísimo Fawcett aún se encuentre en la ciudad intraterrena que buscaba en el Mato Grosso bajo la leyenda de una ciudad perdida, sin que el tiempo material le afecte, puesto que aquellos seres viven en otra realidad, acorde al pulso temporal del Universo.

Quizá, el explorador esté aún allí.

Nadie lo sabe. Pero lo que podemos decir de nuestra experiencia en el lugar, es que efectivamente aquellos “ruidos” se perciben. Y desde luego, hay numerosas cavernas, que exploramos sin olvidar el comentario de los lugareños, que afirman que en algunas de ellas se abren “puertas” secretas que pueden conducir a la ciudad subterránea. Además, ese lugar parece “vigilado” por extraños objetos circulares de aspecto metálico, que más de un explorador ha podido constatar desde hace décadas. ¿Ovnis en el Mato Grosso?

Nosotros también fuimos testigos de ello. Y como prueba, dejo a continuación dos fotografías que yo mismo tomé con mi cámara digital Nikon en aquella expedición que llevamos a cabo en agosto de 2004. Fue sencillo calcular las dimensiones de aquellos objetos, pues se movieron en silencio sobre los gigantescos picos del Roncador. Por ello sabemos que no eran aves de ninguna especie, y mucho menos algún helicóptero u otra aeronave conocida. ¿Qué era? ¿Grandes globos de forma lenticular en plena selva?

El expediente del Roncador, sigue abierto.



NOTA: Este artículo es una adaptación del libro “Uku Pacha: El Mundo Subterráneo de la Hermandad Blanca”, de Ricardo González.