martes, 2 de diciembre de 2008

Los Secretos del Monte Shasta


Debo decirlo. Cada paso que he dado a través del mundo me ha conducido a lugares realmente maravillosos. Mágicos. Llenos de secretos. La lista sería interminable: Nuestro planeta protege muchos de estos santuarios —y he dicho bien— que sólo abren sus puertas al sincero buscador de la verdad. Sin duda, Monte Shasta evoca aquellos templos “invisibles” que tanto aluden las leyendas orientales de Shambhala. Y confieso que esta montaña blanca de los EE.UU. es uno de los lugares que más me ha cautivado. Y no sé porqué. Es algo que siente por el simple hecho de estar allí. Desde luego, en este breve artículo —ya publicado en uno de mis libros—, no pretendo desentrañar su misterio, sino tan sólo mencionar una serie de “anomalías” que allí se suceden. Aunque el secreto de su magia va más allá de lo que se ve. Es un lugar que se debe sentir. Es, de hecho, un verdadero Retiro Interior. ”


Un lugar misterioso
Nadie ha podido explicar satisfactoriamente los frecuentes fenómenos que rodean esta montaña silenciosa de California. Desde la observación de extrañas luces en sus alrededores, a la impactante formación de nubes lenticulares sobre la cumbre ?y que invita a pensar en un posible origen sobrenatural? los visitantes que tuvieron la “suerte” de ser testigos de todo esto, no ocultan su asombro. Y si añadimos el reporte de los lugareños que afirman haber visto “hombres con túnicas blancas”, caminando calmadamente en la nieve, tendríamos que considerar al menos, la leyenda que recorre cada rincón del pueblo de Shasta ?desde hace décadas? y que habla de una humanidad subterránea viviendo bajo la montaña. Aquellos seres serían descendientes de un mundo perdido al que algunos escritores llaman Mu.


Alzándose a 4.316 metros, Monte Shasta es el segundo pico más alto de los volcanes Cascade Range, hallándose situado al norte del Estado de California, a 88 Km. al norte de Redding y 64 K.m. al sur de Yreka, dentro de una espectacular reserva natural llamada “Monte Shasta Wilderness”, que a su vez pertenece al Shasta-Trinity National Forest. Mostrando casi siempre una sábana de nieve cubriendo su delineada cima, Monte Shasta parece ser el guardián de un antiguo paraje volcánico que actualmente se encuentra en quietud.

Alrededor de cinco a seis horas toma el viaje en automóvil desde San Francisco hasta el pintoresco pueblo de Shasta. Ya desde el camino que parte de Redding ―a dos horas de la montaña― se puede percibir una energía especial que parece cargar de magia todo el bosque que se extiende a sus pies.

Los historiadores creen que el nombre “Shasta” deriva de diferentes fuentes. Algunos sostienen que podría provenir de la palabra rusa “tshastal”, que significa “blanco” o “puro”. Curiosamente, el término francés “chaste” también significa “blanco”. Sin embargo, la raíz del nombre se encuentra en realidad en un vocablo indígena: “Ieka”, que significaría “Montaña Blanca”. Todas la denominaciones apuntan al simbolismo del blanco, con su mensaje intrínseco de pureza y espiritualidad.

Y por cierto, “Shasta” también ha sido reportado como el nombre de una tribu india que en el año 1840 vivía en las cercanías de Yreka. Respecto a su historia, sabemos que en 1817 un explorador español, llamado Fray Narcisco Durán, realizó el primer avistamiento de la montaña, a la cual llamó “Jesús María”. Varios años después, en 1841, la expedición Wilkes le dio el nombre “Shasty Peak” y publicó la primera ilustración que se conoce de la Montaña Sagrada.

En los últimos tiempos, han sido muchos los investigadores, espiritualistas y místicos, que se han sentido atraídos por el misterio de esta montaña. Algunos incluso obedeciendo indicaciones de “Maestros Invisibles”, como fue el caso de Sister Thedra ―autora del famoso “Registro Thedra”―, quien luego de permanecer en Perú y Bolivia por cinco años, en presunto contacto con el Monasterio de la Hermandad de los Siete Rayos, retornó a los Estados Unidos y fundó en el mismísimo Monte Shasta la Hermandad de Sananda y Sanat Kumara, organización que aún se mantiene activa.

No hay que olvidar que Thedra fue el primer testigo en hablar del disco solar de Bolivia, en una fecha tan remota como los años 50, quizá apoyada en las leyendas que circulan el Titicaca, o en sus propias experiencias personales. Como fuere, muchas de estas informaciones salieron a la luz gracias al difundido libro “El Secreto de los Andes”, de Brother Philip. La primera edición en español (1973) corrió a cargo de Editorial Kier de Buenos Aires. Curiosamente, dentro de las últimas informaciones que manejamos, también existe un “disco solar” al interior de Shasta. ¿Fue está la razón para unir la montaña blanca con el lago sagrado?

Algunas anomalías

Desde hace mucho tiempo, los lugareños han reportado extranos incidentes en Monte Shasta, desde la aparición de “mantos de luz” en su cumbre, nubes lenticulares extrañísimas, o la súbita presencia de hombres gigantes con túnicas blancas.

Y es más: se cree que aquellos seres de la montaña le hicieron donativos a la Cruz Roja norteamericana, durante la guerra de 1914-1918, y que en el siglo XIX compraron mercancías en los pueblos locales pagando con pepitas de oro (?). Hasta el día de hoy se escuchan estas historias.



Sea como fuere —y de este puedo dar fe— se han visto intensos fogonazos parecidos al flash de las cámaras fotográficas, aunque gigantescos, llegando al punto de iluminar toda el área ante la vista atónita de los pobladores. ¿Cuál es la explicación? No pocos sugieren que el centro de poder de la montaña es su propia energía telúrica, encerrada allí desde sus lejanos tiempos de volcán activo. No obstante, a pesar que se le considera un volcán apagado, eventualmente brota de su cráter un pequeño penacho de humo. No olvidemos que ya en abril de 1972, James Hadauk, Irwing Lescer y William Schoner, estudiantes de geología de la Universidad de Berkeley (California) treparon a la cima de la montaña y comprobaron que el cráter no presentaba ningún signo de actividad. Pero hay más, la aventura no concluye allí.

Mientras descansaban, antes de volver a bajar, observaron con binoculares, a cinco hombres blancos, muy altos, de abundantes cabelleras onduladas, que caminaban hasta desaparecer repentinamente detrás de un peñasco situado al pie del durmiente volcán... ¿Quiénes eran aquellos hombres de blanco?

Por si esto fuera poco, las declaraciones del eminente astrónomo, el profesor Edgar Lucin Larkin —antiguo director del Observatorio del Monte Lowe, en California meridional—, encrespa aun más el misterio. Ayudado de un telescopio, distinguió en lo alto de la montaña una especie de “cúpula resplandeciente, rodeada de construcciones”. Y aunque es “imposible” que existan las edificaciones de Larkin, por cuanto el lugar ha sido “peinado” por más de un aventurero, su “visión” coincide mucho con la de otros tantos testigos. Vieron algo, que en determinadas ocasiones puede ser “revelado”. Quizá, un Templo Etérico, que no siempre se muestra al ser humano, pero que en ocasiones, como le ha sucedido a los peregrinos a Shambhala en Asia Central —o ERKS en el Uritorco—, se deja “ver” para dejar una impronta de su existencia. Es una asombrosa posibilidad.

Mu y los anales de Shasta
Las leyendas de los indios Hopi hablan abiertamente de Kasskara, un mundo perdido en el océano Pacífico que recuerda sospechosamente a Mu. La conexión de esta civilización prehistórica desaparecida con el enigma de Monte Shasta es inquietante.

Las referencias a Mu ?que se suele confundir con la Lemuria del océano Índico? se iniciaron en 1864, cuando el eminente americanista Charles-Ettienne Brasseur de Bourbourg, descubre en el Codex Troano —texto antiguo de la cultura Maya— los símbolos M y U, deduciendo con ello la existencia de un antiquísimo continente. Sin embargo, sería el arqueólogo francés Augustus Le Pongleon quien levantó más polvo al realizar un interesante hallazgo en 1886, mientras excavaba unas ruinas en la Península de Yucatán. Allí encontraría un arcano manuscrito maya que alude la historia del presunto continente desaparecido en el Pacífico. Además, Le Pongleon sustentará su hipótesis de Mu apoyándose en las escenas pintadas en las murallas de Chichén-Itzá; según él, allí también se hace referencia al antiguo continente sumergido.


No obstante, otros estudiosos desestiman la posible historia maya de Mu. La explicación: una penosa interpretación de un tratado astronómico. Quizá la isla de Pascua en Chile, sea uno de los pocos testimonios fiables que nos sugiere los restos de ese mundo perdido.





Pero los indios Hopi lo recuerdan muy bien. Según sus leyendas, sobrevivientes de la destrucción de Kasskara fueron “trasladados” a América en “escudos volantes” y “pájaros de fuego”, por dioses cósmicos llamados Katchinas, denominación que se puede traducir como “venerable y sabio”. Este dato no es sorprendente teniendo en cuenta que los propios Hopi ?actualmente afincados en una Reserva Indígena de Arizona, EE.UU.? consideran a Monte Shasta como uno de los lugares donde “aterrizaron” los pajaros de fuego con los supervivientes... Por si fuera poco, la leyenda también señala otros lugares específicos donde descendieron los Katchinas, como el caso de una tierra llamada “Tautoma”.

¿Quiénes eran realmente los Katchinas?


A decir del investigador español ―ya desaparecido― Andreas Faber-Kaiser, el nombre sugiere la milenaria Tiahuanaco, en Bolivia. Una vez más, hallamos un punto de conexión entre Monte Shasta y el Lago Titicaca. Gracias a Josef F. Blumrich ―el ingeniero de la NASA que reconstruyó el esquema de la nave que vió y describió en los textos bíblicos el profeta Ezequiel―, conocemos en buena parte estas leyendas, que el científico norteamericano recopiló en su momento de boca del mismísimo líder Hopi “White Bear” (Oso Blanco) en conversaciones registradas en cerca de 50 horas de grabación.

Volviendo a Monte Shasta, supuestamente aquellos supervivientes de Kasskara-Mu se habrían refugiado en las entrañas de la montaña, depositando en ella los Registros Históricos de su civilización, como ha sido la constante en otros puntos del mundo ante eventos similares.

E investigando un poco, tropezamos en la propia montaña con un descubrimiento poco conocido pero extremadamente significativo y que podría echar una luz ante tan fantástica historia. En 1904, el geólogo J.C. Brown, de la Lord Cowdray Mining Company de Londres, Inglaterra, halló un túnel que se adentraba en el apagado volcán. El mismo afirmaría que “a tres millas de la entrada del túnel, me encontré con un cruce, mostrando mineral con contenido de oro y más adelante, me encontré con otro cruce en donde una raza antigua aparentemente habían trabajado cobre”. Luego de atravesar amplias galerías, adornadas con láminas de diversos metales, Brown observó allí estatuas de oro y un disco brillante, de un color dorado. ¿El disco de monte Shasta? Inmediatamente después, halló unas planchas que también parecían estar hechas en oro, y que mostraban símbolos similares a la escritura egipcia. Y para pensar un poco más, Brown encontró 27 esqueletos, algunos de ellos llegaban a medir más de ¡tres metros! Uno sólo eran osamentas, y dos de ellos estaban “momificados”. ¿Cuerpos momificados en Monte Shasta? Y no hay que olvidar que años más tarde, exactamente en 1931, el Dr. M. Doreal afirmaría haber accedido a estos mismos lugares, aunque sólo habría visto las estructuras, que a su parecer, eran de apariencia maya.

A pesar que el estudio de J. C. Brown se extendió por más de treinta años, diversos investigadores cuestionan su descubrimiento. Y la culpa la tiene el propio Brown, a decir de muchos, pues no quiso finalmente guiar una expedición a las oquedades de Shasta. Esta escena es muy similar a la que enfrentó Juan Moricz cuando halló la Cueva de los Tayos en 1969. Al igual que en Shasta, Moricz encontró en los Tayos una biblioteca metálica y vestigios de una raza desconocida de gigantes. Luego de haber estado en esta impresionante red de túneles del Ecuador, veo que Shasta y este enclave —así como muchos otros— forman parte de un único “reino subterráneo”, prácticamente abandonado en la actualidad, pero aún con muchos secretos.


El mensaje de los símbolos o ideogramas no deja de resultar interesante. Pues en casi todos estos centros de poder se han hallado “señales”, léase incisiones en roca o pinturas antiguas que podrían estar haciendo referencia a ese esquivo mundo intraterrestre. Por ejemplo, cerca de Shasta, en el área de Castle Crags, se pueden observar unos curiosos petroglifos que contienen ideogramas muy similares a los hallados en Pusharo (Paititi, Perú) y la piedra de Chiviasa y de La Esperanza (Cueva de los Tayos, Ecuador). Los petroglifos tienen un mensaje secreto que permite al Iniciado ingresar al mundo interno.



El autor en encuentro de contacto en los bosques de Shasta, agosto 2003.




No es un mapa de superficie el que se necesita, sino de los laberintos subterráneos, construidos enrevesadamente a conciencia para cortarle el entusiasmo al profano. No en vano, siempre cerca a un Retiro Interior, la denominada “Hermandad Blanca” ha dejado “pistas” en las paredes de roca para aquellos que las sepan descifrar.

¿Por qué están allí?

Ya nos encontramos frente a la pregunta de rigor.

Todo parece indicar que sobrevivientes de un mundo perdido lograron escapar de su destrucción a manos de una oportuna intervención extraterrestre. Escogieron Shasta por sus características energéticas ―entiéndase energía telúrica― y se establecieron en el mundo subterráneo con ayuda de los misteriosos Katchinas para proteger el legado de su cultura. Se ha escrito mucho sobre esa “ciudad intraterrena”, desde relatos coherentes y llenos de datos interesantes, a verdaderas barbaridades. Pero al margen de ello, allí está su mundo fantástico, donde al parecer siguen activos, y en donde custodian los Anales de su antigua civilización. Es una historia difícil de probar. Pero los testimonios y “anomalías” del lugar son en verdad sobrecogedores.

Y Shasta tiene muchos más misterios. Sin duda el más emblemático lo constituye la frecuente manifestación de una mujer radiante, vestida de blanco, que dice ser la Regente de la Montaña. De hecho muchos la han visto, y afirman haber recibido mensajes de ella cuando han pasado una noche al pie del durmiente volcán. Y es que en sus bosques mágicos, de singular belleza y encanto, seguirán danzando las esferas de luz que podrían llevarnos también, frente a la luminosa presencia de aquellos que visten de blanco... De esto también puedo dar fe…

Ricardo González



NOTA:
Este artículo fue publicado originalmente en el libro “Uku Pacha, el Mundo Subterráneo de la Hermandad Blanca”, de Ricardo González. (GS Gráfica, Buenos Aires, 2003).