martes, 2 de diciembre de 2008

Somuncará: El desierto que habla


La ciencia sostiene que hace cientos de millones de años los dinosaurios caminaron en estas tierras, hoy desoladas estepas patagónicas. Se afirma, también, que un grupo de navegantes europeos —los Templarios—, en tiempos anteriores a Colón, trajeron un secreto a este lugar para esconderlo. Y por si todo esto fuera poco, existen diversos testimonios de avistamientos ovni. Nosotros mismos fuimos testigos de ello. ¿Qué misterio esconde Somuncurá?

Gigante y silenciosa: el lugar perfecto.

Somuncurá es una expresión Araucana que significa “Piedra o Peñasco que habla”. Habitualmente el lugareño atribuyó esta denominación a los fuertes vientos que agitan la estepa, y que al pasar por las singulares formaciones rocosas del lugar —muchas de ellas resultado de antigua actividad volcánica— las hacen “silbar” o “hablar”. No obstante, ese es el significado exotérico. En verdad la meseta “habla” por cuanto se comunica a través de extraños mecanismos con el peregrino que acude a ella para sentir su abrazo mágico y silencioso.

Curiosamente, al polémico “Bastón de Mando”, un objeto alargado construido en basalto negro —la base de la Meseta de Somuncurá es también de basalto— fue llamado “Silmihuinqui” o “Piedra que habla”. ¿Es probable que los misterios del Uritorco estén relacionados con la gigantesca meseta patagónica?

Actualmente Somuncurá es un área natural protegida, debido a su extensión —unos 25.000 Km. cuadrados— es considerada la segunda reserva natural de toda la Argentina.


Se encuentra entre el sur de la provincia de Río negro y el norte de Chubut. Como decíamos, es una altiplanicie basáltica, con sierras de alturas máximas de 1.900 m., intercalada por depresiones que en ciertas épocas del año albergan lagunas temporarias, formadas por precipitación pluvial y principalmente por las intensas nevadas. De hecho, los arroyos que se forman de la nieve invernal, dan lugar a pequeños valles que circundan la meseta donde se asientan las poblaciones, que tienen que resistir la dureza del clima: en invierno unos 25 grados bajo cero, y en los días de verano los 35 grados.

Son cerca de cien familias las que viven de la cría del ganado y la caza de animales en este desierto de piedra y monte bajo, entre cerros y lagunas donde el viento sopla fuerte.

Según nuestras indagaciones, este impresionante y misterioso accidente geográfico despertó la curiosidad de profesionales y técnicos desde 1919, y aún guarda algunos secretos en sus diversos y únicos caracteres geológicos, morfológicos y ecológicos. Un ejemplo de ello es la llamada “Mojarrita Desnuda”, un pez adulto sin escamas que es único en el mundo, y que se le puede encontrar sin dificultad en el arroyo de Valcheta.

Este pueblo está situado en el valle del arroyo. Muchos lo conocen como el oasis rionegrino, ya que, enclavado en medio de la meseta, presenta un paisaje totalmente distinto. El viajero que llega se encuentra de improviso con una vegetación boscosa y alamedas, con plantaciones frutales y alfalfares de un verde profundo.

Esta localidad fue nuestro punto de partida. Allí contratamos una camioneta que se sumaba a otro vehículo nuestro que venía desde Asunción, Paraguay.

Luego de casi seis horas de caminos serpenteantes y polvorientos, sobre un ruta afirmada que ya en la meseta se transforma en una huella accidentada que obligaba a los vehículos avanzar a paso de hombre, llegamos a nuestro objetivo: el Cerro Corona.

La Ciudad de los Césares: ¿Un mundo subterráneo?

Una teoría heterodoxa, que ha generado muchas adhesiones y también polémica, sostiene que un grupo de navegantes Templarios habría llegado alrededor del año mil a la actual Patagonia argentina. La Fundación Delphos de Buenos Aires defiende esta tesis, amparándose en el hallazgo de una extraña piedra de 500 kilos de peso que muestra una cruz simétrica labrada en su interior. De acuerdo al Ing. Fernando Flugerto Martí, luego de interpretar una colección de textos medievales, aquel grupo de Caballeros Templarios habría desembarcado en el Golfo de San Matías, y desde allí habría penetrado hacia la meseta de Somuncurá, pasando por Valcheta —lugar en donde se halló la piedra—.


Lo más inquietante, es que la misión de aquellos Caballeros Templarios era resguardar una reliquia sagrada en la entrañas de Somuncurá: el mismísimo Santo Grial.

Los guardianes del mundo subterráneo lo habrían recibido de manos de los monjes guerreros. Y aunque esta historia resulta difícil de aceptar, lo cierto es que hay diversos relatos y leyendas que mencionan una suerte de ciudad perdida o mundo mágico enclavado en algún lugar de la Patagonia, conocido como “La Ciudad de los Césares”.

¿Y qué dice la leyenda?

Todo empieza así: el conquistador Juan Días de Solís, escuchó hablar de una “sierra de plata” y de un “famoso Rey Blanco” en algún lugar al sur de la Argentina. Nos hallamos en el siglo XVI. Se trataba, una vez más, del fabuloso tesoro de los incas, tan perseguido por la conquista, que había trascendido supuestamente a los aborígenes del territorio argentino, dando ellos vagas noticias de su existencia a los recién llegados españoles.

Analizando las primeras fuentes de este enigma, conocemos que Sebastián Gaboto construye un fuerte sobre el río Carcarañá y remonta el río Paraná, esperando encontrar algún informe del grumete Francisco del Puerto, sobre esa “ciudad del oro” y su “sierra de plata” que mencionó la expedición de Solís. De regreso, y sin mayores noticias, Gaboto envía al Capitán Francisco César con otros soldados a remontar el río Carcarañá y de allí el actual río Tercero, que nace en las sierras de Calamuchita, con la intención de dar finalmente con la ansiada región de tesoros. Este capitán, según cuenta Ruy Díaz de Guzmán en la “Historia Argentina del Descubrimiento, población y conquista de las Provincias del Río de la Plata” salió en 1526 de Sancti Spiritu ―a orillas del río Paraná― e hizo una entrada a través de unas cordilleras, hallando “gente muy rica en oro y plata” quienes fabricaban ropa muy bien tejida con base en lana de camélidos andinos. Cargado de presentes, César regresó al fuerte de donde partió, el cual halló para su sorpresa destruido. Frente a esto, decidió movilizarse tras largo peregrinar, hasta el Cusco.

Algunos investigadores piensan que aquellos extraños pobladores de la ciudad que encontrase la expedición de Francisco César eran náufragos de la expedición de Simón de Alcázaba, que habían sido abandonados en el Estrecho de Magallanes. Otras fuentes han llegado a sugerir, inclusive, un grupo de incas que, huyendo de la conquista, habrían formado una población al sur del continente.

Aquella ciudad encantada, que ha sido y continúa siendo buscada por diversos exploradores, fue conocida por distintos nombres, entre ellos: “Ciudad del Rey Blanco”, “Sierra del Plata”, “Ciudad del Oro”, “Trapalanda” y “Lin Lin”. Entre todas sus denominaciones, quedó la de Ciudad de los Césares, en honor a su principal explorador.

Desde entonces, la leyenda ha descrito un paradisíaco paraje patagónico donde se asienta aquel enclave secreto, repleto de tesoros antiguos y metales preciosos. Algunas versiones la ubicaban en un claro del bosque, otras en una península, y algunas incluso dicen que se halla en el medio de un gran lago, contando con un puente levadizo como único acceso. Obviamente, los historiadores ven en esta leyenda un intento de la corona española por impulsar la colonización de las tierras de América del Sur, que si bien eran importantes en términos estratégicos, eran muy peligrosas y no resultaban tan atractivas a los ojos de los conquistadores como los territorios del Perú.

La Ciudad de los Césares, sin exageración alguna, llegó a convertirse en un verdadero mito de la conquista, al igual que Paititi o la leyenda de las Amazonas. No olvidemos que el propio refundador de la ciudad de Buenos Aires, Juan de Garay ―el último adelantado del Río de la Plata― quiso también encontrarla, pero la muerte le impidió concretar su sueño. Y es que existen numerosas descripciones de la “Ciudad de los Césares”. Flugerto Martí de Delphos no vacila en ubicar a esta ciudad subterránea o “mágica” bajo la propia meseta de Somuncurá, según sostiene, a unos mil metros de profundidad.

Personalmente no me sorprendería que haya una red de túneles bajo la meseta. Además de que es el lugar perfecto…, su constitución basáltica revela que hubo intensa actividad volcánica. Al expulsarse el material rocoso fundido a la superficie se forman hoyos y grietas en el subsuelo, algunas de dimensiones importantes, que podrían ser aprovechadas con el uso de tecnología para instalar allí una base intraterrestre. Así es como opera la Hermandad Blanca.

¿Somuncurá es una de sus bases secretas? ¿Fuero aquello Maestros quienes recibieron de los Templarios el mítico caliz?




Como fuere, al llegar al lugar, acampamos dos noches en una de las tres lagunas que se encuentran en allí —y que recuerdan sospechosamente la disposición del cinturón de Orión—. Cerca de una de ella, encontramos por indicación de los lugareños un respiradero. Se trataba de un pequeño hoyo en el suelo que “inhalaba” y “exhalaba” aire. Muy similar a otros lugares que hemos explorado en el mundo. Esos respiradores son un indicio poderoso de la existencia de un complejo sistema de ventilación intraterrestre.





Sin planificarlo, fuimos nueve personas. Y al constatarlo, un miembro de nuestra expedición nos recordó que fueron nueve caballeros los que fundaron la Orden del Temple, y que, un 19 de marzo —de acuerdo a ciertos estudios la fecha real en que nació Jesús— murió el último Maestre visible de los Templarios: Jacques de Molay.



Cuando alcanzamos la cima del cerro corona, y vimos las tres lagunas desde arriba —sólo allí nos percatamos de su singular disposición— sentimos en todo ello un poderoso mensaje. Esa noche, tuvimos un verdadero show de avistamientos ovnis, objetos luminosos que recorrían los cielos de la meseta haciendo Zig- Zags, acelerando o moviéndose a una velocidad de espanto. Otros, se desplazaron en formación. Y uno de ellos se colocó varios minutos sobre nosotros, lanzando un destello celeste-plateado, como respuesta a las señales que le hacía un miembro de nuestro grupo con una potente linterna de automóvil. Encendíamos tres veces la luz del aparato y el objeto allí arriba, silencioso sobre nosotros, respondía a la perfección…

Luego de este viaje a Somuncurá, más allá de las historias que giran a su alrededor, no hay duda que esta meseta habla, pues comunica el espíritu. Hay que estar en silencio para sentirla. En sueños, el lugar sabe hacer llegar sus mensajes, que si son interpretados correctamente, se pueden constituir en una herramienta poderosa para alcanzar la más suprema realización.




El 15 de febrero un guía de montaña de Bariloche (Trek Patagonia) fotografió este ovni tubular detrás del Cerro Catedral. Sabemos que las naves nodriza sólo se muestran donde poseen bases. ¿Una evidencia de posibles instalaciones en la Patagonia argentina?


El Cerro Corona, son sus 1.600 metros de altura, fue el centro sagrado de las antiguas comunidades nativas de la Patagonia. Por alguna razón lo fue. Y por alguna razón lo seguirá siendo.

Más no puedo describir en este artículo. Sólo estoy dando las coordenadas para que el lector sepa llegar al lugar y conocerlo, con respeto y amor, pues, como dicen los lugareños, si uno llega al Corona en desarmonía, el clima se encargará de sacarlo de allí.

Algunos llegarán por las historia del Grial. Otros por la presencia de ovnis. Otros por la curiosidad de su paisaje. Otros para buscar la entrada del mundo subterráneo. Al final, cuando estén allí, verán que se estaban buscando a sí mismos.

Un abrazo a todos,

Ricardo González