martes, 2 de diciembre de 2008

Un ser de luz en Cusco


Hace nueve años, sentí el impulso de viajar a Cusco en un viaje relámpago desde Lima. En la ciudad Imperial me encontré con un entrañable amigo de la zona, sacerdote andino y profundo conocedor de la sabiduría Inca. Sergio —el nombre del joven Chamán— me llevó a ese laberinto de túneles próximos al milenario Templo de Sacsayhuamán. Nada me había preparado para esa maravillosa experiencia.

Nota: Este relato fue publicado en mi segundo libro
“El Legado Cósmico” (Lima, 2002).

Cusco, Mayo de 1998

Una cadena de sueños intensos, en donde me veía caminando en los alrededores de la mal llamada Fortaleza de Sacsayhuamán, me llevaron a comprar un boleto de avión para viajar a Cusco. Suena a una locura. Pero todo se dio así. Diversos hechos sincrónicos me condujeron casi por arte de magia a tomar esta determinación que se amparaba en un convencimiento espiritual “de que tenía que estar allí”.

Y aunque no sabía por qué ni para qué, decidí no juzgar ni mis visiones ni mis impulsos, y sencillamente fluir.

Sólo tome conciencia de mi repentino viaje cuando desembarqué en el aeropuerto de Cusco. No era como otras veces. Esta visita era distinta.

En la ciudad me encontré con Sergio, el guía turístico que conocimos dos años atrás cuando entonces partíamos rumbo al Paititi. El me llevó a la comunidad de Wasao, a las afueras de la ciudad, lugar en donde se encuentran importantes sabios andinos. Entre ellos, supuestamente, se hallaba “Alberto Huamani”, un mensajero de los “Maestros invisibles” que se presentó ante la expedición que iba a Pusharo en 1990.

En un principio, confieso que interpreté —equivocadamente— que mi nueva y no planeada visita a Cusco era para contactar con algún Altomisayoc de esta comunidad. Era una lectura personal que ensayé al reencontrarme con Sergio, y ser él quien espontáneamente me propuso ir a Wasao.

Pero no. Wasao no era el motivo de mi viaje. A pesar de todo lo que investigamos allí, la fuerza que me atraía a Cusco se hallaba en otro lugar. Tal como veía en mis sueños: un enclave próximo a Sacsayhuamán.

Y una vez más, sin planear nada, a nuestro regreso de Wasao, el Universo tiró los dados para cambiar el rumbo de nuestros pasos.


La Zona X

Regresábamos por un camino afirmado que nos llevaba a la carretera. Una vez en la ruta, esperaríamos una de las camionetas que recogen pasajeros camino a la ciudad del Cusco. Poco a poco íbamos dejando las casas de adobe del pueblito de Wasao, las mismas que contrastaban con un intenso cielo azul y con los verdes pastos de las montañas aledañas. Un paisaje de cuento.

Una vez que ya nos hallábamos en el vehículo que nos llevaría a la ciudad, Sergio me pregunta si quería ir a la Zona X, un conjunto de cavernas que se hallan muy cerca de las ruinas de Sacsayhuamán. Y ello me sorprendió, por cuanto los sueños con Sacsayhuamán me habían traído a Cusco, y Sergio no sabía nada de ello...

Obedeciendo a una inesperada sensación, le dije a Sergio que sí, que quería ir y conocer la Zona X.


Una vez que llegamos a la ciudad, abordamos otro vehículo que nos llevaría hacia “El Cristo Blanco”, una bellísima escultura de Jesús que está en lo alto de las montañas, con los brazos abiertos en señal de bendición y protección. Desde la Plaza de Armas se puede apreciar esta blanca figura. Desde allí continuamos a pie. Calculo que habremos caminado unos 40 minutos, hasta llegar a un cautivador paisaje que mostraba claras edificaciones incas en los alrededores. Era la 1:30 de la tarde, y desde aquel lugar veíamos con gran claridad el soberbio nevado Ausangate; según Sergio, uno de los Apus más poderosos.



Finalmente llegamos a la denominada Zona X, nombre que obedece a los diversos reportes de personas desaparecidas en el interior de las Chinkanas o túneles incas (Chinkana es una palabra quechua que significa “Laberinto”). Estos laberintos subterráneos —que sospechosamente terminan interrumpidos por grandes rocas, como si éstas hubieran sido colocadas para ocultar alguna entrada secreta— son anteriores al mismo Imperio Inca. En aquel momento, explorando sus recovecos, recordaba que cuando llegaron los conquistadores al Perú, consultaron a los indígenas quiénes habían construido Sacsayhuamán y los túneles; los lugareños se limitaron en responder que estas moles de piedra “siempre habían estado allí”, y que los más ancianos de la región las atribuyen a una raza desconocida anterior a los incas: los Paco Pacuris.

La denominación “X” obedece también a que desde gran altura el conjunto de cavernas dibuja esta letra, como si el lugar hubiera sido marcado. Además, es muy sospechoso encontrar esculturas en la piedra que se asemejan notablemente con las que hemos hallado en Hayumarca y Marcahuasi.

Ingresamos lentamente en el recinto pétreo, y se sentía una particular vibración que ya nos hablaba del lugar que estábamos pisando. Nos acomodamos en el suelo y Sergio procedió a pedir “permiso” para explorar el lugar. Para ello se valió del ritual mágico que había aprendido de su Maestro, un Alto Misayoc del Ausangate, que le había enseñado los secretos de la hoja de coca. Ni bien empezó a colocar las hojas sobre el lugar, un fuerte viento irrumpió, denotando sin lugar a dudas su origen sobrenatural. Una vez que se concluyó con la pequeña ceremonia, el viento desapareció, dejándonos a Sergio y a mí en un tenso silencio. ¡Ya podemos entrar! —comentó mi amigo—.

Acto seguido, fuimos explorando cada una de las entradas, y en varias ocasiones ingresamos en las cavernas a pesar de no contar con linternas —lo cual nos hubiera caído muy bien—. Así, llegamos hasta una “puerta” de piedra que demarcaba la entrada al mundo subterráneo del lugar. De inmediato me sentí poderosamente atraído por esa entrada, al punto que me acerqué para verla mejor y, para mi sorpresa, observé por un segundo una silueta humana que se desplazó rápidamente en la oscuridad del laberinto...

—¡No entres!, me advirtió tajante Sergio, que había permanecido detrás mío observando.
—¿Por qué? —le dije.
—No estamos preparados.
—Pero, ¿a qué te refieres con ello?

Entonces me hizo una seña para que me sentara a su lado, en una roca que de seguro habría servido en el pasado como un altar para ceremonias. Allí me comentó que respetaba mucho al lugar, y que se sentía incómodo al ver cómo algunos turistas entraban gritando al recinto, como si se tratara de un juego. Entendí a Sergio, y continuamos con nuestra exploración sin ingresar por la puerta que había visto.

—Identificaste un templo —comentó Sergio risueñamente.
—Y cómo tú sabes eso.
—Mi Maestro me lo confió...

Seguimos avanzando, y nuevamente se repitió la sensación anterior. Otra entrada me invitaba poderosamente a cruzarla y penetrar en la oscuridad de la Chinkana.

—Quieres entrar otra vez, ¿verdad? —intervino mi compañero.
—Sí... —le dije.
—Pues si quieres, hazlo, pero yo te espero aquí, ya que me está empezando a doler la cabeza. Por favor, no te adentres mucho.

Sin pensarlo mucho, dejé a Sergio a mis espaldas; se le notaba muy raro, como si supiera algo que no se atrevía a decir. Me había visto con tal seguridad de explorar el interior de la caverna que decidió esperarme afuera —no muy contento— hasta que regresara. Yo caminé tranquilo, sólo quería revisar el lugar y nada más. En aquel momento no me imaginaba que alguien me estaba aguardando en la Chinkana...

Avancé uno metros, y de pronto percibí unas “chispas” que salían de todas partes. Eran pequeñas, como el pétalo de una rosa, y emitían una fulgurante luz blanca. De inmediato sentí una fuerte energía, y tuve la impresión que la caverna “desaparecía”. Para cerciorarme que no estaba imaginándome nada, retrocedí unos pasos, y todo se esfumó como por arte de magia. Entonces volví a avanzar y el fenómeno empezó otra vez, en el mismo lugar. Ello me invitó a pensar en una posible puerta dimensional, así que salí de la caverna, me quité el abrigo y la mochila, y le pedí a Sergio que me esperara un poco más.


Así, me acerqué al lugar que ya había identificado y el fenómeno se inició otra vez. No tenía miedo. Sin mayor duda avancé hasta que vi cómo del suelo emergía una energía plomiza, la misma que empezó a rodearme en espiral, de abajo hacia arriba. Cuando esta energía llegó a la altura de mi cabeza, observé al frente mío una silueta humana, blanca, delgada y muy alta que se venía acercando hacia mí.

Yo permanecí de pie, con los brazos flexionados a la altura de los hombros —procurando con ello sentir el origen de las manifestaciones—. Entonces, este ser que se acercaba flexionó también sus brazos, con las palmas hacia el frente, y llegó hasta donde yo me encontraba, permitiéndome que lo viera con gran detalle. Sólo puedo decir que era un ser bellísimo, pero a la vez extraño, ya que su cuerpo estaba formado por una especie de neblina luminosa. De la misma naturaleza de la energía que me rodeo inicialmente. Aquella entidad parecía llevar túnica, y todo él irradiaba un profundo sentimiento de paz, que se traslucía en sus centelleantes ojos que me observaban con calma.

Y aquí ocurrió lo más extraordinario: se acercó más y juntó sus palmas con las mías, dejándome sentir una indescriptible sensación en todo mi cuerpo, que venía acompañada por una gran alegría y, al mismo tiempo, por una profunda nostalgia. Entonces, escuché con gran claridad su “voz”, que parecía la de un hombre joven, pero con un eco extrañísimo. Mientras permanecíamos juntos, tocándonos ambos con las manos, me dijo:


“Sólo queríamos decirte: que estaremos apoyando la labor de difusión que haz emprendido para dar a conocer nuestra existencia y nuestro mensaje”.

“Recuerda que si todo lo que viene no fuera importante no estarían pasando por tan penosas pruebas, que sólo procuran prepararlos para cumplir adecuadamente con los designios del Plan”.

“Sabemos que tienen fuertes dudas, pero deben saber que nunca los hemos dejado solos...”

Y de pronto, a pesar de estar con los ojos abiertos, tuve una intensa visión, donde me veía acompañado por tres de estos seres. Uno me ponía una suerte de capa, el segundo me colocaba un cinto dorado en la cabeza, y el tercero me entregaba un cetro, también dorado.

“Revisa con calma la visión que haz tenido, ya que en ella encontrarás una clave simbólica que te acercará aún más al secreto; por lo pronto, te podemos decir que ya te encuentras preparado...”

Ni bien me dijo esto, el ser luminoso retrocedió unos pasos, cruzando sus brazos a la altura del pecho mientras agachaba ligeramente la cabeza, como despidiéndose. Tan rápido como apareció se perdió en medio de la energía que brotaba del lugar. De seguro, si se trataba de una puerta dimensional, ésta no había sido abierta para que yo ingresara, sino para que este bondadoso ser saliera para alcanzarme un mensaje.

Cuando salí de la Chinkana, encontré a Sergio muy cerca, casi en la entrada. Entonces le pedí que ingresara para que pudiera vivir su propia experiencia y, para mi asombro, mi buen amigo me dijo lo siguiente:

“No, no estoy preparado; quizá en otra ocasión. Además, luego de ver esa luz blanca que no sé de donde salió y al tipo grandazo que estaba contigo con las manos levantadas, me da cierto temor meterme en el túnel...” (!).

¡No lo podía creer!, Sergio había estado observando el contacto desde muy cerca. ¡Había decidido seguirme para no quedarse solo y fue testigo del contacto!

La impresión que esta experiencia ha producido en su persona, de seguro, aún no se habrá borrado. Debo señalar que a partir de esto Sergio ha empezado a cuestionarse una serie de cosas, y que más tarde pudo comprender a la luz de la sabiduría andina. Poco tiempo más tarde, Sergio se consolidaría como un importante Chamán.

Personalmente, para mí fue una gran lección de amor de estos seres, que cada día se acercan más a nosotros con la sola intención de ayudarnos a construir una nueva humanidad. Sinceramente, en aquella corta pero intensa experiencia, sentí que su mensaje era para muchas personas que en aquel momento se hallaban representadas simbólicamente en mi persona. Quisiera transmitir este mensaje a todos aquellos que han venido pasando momentos muy duros, pero la verdad es que “mares tranquilos no forjan hábiles marineros”. Nuestra labor en el mundo está siendo apoyada. Es grato sentir que nunca hemos estado solos.

Al año siguiente de este viaje a Cusco, empezaría a dedicarme a tiempo completo a la difusión de mi testimonio de contacto. Y desde ese momento, aún lo continúo haciendo.

Amor y luz a todos,

Ricardo González