lunes, 3 de marzo de 2008

Buda y Cristo Parte 2


LAS VIDAS PARALELAS DE SIDHARTHA Y JESUS (2)

BUDHA Y CRISTO, ARQUETIPOS UNIVERSALES DE

LA TRANSFORMACION DE LA CONCIENCIA

Por Jaime Riera Pérez

A través de los trabajos de C.G. JUNG, J.CAMPBELL, M. ELIADE y otros estudiosos de la mitología comparada, ha quedado patente que la naturaleza de la religión es “esencialmente simbólica”. Esta naturaleza se expresa en el sentido psicológico, describiendo los procesos internos de la psique humana; en el sentido social, manteniendo la interrelación de los individuos en función de las creencias y valores compartidos; en el aspecto histórico, consolidando la continuidad de los pueblos en función de su origen mitológico que suministra el marco de referencia para su historia actual; y , sobre todo y abarcándolo todo, en el sentido ontológico o espiritual, proveniendo un medio por el cual el individuo puede experimentar una intuición de sí mismo y del significado de la vida.

Es por ello que prácticamente en toda la literatura religiosa y mística de oriente y occidente y en el lenguaje alegórico de la mitología, los símbolos tienen un papel fundamental. Se utilizan para transmitir la información esencial y las directrices tanto a los individuos que se encuentran sumergidos en medio de una crisis de transformación, como a los que persiguen un camino disciplinado de desarrollo psicológico y espiritual. Cada uno de nosotros tiene acceso a un número enorme de símbolos mitológicos y arquetípicos que residen en nuestra mente –son tan numerosos y variados como son las facetas de nuestra personalidad–, y sirven de “lenguaje” alrededor del cual se cristializan nuestras esperanzas, ideales, deseos, temores e impulsos, haciendo inteligible nuestra experiencia para nosotros mismos y dando sentido filosófico a los hechos de la vida cotidiana, es decir, tiene un valor organizador de nuestra experiencia.

A menudo creemos útil mirar hacia el lenguaje escrito de los textos para obtener ideas y consejos sobre el proceso que estamos experimentando. Y –a menudo también– realizando esta actividad no escuchamos el lenguaje común de la humanidad contenida en los símbolos, que resuenan constantemente en nuestro interior con un único propósito: el de la transformación de la conciencia humana a la divina, de lo personal a lo transpersonal. Este lenguaje común era accesible a todos y que todos, mediante experiencias personales intransferibles, entendíamos antes de que hubiese “la confusión de lenguas” –la mítica torre de Babel– producida cuando la ignorancia de los hombres codificó y estructuró conceptuaciones monopolizadoras de ese lenguaje interno y Universal. Fragmentándose éste en una pluralidad de oscuras definiciones excluyentes y desvirtuantes entre sí, erróneamente interpretadas por las organizaciones religiosas.

A primera vista parece que los símbolos de estas religiones nada tienen en común. Pero “cuando se comprende algo mas sobre ellas –escribió T. MERTON– y cuando se vé que las experiencias que son la esencia de la creencia y la práctica religiosa son expresadas más claramente en símbolos, se puede llegar a reconocer que a menudo los símbolos de las diferentes religiones tienen más en común que las abstractamente formuladas doctrinas oficiales”.

Las vidas de Sidhartha y Jesús puede que no sean la misma –aún presentando ambas notables “coincidencias significativas”– pero los símbolos las señalan equivalentes de un mismo proceso que nos habla de realidades no ordinarias, de los Sagrado y lo Eterno, y del “misterio” revelado que nos conducirá a la re-ligación consciente con la Divinidad.

DESCENDIENTES DE LA REALEZA

Cuentan los textos budistas que en siglo VI antes de nuestra era, el rey Suddhodana, de la familia de los Gautama, gobernaba la pequeña república aristocrática de los Sákya, en la región fronteriza entre la India y Nepal. El heredero de esta familia noble fué el príncipe Sidhartha (también los textos cristianos presentan a Jesús como descendiente de una casa real: la de David –Juan 7:42). Este príncipe, a lo largo de su vida (564-483 a.C. aprox.) recibió otros apelativos, como por ejemplo el de Bodhisatra, el de Sakyamuni, el de Bhagavat o, con el que es reconocido popularmente, el de Budha, –”el iluminado”–.

LA CONCEPCION MILAGROSA

Maya-Devi, señora de Sudhodana, mientras dormía tuvo un sueño (la concepción de Jesús es revelada también en un sueños, pero a su padre José –Mateo 1:20–, y anunciada a su madre María –Lucas 1:26–). La reina soñó que los cuatro guardianes de los puntos cardinales la llevaban a los Himalayas, y una vez allí la bañaban en el lago Anotatta, para luego dejarla sobre un lecho celestial. Entonces el Budha, convertido en un “hermoso elefante blanco como la nieve y la plata... y llevando en su trompa una blanca flor de loto...”, se acercó a ella y penetró en su vientre por el lado derecho (en la leyenda cristiana, el espíritu santo convertido en paloma blanca penetró por la oreja derecha de la Virgen María).

LOS PROFETIZAN SALVADORES DEL MUNDO

La reina contó el sueño a su marido y a los brahamanes adivinos y éstos interpretaron (el equivalente cristiano es un ángel del Señor –Mateo 1:21) que la reina había concebido un niño varón, quien, en caso de continuar el linaje real, se convertiría en un monarca universal, pero si adoptaba la vida religiosa se convertiría en un Budha.

NACIMIENTO VIRGINAL Y REYES MAGOS

Durante diez mese lunares, la reina Mara llevó en su seno al Bodhisatra. Al cabo de ese tiempo deseó visitar a su familia en Devadaha y allí se dirigió. En el camino dió a luz: el príncipe salió del costado derecho de su madre. Ante el feliz acontecimiento “tanto la tierra como los cielos mostraron signos, los mudos hablaron, caminaron los lisiados, todos los hombres comenzaron a hablar con bondad, los instrumentos musicales sonaron por sí solos, la tierra se cubrió de flores de loto...” (también ocurrieron signos y prodigios después de nacer Jesús –Lucas 2: 9). Los reyes de los Nagas (Mateo 2:1), viendo tales prodigios sobrenaturales, desearon fervientemente presentar sus respetos al recién nacido. Fueron a visitarlo y esparcieron ante él una red de oro y flores de Mandava (las ofrendas, Mateo 2:11).

DESPUES DEL NACIMIENTO, OTRA PROFECIA

El rey y la reina observaban preocupados los prodigios causados por el nacimiento de su hijo. Mientras tanto una anciana se acercó al lecho del niño suplicando al cielo que lo bendijese1 (profetisa Ana –Lucas 2:36). En aquel tiempo vivía en las montañas un extraño personaje, el anciano Asita (el anciano Simeón –Lucas 2:25). Avisado éste milagrosamente del nacimiento, se dirigió al palacio y pidió ver al recién nacido. Cuando Asita vió al príncipe vaticinó su condición de Budha.

SABIDURIA DIVINA MANIFESTADA EN LA INFANCIA Y ADOLESCENCIA

El príncipe fué educado hasta la edad de siete años por su tía materna Maháprafapati. Numerosas nodrizas cuidaban de él con atención y carino, y el niño crecía pleno de bondad y de amor (Lucas 2:40). Cuando el príncipe cumplió dieciseis años, su padre le buscó una esposa confiando retenerlo a su lado por medio de los lazos domésticos. Tiempo después proclamó un torneo para que su hijo evidenciara sus cualidades: no encontró rival que le sobrepasara en ninguna de las pruebas, respondió a todas las preguntas de los sabios, y cuando los cuestionó a ellos hasta el mas sabio no supo contestar (Lucas 2:46).

LA TENTACION DE PODER SOCIAL

Todos los inimaginables placeres físicos e intelectuales que rodeaban la vida palaciega de Sidhartha no frenaban en absoluto la llamada interna, cada vez mas insistente para el cumplimiento de su destino espiritual, el cual sería revelado por los cuatro signos –”un hombre gastado por la edad, un enfermo, un cadáver y un ermitaño”– que encontró en sus salidas de palacio. En una de ellas, la noble Krisha Gotami, al ver la belleza de Sidhartha exclamó: “dichoso el padre que te ha engendrado, dichosa la madre que te crió, dichosa la mujer que honre como marido a un hombre tan glorioso” 2 (semejante elogio recibió Jesús respecto a su padre –Lucas 11:27).

El dia de la partida de palacio, apareció en el aire Mara, el demonio, y tentó al príncipe exclamando: “¡no te vayas mi señor!, pues dentro de los siete días a partir de hoy aparecerá la rueda de la soberanía y te hará monarca de los cuatro continentes. ¡No partas!” (equivalente tentación de poder social recibió Jesús –Lucas 4:5 y 6). Sidhartha respondió: “Mara, bien sé que eso es verdad, pero no busco la soberanía del mundo. Deseo convertirme en Budha para que se regocijen decenas de miles de mundos”. El demonio se calló... momentaneamente pero resolvió seguirlo.

EL BAUTISMO

Después de que el príncipe hubiera vencido por vez primera a Mara, al la edad de veintinueve años, partió de palacio y renunció su derecho al trono y a todos los lujos de la vida principesca. Fuera de palacio se dirigió a la ermita del sabio Arama Kalama, quien tenía gran cantidad de seguidores; descontento con la doctrina de este sabio, lo dejó. Mas tarde encontró a otro brahmin maestro, Udraka Ramaputra. Tampoco halló satisfacción en sus enseñanzas, de manera que Sidhartha se dirigió a la aldea de Uruvela. En ese lugar se acercó a cinco anacoretas errantes que practicaban severas austeridades y disciplinas para controlar sus sentidos y subyugar sus pasiones. Sidhartha se les unió. Se entregó durante muchos años a la mortificación y contemplación, pero descubrió que la penitencia extrema no era el sendero correcto, y entonces decidió que debía fortalecer su cuerpo con alimentos tornándolo apto para buscar su meta: la liberación. Con esta decisión en su mente, se fué a bañar en el rio Nairanjana (equivalente al bautismo de Jesús en el río Jordán –Lucas 3:21).

LA TENTACION SEXUAL Y LA DE FALSA TRANSCENDENCIA ESPIRITUAL

Sidharta, después de bañarse y alimentarse, se sentó debajo del árbol de la sabiduría en meditación profunda. En este momento, Mara se dió cuenta de que el futuro Budha había tomado asiento pretendiendo alcanzar la perfecta iluminación, y convocando a una hueste de espíritus malignos se dirigió al Budha y dijo: “¡Levántate Sidhartha, de ese asiento, pues no es tuyo, sino mio...!” 3 (tentación de falsa trascendencia –Lucas 4:3 y 4). El Bhagavat respondió: “Mara, tu no has cumplido las diez perfecciones ni aún las virtudes menores. No has buscado el conocimiento, ni la salvación del mundo. Este asiento es mio!”. Entonces Mara se enfureció y envió a sus tres hijas para que le tentaran con bailes voluptuosos y con otras artes de la seducción (tentación sexual no explicita en el equivalente cristiano por intereses teológicos, entre otros –Lucas 4:10 y 11). Habiendo vencido al demonio y a sus servidores, alcanzó el Nirvana y encontró el remedio del dolor, la enfermedad y la muerte, inherente a la condición humana.

LOS PRIMEROS DISCIPULOS

Sidhartha ya transformado en Budha, permaneció sentado inmóvil siete días disfrutando de la gloria del Nirvana. En ese tiempo, viajaban dos mercaderes brahamanes, Tapussa y Bhallika, se acercaron al Budha y éste les enseñó el camino de la liberación. Ellos fueron los dos primeros discípulos (Mateo 4:18-22). Pasado un tiempo, al Maestro no le era posible atender a todos los que querían escuchar el Dharma o evangelio, entonces escogió entre sus discípulos a los que irían a predicar la enseñanza (Lucas 9:1-6).

ENTRADA TRIUNFAL

Cuando Budha llegó a la famosa capital de Rejagaha, el rey Magadha escuchó su doctrina, que era “encantadora al principio, encantadora en el medio y encantadora al final”, con el resultado de que muchos ciudadanos nobles y plebeyos, con su monarca a la cabeza, obtuvieron “el ojo puro y sin mácula de la Verdad”. Después de ésto, Budha hizo una entrada triunfal en la capital (Mateo 9:9, Juan 12:13). Mas tarde el rey regaló a la comunidad un parque en Velurana –”el bosquecillo de bambú”– que fué el primer monasterio budista.

LA TRAICION

Devadatta, primo y discípulo de Sidhartha, (el equivalente cristiano lo encontramos en Judas Iscariote –Mateo 26:14-16), propuso que a causa de la edad del Budha, el liderazgo de la comunidad le fuera otorgado. Esta propuesta se rechazó y la enemistad del discípulo hacia su Maestro creció, de tal manera que intentó asesinar en varias ocasiones al Budha fracasando; después trató de crear un cisma en la comunidad predicando en contra del maestro sin conseguir sus propósitos, lo que le hizo enfermar durante nueve meses. Pasado ese tiempo resolvió buscar el perdón del Budha (Mateo 27:3), impaciente por ver al Maestro salió de su cama, cayó al suelo y después de haber recitado el elogio del Budha murió (Mateo 27:5-10).

LA ULTIMA COMIDA Y LA MUERTE

Encontrándose el Budha en la ciudad de Pava, fué invitado a comer en casa de Chunda el herrero. Después de que Budha hubo comido se abatió sobre él una horrible debilidad y un intenso dolor. Pero el Budha soportó el sufrimiento sin quejarse, y cuando se hubo aliviado un poco pidió a su discípulo Ananda que lo acompañase a la ciudad de Kusinava. Durante el viaje se detuvieron a descansar, y el Budha dijo a Ananda: “Extiende tu ropa sobre mi, te lo ruego, estoy agotado y deseo descansar”. Ananda extendió la ropa en cuatro pliegues 4 (Juan 19:23). Mas tarde el Budha pidió agua (Juan 19:28), Ananda se la alcanzó de un río cercano, y éste vió un hecho milagroso en las aguas del río que corrían limpias y transparentes a pesar de que recientemente había pasado una caravana de quinientos carros por el vado.

En el momento de la muerte de Budha, la tierra templó y estallaron los trueno, iluminando el cielo (similar prodigio ocurrió en la muerte de Jesús –Mateo 27-51). Al séptimo día de la muerte, llevaron su cuerpo a la pila funeraria para quemarlo. Cuando el cuerpo se hubo quemado, cayeron del cielo y se elevaron del suelo torrentes de agua que apagaron las llamas.

¿CUAL ES EL MENSAJE DE ESTOS PARALELOS?

Desde el punto de vista de las analogías descritas no tiene importancia el hecho de que si Jesús o Sidhartha llegaron a obrar milagros o vivieron rodeados de poderes sobrenaturales, ya que en todo el mundo existen mitos y leyendas sobre el héroe, redentor o salvador que nace de una virgen, cura enfermedades irreversibles, muere y resucita, realiza segundas venidas, juicios y demás. Lo importante de todo ello es que Sidhartha y Jesús nos enseñan a penetrar a través de la muralla protectora de los miedos interiores de toda experiencia propia y del terreno Divino. Pero ¿cómo lo consiguieron éllos?.

La respuesta a este planteamiento –y otros similares– subyace en los símbolos de transformación y de transcendencia contenidos en los textos de sus vidas que narran el nacimiento, la infancia y la transición a la adolescencia, en los relatos de la madurez y cuando ambos se preparan para su inevitablemente muerte. Pero és esencial renococer que en cada una de las etapas de este ciclo hay formas especiales de la historia de Sidhartha y Jesús aplicables al punto particular alcanzado por el individuo en el desarrollo de la conciéncia de su ego, y con el problema específico que se le plantea en un momento dado. Es decir, la vida de Sidhartha y Jesús evoluciona de una manera que refleja cada etapa de la evolución de la personalidad humana.

Debido a razones obvias de espacio gráfico, en este artículo es practicamente imposible interpretar todas las imágenes arquetípicas –o modelos de conducta y de crecimiento– implícitas en algunos episodios de las vidas de Sidhartha y Jesús, independientemente de los paralelos existentes entre ambos, que simbolizan el proceso Universal de la transformación de la conciéncia.

En este artículo sólo se interpretarán dos relatos simbólicos y etapas claves de tal proceso.

“LAS TENTACIONES Y EL DEMONIO”

El relato metafórico de las tentaciones sufridas por Sidhartha en el bosque y por Jesús en el desierto, describe el simbolismo más activo e importante del arquetipo del triunfo del yo superior sobre el yo inferior. Representa las pruebas y desafíos psicoespirituales que –durante el curso de la vida– pueden presentársele a cualquiera en el camino de la autorrealización.

El bosque y el desierto simboliza las características del viaje a ese “lugar interior” (residencia del Amor, Poder y Sabiduría del yo superior –o reflejo microcósmico de Brahma, Tao, Alá, o la Divinidad) al que cada uno tiene que, tras árduo y doloroso caminar, llegar en solitario y descubrir por sí mismo: nadie puede transferir vivencialemente a otro su hallazgo.

El demonio –Mara o Satanás– encarna el lado oscuro y negativo de la personalidad o yo inferior (también denominado como la sombra, el yo egoico o ignorante, las tendencias regresivas de la falsa personalidad...) que obstaculiza la transformación gradual y progresiva de una conciencia ordinaria y condicionada a otra conciencia liberada e iluminada.

Para que se produzca tal transición, la metáfora de las “tentaciones” nos invita a darnos cuenta, no de manera racional e intelectual, que existe mucha confusión y temor en zonas de nuestra conciencia y de nuestras vidas. Ahora bien, sino percibimos nuestras ataduras y limitaciones, nuestro encarcelamiento –la alienación y enajenación cultural psicológica y espiritual en la que vivimos–, no existirá ninguna motivación real para cambiar. Pero si “despertamos” verdaderamente –suele ocurrir cuando experimentamos sufrimientos profundos– nuestra intelectualizada e inconsciente personalidad egoica dejará de estar sumergida en la codicia del poder social y del dinero, en la vanidad y la envidia de la apariencia externa, en la lujuria y seducción del placer sensual, en el orgullo de la reputación y el honor, en la falsa seguridad de la supeditación a ideologías y filosofías externas y ajenas a nuestra experiencia directa y a todas las demas cosas que nos hacen vivir enredados en mil detalles insignificantes de una existencia que “muere en vida”. Y llegado ese momento, entonces, emergerá la personalidad egoica o yo inferior ya no de manera intelectualizada sino de ineludible y enriquecedora praxis sobre ella, y percibiremos que tenemos que llegar a un acuerdo con nuestro propio “demonio” si queremos convertirnos en suficientemente poderosos para vencerlo. Es decir, antes que el yo superior pueda triunfar tiene que experimentar y, con ello, comprender el origen y desarrollo de sus “tentaciones” o tendencias regresivas para después dominar y trascenderlas.

Es curioso observar que las tres “tentaciones” padecidas por Sidhartha y Jesús afecten a tres centros energéticos de la conciencia y naturaleza humana como la sexualidad –espectro instintivo/sensorial–, la necesidad de poder: seguridad y relaciones sociales –espectro racional/intelectual–, y la espiritualidad –espectro intuitivo/moral–, cuyos procesos cognicitivos interrelacionados catalizan y regulan el desarrollo de la personalidad; y que ésta se estructure, según los pioneros de la psicología moderna, alrededor del sexo (S. Freud), de la voluntad de poder social (A. Adler) y de la voluntad de trascendencia (C. G. Jung). Parece que equilibrar armoniosamente la sexualidad y la voluntad de poder en función del influjo y predominio paulatino de la energía espiritual –o del Amor incondicionado– sobre ellas, eliminará las tendencias regresivas como la vanidad, la codicia, la envidia, la ira, el odio, etc., que desintegran la unión del hombre con Dios.

“LA METAFORA DEL BAUTISMO”

Simboliza la muerte de una personalidad o ego y su irrevocable paso del umbral a una personalidad transformada o “renacida”. El equivalente en la leyenda de Sidhartha es la serie de experiencias adquiridas con los brahmanes maestros y con los cinco anacoretas, que, después de estar con estos ascetas, se bañó en el río Nairanjana y partió sólo hacia el árbol de la iluminación. De la misma manera, Juan el purificador representa el último horizonte de la religiosidad anterior a Jesús, mas allá de la cual él iba a empezar su solitaria aventura individual después de ser bautizado en el Jordán. Sidhartha y Jesús, llegaron a los últimos maestros de su tiempo –que representan la cultura y sociedad Brahmanica y judía– y pasaron mas allá de las enseñanzas establecidas e institucionalizadas y empezaron sus solitarias aventuras individuales.

Extrapolando el significado y la enseñanza de esta metáfora a nuestros días comprobaremos que, bajo las influencias de la visión del mundo racionalista-mecanicista con la cual estamos todos condicionados, se modelan y articulan procederes (roles) ritualizados y esteriotipados que despersonalizan y nos apartan de ser uno mismo a fin de que nuestra conducta ya no sea la propia, sino la requerida por el Estado y sus instituciones: la sociedad política, la económica, laboral, militar, religiosa..., originando una conducta disociativa de nuestra verdadera realidad interna, de nuestro Ser esencial.

Sólo en virtud del conocimiento adquirido en las “victorias” contra “las tres tentaciones” del yo inferior, podremos o no experiementar el paso del umbral –bautismo– a otra visión espiritual, ecológica y holística –de realidades no ordinarias– proporcionadas por el ego “nacido en dos ocasiones”, el cual, extingiéndose ya “la sujección del demonio” por autosatisfacerse, no está limitado por el horizonte del mundo cotidiano; ya no se identifica con ninguna de las filosofías e ideologías establecidas y enseñadas por autoridades externas: se mueve desde el interior. Y esta motivación interna, despierta a la presencia del Espíritu Universal o Yo Superior como único guía y maestro en todos sus procesos físicos y psíquicos, no carece de un sentido del deber sino que empatiza y se conmueve por todos los seres sufrientes, y su único propósito ya no es la búsqueda de la liberacion ni del éxtasis para sí mismo, sino la sabiduría y poder para servir a los demás: ya que solo en la felicidad del prójimo ha encontrado su propia, real y verdadera felicidad.

ACTUAL DECADENCIA DE LOS SIMBOLOS

En nuestros días mucha gente cree que los símbolos descritos en las tradiciones sagradas no se aplican a ellos, porque piensan que no ha tenido ninguna experiencia directa que corresponda a esas ideas y demas contenidos simbólicos. Probablemente se deba a que “no se puede comprender un símbolo a menos que sea capaz de despertar en el propio ser las resonancias espirituales que responda a dicho símbolo” –señaló T. Merton. Y es que en nuestro mundo no solo han perdido valor y significado los símbolos religiosos, sino que también han perdido las formas de vida a las que sostenían. Incluso muchísimos se atreven a proclamar ¡Dios ha muerto! sin entender que –de hecho– son los símbolos quienes han muerto al ser interpretados por “ciegos que han guiado a otros ciegos” durante siglos, arrastrando con su declive al concepto aplicado en cada cultura a lo Eterno.

¿Porqué esta decadencia?. Si los símbolos y metáforas de las tradiciones sagradas son interpretados como referencia a los potenciales psicológicos y espirituales internos, aparecerá por encima de todo una Sabiduría Universal la cual enseñará a comprender nuestra interdependiente humanidad con su lenguaje común, que, sin embargo se pierde de vista no solo cuando se interpretan los textos de forma literal –como referencia a acontecimientos históricos–, sino también, y con mayor ofuscación, cuando suelen ser traducidos en pensamientos verbalizados –teologías, ritos, dogmas, etc.– similares a los que conforman y sustentan nuestros miedos y muros interiores.

EL LENGUAJE DE LOS SIMBOLOS, ¿INTELIGIBLE PARA TODOS?

Los filósofos Vedanta señalan que esta Sabiduría Universal, reflejada microcósmicamente en el corazón del ser humano, “se extiende por todas partes, que lo sostiene todo y que irradia por todo el mundo”, muy parecido a las redes de energía del pensamiento (la formulación del “nudosferio” de T. de Chardin), a un tapiz colectivo de la conciencia (el “inconsciente colectivo” de Jung), a una perfecta “memoria del mundo” (archivos akásicos) que vincula a todos los humanos y resuena en todas las formas de vida (los “campos morfogenéticos” de R. Saldrake). Estos conceptos y otros muchos análogos pero de diferentes vocabularios son expresiones paradójicas, porque es imposible reducir lo trascendente a términos del lenguaje y la verdadera realidad es difícil de expresar mediante la comunicación oral y escrita, pero fácil de sentir y vivirla en y desde el corazón. Pues, aunque hablemos de la unión con Cristo, o con el Budha, o con el Tao, o como queramos llamar a la Sabiduría Universal, existe en todo ello un núcleo común dentro de todos nosotros, a modo de una dimensión de valores humanos perdurables que son inherentes al acto de vivir y en simúltaneidad de experiencia y expresión en la que han vivido y muerto los hombres de todas las épocas. Ya lo expresó Jung: “cada vida es la realización de un Todo, es decir de un sí mismo, cuya razón de esta comprensión puede llamarse individuación. Toda vida está ligada a portadores individuales que la llevan a cabo, y resulta inconcebible sin ellos”.

Todos nosotros encarnamos sin saberlo a Budha y a Cristo, y a todos los grandes seres que han despertado al Yo Superior: somos Uno en Todo, y estamos interconectados con el mundo natural y con el Cosmos en qué vivimos. Y querámoslo o no, todos estamos irremediablemente destinados a ser Budha o Cristo –ya lo somos en potencia–, a desarrollar al máximo nuestras potencialidades psíquicas y espirituales. Este es el primer y último significado de la vida humana, el significado intermedio –entre ambos extremos señalados– pertenece al libre albedrío de cada uno.

Aunque nuestro libre albedrío se encuentre condicionado por las consecuencias inevitables de nuestras acciones pasadas y tendencias kármicas, podemos experimentar la sensación de no ser víctimas de nuestra suerte, de llegar a convertirnos en maestros de nuestro destino si realmente autotransformamos nuestra conciencia.

Desde la perspectiva de la eterna búsqueda humana por realizar a Dios en un destino/azar no arbitrario y de un yo cuyo “hogar” no se encuentra en las realidades empíricas, dualistas y reduccionistas del mundo material, la vida y sus circunstancias, todo, se ve como una metáfora pletórica de símbolos. La misma realidad de cada uno muestra símbolos con gran abundancia de significados. Parece que el hombre ha sido diseñado para la comprensión e intercomunicacion de estos significados.

Este artículo mismo es la visión personal de sus autores. Habrá lectores que lo encontrarán plagado de especulaciones y abstracciones sin ápice de credibilidad, en otros, su lectura, como la vibración de una cuerda musical que responde a otra del mismo tono, quizá les evoque similares significados de resonancia interior. En sus líneas, mas allá de lo anecdótico escrito hasta aquí, subyacía la propuesta de que cada individuo a través de su propia experiencia y juicio (me refiero a juicio experimentado, no al provocado por lo “oído y leído” en su deambular cultural e intelectual), a través de su propia vida alcance ideas, sentimientos y actitudes “razonadas y razonables”, y que funciones no como un obediente sirviente de autoridades (incuestionables o no) ajenas a él, sino en función de sus propias determinaciones autorresponsables. Y para ello que busque por sí mismo los propios símbolos imprescindibles para describir sus experiencias, para despertar la intuición y para catalizar su transformación: que nadie realice este proceso por él.

Es inútil hechar miradas a la forma en que otro desarrolla su proceso de autorrealización, porque cada uno de nosotros tiene una tarea única. Aunque muchos problemas humanos son análogos, nunca son idénticos. Cada persona tiene que hacer algo diferente, algo que es unicamente suyo. Seguir los pasos de un maestro –Sidhartha, Jesús o cualquier otro maestro– no significa que hay que copiar el proceso de autorrealización que representa su vida –pues la actitud de imitar exime de plenitud y conocimiento a la experiencia personal directa–, significa que debemos tratar, con sinceridad y devoción, de igualarnos a él/ellos en el curso de nuestra vida. Y para llevar a cabo esta tarea sabemos –nos atrevamos o no a decirlo– que los sacerdotes, rabinos, lamas, y demás guías religiosos y otras autoridades de la psique y del espíritu, ya no tienen derecho de proclamar una autoridad irrebatible ni para sus leyes morales ni para sus ciencias. Los guías religiosos continúan pretendiendo enajenar nuestra experiencia propia incitándola a imitar a Sidharta y a Jesús siquiera permitiéndonos eligir la manera de copiarlos, sino según el modelo propuesto e impuesto por ellos para un supuesto beneficio –o perjuicio, si desobedecemos los mandatos– de nuestra salvación/iluminación, anulando así nuestro libre albedrío. El significado de sus propios símbolos tradicionales ya no sirve para curar, para experimentar la trascendencia, sino solo para confundir y alienar.

NOTAS BIBLIOGRAFICAS

(1) PAUL CARUS, “El Evangelio de Budha”, Edicomunicaciones, S.A. Barcelona 1991.

(2) PAUL CARUS, Obra citada, pág. 28.

(3) ANANDA COOMARASWAMY, “Buda y el Evangelio del budismo” pág. 30, editorial Páidos. Barcelona 1989.

(4) ANANDA COOMARASWAMY, Obra citada, pág. 57.

Palma de Mallorca, 9 de Junio de 1995.